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Feria de San Lucas
JAEN
Tarde del miércoles, 17 de octubre de 20001
Crónica de la prensa

FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Buenavista
(buenos, el toro Raguidor fue indultado) y
Daniel Ruiz (justos de presencia).
Diestros:
Entrada: tres cuartos de entrada.
Crónicas de la prensa:
El País, ABC
El
País. JUAN ORTEGA. Indulto
merecido
Hay poca costumbre de que las cosas se hagan
bien, menos aún de que se reconozcan y, todavía menos, de que cunda un general
acuerdo; bueno, mejor que no cunda ningún general, ni siquiera de acuerdo. Por
eso hay que reconocer como extraordinaria la bravura del toro número 57, Raguidor,
cinqueño de Buenavista, que salió en tercer lugar. No era nada aparatoso y
Finito lo recibió vistosamente, aunque sin poder reprimir el paso atrás; se
fue al caballo desatendiendo capotes, tomó una buena vara y otra en la que se
le suavizó el castigo y realizó una pelea normal en banderillas. Finito comenzó
impecablemente por bajo, rematando bien, y continuó sin apreturas; a la tercera
serie se vio cómo el toro galopaba y repetía incansablemente, persiguiendo la
muleta con bravura y nobleza, de tal modo que no permitió que el torero se
aliviara de ninguna manera. Con la derecha, Finito estuvo espléndido, sin
llegar a verse desbordado por la bravura, mientras que se encontró menos cómodo
al natural, teniendo que pasar alguna serie para encontrar la calidad necesaria.
Tras algunos titubeos, el indulto. Enhorabuena.
El sexto fue muy claro, pero Finito no lo vio así;
algún muletazo suelto de calidad y demasiados enganchones por naturales,
siempre apuntando hacia fuera y siempre menos de lo exigible.
Enrique Ponce templó prodigiosamente al segundo
desde el primer muletazo, consiguiendo que el toro embistiera a la velocidad
justa sin tocar la tela. Fueron buenos los derechazos, según costumbre, y también
los naturales, lo que no es tan frecuente: toreó siempre en redondo, obligando,
prolongando los pases de pecho en interminables circunferencias y matando de
verdad. El quinto carecía de fijeza y estaba sobrado de casta, por lo que
tomaba decisiones sorprendentes que trajeron a Ponce por camino de espinas.
Echaba la cara arriba, se reponía y se volvía con rapidez; una serie con la
derecha bajando la mano fue lo mejor y, como fin de fiesta, el toro se rajó.
De Joselito vimos una caricatura. El primer toro
era un becerrete cochinamente afeitado y el madrileño hizo un ridículo tan
grande como el de su oponente; fue inductor y cómplice de su masacre en varas.
Hasta ahí, bueno, pero no parece admisible que si el animal ha llegado a la
plaza y, posteriormente, ha sido sacrificado en varas, el responsable del
desaguisado ponga después carita de asco, gesto de pena y se dedique a
despacharlo de mala manera.
Cuando veíamos a Joselito en tal situación,
daban ganas de sugerirle la oportunidad de debutar con caballos en esta su
segunda etapa profesional, en la que ya lleva demasiado tiempo como becerrista
desvalido.
En el cuarto estuvo corto de recursos, ya que no
se le ocurrió la manera de dominar a un toro basto y encastado que necesitaba
que le bajaran la mano con autoridad quedándose en el sitio. No acertó en la
distancia, tampoco en la colocación, viéndose rebasado unas veces, desarmado
otras, a pesar de torear hacia fuera. El público se hizo cargo de su impotencia
y lo ovacionó con muchísimo cariño.
En estas plazas, en las que se dan pocos
festejos, la autoridad, si quiere ser competente, ha de estar un poco más
avisada y tomar conciencia de que su misión comienza en el reconocimiento
previo; de esa manera no se dejarían pasar animales inadecuados, y nunca,
porque sea plaza de segunda, se debe lidiar porquería de primera, como ocurrió
con el primero de la tarde, indigno de una plaza de talanqueras.
ABC. ROSARIO PEREZ. Finito
indulta un toro y sale a hombros junto a un elegante Ponce
La tarde empezó mal, pero al final la gente salió
toreando de la plaza. El festejo terminó con la salida a hombros de un Finito
de Córdoba cumbre, que indultó un extraordinario toro de Buenavista, junto a
un elegantísimo Enrique Ponce.
Joselito pechó con el lote más deslucido. Una sola tanda diestra le bastó
para saber que al anovillado primero no le iba a extraer ningún jugo y, sin más
contemplaciones, lo despenó. Con el cuarto, espoleado por el triunfo de sus
compañeros, dibujó bellísimos lances que se vieron ensombrecidos por los
enganchones finales. Citó por ceñidas chicuelinas y brindó al respetable.
Sentado en el estribo, estampando una preciosa imagen de torero a la antigua,
inició una faena intermitente.
Se estiró Finito a la verónica con el segundo y remató con media garbosa.
Prologó faena doblándose con gusto para cerrar con un exquisito pase del
desprecio. En las dos primeras series diestras, muy templadas, se atisbó ya la
alegría con la que el astado acudía a la flámula. Sacó también a relucir su
clase Juan Serrano en el toreo al natural, siempre ayudado del largo recorrido
de su oponente, que resultó ser una auténtica máquina de embestir -cerca de
cien pases llegaría a recetarle-. Una trincherilla de ensueño y agarró la
espada de verdad. Sin embargo, el público pidió que se le perdonase la vida a
«Raguidor», que fue excelente en el tercio final. Una pena que en el caballo
no luciera demasiado el matador al animal y no pudiéramos apreciar si el toro
era bravo de veras en el peto. Que en la muleta lo fue, no hay duda. Finalmente,
fue indultado y al diestro cordobés se le concedieron las dos orejas y rabos
simbólicos, aunque no simuló la suerte suprema. Con el último astado también
consiguió series de buena factura, pero anduvo más rutinario.
Muy suave y torero sacó Enrique Ponce a los medios al segundo para
instrumentar una primera serie diestra con la figura completamente relajada. Ni
un tropezón en un trasteo a media altura para mimar a su antagonista, que
aunque justo de fuerzas, era un bombón. El torero de Chiva, en artista y
verdaderamente sensacional, cuajó con la zurda naturales supremos. Torerísimo
cuadró al toro para matarlo de un pinchazo y una estocada hasta la empuñadura.
Si llega a cazarlo a la primera dos merecidas orejas hubieran ido a parar a sus
manos. Al cuarto, que parecía que no tenía un pase, le extrajo, en una
meritoria labor, todo lo que llevaba dentro. Si gracias a la fórmula mágica
«¡ábrete, sésamo!» Alí Babá abrió la caverna donde los cuarenta ladrones
guardaban el botín, la fórmula de Ponce no fue otra que valerse de su
magistral sapiencia taurina. |
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