GANADERÍAS DE ESPAÑA


 

ARTÍCULOS DE 
MANUEL RAMÍREZ 
F
ERNÁNDEZ DE CÓRDOBA 

Otros textos del autor:
Con El Viti por la Maestranza Miguel     Criado, 84 años y... trabajando

ABC. Martes, 26 de agosto´2003. Aquellos toros en el pueblo 
 
En el mío, ¿para qué voy escribir de otro si el de mis amores es el que es y, por tanto, el que más conozco? empezaba la música a afinar los instrumentos en Llanorsó, que es algo así como la sevillana Campana, para que un remolino de chiquillos se preparara para ir tras ella hasta llegar a la plazadetoros al paso del pasodoble y, por supuesto, sin que faltara en el grupo un niño más, no en edad sino en inocencia, como Enrique Pitote, para disfrutar tanto y más que ellos, los de menor edad, y sentirse en todo el recorrido el retumbar de «El gato montés», «España Cañí», «Gallito» o «Vito» para que se animara la siesta y se llegara a la Alameda con colas en la taquilla, los caballos de picar, sin patio donde meterse, se fueran vistiendo atados a la baranda de la caseta de Caza y Pesca, las mulillas se quitaran las moscas casi compartiendo el improvisado establo y el gentío esperara llegar los cochecuadrillas que ya habían visto, cuando subían calle Mesones arriba, aparcados en los alrededores del hotel La Valenciana.
 
Eran otros tiempos que los mayores en edad, no me gusta la palabra viejo, siguen recordando; de cuando toreó en Constantina Manolete en el cuarentaycuatro del siglo pasado; de cuando llegó un ciclón mexicano llamado Carlos Arruza; de cuando se juntaron tres gitanos de toreo de fragua -Cagancho, Gitanillo de Triana y Gallito- para que aquella tarde se fundiera en bronce o cuando El Hombre Gordo era el amo de las charlotadas y Ángel Peralta, en esta plaza debutó su hermano Rafael en el Corpus del cincuentaysiete, no faltaba casi nunca a su cita serrana incluyendo aquel año en que con Rafael, Álvaro Domecq y Lupi fueron los cuatro jinetes de la apoteosis.
 
De Manolete cuentan todavía que, a las dos de la tarde del día de la corrida, se habían vendido muy pocas entradas porque se rumoreó, sin fundamento, que el monstruo de Córdoba no iba a torear y no se creía casi nadie que estuviera ya alojado en La Valenciana. Allá que tuvo que ir la comisión de festejo a convencer al Califa para que se dejara ver. «¿Qué tengo que hacer?», preguntó el torero. «Que le vean», respondiéronle los de la comisión. Reticencia en algunos del entorno del torero por el poco tiempo que le quedaba para descansar y empezar a vestirse. Réplica de Manolete: «Por salvar a un empresario de pueblo me visto yo hasta de payaso si hiciera falta».Lo vieron, llegó el lleno. Y hoy queda el recuerdo.
 
Otra cosa pasó con Arruza. Y ahí, la caballerosidad del entonces su apoderado: don Andrés Gago. Al torero se le había contratado hacía muchos meses, incluso antes de que llegara a España y formara alborotos en todas las plazas, porque Ángel Carmona «El Camisero», matador de toros nacido en Constantina, alertó del ciclón taurino antes de que llegara. Se contrató barato porque casi nadie lo conocía entonces. Y torero y apoderado mantuvieron aquel poco dinero aun cuando le estaban ofreciendo en otras plazas en ferias también agosteñas, muchísimo más, explicando el por qué y demostrando lo que es la gente del toro: «Porque ustedes confiaron en nosotros cuando ni siquiera nos habían visto ni habíamos debutado en España».
 
Años lejanos en el tiempo que sólo perduran por la tradición oral de las mejores leyendas para que quede siempre constancia mientras uno, cada vez que va a su plaza de toros, vaya toreando al alimón con la realidad y lo soñado más que vivido, con el presente y la nostalgia, con el tiempo detenido como si fuese el perfil eterno del Manolete que no llegó a ver o los muchos que han venido luego para escribir la historia de una plaza, la de Constantina, con solera añeja.
 

ABC. Martes, 19 de junio´2001. MANUEL RAMÍREZ FERNÁNDEZ DE CORDOBA. Miguel Criado, 84 años y... trabajando

No creo que entren muchos en un ciento que, con ochenta y cuatro años cumplidos, mismamente este domingo pasado, estén todavía al pie del cañón, pegándose madrugones de escándalo y dándole muchas veces las tantas de la noche en su trabajo que es trabajo y diversión, trabajo y pasión, trabajo y ocio sin que exista contradicción alguna y, por supuesto, trabajo y vida, que viene a ser casi lo mismo, aunque no sea igual, que vivir para trabajar que, en su caso sí que le cuadra más que trabajar para vivir, porque es el trabajo, su trabajo, su trajín y el que cada mañana tenga cosas que hacer, como diría Evita Perón, la razón de su vida.

Se llama Miguel Criado Barragán y, puesto a poner apellidos, añádanle Domínguez Torres; tiene perfil de patricio romano que le hubiese venido que ni pintiparado a Samuel Broston, para sus películas; tiene el pelo blanco como la nieve para hacer, quizás, contrapunto con la tez morena de muchas horas, días, semanas, años, tanto como casi los ochenta y cuatro que le alumbran en el calendario, de curtírsela bajo los soles de esta tierra nuestra que se la conoce, palmo a palmo, finca a finca, cerrado a cerrado y carril a carril como las palmas de sus manos y tiene, además del perfil, de sus nieves de respeto, de su tez morena y de sus ochenta y cuatro tacos de almanaque, no de esos que se le escapan cada dos palabras en cada
conversación para redondear un retrato, cerrar un trato, traerse de sus recuerdos una anécdota, rememorar un sucedido o sacarse de la chistera de sus muchas vivencias esa forma de contar las cosas como si las reviviera cuando de verdad las vivió y no se las contaron, tiene, escribía, ese don de la guasa y de la gracia que también le hacen excepcional. Guasa y gracia para administrarla según con qué o con quién, sabiendo quién se merece el revés de la primera o quién el halago de la segunda para que quien lo conozca, y lo conoce todo el planeta de los toros, sepa aquilatar la dicha de conocerlo y, quienes no lo conozcan, no sepan lo que se están perdiendo. 

Tiene Miguel, además de sus dos mas dos apellidos, que los recita con tanta guasa como ironía al retintín contraponiéndolo, desde su sorna, a la cantidad de gente, tantas como botellines, que los hay por ahí sin ellos, un sobrenombre que un gobernador civil, o no sé si un ministro de aquello que se llamaba de la Gobernación, escuchando cencerros sin saber de dónde, confundió llamándolo «El Yegua» a quien es «El Potra» y al que, en Pamplona, por San Fermín, es don Miguel. 

Y lleva Miguel, ya escribo, ochenta y cuatro años seguidos, desde que nació hasta la fecha, y que sean muchos más, trabajando en el cañabatiano planeta de los toros, autodefiniéndose como «taurino», desde los tiempos de Juan Belmonte, al que un día se le ocurrió decirle, con tanto desparpajo como entonces juventud, toreando un festival, que tuviese cuidado con la izquierda y que el Pasmo, no sé si tartamudeando, le contestó tan a modo que no se le ocurrió a Miguel más lamento que este garabato que es todo un monumento al ingenio: «Para una vez que me habló de usted Juan Belmonte fue para mandarme a la mierda». Desde entonces para acá, la historia de la fiesta de los toros ha pasado, y sigue pasando, por sus manos, y nunca mejor dicho, de pitón a rabo; Briján, el que decían que sabía mucho, no le llega en saberes ni al zapato y puede dejar al Cossío en un relato corto el día que se decida a a contar su propia historia.

No sé si a Miguel le han dado ya la Medalla del Trabajo, que no será por falta de trienios o, a lo mejor, hasta hoy mismo no ha tenido todavía un hueco de descanso para ir a recogerla, aunque, lo que es merecerla, poquitos habrá como él.





ABC. Martes, 13 de marzo´2001. Con El Viti por la Maestranza

Han pasado ya, por los almanaques, que no por la memoria ni los recuerdos, casi treinta y cinco años de la tarde de aquel 20 de abril del sesentayseis en que Santiago Martín El Viti entraba en Sevilla sin que nadie tuviese que pedirle, ni se lo había pedido nunca, y era la cuarta feria de abril a la que venía, el carné de identidad porque la Maestranza sólo pide el carné de sensibilidad.

El otro día bajó Santiago desde su Salamanca del alma a torear el toro de la conversación a la verita casi del ruedo maestrante llamado por el Aula Taurina para dictar la lección torera de sus maneras y, antes de empezar a hablar, allá que nos fuimos al ruedo a buscar, desde el pensamiento, aquel toro de Samuel y esos pocos metros cuadrados de albero, entre el «siete» y el «nueve», entre la puerta de arrastre y la música, que le bastaron a Santiago para redondear su antológica faena.

Poquito a poco, como con andares de paseíllo, se fue acercando a ese terreno y uno veía en su semblante esa mezcla de gestos que no se saben si están más cerca de la emoción que del sentimiento o arrimándose a la nostalgia o templando sensaciones para que los repelucos de la pasión no se le desbordaran en lágrimas. Y allí, en el silencio vacío de una plaza que sigue igual de callada cuando se llena, recordábamos los afarolados con la muleta en la izquierda, los interminables pases de pecho, larguísimo naturales y hasta ese detalle, que en muchas otras plazas no se aquilatan y aquí son de oro puro, de mirar, como hizo aquel día, despaciosamente, como todo lo que realizó, a la música y, con un leve gesto, indicarle que parara cuadrando al toro para buscarle la muerte recibiendo.

Cinco veces, seis si contamos la media que redondeó la suerte, pinchó Santiago como si el toro, que había sido de yema de San Leandro, hubiera tenido huesos en todos sus adentros. A cada intento, una ovación mayor; a cada encuentro, más humo echaban las palmas. Y, cuando aquel toro cayó, Santiago tuvo que dar una vuelta al ruedo y hasta le pidieron otra más porque todas parecían pocas. Y allí hablamos, a la verita misma del burladero de matadores, de lo que significa para él Sevilla y la Maestranza como templo del temple, como sensación permanente, cuando se entra en ella, de sentir que a uno lo sienten e ir desgranando, con el mirar perdido en el horizonte de su imperfecta redondez arquitectónica, la perfección sublime de lo bien hecho.

Nada turbaba el silencio salvo el piar de algún vencejo que, en tardes toreras, funde sus trinos con el repicar de los cascabeles de las mulillas en el último tercio o el llamar a sabatina de la Torre Grande asomándose por detrás de la puerta de cuadrillas.

Desde allí, despacio, a fuego lento, hasta el salón en que tenía que dictar su lección torera para que encontrara el no hay billetes repleto de toreros, de chavales que quieren serlo, de aficionados que lo vieron y los que, gracias a los vídeos, lo pudieron ver para que se les escaparan a unos y a otros ese óle seco, rotundo, que sale de las entrañas cuando se está bordando un detalle, un natural o se improvisa un muletazo por bajo cuando, ya la muleta liada y el estoque montándose, el toro se descuadraba en arrancada imprecisa.

Recorrió en su lección, de pitón a rabo, lo mucho que fue de torero y lo muchísimo que demostró de hombre cabal. Recordó a sus compañeros -ay, Antonio Chaves Flores- con palabras exactas que le brotaban de su cariño y admiración para abrochar la faena, haciendo pausas al decirlas como cuando le daba sitio al toro entre tanda y tanda, hilvanando muletazos, felicitándose por estar allí y felicitando a Sevilla por tener esa joya de sensibilidad que llaman Maestranza. Qué tarde.


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