GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de Otoño
MADRID
Tarde del domingo, 1 de octubre de 2000
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Sánchez Ybargüen, con cuajo; cuatro devueltos por inválidos; se lidiaron dos titulares y los sobreros corridos en 1º y 6º lugar. Más sobreros (salieron siete): tres de Juan Albarrán, 3º, en sustitución de otro del mismo hierro y este de otro de Hermanos Astolfi, devueltos por inválidos. 5º se sentó en plena faena y fue apuntillado. 6º, de Benítez Cubero, devuelto por inválido

Diestros

Incidencias: El público abroncó repetidas veces la escandalosa invalidez de los toros y lanzó almohadillas al ruedo.

Entrada: cerca del lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOAQUÍN VIDAL.   Escándalo en Las Ventas

Ni los más viejos del lugar recordaban algo semejante: siete sobreros en el redondel. No todos a montón, sino uno detrás de otro: siete. Los siete, sustitutos de otros tantos toros, inválidos. Y, por si fuera poco, los siete inválidos también.

Toros no devueltos al corral padecían igual invalidez y sólo les salvó la campana. O sea que, oidos los clarines para cambio del primer tercio, parecía como si las invalideces quedaran condonadas.

Pero qué va. Cambiado el tercio el toro salvado por la campana acentuaba su maluria pertinaz y se venía al suelo. Hubo uno al que ni la campana salvó. Llegaron a ponerle un par de banderillas en su asendereado lomo, lo cual causaba un efecto atroz viéndolo yacente (banderilleado y yacente: dios no nos lo perdonará). La protesta del público fue tremebunda y el presidente, que era el comisario Luis Torrente, lo devolvió al corral.

La explicación de por qué se caen los toros nadie la da. Y aún menos explicación tiene que se caigan todos los toros de una corrida, más los sobreros hasta sumar 13, lo que equivale a dos corridas de toros enteras y uno más.

Todos inválidos. Bien presentados, con su cuajo, apenas aparecer en el redondel ya estaban hocicando o pegándose costaladas. Los que devolvieron y los que se lidiaron. Los 13.

De los lidiados, dos que constituyeron el lote de Uceda Leal producían vergüenza ajena. Por los propios toros y por el propio torero que con un descaro asombroso se ponía a hacer posturas delante de aquellos proyectos de cadáver, pretendiendo torearlos. El primero de ellos, a cada pase que daba se le desplomaba. El segundo se sentó de repente y mugió ahí me las den todas. Lo hizo tres veces y a la tercera ya no se quiso levantar. Hubieron de apuntillarlo y aquel acto constituía una vileza intolerable.

En la corrupción que domina la fiesta de los toros la vileza está a la orden del día. Dominan la fiesta unos mangantes sin escrúpulos de ningún tipo, desconocedores de la ética, autores del grosero deterioro que padece este espectáculo secular.

Son, si bien se mira, delincuentes.

Las protestas que provocó el escándalo sin precedentes de Las Ventas pudieron dar lugar a un serio conflicto de orden público. Hace años se habría producido, con balance de detenidos. Pero no entre los espectadores sino entre los responsables de esa estafa perpetrada en toda regla. El ganadero y la empresa por delante. Los coletudos beneficiarios de las invalideces, también.

José Luis Bote, bastante destemplado con el primer toro, se puso pesadísimo intentando sacarle derechazos al cuarto y llegada la hora del aviso, la emprendió con los naturales, de los que no logró dar ni uno. Acabó metiéndole al toro un metisaca alevoso por cerca del costillar. Este no es mi Bote, que me lo han cambiado.

De Uceda leal, el torero de las mil oportunidades (ningua aprovechada) ya se ha dicho: él y los inválidos. Dávila Miura aplicó a los de su lote trasteos voluntarioso sin despertar ningún interés salvo constatar lo ajeno que se siente para el arte, la mediocridad que le invade en la interpretación del toreo, sea el de gusto, sea al de técnica y recurso.

Lo importante, sin embargo, se deriva de los increíbles sucesos que se produjeron en el ruedo venteño con la tenaz invalidez de los toros. El público pedía la cabeza de alguien. Y antes que la cabeza, la devolución del importe de las localidades.

Hay una empresa arrendataria de la plaza a la que recientemente se ha renovado el contrato de explotación. Hay una Comunidad de Madrid que es el ente arrendador y renovador. Hay una autoridad competente que está obligada a investigar lo sucedido y poner en la picota a los implicados. Y hay unos ganaderos y unos toreros que tampoco se deben ir de rositas.

En las plazas de por ahí no se crea que la fiesta es mejor. Antes al contrario es peor. En las plazas de por ahí salen los toros sin trapío, sospechosos de manipulación fraudulenta, igual de inválidos o más que en Las Ventas. La enorme diferencia estriba en que por esas plazas al público le dan igual los toros y a los toreros les conceden orejas, mientras en Madrid hay una afición alerta y (a veces) un presidente ejemplar que cumple y hace cumplir el reglamento.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Trece toros; y no pasó nada

En corto y por derecho: ¿alguien habrá tomado a estas horas la decisión de mandar a analizar las vísceras de los toros de ayer? Si no lo han hecho es que hay una predisposición al fraude; si no lo han hecho es que las autoridades miran para otro lado y dejan que las aguas corran pacíficamente. Pero ayer, y con toda razón, en Las Ventas pudo estallar un motín. El público se encrespó, tiró al ruedo algunas almohadillas y no digo yo que deban incendiar la plaza; pero la cosa no pasó a mayores: un escándalo mayúsculo de gritos y gestos airados en algunos momentos de la corrida. Al final, después de tres horas y media de calvario, los aficionados se marcharon tranquilamente a sus casas sin un gesto de más ni una mirada colérica. Un ejemplo de civismo. Conseguida la devolución de siete toros, debieron preguntarse, ¿para qué hacerse mala sangre? Y luego dicen que el pescado es caro; y que los aficionados taurinos son levantiscos, inconformistas e intransigentes.

Toros imponentes de fachada, por los suelos. Esta es la cuestión. O se les afeita por fuera o se les afeita por dentro. En las patéticas circunstancias de ayer, el señor Torerrente, bien: desechó todo lo desechable. Florito, el héroe de la tarde; metió algunos toros a cuerpo limpio en los toriles y se permitió torerísimas largas, desde el callejón, con la chaquetilla.

Aquello era el cuento de nunca acabar; tarde desastrosa de toros sospechosamente inválidos, con la sangre podre y el alma escapándoseles por la boca; tarde para salir huyendo de una plaza de toros y no volver a entrar. Lo único positivo, según algunas teorías economicistas, sería que vimos más de una docena de toros, por el precio de media. Quien no se consuela es porque no quiere.

Otra nota positiva fue, junto a la paciencia y la buena educación de los aficionados, la urbanidad de los toreros. Las cuadrillas y sus jefes, pese al desastre, no se encararon ni con el público ni con el palco presidencial; hecho, por otra parte, bastante normal, aunque elevado recientemente a la categoría de caballerosidad. Es de agradecer. Con tal de meterse con el público de Las Ventas, las terminales en Madrid del nacionalismo de La Maestranza llegan a esos extremos: criticar a los aficionados resaltando los buenos modales de los toreros. Como si éstos tuviesen derecho a banderillear o vilipendiar al respetable.

La diferencia está en que muchos hemos cantado, y seguiremos cantando, las glorias de La Maestranza y de toreros sevillanos sin abdicar por ello del deber de la crítica. Por ejemplo, nos hubiera gustado ayer celebrar a Dávila Miura, y no sería la primera vez; pero Dávila Miura desistió de pelearse con el manso tercero que se aculó en tablas convertido en un búnker inexpugnable. Llevábamos hora y tres cuartos de corrida, se habían matado tres toros y se habían devuelto cuatro: más los que vinieran. De seguir esa proporción la corrida duraría tres horas y media. Y efectivamente las duró. Y eso no es aconsejable. Mas lo cierto es que en cualquier otra plaza que no fuera Las Ventas, a esa hora la corrida habría concluido. Y los espectadores paganos se hubieran tragado todos los inválidos, que los cabestros y Florito se llevaron a los corrales. Esa es la cosa, que diría un castizo.

Lo poco bueno que ocurrió, -algunas fulguraciones de El Bote, la perplejidad de Uceda y los muletazos de Dávila Miura al sexto-, queda supeditado al escándalo. A los toreros hay que pedirles, aparte buena educación, que se revelen contra todo tipo de fraude, como Antonio Bienvenida se reveló contra el afeitado; todos se conjuraron contra él, empezando por los cinco magníficos, cuyos nombres acaso fuera conveniente dar. Son conocidos y alguno ha llegado a afamado comentarista televisivo en la actualidad. Eso es hemeroteca y está al alcance de cualquiera. Fue una reacción de torería frente a la desvergüenza. Aquí nos vamos a divertir todos.

 

 

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