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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE VISTA ALEGRE
BILBAO
Tarde del miércoles, 22 de agosto de 2001
Corrida de toros
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de
Victorino Martín, bien presentados.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
PortalTaurino,
El País, El Mundo, ABC
PortalTaurino.
EMILIO TRIGO. Ni mermado es desbancado
La primera de las impresiones que nos llevamos de la
tarde de ayer, nada más entrar en la plaza, fue, el increíble bochorno
que tuvimos que soportar en los tendidos de la poblada plaza de toros de
Vista Alegre, la mejor entrada hasta el momento. Y la segunda, que tiene
más relevancia taurina, es que al terminar el festejo todos los
aficionados comentaban lo mismo, ni mermado pueden con este Juli.
Quién lo diría después de lo visto. Tercios de
banderillas, quites, incluso hasta un salto al callejón, en definitiva,
entrega total de principio a fin. Julián, llegó a Bilbao con los
puntos de la cornada recibida en Málaga el pasado sábado, pero eso no
mermó la raza y la casta que tiene este figurón, al que a veces se le
notaba que aquello producía dolor e incluso se le vio que sangraba la
pantorrilla.
Parece que nada detiene a este ciclón taurino, que salió
algo comprometido del saludo capotero a su primero. El madrileño lució
un alarde de facultades físicas, en sendos tercios de banderillas y con
la muleta construyó dos faenas bien distintas. Al tercero, que brindó
al respetable, intercaló el lucimiento del toreo al natural y la
inteligencia lidiadora para dominar al correoso Victorino. Con el sexto,
el más noble de la peligrosa corrida, Julián cimentó a base de ligazón
y largura, los pilares de su labor muleteril con la diestra y terminó
la obra con el temple que posee en su izquierda. Antes de realizar esta
bella construcción, nos deleitó con dos quites en uno: chicuelinas y
caleserinas que metieron al público de lleno en la edificación y se
levantó de su localidad a rendirse al Juli.
Regresando al inicio del festejo que abrió El Califa,
vimos a un valenciano con dos caras totalmente diferentes. Valentísimo
en el primero de la tarde, jugándosela y con firmeza, ya que el astado
lo buscaba al salir del muletazo y desdibujado y afligido, sin recursos,
estando a merced del toro en el cuarto. Dos caras opuestas a las que no
nos tiene acostumbrados este torero, sobre todo en está ultima.
Para cerrar la terna un Abellán que tampoco fue el de
otras veces. Al segundo, otro toro de ligero cuello, que no permita ningún
resquicio de error le presentó la muleta adelante para que el Victorino
no lo viera y le robó alguna tanda estimable con la izquierda. Pero
donde debió cortar la oreja y no lo hizo por su excesivo conformismo
fue cuando tuvo frente a sí a un oponente que no tenía las malas ideas
de sus hermanos. Tuvo buen tono su labor por ambos pitones, pero le faltó
romper o lo que es lo mismo, fajarse de lleno para no llevarse solo una
vuelta al ruedo.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Casta contra la casta
Los toros de Victorino Martín sacaron casta, El Juli también. Uno
contra otro -casta contra casta- hicieron saltar chispas en algunos
momentos de sus múltiples encaramientos y el público la gozó con
ello.
Traía El Juli fama de héroe, probablemente bien ganada, y para la
afición bilbaína quedó de sobra ratificada. Venía de estar herido -una
cornada en Málaga, pronóstico grave- y sin embargo tal como se le vio
moverse, bullir, correr, cualquiera habría pensado que regresaba de
unas vacaciones en el Caribe.
O sea, que una de dos: o El Juli posee una encarnadura propia de
distinto orden cósmico o la cornada aquella tampoco debió de ser para
tanto. Quién sabe, a lo mejor nos están mandando toreros de otra
galaxia. Hasta hace poco era José Tomás; ahora se le une El Juli.
Lo de los victorinos y El Juli iba de careo: o usted o yo, a ver quién
gana. Lo de los otros espadas de la terna -El Califa y Miguel Abellán,
que dicen ser y llamarse- también, sólo que los mencionados coletudos
no parecían estar por la labor y antes rehuían que presentaban batalla
a las encastadas embestidas.
Defraudaron El Califa y Miguel Abellán, esa es la verdad. No mucho,
pues ya se les conocían antecedentes y pocos en la plaza confiaban en
que fuera a realizar proezas. Sin embargo, algo más de dominio, de
aguante y de pundonor cabía esperar de sus ambiciones de futuro y de su
vocación torera.
No ligaban los pases. Ni por milagro se estaban quietos, tanto El
Califa como Abellán, para embarcar cada embestida, permanecer durante
su remate a pie quieto, ligarla con el siguiente muletazo... De manera
que sus faenas -las cuatro; dos de cada cual- se las pasaron corriendo;
y, además, sufrieron numerosos achuchones y varios desarmes.
Peor resultado obtuvo El Califa cuyas formas delataban ausencia de técnica,
una sorprendente falta del esencial sentido de la colocación, una
tosquedad manifiesta. Miguel Abellán, en cambio, si bien tampoco paraba
de correr, sacaba a veces muletazos largos de aseada factura.
Lo malo para Abellán, no obstante, consistió en que le correspondió
el mejor toro de la corrida. Un serio y encastado ejemplar de total
boyantía -de los que embisten repetitivos y humillados- al que no
consiguió sacar partido en ningún momento. Finalizada la faena hubo
parte de la plaza que pidió para Abellán la oreja, pero eso sólo es
una prueba más del orejismo contumaz que caracteriza al triunfalista público
de Bilbao.
De todos modos, no se explica por qué el presidente le negó esa
oreja del quinto toro a Abellán y concedió a El Juli la del sexto,
cuando esta petición fue mucho menor e incluso podría calificarse de
insignificante. De manera que no se entiende, salvo que el presidente
sea júligan. Pero debería disimilar.
El Juli capoteó voluntarioso, entró a quites, el del sexto toro lo
ejecutó por partida doble, banderilleó veloz y fuera cacho, exhibió
unas facultades que para sí quisieran los que no sufren cornadas, hizo
frente a la casta de sus dos toros muleteándolos con coraje. Lo que no
significa que ligara los pases. El Juli ponía tierra por medio al
rematarlos, como cada hijo de vecino (cada hijo de vecino de la moderna
tauromaquia, entiéndase) y únicamente el oficio y el entusiasmo que
puso en la tarea permitieron que su desligado toreo se notara menos.
Y, en fin, triunfó El Juli. El público bilbaíno salió de la plaza
júligan convencido. Eso de que viniese reapareciendo tras una
grave cornada y anduviera como una moto por el redondel impresionó
mucho. Parecía del Athletic.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Orejas y agravios comparativos
Decía Juan de Mairena que el hombre tiende a dar por bueno y
verdadero todo lo que resulta útil. Así, en el mundo taurino, se
certifica como supremo valor de uso y utilidad, las orejas que cortan
los toreros. En este sentido la reaparición de El Juli, convaleciente
de una cornada que los médicos diagnosticaron como necesitada de tres
semanas de curación, ha sido utilísima. ¿Ha sido también buena y
verdadera? Para él desde luego que sí. Y también para la Junta
Administrativa y para quienes pidieron las orejas, no muchos, y las
consiguieron. A El Juli le dijeron que iba a sustituirlo Ponce y se
escapó del hospital; con dos pares.
No sé si habrá tenido que firmar algún documento eximiendo de
responsabilidad a los galenos. Sea lo que sea, se presentó en Bilbao
con gran alboroto y gran fanfarria y se llevó dos orejas. A ver: ¿por
qué razón el presidente le negó una oreja a Miguel Abellán y se la
dio a Julián López? ¿Por pañuelos? No. ¿Por güevos? Acaso. La
petición en el sexto fue minoritaria. El sentido casi napoleónico que
empieza a tener el palco de Bilbao acaso sea bueno para contener el
desmadre de esta plaza. Pero no ayer. Ayer, al menos en las peticiones,
la plaza estuvo comedida y quien sacó los pies del tiesto fue la
presidencia.
El beneficiado fue El Juli y acaso el señor presidente, al sacar los
pañuelos, pensara en el heroísmo que supone escaparse del hospital y
venir a torear. A El Juli le mientan a Ponce, le dicen que va a ocupar
su puesto ante los victorinos de Bilbao, y le hierve la sangre. También
a Curro Vázquez le está hirviendo la sangre por ir a Almería, tras el
palizón de El Escorial. Ahí quedan para la historia las verónicas con
que paró a un victorino hace un mes en Valencia. Abellán se lució en
un quite por navarras; El Califa en uno por chicuelinas en el sexto; y
El Juli en uno por chicuelinas y en otro de gaoneras y faroles. Pero ¿quién
paró a la verónica a los victorinos de salida? Ninguno. El Juli, pues,
vino a Bilbao no sé si con vendaje o sin vendaje, infiltrado o sin
infiltrar, pero vino a tope; y fue el que menos mal estuvo de los tres.
Incluso, teniendo en cuenta las alarmas difundidas por los equipos médicos
estos días, puede decirse que estuvo superbién.
El Juli estuvo atlético en banderillas, responsable, moviéndose de
un lado para otro como si la cornada de hace diez días hubiera sido sólo
un rasguño. Sin ánimo de ofender, debe ser cierto eso de que los
toreros tienen carnes de perro. La similitud con el can les gusta mucho
a los toreros: arrimarse como un perro, por ejemplo. Abellán se arrimó,
aunque no me atrevo a utilizar la comparación. Se arrimó, simplemente.
Estuvo voluntarioso, incluso sin venir a cuento, como en el intento de
quite a la primera ruina de El Califa. Medios pases y carreras enteras.
Se le notó a Abellán la indigencia técnica, la orfandad de recursos.
Y anduvo valentón con el toro más bravo de la corrida, aunque sin
cuajar una tanda completa. A éste lo mató de un bajonazo y a su
primero de estocada tendida y trasera. La suerte del desarme es otra
prueba más del civismo que reina en las plazas de toros y, en especial,
en la de Bilbao. Lo que más le aplaudieron a Abellán fueron dos
desarmes. Pero que conste que la oreja se le pidió con más fuerza que
para El Juli.
Los victorinos no fueron alimañas; fueron, simplemente, toros
enrazados, con instinto ofensivo de toros de lidia y con un par de
mazapanes como el primero y el sexto. Abellán, como se ha dicho, valentón;
El Juli, profesional y sin dar nunca un muletazo por perdido. Aprovechó
con oficio y capacidad las bondades del sexto al que mató de un
pinchazo hondo y dos descabellos. El Califa echó otro borrón, y no sólo
por los bajonazos, a su desafortunada temporada. El Califa no se fue al
hule de milagro y está pasando, en estos momentos, un quinario.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Sombrerazo para la
casta de El Juli
Ante El Juli hay que quitarse el sombrero. Destocarse por el doble
gesto de ayer, gesto de figura desde todos los ángulos. Por anunciarse
con los victorinos en Bilbao. Por acudir a la cita, a sabiendas de la
responsabilidad contraída, herido, con los puntos puestos y la cornada
fresca. Por dar la cara en los tres tercios, sin rehuir las banderillas
pese a no estar al cien por cien de facultades. Tíos así le hacen
falta a la Fiesta. Vayan estas líneas por delante antes de analizar su
actuación y la fuerte y emotiva, por complicada, corrida de Victorino,
que tuvo en un par de toros -quinto y sexto- sus mejores exponentes.
RAUDO EN COLOCACIÓN
De entrada, Juli se embraguetó a la verónica con su primero, sufrió
un enganchón y pasó apuros para recuperar el capote. No quiso
desperdiciar un quite y forzó unas navarras precipitadas. No pasó de
gris con los palos. Gris como el cielo panzaburra, el ruedo ferruginoso
y los toros cárdenos. Pero, insisto, se le agradece el detalle. Funcionó
habilidoso con las cortas arrancadas de su enemigo. Raudo en colocación
y también para buscarle las vueltas sobre ambas manos. Ejecutó la
suerte del volapié por derecho y cobró una oreja.
Por supuesto que mucho mejor estuvo con el noble e imponente sexto,
nada que ver con el resto de sus hermanos. A veces se juzga a los
toreros como si todos los toros estuvieran cortados por el mismo patrón.
Pronto se hizo presente con el capote, con más oficio que estética,
aunque la media de broche destelló por sí misma. Puyazo trasero, como
siempre, y El Juli calentó ya la plaza con un ceñido quite por
chicuelinas y otro más vistoso por caleserinas, consecutivos, sin dar
tiempo a que se apagaran las ovaciones. Ahora usó las banderillas, las
suyas propias, con seguridad y acierto en las reuniones, al cuarteo y,
por dos veces, al sesgo, de dentro hacia fuera. En una moneda de veinte
duros quedaron prendidas.Enseguida se fue a los medios, tras un templado
inicio, para torear largo y asentado por la derecha y mejorar aún más
en la siguiente serie. Cambió de pitón y siguió buscando llevar al
victorino hasta donde ya no dan más de sí ni el brazo ni la cintura.
Planteó otras distancias de nuevo al natural, más al unipase, antes de
un cierre diestro. «¡Vamos a reventarlo», dijo a la hora de matar.
Pero, por desgracia, pinchó, aunque con la suficiente profundidad y en
buen sitio. Precisó del descabello para finalizar. Tal como iba la
cosa, si hubiera conseguido la estocada habría abierto la puerta grande
con las tres necesarias orejas. Aun así sumó otro trofeo.
Abellán estuvo muy dispuesto toda la tarde. Meritorios fueron los
pases obtenidos del segundo, un toro reservón que rebañaba a la salida
de cada viaje. No perdió ánimos con el quinto, al que saludó con una
larga cambiada. Picó bien El Soro las bravas acometidas. El último
tercio empezó en buen tono al natural y luego degeneró en barullo, con
el victorino que se vencía un poco. Anotamos la voluntad, el valor y un
feo bajonazo. No cuajó la petición y acabó paseando el anillo.
UN DIAMANTE SIN PULIR
En El Califa siempre advertimos un diamante sin pulir. Pero no se ha
pulido, y eso ya sólo es culpa suya. No ha mejorado nada técnicamente.Debió
abrir su primera faena por bajo, para intentar someter a un toro que
echaba la cara arriba. Estuvo a merced, hasta que en dos tandas diestras
se hizo más con la situación, muy avanzada la obra.
Apuntaba, con matices complicados, el cuarto, que empeoró a base de
tirones y latigazos. Se salvó de la cornada en una voletereta y se le
fue la mano a los sótanos.
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