Seis señores a caballo, haciendo todos los mismos numeritos, son un
plomazo de mucho cuidado. Los rejoneadores se han metido en el jardín
de hacer todos las mismas gracias, y hay que tener unas generosas
tragaderas para deglutir los carruseles y tiovivos, las banderillas con
el inevitable quiebro del caballo, los pares a dos manos, las cortas, la
rosa, las corvetas, los giros, las piruetas, los sombrerazos para pedir
aplausos y los '¡venga ya!' y '¡vámonos!' a grito pelado.
Si después de todo esto ninguno de los seis señores de a caballo
hace méritos para que le den una oreja, con lo fáciles que se cotizan
las orejas en esto del rejoneo, la tabarra alcanza alturas de narcótico.
Entre tanto galopar, quebrar, saltar y dar vueltas al aire, hubo dos
rejoneadores que brillaron con especial relieve. Éstos fueron el
portugués José Manuel Duarte, que hacía su presentación en Las
Ventas, y el madrileño José Miguel Callejón, ya conocido de la afición
de casa.
Ambos torearon muy bien a caballo, especialmente el portugués, que
realizó una lidia perfecta, con un estilo y unos trazos que recordaron
a los de su compatriota, el maestro João Moura. Se estrechó en los
encuentros, clavó siempre a destribo y supo desengañar al manso y
bronco enemigo que tuvo delante, con un toreo templado, llevándolo
cosido a la grupa. El toro no se le volvió a ir a tablas. Es posible
que abusara de los galopes alocados en algún momento, pero su
inteligencia y sentido lidiador resultaron muy evidentes.
José Miguel Callejón también enceló muy bien al manso de turno, y
lo supo poner en suerte con soltura y hábiles recortes. Aprovechó las
carencias cuando lo juzgó imprescindible, hizo un quiebro muy
espectacular, aguantó con valor los arreones y los apretones que el
violento morlaco le atizaba cada dos por tres, y fue una pena que no
acertara con los rejones de muerte, porque, seguramente, se habría
llevado una merecida oreja.
El resto del sexteto se mostró como cuatro rejoneadores del montón,
de ese montón que ha surgido últimamente al calor de los éxitos y los
dineros de Hermoso de Mendoza. Borja Baena galopa demasiado, cuartea
exageradamente y clava muy desigual, y siempre a la grupa. Miguel García
se va de frente y clava al estribo con limpieza y seguridad, pero el
toro le tocó muchas veces el caballo. Javier San José clava muy mal y
abusa de las piruetas y de pedir aplausos. El caballo fue alcanzado un
montón de veces, y falló totalmente con las cortas y con las rosas.
Raúl Martín Burgos se enfrentó al toro de mayores dificultades: un
manso que se quería ir a los prados de la dehesa. Pasó muchas fatigas
para poder clavar, con acierto, y muchas veces tuvo que hacerlo a toda
velocidad. Con paciencia y tesón pudo, por fin, colocar un par de
banderillas a dos manos, que fue muy aplaudido. Fue un poco la guinda
del final de una tarde larga y soporífera, en la que nos hartamos de
tanto galopar.