No cuesta trabajo entender que los tres primeros toros de Ana Romero se
transformasen en los de Guisando. Sin embargo, no se puede comprender la
inhibición de Enrique Ponce y, sobre todo, de Morante de la Puebla.
Enrique Ponce tardó cinco minutos en ver que no se acoplaba a la
mansedumbre del primero y otros cinco en decidir si lo mataba y cómo. Un
tostón. En el cuarto nos demostró que se toma las cosas con calma y que
sabe pasear el albero con donosura. Las carreras entre pase y pase,
especialmente por el lado izquierdo, primorosas. Lo malo es que empezó
algo mejor, con dos series ligeras, pero de buena factura; fue pasar a la
mano izquierda y reunir toda clase de defectos que terminaron pasándose
al pico de la muleta cuando empleó la derecha.
Lo de Morante sólo se puede explicar pensando en que viene de otra
galaxia; esto es, que puede ser un marciano o tal vez un zombi. Se quedó
inmóvil ante el segundo, estudiando la situación sin contemplar la
posibilidad de cruzarse y adelantar la muleta. En el quinto, su cuadrilla
se apuntó a la charlotada, empleando la puya como un martillo neumático
y repartiendo banderillas a lo largo y ancho de lo negro. El marciano sacó
fuerzas de la flaqueza del toro para conseguir que lo persiguiera dos o
tres veces antes de salirse de la suerte de matar y echarse de cabeza al
callejón.
Miguel Abellán pareció más normalito. Es cierto que salió con dos
vueltas de ventaja sobre sus compañeros, pero por lo menos puso voluntad.
Larga de rodillas, verónicas y revoleras precedieron a un par de varas de
las que el toro salió suelto, y, una vez visto que aquello no embestía,
intentó torear por la cara, puede que sin la decisión necesaria por
falta de hábito, pero sí con interés por justificarse. En el sexto
interpretó el toreo por derechazos dotados de cierto temple y lentitud; lástima
que sólo utilizara el pico para embarcar la embestida que se traía
enganchada desde lejos. Cuando cogió la muleta con la mano izquierda
volvió a poner de manifiesto el mismo defecto, con el agravante de
acentuar el destoreo vaciando hacia los terrenos de afuera.
No hubo diversión en el sentido estricto de la
palabra, algo difícil de entender en Granada. Porque fue un festejo lento
y muy pesado en los cinco primeros toros, hasta que Abellán lo salvó in
extremis con el que cerró plaza en una demostración de honradez y torería.
Sin duda fueron los toros la piedra de toque de lo que debe considerarse
un fracasado festejo, aunque los otros dos toreros, sobre todo Morante,
tienen también un alto porcentaje de culpabilidad.
Ponce estuvo sólo aparente en el que abrió plaza, elegante en lo que
pudo y el toro se dejó al torear por el lado derecho. Insignificante
esfuerzo en el toreo al natural, quizás porque el animal le apretó por
el pitón izquierdo. Tampoco llegó a entrar en profundidades por el pitón
bueno, el derecho. Hay que resumir que el animal fue noble aunque no remató
los viajes, siempre con la cara arriba. La faena fue a menos, con un final
de notable barullo, que incluyó dos desarmes.
Tardó el valenciano Enrique Ponce en encontrarle el sitio al cuarto
toro de la tarde. Entre cada pase cuatro o cinco pasos, bien es verdad que
por culpa del toro, que rebañaba por los dos pitones. En cambio, conforme
avanzó aquello, con el astado ya en medias arrancadas, el torero se hizo
con él. Dos redondos en tres tiempos con mucho aguante y tres naturales
impensables. Esta vez fue faena a más, aunque con mala rúbrica con la
espada.
José Antonio Morante de la Puebla se escudó en el inmovilismo de su
primero para no hacer el mínimo esfuerzo. Toro manso, notablemente parado
y mironcete, falto de raza y sin clase. Se arrancaba sólo dando arreones
y estuvo siempre a la defensiva. Tampoco el torero de La Puebla del Río
se quiso meter lo suficiente con él, y de ahí la duda de si hubiera
tenido una adecuada distancia provocándole más.
En el quinto fue el colmo de la desconfianza y falta de recursos.
Auxiliado por la cuadrilla más ineficaz que existe actualmente en el
toreo, que pegó también un petardo grande en banderillas, Morante se
inhibió por completo. Posiblemente haya sido la peor tarde del torero
sevillano en su vida, desentendiéndose del toro como si no fuera con él,
y corriendo despavorido en los viajes que pegó con la espada, llegando a
tirarse al callejón en uno de ellos. La bronca fue fenomenal.
Abellán fue el nombre positivo de la tarde, porque a base de firmeza y
un alto sentido de la responsabilidad supo ir mucho más allá de las
apariencias. En el tercero, larga cambiada y lances muy templados con el
capote. La faena de muleta duró un suspiro porque el animal se vino
pronto abajo. Tardo y corto de recorrido, el toro fue mientras Abellán le
aguantó, que tampoco fue mucho ya que enseguida el astado se puso por
delante y el hombre no se quiso complicar la vida.
En el sexto, en cambio, se vio un Abellán muy motivado y dispuesto.
Faena de gran firmeza apoyada en el temple y la ligazón. El madrileño
atacó en todo momento y le salieron muy bien las series a derechas, la
base de la faena. También en el epílogo hubo una tanda de naturales de
categoría. Y como acertó con la espada a la primera, no hubo la mínima
discusión para concederle la oreja. El único trofeo de la tarde, con lo
fácil que es esta plaza.