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Festejo
PLAZA DE TOROS DE
ALMERÍA
Tarde del lunes, 21 de agosto
 
Crónica de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros del marqués de Domecq, bien presentados y bravos. Al 4º se le dio la vuelta al ruedo justamente.

Diestros:

Entrada: menos de tres cuartos de entrada.

Tiempo: tarde agradable.

Crónicas de la prensa: El Mundo, El País


El Mundo. CARLOS CRIVELL. Con el sello de Joselito

La primera tarde de la Feria de Almería se llenó del aroma del toreo, del excelente toreo, del mejor Joselito. El espada madrileño firmó una obra de belleza deslumbrante a un gran toro del Marqués de Domecq. Fue un encuentro en la cumbre de un buen toro y un torero inspirado, que firmó y selló una obra íntima, como si la quisiera disfrutar él solo en la plaza almeriense.

A pesar de ello, la faena de Joselito fue para verla en silencio, como los buenos cantes. Joselito comenzó con pases por bajo. Las tandas con la derecha y la izquierda que siguieron fueron una lección de toreo armónico, suave y cadencioso. Joselito se recreó en cada muletazo, que surgían lentos, casi eternos. Era el toreo de sentimiento, hecho para sí mismo, como si estuviera en la soledad del campo. El remate con la espada, soberbio, propio de este matador de toros.

El mismo Joselito no se encontró a gusto con el primero, toro noble y parado, al que le dio muletazos sueltos entre algunas dudas y una alta dosis de aburrimiento. Incluso obsequió a la plaza con un metisaca infame en el brazuelo.

El Juli se encontró como en el patio de su casa. Entendió bien al flojo tercero, en tandas de muletazos fáciles, algunos de mucho mando con la izquierda, la mano con la que más luce. No importó ni el pinchazo ni una estocada baja y se le concedió una oreja facilona. Con sexto repitió su dosis de casta. La oreja era obligada.

Eugenio de Mora pasó por la plaza sin poder dejar ni una nota de su tauromaquia. Una tarde mala la tiene cualquiera. Lo que no se tiene con frecuencia es una tarde con toreo tan intimista como el de José Miguel Arroyo, que firmó y selló una obra de cante grande.


El País. JUAN ORTEGA. Por fin toros

Los toros del Marqués de Domecq lucían una hermosa estampa, la mayoría con cinco hierbas, bien puestos de pitones y de riñones. Nada exagerado, lo suficiente para hacer una buena y desacostumbrada corrida de toros.

Cuando un toro llega a la muleta tan boyante como lo hizo el cuarto, hay que plantearse la faena en intensidad y no en extensión. Sí, a pesar de todo, se elige el camino del mal gusto, hay que exigir, al menos, un 80% de pases buenos, en redondo y rematados atrás, camino que, indefectiblemente, nos llevará a la buena senda de lo intenso. Joselito se abonó a la línea recta y, de esa manera, desperdició el 70% de los cites. Dibujó una faena con altibajos, renunciando a pintar una docena de carteles de toros. Cierto es que se pueden entresacar cuatro o cinco y que la estocada, aguantando en la suerte contraria, fue buena, pero se echó de menos la necesidad de autoafirmación del diestro y el querer decir de una vez "aquí estoy yo".

En el primero, Joselito había desgranado una nana muleteril que durmió a los espectadores buenos. Mató de un metisaca en el sótano y de una estocada desprendida.

Eugenio de Mora no se enteró; tan poca costumbre tienen de ver toros, que no son capaces de reconocerlos cuando los tienen delante. El segundo se metió a sastre y le descosió el vestido por mala parte nada más empezar. Entró al caballo, unas veces bien y otras mal, alrededor de seis veces y, cada vez que arrancaba, lo hacía en series. El matador, sencillamente, no pudo; acabó de una estocada baja.

En el quinto correteó por todos los sitios sin quedarse quieto donde debía: dándole distancia por el pitón izquierdo. Tampoco supo de qué iba. Mató de media y dos descabellos.

El Juli, indudablemente, tiene capacidad para marcar la diferencia y, cuando la torería anda con el agua al cuello, él recibe al toro con una larga cambiada de rodillas, continúa con verónicas rodilla en tierra y acaba de pie ganando sitio y ganándose al público. A la hora de banderillear, sólo lo hizo en el tercero, con más vistosidad que otra cosa. Con la muleta fue ella en los dos toros; ahí, El Juli tiene que repasar lecciones atrasadas, desde la letra "a", teniendo en cuenta que conoce bien la "v" de valor. Es curioso que toree mejor de rodillas que de pie. Y eso ocurrió ayer; esperemos que de lo curioso no se pase a lo aberrante. Otras veces, esta misma temporada, El Juli ha sabido inyectar una ciencia a su muleta de la que ayer careció. A la hora de matar, en cambio, un cañón.

 

 

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