GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 13 de octubre de 2001
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros despuntados para rejones de Julio de la Puerta (con juego).

Caballeros rejoneadores:

Entrada: tres cuartos.

Crónicas de la prensa: El País, La Razón.


El País.  JOAQUÍN VIDAL. Sombrero en mano

Un rejoneador saluda sombrero en mano y ya lo tiene todo ganado. Al público de las mal llamadas corridas de rejones, un rejoneador sombrero en mano le pone a cien. Así que ahí está el busilis: sale el rejoneador sombrero en mano y lo demás se dará por añadidura.

El mejor complemento del rejoneador sombrero en mano (de los que ayer hubo varios en Las Ventas) es un presidente cuchufleta, que también. Presidentes cuchufletas crecen y se multiplican como hongos, y su gracia consiste en apresurarse a dar orejas aunque no las pida casi nadie, con la condición de que le armen la bronca.

La corrida de la Feria de Otoño, echada a rejoneo, contó con estas prescripciones: una minoría se ponía a pedir la oreja porque sí, viendo que el presidente se demoraba le armaba un escándalo, de los gritos pasaba a los insultos -valía llamarlo imbécil o mentarle a la madre, sin ir más lejos- y entonces se apresuraba a conceder la oreja.

Pasan estos incidentes en cualquier parte, lo mismo si son pueblos o modernas metrópolis. Y lo ocurrido en Madrid con semejantes gracias fue que, tratándose de un espectáculo de rejoneo amable, aderezado de contados detalles aunque sin apenas nada digno de mención, el presidente lo convirtió en un acontecimiento de época concediendo seis orejas que valieron para que dos de los rejoneadores salieran a hombros por la puerta grande y el otro se quedara fuera por lo pelos.

En el cartel de rejoneadores faltó el veterano Javier Buendía, quien se iba a despedir del toreo precisamente esta tarde de sol y orejas. El día del Pilar estaba previsto que lo hiciera en Sevilla, pero se supendió la función por lluvia, y ante su cita en Madrid presentó un parte facultativo justificativo de su ausencia.

No pareció echarle de menos nadie. Seguramente no por desinterés o desatención, sino porque, siendo tres en lugar de cuatro los rejoneadores, salíamos ganando. Principalmente salía ganando el sentido común (y la decencia), pues quedaban excluidas las colleras, que son una auténtica manifestación de la crueldad, la prepotencia y la estupidez humana.

Cada uno de los tres lidió su toro con sus caballos, sus rejones, sus banderillas y sus rosas de los vientos. João Moura, en el primero, se lo pasó encelándole, reuniéndole, corriéndole a dos pistas hasta acabar dando un poco la lata con las dos pistas. La modalidad instaurada por Pablo Hermoso de Mendoza con su artes y sus cabalgaduras ha prendido entre los colegas y parece que los trae un poco loquitos. Mejor toreo pareció desarrollar Moura con el cuarto, aplicándole técnica segura y ejemplar torería, si bien los palos le caían bajos.

Le dieron orejas a Moura, ya se sabe, sin necesidad de pegar sombrerazos por la sencilla razón de que no usa sombrero, sino tricornio, y como se lo quita después del paseíllo sale descubierto. La merecida fama de maestro se la ganó años ha João Moura sin ir por el mundo sombrero en mano: cuanto hacía (y cabalgaba) era de una irreprochable pureza. Ahora, ya veterano, recurre a saludar con la manita y a gritarle al público eso de '¡Venga ya!' (literalmente, ¡Venga cha!) y ¡Amonó!, que son exclamaciones de seguro efecto para los rejoneadores.

Virtuoso del sombrerazo es Leonardo Hernández. No para. A poco que vuele una mosca ya está saludando sombrero en mano. Tiene gracia porque la respuesta del público es por franjas. Para esto vale igual el ¡Venga cha! Saluda Hernández sombrero en mano mirando al tendido ocho, y le pega una ovación cerrada el tendido ocho entero. Los otros, no.Le dice Moura al tendido nueve ¡Venga cha!, y le pega una ovación cerrada el tendido nueve entero (los otros no), desde la barrera hasta la andanada, sin dejar ciudadano. Luego le preguntas al ciudadano por qué aplaudió y lo más probable es que no lo tenga claro.

Posee excelente técnica Leonardo Hernández, de manera que clavó rejones, banderillas a una y dos manos, ensayó quiebros que acababan en cuarteos, y mereció salir a hombros por la puerta grande con sus colegas.

El que más lo mereció, no obstante, fue Andy Cartagena, que dio giros espectaculares en la cara de las reses, planteó de frente las suertes, quebró bien, banderilleó de violín y se llevó tres orejas como tres soles.

Les faltó a los tres rejoneadores subir al palco a darle un abrazo al presidente y las más efusivas gracias por los dones recibidos. Amén.


EFE. Mariano Jiménez y Alfonso Romero, heridos graves

La Razón. Laura Tenorio. Joao Moura y Andy Cartagena, a hombros por la puerta grande en Madrid

Lo que pudo ser y no fue. Así podría haberse titulado esta crónica del quinto festejo de la Feria de Otoño en el que se había anunciado la despedida de los ruedos de Javier Buendía. Pero, ya lo decíamos, no fue así. No. Buendía debió de despedirse por teléfono, porque por la plaza venteña nadie le vio el pelo. Un parte facultativo con la cuentitis de marras justificó su ausencia. La paradoja estuvo en que dos de los anunciados, Moura y Cartagena, lesionados ambos, se habían comprometido estar de cualquier manera ayer tarde en Las Ventas, en el adiós del rejoneador sevillano. Pero ellos y Leonardo Hernández, se podría decir, que se quedaron compuestos y sin novia. Los tres protagonizaron una tarde con tintes triunfalistas, saldada a la postre con la salida a hombros del portugués y el alicantino.

Joao Moura, a quien le tocó abrir plaza, cortó la oreja del primer astado. Su labor, clásica y ortodoxa como en él es costumbre, la realizó entre la pulcritud y las estrecheces en las distancias. Tanto apuró Moura que en par de ocasiones el astado llegó a tocar sus cabalgaduras. Correcto en todo, incluso en la efectividad del rejón de muerte.

En el cuarto tuvo una actuación lucida aunque menos templada. Clavó siempre en terrenos comprometidos, exponiendo lo suyo. Se hizo aplaudir con fuerza cuando, galopando de frente al toro, esperó la arrancada del burel y quebró con maestría y pureza. Su faena fue premiada con otra oreja.

Leonardo Hernández, en su primero, tuvo una deslucida actuación en todas las suertes que ejecutó. Clavó los de castigo a toro pasado, no midió las distancias en los quiebros y tampoco estuvo fino colocando a dos manos los rehiletes. Con el de muerte, además, se eternizó, teniendo que echar pie a tierra y descabellar. En el quinto, el público le pidió un trofeo tras una faena en la que forzó la marcha.

Entre la indiferencia de un público inicialmente frío, Andy Cartagena anduvo desprovisto de sus habituales maneras vibrantes en los comienzos de su faena al tercero. Hubo de esperar a que desplegara un retablo de piruetas muy próximo a la cara del animal para que el público entrara en calor. Un par por los adentros muy comprometido acabó encandilando a los tendidos. Aun así a Cartagena se le vio indeciso. El rejón de muerte le cayó ligeramente trasero y contrario, y precisó del verduguillo para hacer rodar al burel. Paseó una oreja. En el sexto, arrancó sonoras palmas clavando banderillas, jugó a la espectacularidad en los quiebros y puso en ebullición los tendidos al clavar por los adentro, muy cerrado, una corta y al violín. El premio, dos orejas.