GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE
CASTELLÓN
FERIA DE LA MAGDALENA
Tarde del sábado, 9 de marzo de 2002
Crónicas de la prensa

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería:  Toros de Jandilla, nobles y manejables; nobilísimo el primero.Mansearon tercero, cuarto y sexto. Flojos, salvo primero y segundo inválidos; con indicios de manipulación, a excepción del primero, desmochado.

Diestros: 

Entrada: lleno

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País


El País. VICENTE SOBRINO.  Un desencanto más 

No acabaron de romper las dos primeras faenas de la tarde, ni la de Finito ni la de José Tomás. A ambas les faltó remate y, sobre todo, una respuesta más acorde con la clase de dos Jandillas. Estos dos primeros toros, de muy poca fuerza, tuvieron calidad, derrocharon clase y, desde luego, merecieron más. Finito descubrió el gran pitón izquierdo del toro que abrió plaza. Por ese lado cargó una faena muy estética, de muletazos largos pero con el defecto de esconder siempre la pierna contraria. Fue una faena que llegó a la gente, aunque le faltó verdad.

El segundo, más blando que el anterior, pero también con clase, permitió a José Tomás estar pulcro, aseado. Nada más. Con el quinto, Tomás se centró con un toro que prometía poco pero que acabó sacando buen fondo. La faena estuvo bien construida, basada sobre el pitón izquierdo, aunque tampoco arrebató. A este toro lo mató muy mal y perdió la oreja que tenía ganada.

Ni Finito con el cuarto, con el que no se comprometió, ni Alberto Ramírez con los dos suyos, los dos más deslucidos de una bondadosa corrida de Jandilla, complacieron al personal. Finito, medroso, y Ramírez, muy gris, fueron despedidos con más pitos que palmas.


El Mundo. JAVIER VILLÁN.  Tomás: otra vez al borde del abismo 

Las cosas claras, el chocolate espeso, el vino clarete, de Cigales, el vino tinto, de donde sea. Y aquí nos las den todas.A José Tomás le dieron dos avisos, iba por el decimocuarto golpe de descabello, había atravesado al jandilla de un infame sablazo y, cuando éste dobló, Tomás se llevó la ovación de la tarde y de muchísimas tardes. O sea, todo en orden. La pesadilla de Las Ventas del año pasado había vuelto a ensombrecer el corazón de José Tomás. Pero el mal sueño se desvaneció cuando dobló el bicho y una estruendosa ovación ahuyentó los fantasmas. Cuando se alcanzan ciertos niveles de veneración e idolatría, los fieles no atienden a razones. Entonces, los toros no son un arte, sino una religión. Confieso que esta dimensión sacra y sacerdotal del toreo de José Tomás siempre me ha fascinado.

Es cierto que en los momentos postreros, antes del desastre del descabello, José Tomás había toreado al natural como Dios. Fue justo en los momentos en los que se decidió a echar la muleta alante, prender al toro ensimismado y traérselo primorosamente toreado. Dos tandas, quizá tres, con altibajos: tomasismo puro que desató la tomasitis y ésta fue de tal calibre que, pese a los dos avisos y los 14 descabellos, la fiebre no se enfrió.

Quizá fueran esos momentos de José Tomás los más verdaderos de la tarde, los que ponen la carne de gallina y los pelos de punta; los que introducen en el alma el desorden del arrebato. Esos, y los juegos florales de la izquierda de Finito de Córdoba que, en algunos momentos, estuvo muy bien pero sin arrebatar tanto.Pero la tarde, independientemente de estos momentos fugaces, fue plúmbea; y los toros de Jandilla fáciles, cómodos y sumisos.

Ningún torero se cruzó, cosa que, por supuesto, no es siempre obligatoria, incluso, a veces es contraproducente. Ningún torero se fue al pitón contrario cuando la tardanza del toro requería ese suplemento de técnica y de decisión. Claro que, desde que algunos estilistas y sus escribidores, dicen que cruzarse es perversión, todos los toreros son santos y benéficos.

Aquí no se cruza ni Dios y, si lo hacen, resulta a destiempo.No se cruzó Finito de Córdoba que, sin embargo, toreó largo por la izquierda a su nobilísimo y enrazado primero. No se cruzó José Tomás, salvo en algún apunte postrero de la faena al quinto.Y tampoco se cruzó Alberto Ramírez que está quemando demasiada pólvora en salvas. No podrá decir Alberto Ramírez que le han faltado, o que le van a faltar, oportunidades. Pero conviene no desperdiciarlas en demasía. Ramírez, además, confunde cruzarse con ponerse en medio. Y no es lo mismo. El toro lo atropelló en una chicuelina, lo achuchó en un pase de las flores, que se convirtieron en espinas, y acabó revolcándolo de mala manera.

Finito de Córdoba pareció que podía redondear la tarde, mas no.Finito de Córdoba tiene un sentido ejemplar del equilibrio y la justicia distributiva. Había estado con cierto empaque y elegancia en el primero y, para equilibrarlo, estuvo desastroso en su segundo hasta el extremo de provocar el enfado de quienes, anteriormente, le habían aplaudido con pasión. En su afán de equilibrio, Finito de Córdoba se pasó: dos tandas de naturales, despegados aunque con empaque y prestancia, no justifican la inhibición y la escandalera del quinto.

Parecía que Finito de Córdoba estaba deseando marcharse de la plaza o, acaso, aventuraba el mal trago que le esperaba a José Tomás en el quinto. Es decir, que todo lo ocurrido a Finito hasta entonces, no era nada con la amenaza de desastre que se abatió sobre la plaza en el quinto y en el sexto; José Tomás bordó el toreo al natural, tarde e incomprensiblemente a destiempo; atravesó al jandilla y no acertó con el punto clave del descabello; se salvó por los pelos, le salvó, como se dice en términos boxísticos, la campana. Y Alberto Ramírez, algo parecido; no escuchó avisos pero estuvo a punto de cornada y tuvo que descabellar siete veces.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  José Tomás hipnotiza con la izquierda

José Tomás hizo a un toro sobre la mano izquierda. O lo hipnotizó, mejor dicho. Sin violencias ni estridencias, apenas con los vuelos, lo pulió y moldeó. Y a la par embebió también en el rojo de los naturales a la plaza entera, que se entregó presta en sus brazos, cual moza necesitada de cariño y sexo, después de una semana de ayuno y abstinencia.

El jandilla, manso y de incómoda embestida en los inicios, acabó suave como el terciopelo y como aquellos muletazos de seda, mando y quietud. O sea que la cosa tuvo su importancia porque fue el torero quien puso todo. Y más que habría tenido si la presencia del animal se hubiera aproximado a la seriedad que requiere un toro con la edad cumplida. Porque este jandilla lucía hechuras anovilladas, cara limpia y utrera. Alfonso Mansilla también lo entendió así, que es aficionado cabal. Igual que comprendió que José Tomás había estado francamente bien y que los pases de pecho y un afarolado fueron oro puro.

Las manoletinas apretadas subieron la temperatura aún más. Precisamente en estas fechas se han cumplido cincuenta años desde que Montalvo, jugador del Real Madrid, las enterrara en el festival que se celebró en Las Ventas con motivo de las bodas de oro del club blanco y en homenaje a Vicente Pastor. Tantas dio, que el público madrileño las aborreció por empacho: hasta que el matador de Galapagar las ha resucitado de un tiempo a esta parte habían permanecido en el olvido meditado. Total que cuando José Tomás había conseguido el punto de nieve se tiró a matar con fe, y cobró una estocada atravesada que asomaba por el costillar, algo que apenas pocos percibieron. Pero fue con el descabello cuando echó por tierra aquel estado de hipnosis: trece golpes de verduguillo y dos avisos menguaron la recompensa a una atronadora ovación en los medios. Compuesta y sin novio se quedó la moza.

Belleza inconclusa

Había jugado con ritmo los brazos a la verónica en una salutación que se creció en cinco remates, cinco, clavadas las zapatillas en la arena. Así arrancó la lidia anterior. La faena también resultó larga hasta el aviso. José Tomás tardó en coger el aire y el temple a un toro flojito y noble, que perdió las manos en los principios de obra sucesivas veces. Después hubo muchas pausas, y entre ellas algún que otro muletazo caro. Los enganchones del cierre por bajo, que apuntó belleza inconclusa, y los pinchazos enfriaron más el cotarro.

A Finito de Córdoba le tocó en suerte el mejor elemento de la corrida, un toro de pitones impresentables y con más calidad en el fondo que fuerzas para desarrollarla. Pero mentiríamos si no dijésemos que fue a más, a pesar de que en un momento de la faena se tumbó a la bartola. Finito supo ver que era el lado izquierdo el fetén, y por ahí fijó su planteamiento. Entonces asomó la calidad que atesora, en especial cuando dirige los viajes hacia detrás de la cadera. Mas la tentación de la comodidad de desplazarlos hacia fuera, aun largos en el trazo, prima demasiadas veces sobre la obligación de hacer el toreo como él sabe. ¡Qué cabrón!, y no me lo tome a mal, pero, con ese concepto maravilloso, cómo no se aplica de veras en él y cómo se conforma tan fácilmente. ¡Si cuando meció y vació los muletazos hacia atrás fueron los mejores de la tarde! La efectividad de la estocada desprendida conquistó el premio de una oreja.

Para no romper esa regularidad en la desigualdad, ante el mansísimo cuarto le entró la mandanga, y una vez rajado en tablas el enemigo quiso despenarlo a sartenazo limpio. No logrado el objetivo, rápido se agarró al descabello, algo que irritó a la parroquia.

Alberto Ramírez pechó con el peor lote, al margen de que pasó un calvario con los aceros. Ante el sexto lo intentó todo, desde la larga cambiada a unos lances a pies juntos de saludo sin enmendarse, pasando por el inicio de rodillas y a contraestilo. Pero se quedó sin material. Para su fortuna, la voltereta sufrida no concluyó camino de la enfermería.

 

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