|
|
|
Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del sábado, 19 de agosto del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Benítez
Cubero, exageradamente desmochados para rejoneo de José Benítez Cubero,
dieron juego, algunos flojos
Diestros:
-
Joâo Moura,
pinchazo y rejón escandalosamente bajo (ovación y saludos); rejón
atravesado y rueda insistente de peones (silencio y cuando saluda por su
cuenta, palmas).
-
Leonardo
Hernández, rejón trasero (oreja); rejón trasero caído, rueda de peones
y, pie a tierra, descabello -primer aviso--, cinco descabellos -segundo
aviso--, seis descabellos y se echa el toro (silencio).
-
Pablo Hermoso de
Mendoza, rejón bajo y rueda insistente de peones (ovación y salida al
tercio); rejón atravesado caído (oreja).
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, El País
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Triunfal
caballería
Lo bueno que tienen las mal llamadas corridas de rejones es que escenifican
la versión triunfal de la gloriosa caballería; por éstas que sí. Salen los
rejoneadores y se diría que son -todos tres- Alejandro el Magno proclamado Hijo
de Ra; caballeros de Bucéfalo; jinetes de Babieca; campeadores
por las tierras ubérrimas de Valencia... Se diría que son, y lo saben, y
cabalgan solemnes, poseídos de su majestad. Y el pueblo llano les rinde pleitesía.
Y se entusiasma con lo que hagan, así sea estornudar.
Lo que más entusiasma al pueblo llano es que los rejoneadores se quiten el
sombrero. Se quita el sombrero un rejoneador y el pueblo llano se pone a cien.
Uno no sabe el motivo y eso que lo ha visto mil veces. ¿Qué digo mil? Mil
veces mil. Quien consiga averiguar la razón por la cual el pueblo llano se
colma de felicidad y rompe entusiasmado a aplaudir cada vez que un rejoneador se
quita el sombrero habrá descubierto el misterio profundo de la condición
humana.
Hay rejoneadores que se aprovechan y no paran de quitarse el sombrero. Y pues
provocan así una ovación permanente, les entran delirios de grandeza y acaban
perdiendo el oremus. Leonardo Hernández, uno de los rejoneadores que más
recurren al sombrero, le pegó un mal rejonazo al quinto toro mas creyó que era
jupiterino y se tiró del caballo, pareció que la iba a emprender a bofetadas
con los peones y le dio como un ataque de locura pegando brincos delante del
toro mientras manoteaba frenético haciendo señas de que lo tenía moribundo.
Pero qué va. El toro permanecía vivito y coleando. Y Leonardo Hernández oyó
dos avisos -a punto estuvieron de ser tres- en tanto montaba una sórdida y
escandalosa ejecución a vil golpe de descabello.
Otras acciones de Leonardo Hernández poseyeron mayor decencia aunque tampoco
pasaban de ir por casa; pues una cosa es el toreo a caballo, otra el delirante
triunfalismo con que lo acompañan los rejoneadores. En toreo, el que lo hizo
estupendo fue Pablo Hermoso de Mendoza, excelente en banderillas, tanto con el
tercer toro como cabalgando a Cagancho con el sexto.
Joâo Moura, que tuvo una actuación mediocre, al primer toro lo mató de un
escandaloso rejonazo en las bajos y al cuarto le clavó una banderilla en la
tripa. Claro que no pasó nada. Antes al contrario, se puso a saludar y el
pueblo llano lo aplaudía. Antes, estos acuchillamientos eran de juzgado de
guardia y ahora nimban a quienes los perpetran. Es la evolución de la fiesta,
que llaman.
El Mundo.
JOSÉ MANUEL PERUJO. Madrid. De toros y otras historias
Las tardes de toros de calor extremo, cuando le veo a Moura congestionado y a
José Luis Suárez Guánez con cabeza de patricio pero exceso de romana, siento
preocupación por los tres, y me incluyo. Pero el colega de ABC y yo, sólo
toreamos con la toalla al salir de la ducha matutina ¿verdad José Luis? Moura,
atacado de kilos, no puede con los corceles y en el primero, aunque preciso y
breve, estuvo torpón con Duque que atendía con dificultades a su
requerimiento. En el cuarto quebró bien en la cara, pero a veces se le fueron
algunos rehiletes al entresuelo del toro.
Leonardo Hernández, devolvió en la muerte del quinto todo lo bueno que había
hecho antes. Sobrio, ágil, muy torero, excelente caballista, Leonardo en el
segundo, que fue no el mejor sino el único toro aceptable de la tarde, confirmó
con Hechicero lo hecho el año pasado. Mató de rejón contrario y ya tocaban a
vísperas de que podía armarla. Pero en el quinto, Leonardo ni remató, ni
convenció. Dejó un rejón enhebrado, falló en banderillas a dos manos y perdió
la brújula con el descabello a punto de cometer un desaguisado.
A Hermoso de Mendoza está a punto de pasársele el arroz. Pablo quebró en
la cara y por los adentros, movió a sus caballos con elegancia suprema y mató
arriba con el público frío a pesar del arte de chicuelo.
En el que cerraba plaza lo bordó con Cagancho, en tablas, con los flancos y
de frente. Y mató con belleza y respeto. Pero todo sin emoción, porque la
corrida estaba afeitada con hacha, y así para Pablo se han acabado los
adjetivos.
El hombre llamado caballo, el centauro, el adaliz, el delfín, el asombro de
Damasco, la Biblia en verso, rodeado de sus corceles de nombres toreros o árabes,
aburrido de tanta perfección, a Hermoso de Mendoza, el estellés sólo le falta
un paso. Se lo debe a Antonio Cañero, que sorteaba con sus compañeros de
cartel.
ABC.
José Luis SUÁREZ GUANES. Hermoso
de Mendoza, al final, remontó el éxito de Leonardo Hernández
La Feria de Bilbao se abrió con un precioso castaño, bociclaro de Benítez
Cubero, al que Joao Moura prendió un rejón en todo lo alto después de
torearlo y recortarlo con la banderola. Salió de dentro a fuera para poner un
segundo hierro, lleno de ortodoxia y clasicismo. Con un precioso tordo preparó
la suerte de banderillas y colocó el palo en todo lo alto, pero el bovino
resbaló y, al caerse, el trance resultó deslucido. Un tercer rehilete arriba,
con el astado recuperado de su tropezón, volvió a subir la labor del lusitano.
Una cuarta banderilla, también precisa y en lo alto del morrillo. El pinchazo
previo al rejón mortal disipó un mayor reconocimiento.
Tardó Moura en meter en vereda al cuarto, distraído del todo. Puso dos
rejones en lo alto, con su reconocido clasicismo y pericia. Un par de
banderillas correcto. Al obligarle al segundo, el toro estuvo a punto de caerse.
Buen quiebro en primera instancia y uno puesto en la tripa del caballo, aunque
había sido positiva su preparación. Las postrimerías de su labor las salvó
con otras discretas para terminar al primer intento, pero de forma deslucida
pues su rival tardó en caer.
El segundo de la tarde salió también distraído del chiquero —nota común
de la corrida—, emplazándose en el centro del ruedo. De esta situación lo
sacó Leonardo Hernández al colocarle un rejón en todo lo alto. Pero la alegría
circunstancial se volvió a tornar distraída y displicente de la lidia, justo
hasta que Leonardo le colocó el segundo. Se volvió a parar el astado, pero,
con denuedo y afán, —y con menos espera— llegaría el tercero. Una
banderilla en lo alto y una segunda, más forzada en ejecución, hasta llegar a
una tercera, cambiándole el viaje a la res, francamente conseguida. Un par a
dos manos le salió bordado. Falló con las cortas tras un nuevo par corriente,
pero al matar con prontitud ganó el trofeo en buena lid.
Al relance y con el hierro enhebrado en la piel de otro distraído
antagonista, puso Leonardo su primer rejoncillo al quinto. De forma más clásica
llegó el segundo haciéndolo todo el caballero. Tras una excelente ejecución
clavó un quiebro en las misma péndolas, y si en el segundo par salió de
dentro a fuera, en el tercero volvió a quebrar con idéntico acierto. Un par a
dos manos resultó fallido y, aunque luego remontó posiciones, tuvo que echar
pie a tierra para descabellar y con esta arma emborronó toda su labor.
Hermoso de Mendoza intentó en todo momento sacar el mayor partido de un toro
distraído, hasta se metió por los adentros. Muy voluntarioso y vistoso y
torero al mandar y templar con las ancas del caballo. De todas maneras no anduvo
a la altura de otras veces. En el sexto, realizó una excelente actuación con
la colaboración de «Cagancho», en la que buscó siempre los caminos más clásicos
y ortodoxos. Al acabar del primer envite toricida logró la oreja que le
empataba con el hacer de Leonardo.
|
|