GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

TOROS EN LOGROÑO
TEMPORADA 1999

Plaza de la Manzanera
Feria Taurina 1999

Crónicas de la prensa

José Tomás y el ganado de Cebada Gago, triunfadores de la feria

Martes, 21 de septiembre. Toros de Zalduendo (bien presentados, mansos e inválidos. Los tres primeros, enfermizos. El 1º, sobrero, de la misma ganadería; el 4º, boyante; el 6º, de cuerna impresentable), para Juan Mora (bajonazo -silencio-; pinchazo, media estocada y descabello -ovación-), Manuel Caballero (estocada caída -silencio-; estocada atravesada -silencio-) y José Tomás (dos pinchazos y estocada baja -silencio-; pinchazo y estocada corta -leves pitos-). Crónica de El País.

Miércoles, 22 de septiembre. Toros de Manuel San Román (-dos devueltos-, con cuajo y pitones; sin fuerza y mansos. 3º, primer sobrero -del mismo hierro-, de gran arboladura, encastado. 4º, segundo sobrero, de Zalduendo), para Vicente Barrera (bajonazo -pitos-; dos pinchazos y estocada casi entera -silencio-), Rivera Ordóñez (tres pinchazos -aviso- estocada trasera y caída -silencio-; pinchazo, estocada y dos descabellos -pitos-) y José Tomás (cuatro pinchazos -aviso-, otro pinchazo y estocada desprendida -ovación-; metisaca, pinchazo y estocada desprendida -ovación-). Crónica de El País.

Jueves, 23 de septiembre. Toros de Santiago Domecq (todos sospechosos de manipulación fraudulenta de las astas. Mansos, aborregados e inválidos. 4º, con genio), para Miguel Abellán (estocada contraria -dos orejas-; estocada atravesada, descabello -aviso- y siete descabellos -algunas palmas-), El Víctor (estocada corta, descabello -aviso- y descabello -algunas palmas-; estocada caída y dos descabellos -vuelta-) y El Juli (bajonazo enhebrado que asoma -aviso-, descabello y estocada atravesada -silencio-; estocada casi entera y descabello -oreja-). Crónica de El País.

Viernes, 24 de septiembre. Cuatro toros de Torrestrella (1º, 3º, 5º -devuelto por cojo- y 6º; todos sospechosos de manipulación de astas, mansos, inválidos y descastados) y dos de Gabriel Rojas (2º y 4º, destruídos e inútiles para la lidia. El 5º bis, de Gabriel Rojas, derrengado y medio muerto), para César Rincón (dos pinchazos, bajonazo -silencio-; pinchazo y estocada -aviso, silencio-), El Cordobés (bajonazo -silencio-; estocada casi entera -ovación-) y Miguel Abellán (estocada corta caída -silencio-; estocada casi entera, estocada atravesada, once descabellos -aviso- y tres descabellos más -silencio-). Crónica de El País. Crónica de Armando García-Zapata.

Sábado, 25 de septiembre. Toros de Cebada Gago (terciados, sin aparato, encastados, con movilidad y con pocas fuerzas. El 4º y el 6º de encastada nobleza. El 5º resultó un manso de libro), para Tomás Campuzano (pinchazo y estocada corta -ovación-; estocada tendida y descabello -vuelta-), Pedro Carra (estocada baja -silencio-; estocada -silencio-) y El Tato (estocada -silencio-; estocada y un descabello -dos orejas-). Crónica de El País.

Domingo, 26 de septiembre. Toros de Manolo González (2º y 6º y cuatro de González Sánchez-Dalp 1º -devuelto por inválido-, 3º, 4º y 5) bien presentados, sin fuerza, descastados. Sobrero, de Loreto Charro, mansísimo y pastueño en la muleta, para Manuel Caballero (dos pinchazos y estocada -silencio-; media estocada -aviso- y dobla el toro -ovación-), Pepín Liria (pinchazo y estocada -silencio-; tres pinchazos, tres descabellos -aviso- y descabello -bronca-) y Diego Urdiales (pinchazo, otro hondo -aviso- y descabello -ovación-; estocada -dos orejas-; salió a hombros). Crónica de El País.


Crónicas de la prensa

El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 27 de septiembre '99. Fue un baldón

La corrida fue un baldón. Para todos menos para el arnedano Diego Urdiales, pero fue un baldón. La ganadería de Manolo González envió a Logroño un lote cortado por el mismo patrón: el de la mansedumbre tonta, aborregada y claudicante de cada día. El festejo comenzó con presagios de negros nubarrones con la devolución del primero. Saltó a la arena un ejemplar de Loreto Charro con síntomas de haber pasado muchas ferias de corral en corral. La plaza entera estalló en una bronca contra el toro, pero el animal, que se frenó incierto en los primeros capotazos de un José Antonio Carretero firme y lidiador, derivó en dócil y pastueño haciendo honor a su sangre Atanasio.

Caballero anduvo por allí con desgana. El manchego estuvo muy superficial con un toro que humillaba y se desplazaba con son en la muleta. Le recetó una faena larga y encimista por todos los terrenos de la plaza sin decir nada al público, ni al toro ni a sí mismo. Con el que abandonó la feria volvió a salir con similar ánimo adocenado. El borrego se movía sin humillar, y cuando un espectador, mediada la faena, consiguió que atronara el pasodoble, el torero, visto lo visto, levantó su estoque y ordenó a los profesores de la Agrupación Musical Logroñesa su silencio inmediato. La banda frenó en seco y el matador cogió la pañosa con la izquierda y volvió el tostón de los pases despegados, de las carreritas y del destoreo.

Pepín Liria no fue capaz de presentar faena a ninguno de sus dos enemigos.

Con su primero, muy flojo y distraído, se entretuvo en pasar por sus alrededores como si con él no fuera la cosa. El toro no valía un duro y se comportó como una losa granítica para la sangre Núñez. No fue muy diferente la trama con el que cerró su aciaga tarde. El animal salió derrengado de los chiqueros, continuó en esa misma línea con los picadores y en la muleta no hizo sino poner la cara por las nubes y esperar la muerte engallado. Liria le dio, sin embargo, fiesta por alto, y el toro, que continuaba derrengado y trastabillado, se defendía todavía más. Al coger el estoque, el astado se encampanó de puro manso y pasar aquel fortín le hizo vivir a Liria momentos de agitación. Por tres veces buscó el rincón, pero sólo logró tres pinchazos. Al final cogió el descabello y se quitó de en medio el toro para alivio suyo y de la plaza, que lo abroncó en toda regla.

El riojano Diego Urdiales se presentaba en Logroño y el público lo ovacionó de salida. No salió a devolver los saludos, y se encontró de principio con un animal que se movía pero en el que la humillación no estaba entre sus intenciones. Diego tampoco consiguió templarlo mas que en una tanda, y los enganchones fueron la nota definitiva. Sin embargo, al final, cuando la noche se adueñaba del coso, Urdiales se la jugó con firmeza. El toro empujó en el caballo y se sostuvo en pie toda la faena. El toro tenía cierta alegría pero ninguna clase. La emotividad llegó porque se centró con la embestida, sobre todo con la mano derecha, consintiéndole mucho pero sin poder bajarle la mano. Sufrió un leve achuchón con la izquierda y decidió continuar por la senda de los derechazos, templados unos y ligados otros, hasta terminar con la habitual coda de manoletinas. El toro acusó mucho tanto pase por alto y también se engalló antes de entrar a matar. Sin llegar a ponerle los pitones a la altura del toro de Liria, Urdiales descubrió la muerte y consiguió una buena estocada de efectos fulminantes.


El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 26 de septiembre '99.  Tres toreros de una pieza

Al fin salió el toro. Y como era de esperar, las denominadas figuras actuales no estaban por ningún sitio de la plaza. Alguna, incluso, ni quiso venir después de haberle ofrecido la sustitución de Juan José Padilla. Poco o nada importó. Hicieron el paseíllo tres toreros de una pieza, tres matadores que justificaron su entrada en el abono sin importarles que en los chiqueros aguardaran seis toros de esos que casi nadie quiere ni ver en pintura.

La corrida de Cebada Gago resultó de desigual presentación y juego. Los hubo imposibles como el quinto, sin recorrido aunque viniéndose de largo como el primero, dificultosos como el segundo y dos de excepcional nobleza, que fueron dos veces al caballo aunque con la cara alta y sin mucho celo. Una corrida de toros con movilidad, que se mantuvo en pie y que no desató ni la más mínima protesta por parte de los aficionados.

Tomás Campuzano estuvo toda la tarde en director de lidia, y como sus dos compañeros de terna, se preocupó de colocar a los toros en la suerte cuando estaban los picadores en el ruedo. Pero además de su acendrada profesionalidad, cogió la muleta con la mano izquierda, se fue al platillo, se colocó, se la echó por delante y dibujó tres tandas de naturales con parsimonia y profundidad.

Despacio y con gusto

Toreó muy despacio, con gusto y sin mover los pies entre cada lance, ligandolos siempre con la muleta puesta en la cara. Tuvo detalles torerísimos como esos pases de la firma con el aroma de las viejas tauromaquias. En su primero le dio siempre sitio a un toro que se negó repetidamente a humillar, aunque tuvo prontitud y fijeza.

El Tato estuvo perfilero y atropellado en el tercero. Pero con el que cerraba plaza, bajo el mismísimo diluvio, salió el torero que lleva dentro y se acopló a una de las embestidas más repetidoras y emotivas de las últimas temporadas. Un toro noble y terciado, con el que el zaragozano se explayó en cites lejanos, aguantando en el embroque con firmeza sobre la pista de patinaje en la que se había transmutado el ruedo. La faena tuvo una gran carga de emotividad y los espectadores, indefensos ante la lluvia, se mantuvieron en sus escaños coreando con fuerza los derechazos y naturales que instrumentaba.

Mientras, el cielo riojano se entretenía en atronar los tímpanos. Se tiró a matar y tras el descabello, afloraron los pañuelos. Salió a hombros de la vetusta Manzanera. Carra se vio con un toro dificultoso y de casta. No lo templó y al final se vio algo desbordado, cosa comprensible en un matador que apenas ha tenido dos oportunidades en toda la temporada.


Armando García-Zapata , viernes, 24 de septiembre de 1999. El Juli derrochó casta, raza y oficio

Miguel Abellán tuvo un pequeño momento de rivalidad novilleril con El Juli. Luego llegó la explosión del primero -todavía en el
escalafón inferior- en Madrid y su alternativa en Alicante. Después vendría el debut del segundo en Las Ventas, su ascenso a matador en Nimes y la «julimanía» posterior. Por el medio, unas declaraciones de Abellán, a principios de temporada, que provocaron, según dicen, la enemistad. El caso es que la rivalidad existía y en esta corrida de Logroño se han visto las caras.

RIVALIDAD

En el segundo de la tarde se pudo ver esa supuesta rivalidad. Abellán lo recibió con bien de capa -lo mejor, la media verónica- y dejó buen sabor en chicuelinas posteriores. Luego ejecutaría El Juli un quite colorista y la réplica de Abellán por otro quite, esta vez mixto, en que mezcló seis lances distintos que conmocionaron al público. Fue todo muy rápido que no hubo tiempo de anotarlos: verónica, chicuelina, tafalleras... La faena de muleta de Abellán resultó homogénea, de gusto, de buenos trazos, de saber estar en la cara del toro. Sin atolondramientos, muy serena. Mejor por el lado derecho que por el izquierdo, donde hubo algún pase tropezado y con el colofón de unas manoletinas ajustadas y un florido abaniqueo. Todo ante un buen toreo y con el remate de una excelente estocada. Dos orejas. Salió entonces a la palestra El Juli. Tropezó con un manso redomado, al que lidiaron muy mal. Julián lo había veroniqueado vulgar, pero lo supo meter en el canasto con la muleta. Una dura prueba para un matador bisoño. Delante tenía un toro, un toro de Logroño, nos entendemos. Faena valiente, de aguante, de mucho aguante, de muchísimos bemoles. También mejor con la diestra que con la zurda y, cuando tenía la oreja ganada, el jarro de agua fría de la estocada haciendo guardia. Perdió el norte y se vio aperreado en la espada hasta encontrar la muerte.

JUSTA OREJA

Abellán se mostró ventajista en el quinto, que llegó muy aplomado y, encima, erró repetidas veces con el descabello. El Juli puso todo su aparato en acción en el sexto: preciosas caleserinas, espectaculares pares de banderillas y con la muleta, oficio, técnica, casta y raza. Esta vez sí que llegó una justa oreja. Aunque Abellán ha vencido en una batalla, no ha ganado todavía la guerra. Completó la terna el local El Víctor, que se mostró voluntarioso en los dos, pero muy verde. Se marcó en el sexto una vuelta al ruedo por su cuenta.


El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 25 de septiembre '99. Un enorme despropósito

Ver un toro de lidia con sus pitones y su fiereza íntegra es prácticamente imposible en las ferias que copan los carteles las denominadas figuras del toreo. Y cuando sale alguno se lo cargan los picadores, por orden de las denominadas figuras, con todas sus tretas, cariocas y percherones en ristre. En las ferias, al menos ésta, tarde tras tarde aparecen por los chiqueros enormes despropósitos enajenados de casta, derrengados de remos, con sus pitones las más de las veces aniquilados por tipos patibularios y por orden expresa de unos desalmados.

Esta gente suele pulular por los cercados a hurtadillas. Con el mismo sigilo convierten el reglamento en un papel tan mojado y hueco que parece redactado sólo para favorecer a los que lo mancillan. Además, se mueven por los despachos y los hoteles con la misma soltura que en las ganaderías. No las pisan, todo lo más las pisotean con el beneplácito de un gremio, el de los criadores de toros, que se ha dejado olvidada la vergüenza entre los libros de notas y los laboratorios. Porque ahora, con la ciencia genética liada en la clonación, han conseguido multiplicar hasta el mismo infinito el toro lisiado, cobardón, mular y moribundo.

Toros de laboratorio, verdaderos engendros genéticos, a los que la modernidad taurómaca ha convertido en la más miserable de las nadas. Salen del toril, dan dos carreritas por el ruedo, un capotazo y aparecen desfallecidos patas arriba, suplicantes de una muerte rápida y no de un simulacro de lidia, con bandas de música atronando pasodobles mientras la denominada figura, siempre descolocada y con la muleta retrasada, se empeña en hacer pasar aquel clown como si de un toro se tratara.

Por si fuera poco, la denominada figura de turno simula, poniendo la muleta a un milímetro de la cara del toro, interés al principio y desánimo al final: "Con estos toros es imposible atorear", dice su escolta, unas veces vestida de banderilleros y otras de mozos de espada, con la toallita del hotel en una mano y los instrumentos toricidas en la otra. Pero la mayor de las quejas de las escoltas, no por repetida más increíble, es el volumen y los kilos.

El público, dicen, quiere el toro grande, ande o no ande. Los ganaderos se quejan de la misma gaita y los empresarios avisan que vienen musculados y que la culpa puede ser de los veterinarios que si no ven moles elefantiásicas no los aprueban en sus reconocimientos. Y así tarde tras tarde cayéndose el chico, el grande, el mediano y hasta los que se quedan en los corrales, que seguro que también se desploman tras la estela de los cabestros si aceleran su cansino trotecillo de corral en corral.

César Rincón, que parece la sombra de aquel torero que citaba de lejos y aguantaba impávido los parones para ligar cargando la suerte, El Cordobés y Miguel Abellán, utilizaron los mismos argumentos y se apuntaron a una corrida en la que se anunciaban dos divisas dos, sancionadas por afeitado, descabaladas y con reses de embestida amorfa y crepuscular. Los tres utilizaron la misma técnica: el cite fuera de sitio, la carrerita y la muleta a la altura de la cadera.

Así seis faenas a seis escombros. Así sus bajonazos, sus desplantes y su danza enrededor de toros apalancados que no suscitaban más que compasión. El Cordobés se empeñó en el cuarto bis en muletear a un animal destrozado, que no podía andar y que a duras penas sostenía su corpachón en pie. Allí, metido entre los pitones, se puso flamenco y el toro de un derrote le rompió la taleguilla. Sin mirarse, volvió hacia el burel, más roto y destruido todavía, para citarle desde la penca del rabo. Aquello fue la cumbre del destoreo. Unos pidieron la oreja y los más aplaudieron al presidente por no concederla. Lo que dijo la escolta, es preferible no reproducirlo.


El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 24 de septiembre '99.  Catálogo de borregos

El denominado toro de garantía es uno de los descubrimientos más acertados del gremio taurino finisecular. En el entorno de las figuras actuales se exige este sucedáneo de toro con tanta aplicación, que a los toreros de arriba que no se anuncian con estas divisas, se dice que han hecho un gesto o una gesta; el género de la hazaña depende de circunstancias aleatorias e intercambiables difíciles de comprender.

El toro de garantía propicia el hilván de los muletazos sin solución de continuidad, aunque resulten siempre atropellados los unos y fuera de cacho la mayoría. Con este tipo de astados, cuando no están por los suelos dando tumbos o pegándose enormes costaladas, se construyen trasteos largos y encimistas, donde no se rematan nunca los lances, aunque sí las tandas, y varias veces con la misma vulgaridad.

La corrida, seleccionada con mimo con "El Juli" como máximo protagonista, fue un perfecto catálogo de toros con garantías de borreguez y mansedumbre: los hubo que se rebotaban de piquero en piquero dando coces y saliendo de naja en busca de la añorada dehesa que jamás iban a volver a ver. Otros se encogían y, acobardados, se aplomaban sobre sus cuatro remos como esculturas. Éste es el tipo de toro con alma de Don Tancredo, tan inmóvil como lisiado y funcional.

Tan inútil para la lidia como buscado por los apoderados y sus veedores en los fríos inviernos de las ganaderías. También salió el que tenía genio y reservaba sus embestidas hasta que se ponía por delante un blanco seguro. Son los infinitos matices que propician la casta borrega y comercial con las que se cortan orejas, rabos y se baten todos los récords del Guiness.

No se llegó a tanto en Logroño pero faltó poco. Miguel Abellán se encontró con el único animal que se movió con cierto aire. Ordenó a los picadores que midieran el castigo y citó a distancia. Embarcaba con el pico de la muleta y despedía el viaje hacia afuera. En el siguiente pase los terrenos se recortaban y tras mediar la habitual carrerita se volvía a colocar para engarzar los pases sin ninguna emoción. El toro con la cara a media altura y la muleta hecha un rebujo.

Fue una faena superficial y de medios pases. Al final llegaron la manoletinas y el delirio de las juveniles fans de El Juli que se habían convertido, por unos minutos, en abellanistas convencidas. Una estocada contraria de rápido efecto trajo las dos primeras orejas de la feria. Abellán volvió en el quinto dando largas cambiadas de recibo. El producto borrego que le correspondió duró cuatro tandas, un bajonazo y un carro de descabellos.

El Juli se las vio y se las deseó con un manso integral que hizo las delicias del público. El animal no fue de condición pregonada y en la pañosa se desplazaba con tranco infeliz. Fracasó con la espada El Juli y menos mal que en último, tras instrumentar derechazos e izquierdazos con insólita rapidez, se llevó la oreja que reconcilió a la estrella con todos sus incondicionales.

El Víctor no es figura y se encontró con dos regalitos. El jabonero tancredista y un geniudo cuarto con el que sólo pudo darse un arrimón.


El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 23 de septiembre '99. Un torero del más allá

José Tomás anduvo con dudas y medianías en la primera de feria. Parecía un diestro abúlico y atorado. Pero dejó de lado su versión humana y terrenal y se convirtió en un torero del más allá, capaz de transportar al aficionado al paraíso de la tauromaquia. Salió por la puerta de chiqueros un animal de cuerna veleta y astifina, al que encima colocaron la divisa en la cepa del pitón.

Aquello debió de molestarle mucho porque su fiero temperamento de casta le hizo venirse arriba con los del castoreño, que le zurraron a modo y con la salida tapada. Encampanado esperaba al peonaje cortando en los embroques. Salió José Tomás y con la muleta empezó aguantando uno de esos terroríficos parones. Si quieto estaba el toro, más quieto se quedó el torero. Tragaron saliva él y toda la plaza al unísono y resolvió con un derechazo mandón como un cartel.

Puso sitio entre su anatomía y la del descarado cornúpeta y acto seguido comenzó a brotar el toreo. El animal se continuaba colando y el de Galapagar se echó la pañosa a la izquierda para que rugieran los tendidos tras cada uno de sus naturales, algunos inverosímiles, con la cargazón y el viaje del toro absolutamente consumados en una belleza formal que casi parecía un ejercicio de estilo. Citó por dos veces con la derecha para cambiar la muleta de mano. En la primera casi viaja hasta el reloj, en la segunda obligó tanto la embestida que el animal se había convertido en un toro noble y con recorrido, cosas del toreo cuando se practica con pureza.

Sucedió sencillamente que Tomás se colocaba al citar en el centro de la suerte presentando la muleta por derecho. Se lo traía toreado y embebido una y otra vez, dejaba la muleta colocada y volvía a cargar la suerte ligando siempre y sin perder ni un paso entre cada lance. Después, las manoletinas y el mitin con la espada. José Tomás había bajado definitivamente a la tierra y toda la plaza era consciente.

En el sexto no se fue al más allá, aunque la mayoría seguía aplaudiendo la faena como si tal cosa. Aquí Tomás se puso pesado, reiterativo y al hilo del pitón. No era posible subir y bajar dos veces en el mismo día. En todo caso se quedó en el limbo.

Vicente Barrera se quejó de que su primero no veía. Así que se limitó a una porfía inocua, áspera y repleta de dudas. Después citaba de lejos y en el segundo encuentro se metía en unas cercanías que imposibilitaban el toreo y gracias a las cuales los lances carecían de lustre y emoción. Era el destajismo actual.

Con el mismo denuedo encimista se aplicó Rivera Ordóñez. En el segundo de la tarde, con querencias innatas de la casta borrega, pasó de puntillas. En el quinto jugó al escondite y le dio otra ración de destoreo. El segundo sobrero también lucía pitones ofensivos, cuerpo serrano y no muy malas intenciones. Daba igual, aquello no podía ser porque entre el toro y la muleta no había espacio para consumar las suertes. Así que tras muletazos atropellados, se fue a por la espada. Al menos tuvo la virtud de la brevedad.


El País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 22 de septiembre '99. Desfile de inválidos

Comenzó la feria matea con un desfile de toros de hermosa lámina, incluso de aparente cuerna astifina. Simulaban querer comerse el mundo durante los tres primeros minutos de su lidia. Y exactamente tras esos tres minutos, o acaso dos de correrías desafiantes, trasmutaban como por ciencia infusa en débiles animalillos de acongojado tranco, que perdían el resuello e incluso el alma antes de vérselas con los tipos que lucen castoreño y que esta vez se limitaron a simular la suerte de varas, aunque para ello emplearan en más de una ocasión las argucias acostumbradas por este singular estamento.

Tres minutos o acaso dos, y aquellas catedrales se volvían inmensas masas negras de sórdida invalidez. Salían demostrando sus hondos corpachones, sus morrillos prominentes y sus poderosos pechos. Salían como alma que lleva el rayo, y después la nada tauromáquica, el agujero negro estelar y la lidia nihilista y crepuscular de este fin de milenio. Algunos lo llaman el toreo virtual; otros, sencillamente, un fraude.

Juan Mora salió decidido en el cuarto, un ejemplar grande y noble que demostró boyantía y clase en la muleta. Lo vio pronto y empezó por bajo en una apertura de faena bella y emotiva. Aquel toro, enorme como una catedral, humillaba y se desplazaba con celo y fijeza. Mora se echó la muleta a la izquierda y lo citó dando sitio al morlaco. Tres naturales tuvieron sabor porque la muñeca desplazó el viaje hasta atrás y consiguió ligarlos con belleza y emotividad. A veces, Mora se colocaba y el toro iba; otras, lo sorprendía mientras preparaba la muleta y recurría al encimismo. Fue una faena de altibajos en la que destacó el sabor que el torero extremeño imprime con sus pintureras maneras. A su primero, un inválido integral, no lo quiso ni ver y se encargó pronto de pasaportarlo al más allá.

Y el que muchos alaban como el diestro del más allá trajo a Logroño su versión humana y terrenal. Tomás sólo lució en uno de sus característicos quites por gaoneras. Las tres fueron de infarto y las tres atropelladas pusieron el alma en vilo. Con la muleta se perdió en probaturas y en faenas largas, a media altura y de muy escaso contenido.

Caballero se dejó tropezar la muleta en exceso y no se puso ni una sola vez en el sitio en el que suelen embestir los toros, aunque los de los corpachones de ayer lo de embestir les debía de sonar a chino.

 

 
©PortalTaurino, SL Pastor y Landero, 6-4º  41001 Sevilla España.  Contacto con PortalTaurino