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PLAZA DE TOROS ALICANTE
Tarde del martes, 24 de junio del 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de
Daniel Ruiz, buenos.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El
País. VICENTE SOBRINO. Manzanares
sucede a Manzanares
El nuevo Manzanares tiene empaque; el nuevo Manzanares huele a torero.
El nuevo Manzanares, en fin, apunta condiciones de torero excepcional. En
el día de su alternativa pareció más un torero veterano que novel. Ni
asomo de nervios, asentado, pisando firme y con las ideas ordenadas. Tiene
plaza y planta el nuevo Manzanares. En el toro que le hizo matador, muy
justo de fuerzas, cargó la faena sobre la mano izquierda. La estructura
central de esa labor fueron tres buenas series de naturales, enroscándose
mucho al toro en los remates de pecho. Hubo tiempo también para los
cambios de mano y cierta trincherilla: un remate luminoso a faena del más
puro concepto clásico. Pero ¡ay! se le fue la mano y dejó un bajonazo
en el primer viaje, rectificando luego con una contundente estocada.
Con el novillote que cerró la tarde, que tuvo raza y viaje, Manzanares
se recreó por momentos. Primero con la derecha, hasta que una serie final
con la izquierda, muy larga, honda y templada, le sirvió para sumar nota
y redondear una faena de mucho calado. El refrendo fue otra estocada
rotunda.
A dos toros con muy poca fuerza les aplicó Ponce jarabe de temple y
los metió en cuidados intensivos. Ambas cuestiones obraron el milagro,
pues tanto el segundo toro como el cuarto acabaron muy entregados y con más
aire del que parecían tener. La primera faena no tuvo mayor secreto que
llevar la muleta a media altura, tirando con suavidad. En la segunda hubo
más ligereza, pues el toro, más defensivo al principio, le obligó a
ello. Sin molestarlo ni someterlo, Ponce acabó dueño absoluto de un toro
que al final incluso pareció incansable.
Las dos faenas de Rivera bascularon sobre la derecha. Fueron dos
trabajos animosos. Primero a un toro noble con poca fuerza, mientras que
el sobrero tuvo nervio. En ambos Rivera no se aclaró con la izquierda,
aunque un Alicante generoso le permitió sumarse a la fiesta.
La nota emotiva del festejo sucedió en la ceremonia de la alternativa,
el padre del nuevo matador de toros entregó el estoque a su hijo como
acto simbólico de una alternativa especial.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Ilusionante
y emotiva alternativa de Manzanares, una fecha para el recuerdo
Cuando José María Manzanares
padre acudió a la ceremonia de la alternativa tras la llamada de Ponce,
la emoción que se respiró erizó los vellos del ambiente tanto como los
ojos nublados en lágrimas de Manzanares hijo. El momento, la fotografía,
la herencia, el abrazo familiar es algo que perdurará por siempre en el
recuerdo de los aficionados. La carga sentimental era de profundidad. No sé
qué palabras pronunciaría el Sabio de Chiva, pero seguro que sería algo
así como «hoy te doctoro en el nombre de tu padre, como si fuese él».
Y así fue. La piel de gallina envuelve todavía esta pluma que escribe
con un bombeo que nace del corazón. Precioso el detalle del maestro
alicantino al recolocarle con todo el cariño del mundo al nuevo
Manzanares la espada sobre la muleta recién tomada, como la profesión.
Desprendió mucho significado el gesto, un acercamiento que borraba muchas
cosas y la distancia que nunca se debió producir. Hay mucho que hablar.
O, mejor dicho, que José María senior le tiene que hablar. Quizá no era
el día, porque el día pertenecía a Manzanares júnior desde que amaneció
hasta que la puerta grande se descerrajó para dar paso a un torero
ilusionante, con una cintura prodigiosa. El marcador, el rabo cortado al
sexto, no deja de ser una mera anécdota de toda una plaza que gozaba su día
grande entre el alborozo de contemplar el nacimiento de una estrella
futurible.
Tres naturales inmensos
La larga cambiada al toro del doctorado, muy justo de todo,
como toda la noble corrida de Daniel Ruiz, constituyó la carta de
presentación. Las dobladas, plenas de estética, precedieron a tres
naturales inmensos de ritmo, con la figura de Manzanares yéndose con los
viajes hasta bordar un pase de pecho de soberano empaque, como lo fueron
todos. Siguió el toreo zurdo con son y calidad, ligado y cómodo en la
colocación, tal vez para no forzar a un animal que no requería
esfuerzos, pero hay que hacer por cruzarse un poquito más; en redondo,
sobre la derecha, continuó a media altura, en una pequeña laguna, que el
pitón bueno era el izquierdo. La vuelta a la mano de los billetes terminó
por exprimir unas embestidas cada vez más paradas. Por allí selló un
par de cambios de mano superiores, como otro obligado pectoral. A la hora
de matar, se le fue la mano a los bajos, antes de una estocada perdiendo
la muleta.
Al sexto también lo lanceó a la verónica, con la mano exterior un
tanto alta. El prólogo de faena desembocó en los medios, con cadencia y
suavidad. Presentó la muleta quizá excesivamente elevada y hacia arriba;
se le ve a Manzanares más cómodo y acoplado con la izquierda, aunque en
medio del conjunto el pulso bajó para recuperarlo después por derechazos
y una última tanda cumbre, más ligada, con los vuelos a rastras. Ése es
el camino. El contundente espadazo, otra vez con pérdida del engaño,
precipitó la pañolada. Una, dos y, ya en el delirio de la fiesta, el
rabo, un premio para la ilusión, que ha de servir para incentivar y
motivar y ahondar en ese concepto extraordinario más que para creérselo.
Se debe exigir a José María júnior mucho porque tiene mucho que
ofrecer. Anda sobrado con los toros, pero hay que apostar y exponer
bastante más, con ambición de veras.
Ponce dictó una lección con el gazapón e incómodo cuarto, que no
remataba los muletazos ni se empleaba, especialmente por la izquierda. De
forma incomprensible el personal solicitó el ¡indulto! De coña. Enrique
lo sobó en una primera parte hasta que se rompió en dos series de
redondos mandones y largos. Una cadena de molinetes, unos doblones y media
estocada pusieron punto y final a un quehacer largo y muy por encima del
oponente. La obra anterior fue un dechado de mimo -ni un solo tirón- con
un torito sostenido con alfileres y con clase.
Rivera Ordóñez fue todo voluntad, desde la larga a portagayola hasta
la densa y poco templada faena al sobrero que hizo quinto, al que cortó
una oreja. Perdió otra con la espada ante el más brioso tercero, que
manseó en los tercios previos, con el que se encontró más a gusto
aunque siempre a la pala del pitón.
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