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Feria de la Virgen de los Llanos
PLAZA DE TOROS DE ALBACETE
Tarde del viernes, 14 de septiembre de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de Felipe
Bartolomé, nobles y manejables salvo el sexto, que fue
complicado.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El Mundo
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Cinco orejas y un solo Dios
La gente dormitaba apaciblemente hasta que salió Hermoso de Mendoza, a
lo sumo alguna ligera protesta sin excesivo convencimiento. Pero salió
Hermoso y tan pronto cosió la embestida a la grupa de Labrit, en un palmo
de arena, en la mismísima boca de riego, la gente se despertó; luego
vino el sucesor natural de Cagancho, Albaicín, que ha convertido, a base
de valor y temple, el parón y el tirón intermitente en técnica
espectacular. Después, Chicuelo, el tordo alegre, equilibrista y elástico;
las piruetas de Chicuelo eran habitualmente adornos a la salida de
banderillas. Ayer, Chicuelo convirtió la pirueta en suerte torera. Se
acercaba al toro, se iba al pitón contrario y maniobraba con una soltura
y una pureza inigualables. Por último, con Mariachi, tras las rosas de
papel, Hermoso de Mendoza se colgó toreramente del teléfono con una
perfección y un sentido de la proximidad imposibles e intocables. Tras el
rejón de muerte, un volcán: un delirio justificado.
La réplica de Andy Cartagena fue a galope tendido con algún intento
de toreo con la grupa. Cartagena hizo el más difícil todavía en la
modalidad de banderillas al violín: tras dos banderillas largas, dos
cortas con idéntica precisión. Si consideramos algún que otro bajonazo
en los rejones de castigo y otros tejemanejes, las dos orejas a Cartagena
no tienen el mismo peso que las otorgadas a Hermoso de Mendoza. Además,
el presidente de la corrida, señor Coy, debió considerar la ignominiosa
forma en que Cartagena ejecutó al toro: un metisaca que lo descordó; el
puntillero se apresuró a rematar al pobre bicho.
En buena medida, la historia de la tarde fue la narrada; dos estilos,
dos formas de concebir el rejoneo diametralmente opuestas. También en las
corridas de rejones se enfrentan dos bellezas distintas, dos esculturas en
continuo proceso de creación; la belleza agraviada de los toros, belleza
sacrificada en el altar de la Fiesta, y la belleza incólume y altiva del
caballo. Al final, quedan dos mundos: de un lado los despojos, de otro
lado la arrogancia inocente; el mundo puro del caballo y el mundo
sanguinolento del toro. Siempre pasa igual: la víctima, tras el martirio
siempre queda más fea. En realidad, el toro de rejones y, a menudo, el de
lidia normal, salen ya agraviados de toriles. El reglamento autoriza, para
rejones el despunte. Mas no creo que permita el desmoche brutal. Tan
desmochados salían los toros de ayer que parecían mogones. Amparados en
esa circunstancia, los caballeros se confían y pasa lo que pasa. A Buendía
le tocó el caballo el primero; topó el muñón del toro con la grupa:
sacrilegio contra la belleza inocente y sacra. Sobre la piel, una rosa de
sangre.
Tarde de seis estilos distintos: el campero de Buendía, que ha perdido
encanto; el campero de Bohórquez, con injertos muy toreros; la revolución
ortodoxa y pura de Hermoso de Mendoza y la revolución heterodoxa y
circense de Cartagena; las expectativas sin definir de Diego Ventura y el
clasicismo de Moura. Moura pierde parte de este clasicismo a la hora de
matar, como si tuviera prisa. Lo mejor de ayer, dos banderillas exactas
con un tordo templadísimo.
Diego Ventura parece cada vez más una fotocopia de Cartagena; sólo
que más gestual y menos espectacular. Cortó una oreja populista,
mientras los buenos modales de Buendía y la tarde bastante atropellada de
Bohórquez se quedaban sin premio.
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