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Corridas Generales
PLAZA DE
TOROS DE VISTA
ALEGRE
BILBAO
Tarde del viernes, 22 de agosto de 2003
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Samuel
Flores y Manuela López, de pitones enormes, algunos poca fuerza, en general inservibles y con peligro otros, el mejor el 6º.
Diestros:
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Enrique Ponce: bajonazo (silencio); pinchazo -aviso-, pinchazo y descabello (ovación).
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El Califa: pinchazo y estocada baja (silencio); pinchazo y estocada trasera -aviso- y cae el toro (silencio).
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César
Jiménez: pinchazo y estocada desprendida (silencio); media estocada (oreja).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
El País,
ABC.
El País.
JOSÉ LUIS MERINO. Un César en Bilbao
Ayer, César Jiménez tuvo que ganarse la oreja de su sexto toro a pulso. De la efervescente apoteosis esgrimida por el público hacia él anteayer, nada se supo. Cuando acabó el paseíllo no hubo un solo aplauso que recordara su excelente actuación de la víspera. ¿Es que ni uno de los catorce mil y pico de los espectadores de anteayer estuvo presente en la corrida de ayer? ¿Estábamos en otra ciudad que no era Bilbao?
Amnesias aparte, César Jiménez toreó a ese sexto toro con la mano derecha primorosamente en ocasiones. Hubo series muy templadas, mandonas y ejecutadas con desmayo. Mientras su brazo derecho trenzaba los pases, la mano izquierda caía inerte como un ala. Empapaba abrumadoramente la enastada frente del samuel con sus derechazos sedeños. Dejó algunos (pocos) naturales largos, abrochados por dos de pecho muy hondos. Donde los redondos se hicieron más potentes y alados fue cuando instrumentó varios de ellos ligados que parecían cosidos por un hilo invisible. El público percibía un gran placer porque entendía que toro y torero no eran sino la misma cosa. Eran dos seres (racional y animal) que se pusieron de acuerdo para encontrarse a la vista de un público en armoniosa y bella fugacidad. Pase a pase, la faena acabó cuando se fue tras la espada y dejó media en un buen sitio. De nuevo, el subalterno de César Jiménez El Chano volvió a encandilar con sus dos expositivos y magistrales pares de banderillas. La ovación todavía sigue sonando más allá del crepúsculo de esa tarde.
La labor de Enrique Ponce en el cuarto de la corrida debe recordarse con letras de bronce. El toro tomó tres varas. Provocó un miedo cerval a la hora de banderillear. Y el torero, después de un buen trasteo, fue haciéndose con el toro, pero no como cosa fácil. Fue sometiéndole e incluso recibiendo tropezones en su muleta. Toreó con las dos manos. En una serie de derechazos se palpaba que había rabia en su muñeca, porque estaba latiendo dentro de sí el torero que lleva dentro. No importaba que la faena no pudiera atesorar calidad artística. Importaba que el torero fuera dominando al toro hasta llegar a dar alguna serie con una limpieza, una cadencia y una lentitud poderosísimas. Ahí le vimos al Ponce que tan poco nos ha gustado en ocasiones triunfalistas. Ayer, el torero se ganó el respeto de quienes se sienten aficionados de verdad. Hay que felicitarle públicamente.
En las dos faenas, El Califa anduvo sin sitio ni oficio. Sus toros no sirvieron. Quizá sea esto un atenuante.
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Un respeto para Enrique Ponce
¡Qué barbaridad de cabezas! ¡Qué testas! ¡Qué arboladuras las de los samueles! Se salían del cuadro, de la muleta, como las esculturas broncíneas de Puente Jerez en el Ercilla, imponentes. Leña y más leña, leña y poco fuego, o leña y escaso juego. Pero allí delante, abajo, donde los toreros, la sensación de inmensidad de los toros debía de ser multiplicada por cuatro respecto a la que se vivía en el tendido. Un respeto.
Y un respeto para Enrique Ponce, que a estas alturas de su carrera no vuelve la cara a semejantes compromisos ni a las situaciones derivadas de los mismos. Meter a ese pavoroso cuarto en el engaño, que hacía falta una manta de Zamora para embarcarlo, con ese volumen y sus reticencias, tela marinera. Pero Ponce lo hace todo como si tal cosa, aunque ayer habrá sido de los días en que ha transmitido un mayor esfuerzo, que incluso su eficaz y profesional cuadrilla pasó las de Caín con los palos. Las dobladas principales, genuflexo y poderoso, sacaron a los medios a la bestia. Sudó lo suyo sobre la mano derecha, entre las protestas del cuajado enemigo, a dos meses de los cinco años; tomó la flámula el morlaco con mayor largura hacia los adentros, más cerca de la raya, donde incluso amagó con irse. Por ello quizá se lo sacó luego a los medios. Allí parecía defenderse más el toro, que acarreó un desarme al natural. Ese lapsus se superó con la derecha mandona, que metió definitivamente a la plaza en la creciente faena, de nuevo cerca de la segunda raya, que definitivamente era el terreno. Los doblones de despedida prepararon una estocada que no sucedió. Y se enfrió y desapareció la posibilidad de una oreja de importancia. Cómo vaciar la embestida con esa cornamenta de un metro fue un problema que solucionó con media estocada habilidosa a la tercera intentona. El público lo valoró como merece.
Cada arrancada del primero sonaba como un bufido de mamut, con un cabeceo temerario además. Ponce resolvió mientras resoplaba. Nunca estuvo a gusto. No era para menos. Ni se lo pensó a la hora de atacar los blandos con la espada.
La mano de César Jiménez en los sorteos funcionó otra vez. Fue el enorme sexto el mejor samuel. Lo bordó El Chano con los palos por segunda tarde consecutiva. Jiménez se armó de valor y le echó las dos rodillas por tierra en el prólogo de faena. Nadie lo esperaba después de unos albores de lidia un tanto desencajados. C.J. trató esta vez de gustarse algo más, de hacer las cosas más reposado, más templado que el día anterior, trazando los muletazos más en curva, e incluso una trinchera desprendió un cierto sentimiento; una sola tanta al natural pareció demasiado poco. Los redondos fueron la tónica, alargados en circulares completos al final. Sobraron los alardes últimos de rodillas que pasaron un tanto la faena de rosca. Media estocada propició una oreja.
Derrote tremendo
Para tocar el trofeo había pasado por el trago de un derrote tremendo en el tercero. El hachazo a la hombrera casi lo destroza. Un milagro. Los tremendos puyazos que ordenó no anularon un constante cabeceo entre nulas y opacas embestidas. Jiménez anduvo breve y halló los bajos con la espada.
El Califa se estrelló contra un lote malo y contra su propia y precaria técnica. Uno blando y pegajoso, con una cabeza desproporcionada sobre un cuerpo menor; el otro, muy astifino, más «normalito», pareció más complicado en sus manos.
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