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TOROS EN EL PUERTO DE SANTA MARÍA


Plaza de toros: datos e imágenes

Crónicas


PortalTaurino, 21 de agosto de 2005MANUEL VIERA. Traca final

En una ocasión, escuché decir que “todo lo que el hombre sea capaz de imaginar, todo será realizado por otros hombres”. Tenía razón quien esto dijo. Jesuli de Torrecera hizo abajo, en el ruedo, lo que se imaginaban arriba, en los tendidos, sus muchos seguidores: indultar al toro que toreaba. Ha sido la vez que con más fuerza he visto solicitar al palco el pañuelo naranja. Más allá de intereses de minorías, la gente pedía larga vida para “Líbano” – un “colorao” de 540 kilos marcado con el número 129 de la ganadería de El Torreón-. Fue tal el flamear del blanco color que el indultó se consumió.

Claro que, el toreo de Torrecera a este sexto de la tarde lidiado en quinto lugar, constituyó una de las faenas más irreprochables que le he visto al jerezano, que se encontró con el sorprendente y bravo galope del toro de Rincón y toda una plaza a su favor. “Líbano” embistió brusco al capote de Jesuli y echó la cara arriba en el peto de la cabalgadura. No obstante, demostró su buen tranco en banderillas y se creció con excelente clase en la muleta. El cite de larga distancia, la forma de presentar el engaño, la claridad de los pases, y sobre todo la serenidad con la que supo conducir la encastada embestida del bravo y noble animal, luciéndolo en los medios y ligando los diestros muletazos con espléndidos remates, son elementos que contribuyeron a magnificar lo ya enorme. 

Que esta versión de toreo clásico realizada por Torrecera se aplaudiera por bulerías, da una idea de la emoción que produjo la faena en los tendidos. Muletazos, algunos, para enmarcar: despacio, largos, hilvanados y rematados, y casi todos diestros. Sólo dos al natural, cautivadores y notables, produjeron en la gente nueva sensación emocional. Tuvieron después riquezas de matices los pases mirando al tendido, los adornos y remates. Ya digo: faena de momentos encomiables que satisfizo y convenció.

Antes, Jesuli de Torrecera, logró con el tercero pasear una oreja de poco peso tras un trasteo despacioso y de detalles a un noble toro soso y rajado.

Y aunque El Cid también logró un apéndice de cada unos de sus toros -el sexto, que mató por cogida de Ponce, no lo quiso ver- hoy le faltó vitalidad, impulso, gracia, y convicción. Las faenas del Manuel Jesús al segundo y al cuarto fueron buenas aunque no impecables como se esperaba. El Cid ha actuado conformista y ha toreado despegado. Demasiado despegado. Y aunque el sevillano posee una profundidad encomiable en su toreo, en el que hoy ofreció se echó en falta algo más de autenticidad, y sobre todo, ajuste. Al segundo, noble y con tendencia a tablas le dibujó templados muletazos con la diestra y algún que otro natural sin demasiada pasión. La estocada le brindó la posibilidad de cortar la primera oreja. Con el quinto -lidiado en cuarto lugar- compuso una faena de notables pases con la diestra, pero sin alcanzar nota elevada. Su toreo careció de emoción y sólo el fervor que le profesa esta buena gente y su estado de gracia le permitió abrir una puerta grande sin demasiada grandeza.

Ponce esta tarde no pudo ser Ponce. Nada más iniciar la faena de muleta fue sorprendido por su primer toro. Consecuencia: cornada de diez centímetros en el tercio medio de la pierna derecha calificada de grave. Tras matar fue intervenido en la enfermería de la plaza. Se corrió turno. 

En definitiva, diversidad en la interesante tarde de toros portuense, que cierra con traca final la buena temporada estival. Mejoró la presencia y calidad del toro en este finalizado abono que tuvo tardes de gran expectación y notables triunfos. Que se repita.


  PortalTaurino, 14 de agosto de 2005MANUEL VIERAPepín Liria, carismático y auténtico

Dar la nota. Y bien que la dieron cuando anunciaron por megafonía que se guardaría un minuto de silencio en memoria de un empleado de la plaza recientemente fallecido. Todos esperábamos que el emocionado recuerdo sería también para unos de los matadores de toros que más me han emocionado en el ruedo durante las pasadas décadas. Manolo Vázquez nos dejaba en la las primeras horas de la tarde sevillana. La noticia corrió como la pólvora en el “palcoprensa” durante los prolegómenos de la corrida. Pero en el palco presidencial nadie se enteró. Mejor pensarlo así.

La tarde portuense trascurrió triste recordando faenas del maestro sevillano desaparecido, y las banalidades y hallazgos que sucedían en el ruedo. Todo esto, y más, se codean en ocasiones en una misma tarde de toros. La actuación de unos nada tiene que ver con las contundentes formas de otros. Aunque las orejas se repartan por partes iguales para contentar a los seguidores. De unos y de otros. 

Las dos extensas series de naturales fueron lo mejor del repertorio, carismático y auténtico, de Pepín Liria al serio y astifino primero. Una gratísima sorpresa para aquellos que desconocían aún la técnica y el estilo del murciano. Su faena fue también íntima, sentida y emotiva, desvelando en el interesante trasteo la sustancia profunda de su clásico toreo. Lástima que no tuviera la merecida rúbrica con la espada. El triunfo hubiese sido más que legítimo. Liria deslumbró con el trazo rítmico del natural. Toreó muy despacio, acompasado, con excelentes remates, y aunque hubo intermitencia en la faena bien supo desmenuzar con brillantez unas formas que de inmediato llegaron a los tendidos. Con la izquierda y con la derecha, que con esta última también mostró su lento y largo trazo.

Con el terciado y complicado cuarto la versión fue distinta. La acostumbrada. La que le ha dado nombre, y dinero, claro. Líria se mostró contundente, valiente, hambriento de triunfos. Y… se la jugó. Quiso arrancar el trofeo y bien que lo consiguió en un trasteo emocionante por la inmediatez de la cogida. Aguantó parones y esquivó como pudo peligrosas coladas hasta conseguir su objetivo tras la buena estocada. Oreja de triunfo, para poder seguir en su particular y larga batalla.

Sabido es que el colmo de la verdad es la aparición de la mentira. Por eso Fernando Robleño sorprendió por lo absurdo del trasteo al manso segundo. El madrileño demostró una voluntad ficticia por agradar, desplazando exageradamente hacia fuera la cortas embestidas. Mal colocado, muy al hilo del pitón, cites con el engaño oblicuo. Sólo al final consiguió con la zurda vibrantes pases que tampoco alcanzaron nota. Al noble e interesante quinto le bajó la mano y le corrió el trazo, no demasiado largo, con algo más de convicción. No obstante volvió a cometer parecidos desahogos. En consecuencia: faena de detalles, intermitente, y sin demasiado contenido. Una buena estocada le propició la concesión de la oreja. 

Luis Vilches no le quedó más remedio que pegarse un arrimón con el sexto, casi, a toro agotado, para no ser menos y conseguir su apéndice. Al toro de Adolfo Martín lo masacraron en el caballo y llegó sin fuerzas a la muleta. Luis lo intentó torear con la diestra a media altura y con su acostumbrada firmeza. Los muletazos carecían de emoción. Sólo con la zurda pudo trazar el aislado, aunque emotivo, natural. Con el tercero, astifino y complicado, bien supo estar contundente, aunque tenso, con ambas manos. El resultado fue un trasteo emocionante por el peligro de la fiera que le buscaba con muy malas ideas, y no por las puras hechuras de un torero todavía esperanzador.

De todas formas, interesante corrida de Adolfo Martín por comportamiento, aunque con desigual presentación.


 PortalTaurino, 07 de agosto de 2005MANUEL VIERAUna pesadilla monótona y desesperante

Otra vez el toro trunca ilusiones y convierte el espectáculo en una larga pesadilla. No puede ser. Imposible creer que tan prestigiosa procedencia dé estos animales sin raza, tullidos, inmóviles, a la defensiva, feos, mal hechos, sin cara, anovillados e inservibles para el toreo. Qué se busca con esto ¿La movilidad engañosa de una embestida noble para el toreo bonito? ¿La suerte del “minipuyazo”? ¿La falsa emoción del detalle y la filigrana y el pase banal?. Pues ni para esto sirvieron los toros de Lagunajanda –procedencia Toros de El Torero- . 

Es, quizá, este el mayor problema con el que se enfrentan los deseosos de un triunfo en plaza como esta. Que el toro se le pare, se le inmovilice ayuno de casta, se defienda en los engaños, y se le marche camino de las tablas, es algo impensable para el emocionante y profundo toreo de El Cid, la extrema calidad del sentimiento de Vega, o la despaciosidad ceremoniosa de las formas de Jiménez. Ni uno ni otros consiguieron hacernos despertar de la pesadilla monótona y desesperante.

Se nos echó encima la tarde portuense sin degustar la lenta verónica y el incuestionable largo y lento natural de El Cid. La frescura y la imaginación en los muletazos de Vega quedaron por descubrir. Y ni tan siquiera la verticalidad de sus formas las pudo poner en práctica Jiménez 

Lo que sí consiguió El Cid tras los afanosos intentos por conseguir faena con el complicado cuarto, fue visitar la enfermería. En los medios le robó muletazos con la diestra de bonito trazo. No pudo cruzarse más buscando el pitón contrario, el peligroso animal lo buscó y lo encontró: Resultado: fuerte contusión en la región precúbito y herida contusa en región escrotal. El susto no pasó de leve. Con la capa gustó en los lances a la verónica al soso e inválido primero. El Cid inició los intentos de faena casi en los medios. No hubo forma de conseguir un solo trazo con emoción. Esta vez mató de estocada.

Ni una sola fantasía en los trazos de César Jiménez al flojo y descastado segundo. Pases sin demasiado encanto, aunque puso en práctica toda su sapiencia por conseguir mandar en la complicada y sosa embestida del toro. Con el complicado y anovillado quinto tampoco hubo forma de dibujarle dos muletazos seguidos. Dos naturales con gusto y no más. Demasiadas dificultadas para sacar provecho de una embestida a la defensiva. 

Salvador Vega se estrelló con la poca fuerza del que más se entregó en el caballo, el tercero, pero que después se defendía de los engaños buscando su presa. El bajonazo, de denuncia. Al manso sexto lo siguió hasta las tablas en vano intento por robarle un solo trazo.


 PortalTaurino, 06 de agosto de 2005MANUEL VIERAEsencias de Morante

El Toreo de Morante está de moda. Al reconocimiento unánime de las indiscutibles formas del sevillano de La Puebla, le sigue ahora el populismo joven que le tiene como estandarte del arte en la tauromaquia actual. Se ve en los que acuden a los tendidos, y se nota de manera especial en esta plaza. Tal vez porque es por aquí abajo donde mejor se siente su toreo, que adquiere una dimensión fantástica y distinta. Pero Morante es un torero muy complejo. Artista inconstante, sensible, emotivo, y a veces distante. Esto le convierte en un creador absoluto de una tauromaquia genial, y capaz de alcanzar cotas que otros –más metódicos, técnicos y accesibles- jamás alcanzarán.

Hoy el toreo de Morante ha sido un destilado de esencias. Exactamente lo que le corresponde a la sensibilidad de un artista. Todo en perfecto equilibrio entre lo inspirado, lo intuido y lo deseado, y con la belleza plástica acostumbrada. Los muletazos al noble quinto resultaron atractivos, y dieron vida a unas formas de clara tendencia improvisatoria y sentida. Impecable, a veces, en los detalles y con un resultado final emocionante. El bello trasteo al quinto se entremezcló con el encanto de un juego de seducción que José Antonio condujo con virtuosismo y sensibilidad. No fue una contundente faena, pero sí hubo naturales, trincheras, cambios de manos, cites de frente… con el duende y el encanto de una calidad insuperable. Necesitó de pinchazo, estocada y descabello, y a pesar de la mala rúbrica paseó una oreja entre el clamor de las palmas por bulerías. Al manso segundo, ni verlo. Lo mató muy mal y fue abroncado. 

Quienes prefieren la casta y la dificultad a la facilidad de la embestida noble y cansina del toro, echarían de menos esta tarde un toreo más pleno. De todas formas, el resultado conseguido por César Rincón con el buen toro lidiado en cuarto lugar convenció a la mayoría. 

Rincón, que había estado desconfiando y mal con el buey, basto y gordo, primero, se desquitó con el cuarto con un toreo de capa muy auténtico, para poner después a prueba su dominio hasta conseguir una faena de interés con muletazos diestros con gusto, de trazo lento, muy ajustados y rítmicos. Toreó muy despacio al natural, con claridad en los pases, aunque sin la necesaria continuidad por las dificultades del toro por ese pitón. Volvió a la diestra para trazar enormes circulares por ajuste y ligazón. Tras matar de pinchazo y estocada fue ovacionado.

El toreo de El Juli, siempre elegante y refinado, deviene insustancial en no pocas ocasiones. No hay duda que hubo instantes en la faena al tercero -noble, de escasa casta y sosa embestida- de frescura y seriedad. No obstante, hubo hueco también para el desahogo. El Juli toreó con la muleta cosida a los pitones para alargar las cortas embestidas del parado animal. Y esto es de agradecer, aunque una mejor colocación podría haber podido servir para completar una faena que, con quietud, a veces, y arrimón incluido, estuvo falta de fondo. La estocada, sin puntilla, bien valió la oreja. Con el sexto, sin demasiadas fuerzas, puso de nuevo a prueba su capacidad técnica y su estilo maduro con muletazos imantados y templados hasta que el toro se paró. Ni con la derecha ni con la izquierda hubo continuidad. 

Los toros de Parladé, de desigual presentación, acudieron con nobleza a los engaños, aunque con sosas embestidas por su falta de casta. Destacó el cuarto.


 PortalTaurino, 31 de julio de 2005MANUEL VIERALa lógica de lo absurdo 

La lógica, en la que se fundamenta todo sistema, constituye garantía de solvencia, aunque así mismo puede llegar a ser una de las más brillantes vías de acceso al absurdo. La lógica daba a entender que tras los intentos vanos por devolver al corral el burriciego segundo toro, cabía aplicarle el rigor de mermarle su fuerza para alcanzar el resultado del espadazo definitivo. Absurdo. Demostrado quedó que el lógico proceder tardó en llegar cuarenta y cinco minutos, convirtiendo el espectáculo en una triste paradoja. 

Tres horas de toros son muchos toros en una película de sesión continua. Lo visto ayer en el primer festejo de las Colombinas de Huelva es calco de los visto hoy en el inmenso ruedo de El Puerto. Mismos protagonistas en toros y toreros, y parecida suerte y comportamiento en cada uno de los componentes de la terna. 

Perera, que sustituía a Rivera Ordóñez, tuvo igual suerte con los toros, e igual que ayer se pudo alzar en el gran triunfador de la tarde si mata al sexto tal y como era de esperar. A El Fandi lo descompuso el segundo de Benjumea. Burriciego, reparado de la vista, manso… Sembró el pánico en el ruedo, y el desconcierto en el callejón y en el palco nublando las ideas. Con el sobrero de Maria del Carmen Camacho tampoco pudo ser. Y con el complicado y manso quinto se la jugó como pudo para obtener el reconocimiento del público. Y Jesulín, ya se sabe, técnica y maestría, y una ganas tremenda por triunfar. Todo igual que ayer, aunque con resultado diferente.

Sí, porque Miguel Ángel Perera exhibió, una vez más, su capacidad para transmitir unas formas clasicistas de superior técnica y depurada pureza. Buen hacer, en todos los sentidos, con el noble tercero. Y en lo hecho, que no fue poco, demostró sensatez, naturalidad, sentido del pulso, y recorrido en un trazo ajustado y lento fiel a su estilo y con notables resultados emocionales. Perera adelanta la muleta, asienta las zapatillas e hilvana los muletazos con autenticidad. Lo hizo ayer, y lo hizo hoy. Con la diestra mejor que con la zurda. Las ajustadas manoletinas precedieron a una buena estocada que le valió la oreja. Con el sexto, un buen toro, aún mejor. Ofreció una faena de derecha de sugestivo toreo, entre el rigor y la técnica, pero sobre todo con unas formas expresivas, preciosistas, y con la contundencia de los remates. Muletazos rítmicos, largos, ligados… Cambios de manos, adornos, desplantes, y un quedarse quieto que adquirieron un tono sepia con sensaciones de tiempos pasados. No mató, y malogró otro justo triunfo. 

Jesús Janeiro lo hizo todo con una perfección técnica que asombra. Toreó despacio con el capote al flojo, aunque noble, primero, para realizar después una faena de planteamiento sólido y con el talante de torero maduro. Templó la pronta embestida y enlazó los muletazos diestro de manera excepcional. Faena bien elaborada, con momentos de mano baja que trasmitieron emoción a los tendidos. Sin embargo, con el manso y rajado cuarto quiso a toda costa buscar el triunfo como un principiante, pero no pudo ser. 

Existe un restringido número de toreros que por su carisma y capacidad para conectar con el público son portadores de una buena carga de emociones. El Fandi está entre ellos, y aunque hoy le esquivó la necesaria suerte con los toros, logró encender los tendidos convirtiéndose en indispensable protagonista del espectáculo con las banderillas. Con ellas no falla. Con buenos toros o con malos toros, El Fandi, con los palos es único. Antes y después ya quedó dicho. No hubo acople con el sobrero lidiado en segundo lugar y sí un trasteo vibrante y valiente con el manso y complicado quinto. No hubo oreja, pero sí dos clamorosas vueltas al ruedo.


PortalTaurino, 24 de julio de 2005MANUEL VIERAMagnífico Ponce

Le protestaron nada más salir de chiqueros, su anatomía anovillada no gustó. Su  escasa fuerza tampoco. Saavedra lo mide en varas con un excelente puyazo. Ponce quita por chicuelinas y… “Almansito” que cae tras girar como una campana. Mermado aún más su  escaso fondo físico el nuñezdelcuvillo se derrumba en el inicio de faena. No puede ser. Ponce lo mima con su innegable capacidad  técnica que aflora por entre los destalles sublimes de su templada muleta. Su imaginación es portentosa. Ante la series de muletazos diestros consigue de inmediato captar, por su peculiaridad artística innata, la atención de toda una plaza que se emocionaba de una manera indeleble  por  mor de un toreo sin limites. Generoso. Ejemplar. 

Ponce fue dueño y señor soberano de la tarde portuense. Inagotable. Con un toreo íntimamente ligado al virtuosismo de sus formas, a la intensidad expresiva. Ponce se entregó con el cuarto toro en una faena de largo metraje, pero de enorme convicción. Con la frescura de quien hace suyas las más bellas formas del toreo de siempre. 

Enrique Ponce  fue esta tarde -¿quién lo duda?- un verdadero maestro. Por su técnica asombrosa, por su poderío deslumbrante, por su grandeza artística. Magnífico Ponce, que  trazó con la diestra auténticos muletazos  cargados de temple, ritmo y cadencia. Con la muleta   plegada en la mano izquierda nos mostró la esencia de sus formas, desveló sus sentimientos, su creatividad, y sobre todo, una paciencia infinita hasta conseguir lo imaginable.

De su habilidad para sacar siempre faena, de su capacidad extraordinaria  para lograr trasmitir emociones, Ponce,  ha hecho con la nobleza y bravura de “Almansito” toda una obra  de imprescindible estimulo para los sentidos.

“Almasito” fue indultado, y como con todo indulto pasa se desató la polémica. Ponce lo mandó a padrear. En manos de otro dudo que así sucediera. De todas formas, sería injusto no escribir del protagonismo efímero del que preside desde el palco. Ni que decir tiene que el señor Gago quiso hacerse notar. Se olvidó de los reglamentarios avisos  tras la larga faena, esperando los blancos pañuelos en los tendidos  que  justificaran su  deseo de sacar el suyo naranja. Lo sacó, y todos tan contentos. Menos unos cuantos. 

Las tres verónicas al segundo constituyeron un muestrario revelador del infinito talento de Morante. Torero, artista, y muchas cosas más. En su majestuoso toreo de capa, toreo de quejio  y cante grande, resplandeció una vez más la magistral versión de la verónica. Genial, absolutamente genial.

Y en esto quedó la tarde, que no es poco. Ponce anduvo técnico, como siempre, con el descastado primero. Morante tuvo momentos buenos con el noble segundo. Emergieron muletazos ceñidos, acompasados, lentos y con extraordinaria transparencia, pero sin romper en la deseada faena. Quizás por esa especial afinidad entre torero y público vinieron las dos orejas. Excesivas, claro. Con el quinto no hubo nada que hacer.

Manzanares inició con el tercero un principio de faena esperanzador. Ligó muletazos muy despacio que rubricó con buenos pases de pecho. Después se vino abajo el toro y el torero. Con el sexto, de escaso fuelle y complicada embestida, sólo demostró su voluntad por agradar.  
         

Toros en Cádiz

 

 

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