La corrida de ayer domingo en Barcelona comenzó de un modo triste:
paseíllo sin música y un minuto de silencio a la memoria de Antonio
Carrafa, que fue presidente en la Monumental durante 20 temporadas
consecutivas, hasta el pasado 22 de julio, prestigiando la plaza de toros
de Barcelona con sus conocimientos, su autoridad y su afición. Un gran
presidente, al que la afición no olvidará nunca.
Los dos ejemplares de Jandilla lidiados para rejones, parecían querer
demostrar que un Jandilla es siempre un Jandilla, aunque los dejen para
rejones. El primero comenzó doliéndose al castigo, pero acabó con gran
tranco, facilitando el lucimiento a un Martín González Porras al que
siguen sobrando gestualidad y teatro. En cambio, en lo esencial, clavar y
torear a caballo, estuvo impecable, advirtiendose en él, en este terreno,
una muy positiva evolución. A su cargo corrió lo más lucido de la
tarde.
También, aunque algo más soso, el otro Jandilla con el que el
debutante Francisco Benito estuvo con muchas ganas, pero regularmente
acertado, con diversas pasadas en falso y poca fortuna con el descabello.
Cuando Javier Vázquez lanceaba a su primero tropezó y cayó en la
cara del toro, y cuando el diestro intentó hacerse el quite con el
capote, no obedeció al engaño, prendiéndole aparatosamente y lanzándolo
a gran altura. En la enfermería, además de conmoción cerebral y
diversas erosiones y contusiones, se le apreció una herida en la región
suprapúbica derecha con dos trayectorias, calificada de pronóstico grave
por el equipo médico que dirige el doctor Olsina.
El debutante alicantino Antonio Pérez El Renco tuvo que
despachar, por la cogida de Javier Vázquez, cuatro toros, con lo que en
vez de tenerse que enfrentar con un mal lote, tuvo que hacerlo con dos. Y
como un buen aficionado, lo primero que mira para juzgar a un torero es el
juego que dan sus toros, puede decirse que El Renco estuvo bien.
Lucimiento espectacular no cabía, pero sí lo que hizo El Renco, mostrar
un seco valor, arriesgar, no cejar en el empeño y justificarse. Dentro de
una tónica semejante, cabe destacar que tragó mucho al tercero, que
saludó con tres largas de rodillas y exprimió al quinto y que no estuvo
muy acertado con la espada. Alguna vuelta al ruedo hubiese dado si no
llega a fallar en una suerte suprema, para cuya feliz ejecución, todo hay
que decirlo, los astados no daban precisamente facilidades. Pero a El
Renco, en líneas generales y a pesar de las dificultades, se le vio pisar
el ruedo con firmeza y capacidad.