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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
MADRID
Tarde del martes, 30 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Novillos
de Baltasar Ibán, bien presentados, dos derribaron; de excepcional
casta y nobleza.
Diestros:
-
Martín
Antequera, pinchazo, otro sufriendo un derrote en la cara, da
unas manoletinas, nuevo pinchazo y estocada (ovación, que recibe la
cuadrilla); estocada corta tendida trasera caída perdiendo la muleta y
descabello (oreja con minoritaria petición y protestas).
-
Rafael de Julia, pinchazo,
estocada desprendida -aviso- y descabello (aplausos y también
algunos pitos cuando saluda); pinchazo, media perpendicular, rueda de
peones -aviso- y descabello (silencio).
-
Alberto Álvarez, pinchazo y estocada
trasera caída (silencio); estocada corta saliendo trompicado (oreja
con escasa petición y protestas).
Incidencias: asistido Martín Antequera de herida en la
cara, pronóstico leve.
Entrada: Lleno
Crónicas de la prensa: ABC, El País
ABC. Vicente
Zabala. Y tras la tempestad, una brava novillada de
Baltasar Ibán apaciguó los ánimos
Y tras la tempestad, la calma. Y con ella, una brava novillada de
Baltasar Ibán, una tarde interesante, de novilleros encastados, entregados en
pos del triunfo, cada cual en su estilo, con sus peros y virtudes. La plaza
respondió. Y no por las orejas que se entregaron, sino por el aliento con que
se trató a los noveles toreros.
No perdonaron un quite ni escamotearon el esfuerzo ni volvieron la cara
nunca. Otra historia sería desmenuzar la calidad de sus faenas, y si, por
ejemplo, anduvieron éstas a la altura de los novillos primero y sexto, los dos
mejores puntales de la corrida. La madurez se alcanza con el tiempo, aunque el
dulce del toreo sea fruta prohibida para algunos.
Que Martín Antequera es un perro de presa, no cabe duda. Un novillero en
guerra, un legionario en busca del éxito, acaba por encontrar su recompensa. No
sabemos el camino que desde hoy dispondrá el futuro para este malagueño. Si
depura sus formas, igual el sueño se hace posible. Mas hasta ayer se ha ganado
el respeto de una plaza como la de Madrid. Y si con el feo primer utrero su
labor transcurrió con dignidad y esmero por hacer las cosas bien —el enemigo
era como para bordar el arte de Cúchares—, con el rebrincado cuarto aguantó
el chaparrón con valentía y a pecho descubierto, con los recursos escasos de
quien empieza, con la cara abierta por un puntazo de la lidia anterior. Y además
había aparecido por la puerta de la enfermería para cumplir con su compromiso,
con una nueva cita a portagayola, con la maquinaria de un corazón engrasado a
prueba de amosal y amonal. En pie, lanceó a la verónica, entremezcló
chicuelinas, se atragantó en un quite por gaoneras, precipitado, con ganas de
decirle a la cátedra «yo quiero ser, aunque me falten cosas». Pero no el ánimo,
chaval. Si el trofeo vale para que le repitan, para que le llamen de algún otro
lado o para fomentar la afición y corregir impefecciones, bienvenido sea. A
quien se lo quiera regatear, que le zurzan. Respetuosamente, pero que así sea.
Porque Antequera arrancó su recompensa con uñas y dientes, como un hambriento.
El momento de exigirle más llegará.
Tres volteretas
Tres volteretas, tres, sufrió el aragonés Alberto Álvarez, en un
quite por tafalleras, en otro por gaoneras y al entrar a matar al último y gran
novillo de la jornada. Y fue la faena de despedida intermitente, con bajadas y pérdidas
de ritmo en ocasiones, con subidas repentinas y apuntes de calidad, como un
cambio de mano. Hasta desquitarse de los baches en un final ajustado por
bernadinas, apasionante por la escasez de distancias. Para colmo, se tiró a
matar a tumba abierta. La espada se hundió arriba. Hubo petición y un premio
que le ha de servir de aliciente, de incentivo para buscar el camino puro del
toreo, que parece conocer o al menos intuir. Porque con el tercero también
esbozó un par de naturales, quizá más, de nota. Había que someter mucho y
estar muy puesto; por esos dasajustes de la inmadurez, perdió la distancia y el
temple: todo se desinfló poco a poco, como un balón pinchado.
Rafael de Julia no alcanzó trofeo físico, y sin embargo mostró cualidades
a tener en cuenta: buen sentido de la colocación y una claridad de ideas firme.
Su quehacer inicial arrancó entonado. Pero después cabeceaba mucho el pupilo
de Ibán, muy molesto e incómodo. Mantuvo la decisión sobre la izquierda.
Importante papel realizó el quinto en el caballo, como la mayoría de sus
hermanos. Lució menos fuerzas, con lo cual marcó unos compases diestros a
media altura: bajar la mano se tornaba complicado. Sobre la izquierda trató De
Julia de alargar los viajes, con óptimos resultados en ocasiones. Nos quedamos
con un ayudado por bajo y desechamos el excesivo metraje de sus dos obras.
Finalmente, las mayores loas han de ser, por lógica, para la encastada
novillada de Baltasar Ibán, aunque allí nadie volvió la cara.
El País.
JOAQUÍN VIDAL, Madrid. Un torrente de casta brava
El gran acontecimiento de la feria son las novilladas. Tres van celebradas y el
público ha podido vivir con ellas todas las emociones que conlleva la lidia. La
casta constituyó, en las tres, el fundamento del espectáculo. Casta a raudales
hasta llegar al torrente de bravura y nobleza que fue la novillada de Baltasar
Ibán.
Máquinas de embestir parecían los ibanes. A lo mejor lo eran. Seis
novillos que se recrecían tercio a tercio hasta acabar desarrollando unas
embestidas fijas, humilladas, inagotables. Seis novillos para recrear el toreo
total, desde las suertes fundamentales hasta todo tipo de adornos y fantasías,
que también admite el arte de torear.
Pedirles tanto a los novilleros habría sido demasiado, con esos toros que
embestían como un torrente. El toro que embiste, aunque sólo sea al ritmo del
plácido discurrir del manantial, no les va al toreo moderno ni a los toreros
del tercer milenio. Hablamos de los matadores de alternativa, figuras incluidas.
Sale el toro de codiciosa embestida y ya le están llamando tobillero. Los
taurinos son muy propensos a utilizar este término tan hortera (la mayoría de
ellos son también bastante horteras, por cierto). Tobillero lo llaman porque
humilla y persigue codicioso los engaños y en una de esas podría topar con los
tobillos del torero. Circunstancia harto difícil, sin bien se mira; pues según
la técnica impuesta por el toreo moderno en cuanto se remata un pase hay que
correr.
Lo malo sería que el toro fuese sobaquero, porque busca las axilas, o
corbatero, si derrota a la nuez. En este aspecto, por supuesto, no existe
discusión ya que toros así traen enormes peligros. Pero los taurinos horteras
y los toreros del tercer milenio, ni quieren estos pregonaos ni aquellos de
encastada nobleza, y sólo les sirve el toro dócil de alma borrega. Y lo
califican así: sirvió (o no sirvió), con lo cual dejan reducida la
tauromaquia -la ganadería de bravo, el arte de torear, la lidia- a un binomio
comercial más propio de tratantes y tenderos.
Paradigma de la casta resultó el cuarto novillo de Ibán, que embestía en
progresión ascendente. No digamos si tobillero o sobaquero porque dependía del
matador: si lo templaba, el novillo tomaba entregado la pañosa arando la arena;
en caso contrario respondía derrotándola con indomable fiereza.
Martín Antequera, a quien correspondió, hizo de lo uno y de lo otro; o sea,
pares y nones, con más desajustes que acabado reunir; y en el fondo es lógico,
tratándose de un novillero aún inmaduro. Similar suerte corrió en el primero
de la tarde, nuncio, con todos los pronunciamientos, de la casta asombrosa que
traía la novillada. Al entrar a matar, Martín Antequera sufrió un pitonazo en
la cara, del que hubo de ser asistido en la enfermería, y salió de nuevo para
continuar la lidia, con la valentía, el pundonor y el espíritu de superación
característicos de quienes quieren ser de verdad toreros.
Así fueron los novilleros toda la vida: arrojados, valientes, a despecho de
reveses e infortunios. Martín Antequera no es torero del tercer milenio,
evidentemente. De sus compañeros, en cambio, no se sabría decir. Rafael de
Julia, por supuesto muy voluntarioso, desaprovechó sendos novillos de
sensacional boyantía. Y Alberto Álvarez, que parece tener el toreo bien enseñado,
y lo intentó procurando ajustarse a los cánones de la tauromaquia clásica,
dejó al descubierto sus limitaciones, que se tradujeron en numerosas
destemplanzas.
En definitiva, los novillos, los seis, se quedaron sin torear. Tampoco debe
extrañar demasiado: los toros bravos descubren a los toreros. Ya se lo decía
el Guerra al novillerito aquel que deseaba le saliese un toro bravo el día de
su debú en la Maestranza: "Ay, hijo: si te sale un toro bravo, vas
arreglado".
Dos novillos derribaron, dos salieron sueltos de las varas, cuatro recargaron
entregados, todos derramaron el torrente de su casta brava y llenaron de
emociones el ruedo de Las Ventas. Supuso un reverdecer de la fiesta con todos su
valores; como si hubiésemos vuelto a la época en que toros y toreros ofrecían
cada tarde el mayor espectáculo del mundo. El único que no se enteró fue el
presidente, y se puso a regalar orejas. Debió creer que estábamos en una
corrida de rejones.
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