Un rejoneador saluda sombrero en mano y ya lo tiene todo ganado. Al público
de las mal llamadas corridas de rejones, un rejoneador sombrero en
mano le pone a cien. Así que ahí está el busilis: sale el
rejoneador sombrero en mano y lo demás se dará por añadidura.
El mejor complemento del rejoneador sombrero en mano (de los que
ayer hubo varios en Las Ventas) es un presidente cuchufleta, que también.
Presidentes cuchufletas crecen y se multiplican como hongos, y su
gracia consiste en apresurarse a dar orejas aunque no las pida casi
nadie, con la condición de que le armen la bronca.
La corrida de la Feria de Otoño, echada a rejoneo, contó con
estas prescripciones: una minoría se ponía a pedir la oreja porque sí,
viendo que el presidente se demoraba le armaba un escándalo, de los
gritos pasaba a los insultos -valía llamarlo imbécil o mentarle a la
madre, sin ir más lejos- y entonces se apresuraba a conceder la
oreja.
Pasan estos incidentes en cualquier parte, lo mismo si son pueblos
o modernas metrópolis. Y lo ocurrido en Madrid con semejantes gracias
fue que, tratándose de un espectáculo de rejoneo amable, aderezado
de contados detalles aunque sin apenas nada digno de mención, el
presidente lo convirtió en un acontecimiento de época concediendo
seis orejas que valieron para que dos de los rejoneadores salieran a
hombros por la puerta grande y el otro se quedara fuera por lo pelos.
En el cartel de rejoneadores faltó el veterano Javier Buendía,
quien se iba a despedir del toreo precisamente esta tarde de sol y
orejas. El día del Pilar estaba previsto que lo hiciera en Sevilla,
pero se supendió la función por lluvia, y ante su cita en Madrid
presentó un parte facultativo justificativo de su ausencia.
No pareció echarle de menos nadie. Seguramente no por desinterés
o desatención, sino porque, siendo tres en lugar de cuatro los
rejoneadores, salíamos ganando. Principalmente salía ganando el
sentido común (y la decencia), pues quedaban excluidas las colleras,
que son una auténtica manifestación de la crueldad, la prepotencia y
la estupidez humana.
Cada uno de los tres lidió su toro con sus caballos, sus rejones,
sus banderillas y sus rosas de los vientos. João Moura, en el
primero, se lo pasó encelándole, reuniéndole, corriéndole a dos
pistas hasta acabar dando un poco la lata con las dos pistas. La
modalidad instaurada por Pablo Hermoso de Mendoza con su artes y sus
cabalgaduras ha prendido entre los colegas y parece que los trae un
poco loquitos. Mejor toreo pareció desarrollar Moura con el cuarto,
aplicándole técnica segura y ejemplar torería, si bien los palos le
caían bajos.
Le dieron orejas a Moura, ya se sabe, sin necesidad de pegar
sombrerazos por la sencilla razón de que no usa sombrero, sino
tricornio, y como se lo quita después del paseíllo sale descubierto.
La merecida fama de maestro se la ganó años ha João Moura sin ir
por el mundo sombrero en mano: cuanto hacía (y cabalgaba) era de una
irreprochable pureza. Ahora, ya veterano, recurre a saludar con la
manita y a gritarle al público eso de '¡Venga ya!' (literalmente,
¡Venga cha!) y ¡Amonó!, que son exclamaciones de
seguro efecto para los rejoneadores.
Virtuoso del sombrerazo es Leonardo Hernández. No para. A poco que
vuele una mosca ya está saludando sombrero en mano. Tiene gracia
porque la respuesta del público es por franjas. Para esto vale igual
el ¡Venga cha! Saluda Hernández sombrero en mano mirando al
tendido ocho, y le pega una ovación cerrada el tendido ocho entero.
Los otros, no.Le dice Moura al tendido nueve ¡Venga cha!, y le
pega una ovación cerrada el tendido nueve entero (los otros no),
desde la barrera hasta la andanada, sin dejar ciudadano. Luego le
preguntas al ciudadano por qué aplaudió y lo más probable es que no
lo tenga claro.
Posee excelente técnica Leonardo Hernández, de manera que clavó
rejones, banderillas a una y dos manos, ensayó quiebros que acababan
en cuarteos, y mereció salir a hombros por la puerta grande con sus
colegas.
El que más lo mereció, no obstante, fue Andy Cartagena, que dio
giros espectaculares en la cara de las reses, planteó de frente las
suertes, quebró bien, banderilleó de violín y se llevó tres orejas
como tres soles.
Les faltó a los tres rejoneadores subir al palco a darle un abrazo
al presidente y las más efusivas gracias por los dones recibidos. Amén.