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TOROS
EN LOGROÑO
TEMPORADA
1999 |

Plaza de la Manzanera
Feria Taurina 1999
Crónicas de
la prensa
José Tomás y el ganado de Cebada Gago, triunfadores de la feria
Martes, 21 de septiembre. Toros de Zalduendo (bien presentados, mansos e inválidos.
Los tres primeros, enfermizos. El 1º, sobrero, de la misma ganadería; el 4º, boyante;
el 6º, de cuerna impresentable), para Juan
Mora (bajonazo -silencio-; pinchazo, media estocada y descabello -ovación-), Manuel Caballero (estocada caída
-silencio-; estocada atravesada -silencio-) y José Tomás (dos pinchazos y estocada baja
-silencio-; pinchazo y estocada corta -leves pitos-). Crónica
de El País.
Miércoles, 22 de septiembre. Toros de Manuel San Román (-dos
devueltos-, con cuajo y pitones; sin fuerza y mansos. 3º, primer sobrero -del mismo
hierro-, de gran arboladura, encastado. 4º, segundo sobrero, de Zalduendo), para Vicente Barrera (bajonazo -pitos-; dos
pinchazos y estocada casi entera -silencio-), Rivera Ordóñez (tres pinchazos -aviso-
estocada trasera y caída -silencio-; pinchazo, estocada y dos descabellos -pitos-)
y José Tomás (cuatro pinchazos -aviso-,
otro pinchazo y estocada desprendida -ovación-; metisaca, pinchazo y estocada desprendida
-ovación-). Crónica
de El País.
Jueves, 23 de septiembre. Toros de Santiago Domecq (todos sospechosos de
manipulación fraudulenta de las astas. Mansos, aborregados e inválidos. 4º, con genio),
para Miguel Abellán (estocada
contraria -dos orejas-; estocada atravesada, descabello -aviso- y siete
descabellos -algunas palmas-), El Víctor (estocada corta, descabello -aviso-
y descabello -algunas palmas-; estocada caída y dos descabellos -vuelta-) y El Juli (bajonazo enhebrado que asoma -aviso-,
descabello y estocada atravesada -silencio-; estocada casi entera y descabello -oreja-).
Crónica
de El País.
Viernes, 24 de septiembre. Cuatro toros de Torrestrella (1º, 3º, 5º -devuelto por cojo-
y 6º; todos sospechosos de manipulación de astas, mansos, inválidos y descastados) y
dos de Gabriel Rojas (2º y 4º, destruídos
e inútiles para la lidia. El 5º bis, de Gabriel
Rojas, derrengado y medio muerto), para César Rincón (dos pinchazos, bajonazo
-silencio-; pinchazo y estocada -aviso, silencio-), El Cordobés (bajonazo -silencio-; estocada
casi entera -ovación-) y Miguel
Abellán (estocada corta caída -silencio-; estocada casi entera, estocada atravesada,
once descabellos -aviso- y tres descabellos más -silencio-). Crónica
de El País. Crónica de Armando
García-Zapata.
Sábado, 25 de septiembre. Toros de Cebada Gago (terciados, sin aparato, encastados,
con movilidad y con pocas fuerzas. El 4º y el 6º de encastada nobleza. El 5º resultó
un manso de libro), para Tomás
Campuzano (pinchazo y estocada corta -ovación-; estocada tendida y descabello
-vuelta-), Pedro Carra (estocada baja -silencio-; estocada -silencio-) y El Tato (estocada -silencio-; estocada y un
descabello -dos orejas-). Crónica
de El País.
Domingo, 26 de septiembre. Toros de Manolo González (2º y 6º y cuatro de González Sánchez-Dalp 1º -devuelto por
inválido-, 3º, 4º y 5) bien presentados, sin fuerza, descastados. Sobrero, de Loreto
Charro, mansísimo y pastueño en la muleta, para Manuel Caballero (dos pinchazos y estocada
-silencio-; media estocada -aviso- y dobla el toro -ovación-), Pepín Liria (pinchazo y estocada
-silencio-; tres pinchazos, tres descabellos -aviso- y descabello -bronca-)
y Diego Urdiales (pinchazo, otro
hondo -aviso- y descabello -ovación-; estocada -dos orejas-; salió a
hombros). Crónica
de El País.
Crónicas de la prensa
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 27 de septiembre '99.
Fue un baldón
La corrida fue un baldón. Para todos menos para el arnedano Diego Urdiales, pero fue
un baldón. La ganadería de Manolo González envió a Logroño un lote cortado por el
mismo patrón: el de la mansedumbre tonta, aborregada y claudicante de cada día. El
festejo comenzó con presagios de negros nubarrones con la devolución del primero. Saltó
a la arena un ejemplar de Loreto Charro con síntomas de haber pasado muchas ferias de
corral en corral. La plaza entera estalló en una bronca contra el toro, pero el animal,
que se frenó incierto en los primeros capotazos de un José Antonio Carretero firme y
lidiador, derivó en dócil y pastueño haciendo honor a su sangre Atanasio.
Caballero anduvo por allí con desgana. El manchego estuvo muy superficial con un toro
que humillaba y se desplazaba con son en la muleta. Le recetó una faena larga y encimista
por todos los terrenos de la plaza sin decir nada al público, ni al toro ni a sí mismo.
Con el que abandonó la feria volvió a salir con similar ánimo adocenado. El borrego se
movía sin humillar, y cuando un espectador, mediada la faena, consiguió que atronara el
pasodoble, el torero, visto lo visto, levantó su estoque y ordenó a los profesores de la
Agrupación Musical Logroñesa su silencio inmediato. La banda frenó en seco y el matador
cogió la pañosa con la izquierda y volvió el tostón de los pases despegados, de las
carreritas y del destoreo.
Pepín Liria no fue capaz de presentar faena a ninguno de sus dos enemigos.
Con su primero, muy flojo y distraído, se entretuvo en pasar por sus alrededores como
si con él no fuera la cosa. El toro no valía un duro y se comportó como una losa
granítica para la sangre Núñez. No fue muy diferente la trama con el que cerró su
aciaga tarde. El animal salió derrengado de los chiqueros, continuó en esa misma línea
con los picadores y en la muleta no hizo sino poner la cara por las nubes y esperar la
muerte engallado. Liria le dio, sin embargo, fiesta por alto, y el toro, que continuaba
derrengado y trastabillado, se defendía todavía más. Al coger el estoque, el astado se
encampanó de puro manso y pasar aquel fortín le hizo vivir a Liria momentos de
agitación. Por tres veces buscó el rincón, pero sólo logró tres pinchazos. Al final
cogió el descabello y se quitó de en medio el toro para alivio suyo y de la plaza, que
lo abroncó en toda regla.
El riojano Diego Urdiales se presentaba en Logroño y el público lo ovacionó de
salida. No salió a devolver los saludos, y se encontró de principio con un animal que se
movía pero en el que la humillación no estaba entre sus intenciones. Diego tampoco
consiguió templarlo mas que en una tanda, y los enganchones fueron la nota definitiva.
Sin embargo, al final, cuando la noche se adueñaba del coso, Urdiales se la jugó con
firmeza. El toro empujó en el caballo y se sostuvo en pie toda la faena. El toro tenía
cierta alegría pero ninguna clase. La emotividad llegó porque se centró con la
embestida, sobre todo con la mano derecha, consintiéndole mucho pero sin poder bajarle la
mano. Sufrió un leve achuchón con la izquierda y decidió continuar por la senda de los
derechazos, templados unos y ligados otros, hasta terminar con la habitual coda de
manoletinas. El toro acusó mucho tanto pase por alto y también se engalló antes de
entrar a matar. Sin llegar a ponerle los pitones a la altura del toro de Liria, Urdiales
descubrió la muerte y consiguió una buena estocada de efectos fulminantes.
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 26 de septiembre '99.
Tres toreros de una pieza
Al fin salió el toro. Y como era de esperar, las denominadas figuras actuales no
estaban por ningún sitio de la plaza. Alguna, incluso, ni quiso venir después de haberle
ofrecido la sustitución de Juan José Padilla. Poco o nada importó. Hicieron el
paseíllo tres toreros de una pieza, tres matadores que justificaron su entrada en el
abono sin importarles que en los chiqueros aguardaran seis toros de esos que casi nadie
quiere ni ver en pintura.
La corrida de Cebada Gago resultó de desigual presentación y juego. Los hubo
imposibles como el quinto, sin recorrido aunque viniéndose de largo como el primero,
dificultosos como el segundo y dos de excepcional nobleza, que fueron dos veces al caballo
aunque con la cara alta y sin mucho celo. Una corrida de toros con movilidad, que se
mantuvo en pie y que no desató ni la más mínima protesta por parte de los aficionados.
Tomás Campuzano estuvo toda la tarde en director de lidia, y como sus dos compañeros
de terna, se preocupó de colocar a los toros en la suerte cuando estaban los picadores en
el ruedo. Pero además de su acendrada profesionalidad, cogió la muleta con la mano
izquierda, se fue al platillo, se colocó, se la echó por delante y dibujó tres tandas
de naturales con parsimonia y profundidad.
Despacio y con gusto
Toreó muy despacio, con gusto y sin mover los pies entre cada lance, ligandolos
siempre con la muleta puesta en la cara. Tuvo detalles torerísimos como esos pases de la
firma con el aroma de las viejas tauromaquias. En su primero le dio siempre sitio a un
toro que se negó repetidamente a humillar, aunque tuvo prontitud y fijeza.
El Tato estuvo perfilero y atropellado en el tercero. Pero con el que cerraba plaza,
bajo el mismísimo diluvio, salió el torero que lleva dentro y se acopló a una de las
embestidas más repetidoras y emotivas de las últimas temporadas. Un toro noble y
terciado, con el que el zaragozano se explayó en cites lejanos, aguantando en el embroque
con firmeza sobre la pista de patinaje en la que se había transmutado el ruedo. La faena
tuvo una gran carga de emotividad y los espectadores, indefensos ante la lluvia, se
mantuvieron en sus escaños coreando con fuerza los derechazos y naturales que
instrumentaba.
Mientras, el cielo riojano se entretenía en atronar los tímpanos. Se tiró a matar y
tras el descabello, afloraron los pañuelos. Salió a hombros de la vetusta Manzanera.
Carra se vio con un toro dificultoso y de casta. No lo templó y al final se vio algo
desbordado, cosa comprensible en un matador que apenas ha tenido dos oportunidades en toda
la temporada.
Armando García-Zapata , viernes, 24 de septiembre de 1999.
El
Juli derrochó casta, raza y oficio
Miguel Abellán tuvo un pequeño momento de rivalidad novilleril con El Juli. Luego
llegó la explosión del primero -todavía en el
escalafón inferior- en Madrid y su alternativa en Alicante. Después vendría el debut
del segundo en Las Ventas, su ascenso a matador en Nimes y la «julimanía» posterior.
Por el medio, unas declaraciones de Abellán, a principios de temporada, que provocaron,
según dicen, la enemistad. El caso es que la rivalidad existía y en esta corrida de
Logroño se han visto las caras.
RIVALIDAD
En el segundo de la tarde se pudo ver esa supuesta rivalidad. Abellán lo recibió con
bien de capa -lo mejor, la media verónica- y dejó buen sabor en chicuelinas posteriores.
Luego ejecutaría El Juli un quite colorista y la réplica de Abellán por otro quite,
esta vez mixto, en que mezcló seis lances distintos que conmocionaron al público. Fue
todo muy rápido que no hubo tiempo de anotarlos: verónica, chicuelina, tafalleras... La
faena de muleta de Abellán resultó homogénea, de gusto, de buenos trazos, de saber
estar en la cara del toro. Sin atolondramientos, muy serena. Mejor por el lado derecho que
por el izquierdo, donde hubo algún pase tropezado y con el colofón de unas manoletinas
ajustadas y un florido abaniqueo. Todo ante un buen toreo y con el remate de una excelente
estocada. Dos orejas. Salió entonces a la palestra El Juli. Tropezó con un manso
redomado, al que lidiaron muy mal. Julián lo había veroniqueado vulgar, pero lo supo
meter en el canasto con la muleta. Una dura prueba para un matador bisoño. Delante tenía
un toro, un toro de Logroño, nos entendemos. Faena valiente, de aguante, de mucho
aguante, de muchísimos bemoles. También mejor con la diestra que con la zurda y, cuando
tenía la oreja ganada, el jarro de agua fría de la estocada haciendo guardia. Perdió el
norte y se vio aperreado en la espada hasta encontrar la muerte.
JUSTA OREJA
Abellán se mostró ventajista en el quinto, que llegó muy aplomado y, encima, erró
repetidas veces con el descabello. El Juli puso todo su aparato en acción en el sexto:
preciosas caleserinas, espectaculares pares de banderillas y con la muleta, oficio,
técnica, casta y raza. Esta vez sí que llegó una justa oreja. Aunque Abellán ha
vencido en una batalla, no ha ganado todavía la guerra. Completó la terna el local El
Víctor, que se mostró voluntarioso en los dos, pero muy verde. Se marcó en el sexto una
vuelta al ruedo por su cuenta.
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 25 de septiembre '99.
Un enorme despropósito
Ver un toro de lidia con sus pitones y su fiereza íntegra es prácticamente imposible
en las ferias que copan los carteles las denominadas figuras del toreo. Y cuando sale
alguno se lo cargan los picadores, por orden de las denominadas figuras, con todas sus
tretas, cariocas y percherones en ristre. En las ferias, al menos ésta, tarde tras tarde
aparecen por los chiqueros enormes despropósitos enajenados de casta, derrengados de
remos, con sus pitones las más de las veces aniquilados por tipos patibularios y por
orden expresa de unos desalmados.
Esta gente suele pulular por los cercados a hurtadillas. Con el mismo sigilo convierten
el reglamento en un papel tan mojado y hueco que parece redactado sólo para favorecer a
los que lo mancillan. Además, se mueven por los despachos y los hoteles con la misma
soltura que en las ganaderías. No las pisan, todo lo más las pisotean con el
beneplácito de un gremio, el de los criadores de toros, que se ha dejado olvidada la
vergüenza entre los libros de notas y los laboratorios. Porque ahora, con la ciencia
genética liada en la clonación, han conseguido multiplicar hasta el mismo infinito el
toro lisiado, cobardón, mular y moribundo.
Toros de laboratorio, verdaderos engendros genéticos, a los que la modernidad
taurómaca ha convertido en la más miserable de las nadas. Salen del toril, dan dos
carreritas por el ruedo, un capotazo y aparecen desfallecidos patas arriba, suplicantes de
una muerte rápida y no de un simulacro de lidia, con bandas de música atronando
pasodobles mientras la denominada figura, siempre descolocada y con la muleta retrasada,
se empeña en hacer pasar aquel clown como si de un toro se tratara.
Por si fuera poco, la denominada figura de turno simula, poniendo la muleta a un
milímetro de la cara del toro, interés al principio y desánimo al final: "Con
estos toros es imposible atorear", dice su escolta, unas veces vestida de
banderilleros y otras de mozos de espada, con la toallita del hotel en una mano y los
instrumentos toricidas en la otra. Pero la mayor de las quejas de las escoltas, no por
repetida más increíble, es el volumen y los kilos.
El público, dicen, quiere el toro grande, ande o no ande. Los ganaderos se quejan de
la misma gaita y los empresarios avisan que vienen musculados y que la culpa puede ser de
los veterinarios que si no ven moles elefantiásicas no los aprueban en sus
reconocimientos. Y así tarde tras tarde cayéndose el chico, el grande, el mediano y
hasta los que se quedan en los corrales, que seguro que también se desploman tras la
estela de los cabestros si aceleran su cansino trotecillo de corral en corral.
César Rincón, que parece la sombra de aquel torero que citaba de lejos y aguantaba
impávido los parones para ligar cargando la suerte, El Cordobés y Miguel Abellán,
utilizaron los mismos argumentos y se apuntaron a una corrida en la que se anunciaban dos
divisas dos, sancionadas por afeitado, descabaladas y con reses de embestida amorfa y
crepuscular. Los tres utilizaron la misma técnica: el cite fuera de sitio, la carrerita y
la muleta a la altura de la cadera.
Así seis faenas a seis escombros. Así sus bajonazos, sus desplantes y su danza
enrededor de toros apalancados que no suscitaban más que compasión. El Cordobés se
empeñó en el cuarto bis en muletear a un animal destrozado, que no podía andar y que a
duras penas sostenía su corpachón en pie. Allí, metido entre los pitones, se puso
flamenco y el toro de un derrote le rompió la taleguilla. Sin mirarse, volvió hacia el
burel, más roto y destruido todavía, para citarle desde la penca del rabo. Aquello fue
la cumbre del destoreo. Unos pidieron la oreja y los más aplaudieron al presidente por no
concederla. Lo que dijo la escolta, es preferible no reproducirlo.
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 24 de septiembre '99. Catálogo de borregos
El denominado toro de garantía es uno de los descubrimientos más acertados del gremio
taurino finisecular. En el entorno de las figuras actuales se exige este sucedáneo de
toro con tanta aplicación, que a los toreros de arriba que no se anuncian con estas
divisas, se dice que han hecho un gesto o una gesta; el género de la hazaña depende de
circunstancias aleatorias e intercambiables difíciles de comprender.
El toro de garantía propicia el hilván de los muletazos sin solución de continuidad,
aunque resulten siempre atropellados los unos y fuera de cacho la mayoría. Con este tipo
de astados, cuando no están por los suelos dando tumbos o pegándose enormes costaladas,
se construyen trasteos largos y encimistas, donde no se rematan nunca los lances, aunque
sí las tandas, y varias veces con la misma vulgaridad.
La corrida, seleccionada con mimo con "El Juli" como máximo protagonista,
fue un perfecto catálogo de toros con garantías de borreguez y mansedumbre: los hubo que
se rebotaban de piquero en piquero dando coces y saliendo de naja en busca de la añorada
dehesa que jamás iban a volver a ver. Otros se encogían y, acobardados, se aplomaban
sobre sus cuatro remos como esculturas. Éste es el tipo de toro con alma de Don Tancredo,
tan inmóvil como lisiado y funcional.
Tan inútil para la lidia como buscado por los apoderados y sus veedores en los fríos
inviernos de las ganaderías. También salió el que tenía genio y reservaba sus
embestidas hasta que se ponía por delante un blanco seguro. Son los infinitos matices que
propician la casta borrega y comercial con las que se cortan orejas, rabos y se baten
todos los récords del Guiness.
No se llegó a tanto en Logroño pero faltó poco. Miguel Abellán se encontró con el
único animal que se movió con cierto aire. Ordenó a los picadores que midieran el
castigo y citó a distancia. Embarcaba con el pico de la muleta y despedía el viaje hacia
afuera. En el siguiente pase los terrenos se recortaban y tras mediar la habitual
carrerita se volvía a colocar para engarzar los pases sin ninguna emoción. El toro con
la cara a media altura y la muleta hecha un rebujo.
Fue una faena superficial y de medios pases. Al final llegaron la manoletinas y el
delirio de las juveniles fans de El Juli que se habían convertido, por unos
minutos, en abellanistas convencidas. Una estocada contraria de rápido efecto trajo las
dos primeras orejas de la feria. Abellán volvió en el quinto dando largas cambiadas de
recibo. El producto borrego que le correspondió duró cuatro tandas, un bajonazo y un
carro de descabellos.
El Juli se las vio y se las deseó con un manso integral que hizo las delicias del
público. El animal no fue de condición pregonada y en la pañosa se desplazaba con
tranco infeliz. Fracasó con la espada El Juli y menos mal que en último, tras
instrumentar derechazos e izquierdazos con insólita rapidez, se llevó la oreja que
reconcilió a la estrella con todos sus incondicionales.
El Víctor no es figura y se encontró con dos regalitos. El jabonero tancredista
y un geniudo cuarto con el que sólo pudo darse un arrimón.
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 23 de septiembre '99.
Un torero del más allá
José Tomás anduvo con dudas y medianías en la primera de feria. Parecía un diestro
abúlico y atorado. Pero dejó de lado su versión humana y terrenal y se convirtió en un
torero del más allá, capaz de transportar al aficionado al paraíso de la tauromaquia.
Salió por la puerta de chiqueros un animal de cuerna veleta y astifina, al que encima
colocaron la divisa en la cepa del pitón.
Aquello debió de molestarle mucho porque su fiero temperamento de casta le hizo
venirse arriba con los del castoreño, que le zurraron a modo y con la salida tapada.
Encampanado esperaba al peonaje cortando en los embroques. Salió José Tomás y con la
muleta empezó aguantando uno de esos terroríficos parones. Si quieto estaba el toro,
más quieto se quedó el torero. Tragaron saliva él y toda la plaza al unísono y
resolvió con un derechazo mandón como un cartel.
Puso sitio entre su anatomía y la del descarado cornúpeta y acto seguido comenzó a
brotar el toreo. El animal se continuaba colando y el de Galapagar se echó la pañosa a
la izquierda para que rugieran los tendidos tras cada uno de sus naturales, algunos
inverosímiles, con la cargazón y el viaje del toro absolutamente consumados en una
belleza formal que casi parecía un ejercicio de estilo. Citó por dos veces con la
derecha para cambiar la muleta de mano. En la primera casi viaja hasta el reloj, en la
segunda obligó tanto la embestida que el animal se había convertido en un toro noble y
con recorrido, cosas del toreo cuando se practica con pureza.
Sucedió sencillamente que Tomás se colocaba al citar en el centro de la suerte
presentando la muleta por derecho. Se lo traía toreado y embebido una y otra vez, dejaba
la muleta colocada y volvía a cargar la suerte ligando siempre y sin perder ni un paso
entre cada lance. Después, las manoletinas y el mitin con la espada. José Tomás había
bajado definitivamente a la tierra y toda la plaza era consciente.
En el sexto no se fue al más allá, aunque la mayoría seguía aplaudiendo la faena
como si tal cosa. Aquí Tomás se puso pesado, reiterativo y al hilo del pitón. No era
posible subir y bajar dos veces en el mismo día. En todo caso se quedó en el limbo.
Vicente Barrera se quejó de que su primero no veía. Así que se limitó a una porfía
inocua, áspera y repleta de dudas. Después citaba de lejos y en el segundo encuentro se
metía en unas cercanías que imposibilitaban el toreo y gracias a las cuales los lances
carecían de lustre y emoción. Era el destajismo actual.
Con el mismo denuedo encimista se aplicó Rivera Ordóñez. En el segundo de la tarde,
con querencias innatas de la casta borrega, pasó de puntillas. En el quinto jugó al
escondite y le dio otra ración de destoreo. El segundo sobrero también lucía pitones
ofensivos, cuerpo serrano y no muy malas intenciones. Daba igual, aquello no podía ser
porque entre el toro y la muleta no había espacio para consumar las suertes. Así que
tras muletazos atropellados, se fue a por la espada. Al menos tuvo la virtud de la
brevedad.
El
País, PABLO G. MANCAHA. Logroño, edición del 22 de septiembre '99.
Desfile de inválidos
Comenzó la feria matea con un desfile de toros de hermosa lámina, incluso de aparente
cuerna astifina. Simulaban querer comerse el mundo durante los tres primeros minutos de su
lidia. Y exactamente tras esos tres minutos, o acaso dos de correrías desafiantes,
trasmutaban como por ciencia infusa en débiles animalillos de acongojado tranco, que
perdían el resuello e incluso el alma antes de vérselas con los tipos que lucen
castoreño y que esta vez se limitaron a simular la suerte de varas, aunque para ello
emplearan en más de una ocasión las argucias acostumbradas por este singular estamento.
Tres minutos o acaso dos, y aquellas catedrales se volvían inmensas masas negras de
sórdida invalidez. Salían demostrando sus hondos corpachones, sus morrillos prominentes
y sus poderosos pechos. Salían como alma que lleva el rayo, y después la nada
tauromáquica, el agujero negro estelar y la lidia nihilista y crepuscular de este fin de
milenio. Algunos lo llaman el toreo virtual; otros, sencillamente, un fraude.
Juan Mora salió decidido en el cuarto, un ejemplar grande y noble que demostró
boyantía y clase en la muleta. Lo vio pronto y empezó por bajo en una apertura de faena
bella y emotiva. Aquel toro, enorme como una catedral, humillaba y se desplazaba con celo
y fijeza. Mora se echó la muleta a la izquierda y lo citó dando sitio al morlaco. Tres
naturales tuvieron sabor porque la muñeca desplazó el viaje hasta atrás y consiguió
ligarlos con belleza y emotividad. A veces, Mora se colocaba y el toro iba; otras, lo
sorprendía mientras preparaba la muleta y recurría al encimismo. Fue una faena de
altibajos en la que destacó el sabor que el torero extremeño imprime con sus pintureras
maneras. A su primero, un inválido integral, no lo quiso ni ver y se encargó pronto de
pasaportarlo al más allá.
Y el que muchos alaban como el diestro del más allá trajo a Logroño su versión
humana y terrenal. Tomás sólo lució en uno de sus característicos quites por gaoneras.
Las tres fueron de infarto y las tres atropelladas pusieron el alma en vilo. Con la muleta
se perdió en probaturas y en faenas largas, a media altura y de muy escaso contenido.
Caballero se dejó tropezar la muleta en exceso y no se puso ni una sola vez en el
sitio en el que suelen embestir los toros, aunque los de los corpachones de ayer lo de
embestir les debía de sonar a chino.
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