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Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 2 de junio de 2001
Corrida de rejones
FICHA TÉCNICA
Ganadería:
Toros de La
Laguna (mansos, descastados, deslucidos y justos de fuerzas).
Diestros:
Entrada: lleno de no hay billetes.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC,
El Mundo, La Razón
Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. La promesa de Sergio Galán en tarde de rejoneo caduco
Que el espectáculo del toreo a caballo, del rejoneo, debe buscar su propia evolución está fuera de toda duda, y el que lo dude, es porque no soportó la tercera de esta modalidad en la plaza de Madrid por San Isidro.
Fieles exponentes de esta afirmación fueron las actuaciones de los hermanos Domecq, en individual y en pareja. Plano, muy plano, el turno de Luis, muy soso y sin interés, dentro de una aburridísima corrección. Antonio, sin embargo, se quedó a medias, pues a un inicio de faena espectacular y con garra, le siguió un guiño a la galería, saludo al tendido incluido, y en ese lapso salió un auxiliador, dio dos capotazos, y el toro se descuajaringó. Se acabó la cuestión. En la collera, sopor. Y un rejonazo incalificable en el costillar.
Diego Ventura mantuvo un tono irregular en la actuación individual, desacertado y despegado al clavar, pero se mejoró en la collera con Galán, lo mejor de la tarde, en una actuación caliente y emotiva en la que hubo detalles de compañerismo sano, como cuando Ventura le cedió una banderilla a Galán, que había fallado, o cuando Galán relevó a Ventura en el amargo trance de un descabello sin tino. Pero esa collera demostró cosas buenas de los dos más jóvenes.
El que más y mejores cosas hizo fue el debutante Sergio Galán. En ambos turnos estropeó todo con los aceros de muerte, pero lo más importante fue la sensación, la proyección de Sergio Galán, demostrada en tarde de gran responsabilidad. Se templó muy mucho de salida con un toro de mucha codicia, y redujo los pies de este con torería, en muy poco terreno, encelándolo a la grupa. Luego el toro se rajó y obligó a Galán a poner toda la carne en el asador.
Pero sobre todo, el concepto. El que se impone por su propio peso. El de intentar dignificar el toreo a caballo buscando eso, el toreo, no las pasadas por la cara, en el mejor de los casos. Sergio Galán lo hizo por momentos, no abandonó los terrenos del toro, casi todo lo hizo exponiendo y con gran expresión. Y eso es una buena noticia. Un oasis en una tarde insoportable. Una esperanza por lo menos. Lo otro, lo de los otros, ya ha caducado.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Quisicosa caballar
Las
mal llamadas corridas de rejones la verdad es que no acaban nunca de
desvelar su fundamento, y si son como las de esta función ferial aún
menos. La quisicosa caballar tendrá su intríngulis mas tan profundo
que requiere sesuda investigación.
Se empieza por el público, pura paradoja. El público de las la mal
llamadas corridas de rejones es apasionante motivo de estudio para los
especialistas en sociedades civiles y comunidades de vecinos. Suele ser
público que no va nunca a las corridas de lidia ordinaria y si se les
pregunta, la mayoría explicará que es ecologista, está a favor de los
toros y no soporta que los piquen. Y, sin embargo, se pasa aplaudiendo
entera la mal llamada corrida de rejones sin percatarse de que toda ella
consiste en pegarles a los toros rejonazos metiéndoles en el cuerpo
unos hierros así de largos. Y cuanto más furibundos arrean los
rejoneadores sus rejonazos, mayor júbilo le entra al público específico
de la mal llamada corrida de rejones.
Los rejoneadores, los rejonazos, la mal llamada corrida de rejones y
la madre del cordero: que castigo, dios.
De eso hubo en la función ferial, la verdad es que no muy brillante
por causas ajenas a la voluntad de la casa. Los sinos y los mengues, ya
se sabe. Los toros, además, padecían flojera y, de repente, daban con
sus huesos en la arena. No se crea que estas penosas deficiencias
locomotrices inducían a la piedad de los rejoneadores y del público
amante de los animales. Por el contrario en cuanto el toro se
incorporaba a los rejoneadores se les encendía el alma bravía, se
lanzaban a galope tendido a la caza del inválido y le metía un
rejonazo o un banderillazo, que lo dejaban lamentando haber nacido.
Tuvo una actuación opaca el ya veterano Luis Domecq y además ke
faltó precisión al clavar. En cambio su hermano Antonio, vibrante
caballista, templado en la labor de encelar, banderilleó muy bien en
corto y por derecho. Sergio Galán fue el rejoneador de la
espectacularidad, no exenta de buena técnica, que es lo que da la sal a
la vida y a la exhibición ecuestre. Y en esa línea estuvo asimismo
Diego Ventura, sin tanta seguridad y acierto, pero sacando partido a su
excelente doma. La que armó después de matar a su toro, poniendo a
bracear al caballo, piafando, levantándolo de manos, para calentar a
las masas e inducirlas a que pidieran la oreja, fue digno de una antología.
Nadie la pidió, pero no por nada, sino por los imponderables.
Concluida la actuación de cada cual, entraron en colleras y por
servidor como si se operaban. Las quesiqueses de las colleras aún
explican menos la contradictoria sensibilidad del público habitual de
la mal llamada corrida de rejones, salvo que sea surrealismo. Pues la
superioridad del caballo sobre el toro, que además tiene los cuernos
salvajemente aserrados, se duplica; y si antes era un caballista (con su
caballo) el que se enfrentaba al toro, ahora son dos los que le atacan,
y el pobre toro, corrido e indefenso, no sabe por dónde le vienen los
tiros.
Llega la parte intolerable de la quisicosa caballar y, salvo que se
sea adicto a la mal llamada corrida de rejones, lo propio es cambiar de
tema. Y lo había en Las Ventas entre los aficionados presentes (unos
cuatro): lo de José Tomás el día anterior, que traerá cola. No se
hablaba de otra cosa, ni en la plaza de toros ni en los mentideros de la
villa.
Lo
de José Tomás carecía de precedentes y de ahí la que se armó. Pero
no porque le echaran el toro al corral sino por la desfachatez de fingir
que no quería matarlo siendo lo cierto que no podía tras haberlo
intentado a mansalva convirtiendo al animal en un acerico. Ni medio
minuto faltaba para el tercer aviso cuando Tomás desistió de
descabellar pero mandó a sus peones que marearan al toro dándole
vueltas para tirarlo. O sea, una taimada estratagema, una bochornosa
falta de torería, una intolerable falta de respeto al público. Y ahora
se vienen los áulicos, conque Tomás no quiso matar al toro, conque así
es su personalidad exquisita... Venga, ya: a otro can con ese hueso.
Efectivamente,
de eso se habló, entre otras razones para no aguantar las colleras, capítulo
oprobioso de esa función extraña mal llamada corrida de rejones.
ABC.
VICENTE ZABALA DE LA SERNA. El ganado dio
al traste con el festejo
La tendencia a la huida de casi todos los toros dio al
traste con la tercera corrida de rejones de la Feria, iniciada por Luis
Domecq, que enceló con la cola a su distraído rival. Le corrió y le
toreó con la banderola, después de clavar el primer hierro, y de este
modo logró quitarle en parte una tendencia que luego saldría a la luz.
El segundo rejoncillo lo colocó más delantero. Clavó a la grupa una
banderilla trasera y una segunda en la que dejó llegar mucho a la res.
Con el toro refugiado en tablas, lo sacó a los medios y continuó
clavando a la grupa, que es como si fuera a toro pasado. El astado se
arrodilló y Luis —una vez éste en pie— dio paso a la colocación
de trámite de una corta. Con el bovino entablerado logró meter el
rejonazo postrero.
El primer rejón que puso Antonio Domecq dio alegría
a un toro que no la tenía. Un segundo hierro en su sitio con la misma
alegría y recortes de Antonio, con la bandera. Tras volver a torear con
la cola de la montura, coloca un quiebro trasero, seguido de un conato
de la misma suerte, que termina siendo al relance. Una tercera arriba
llegando mucho, pues su rival se aplomaba por momentos, dieron paso a un
cuarto y último muy ovacionado. La intervención de un peón dio como
resultado, al forzar a la res, la práctica inutilización de la pata
derecha, por lo que se deslució totalmente el final. en el que llegó
el rejón mortal, como para cumplir un simple expediente.
Los que habíamos visto a Sergio Galán en Valencia
teníamos esperanzas en él. Con la cola de la montura encauzó la
embestida de su rival toreando en círculo para que éste no se fuera a
su clara tendencia a los tableros. No pudo proseguir en esa línea y
volvió a tardar en centrarse. De todos modos, antes o después llegaron
los dos hierros reglamentarios. Dirigió bien la embestida con la cola
de un precioso isabelo, pero falló a la hora de intentar clavar porque
su antagonista cada vez reculaba más.
A base de esfuerzo personal y tesón puso dos
banderillas, haciéndolo absolutamente todo el rejoneador, que supo
llegar de verdad. Una corta, partiendo de los adentros, le salió
bordada. Fue una pena que el arduo trabajo desplegado por el buen
caballero no tuviera debida coronación a la hora de la verdad.
El cuarto también poseía tendencia distraída. Diego
Ventura colocó un rejón en el brazuelo. Quedó el segundo en el suelo,
al intentar quebrarlo. Con voluntad, puso hasta cuatro banderillas, pero
siempre clavando a la grupa. Con el de La Laguna de lo más aplomado
cerró su actuación con dos rosas en lo más alto del morrillo. El
toro, tras tanto trasiego de palos, se acostó solo, aunque lo
levantaron para recibir el rejón definitivo.
El primer toro de colleras tuvo esa tendencia distraída
de toda la corrida, corregida y aumentada. Los Domecq cumplieron en los
rejoncillos previos, aunque alguno cayera bajísimo. Tras una
banderilla, el burel hizo una genuflexión para caerse en la arena cuan
largo era. La labor vulgar de los caballeros subió en la colocación de
las cortas y se disipó a continuación.
Sergio Galán y Diego Ventura recibieron ovaciones mecánicas
en el quinto por colocar los hierros preliminares con vulgaridad.
Salvaron la papeleta con los palos, aunque la ejecución estuviera por
encima de la colocación. Con las cortas alcanzaron mayor relieve, pero
todo se estropeó por lo mal que anduvieron ambos con el descabello.
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Galán y Ventura: promesas
de juventud
En esto de los rejones yo siempre tengo la sensación de que se está
trasgrediendo una ley natural: la pacífica armonía entre toros y
caballos. Toro y caballo, en pacífica y tradicional convivencia
campestre, cuando salen al ruedo se convierten en enemigos. Como los
gladiadores romanos, compañeros de infortunio y amigos de corazón,
obligados a enfrentarse a muerte en el circo. Muchos piensan que en el
rejoneo la lucha sigue siendo de hombre contra toro. Pero el otro
componente, el factor caballo, también cuenta; y es bastante más que
un factor meramente instrumental. Puede que el caballo no tenga
conocimiento de las agresiones que, a sus lomos, perpetran los
caballeros. Y puede que su alma torera silencie los gritos de su mala
conciencia, consciente de estar maltratando a un semejante. Acaso por
esto, los toros de La Laguna huían descaradamente a tablas para evitar
el enfrentamiento y sin querer saber nada del caballo.
Hay pocos caballos toreros. La jaca que sacó Sergio Galán para los
rejones de castigo, por ejemplo: su temple en los medios, sus recortes,
sus intentos de encelar al manso de La Laguna; o el bonito castaño que
sacó Galán para banderillas, y se llevó a los medios varias veces el
manso enhebrado a la grupa. Pero siempre el manso volvía a tablas. Allí,
en tablas, poniéndolo todo ellos, el caballero y la cabalgadura, quebró
muy bien en banderillas Sergio Galán. Y clavó arriba largas, cortas y
rosas arrancando pegado al estribo. En esos dificultosos terrenos entró
a matar y se le fue la mano; de forma ineficaz, además, pues tuvo que
descabellar y acertó a la última. Diego Ventura, la otra joven
esperanza del cartel, estuvo desastroso en los rejones de castigo: ni
encontraba toro ni encontraba sitio. Mejoró en banderillas, se redimió
de anteriores desastres, aunque sin llegar a todo lo que prometía hace
dos o tres años, cuando irrumpió en esto.
Los hermanos Domecq llevan mucho tiempo en el arte del rejoneo y difícilmente
pueden sorprender ya. Luis, en efecto, no sorprendió; mas Antonio clavó
con espectacularidad al quiebro e iba camino de un relativo éxito. Tuvo
la mala suerte de que en la brega de uno de sus ayudas, el toro se
quebrara una pata. Se vio obligado a matar antes de tiempo y lo hizo muy
mal. Y al ayuda, cada vez que salía del burladero, le pegaban el cante
ruidoso. Vino luego la modalidad de las colleras infames, que parecían
desterradas de los ruedos, y los hermanos Domecq estuvieron tal cual, o
sea, monótonos y vulgares.
Es opinión muy extendida que todo lo referido a los caballos es cosa
de señoritos terratenientes y de ociosos. Y, al menos en los toros, eso
no es cierto del todo. Los rejoneadores, aunque algunos sean ricos por
casa, son los parientes pobres de la Fiesta. Parece que Hermoso de
Mendoza les ha «puesto en precio», como se dice en la jerga taurina.
Pero, seguramente, quien se ha puesto en precio, y con todo derecho, es
él. Los demás, siguen en rebajas. Y si no, que se lo pregunten a
Sergio Galán, a Diego Ventura, a tantos otros que cabalgan por los
ruedos. No sé cómo los caballeros rejoneadores se las arreglarán con
los caballos ni qué clase de convenios laborales regirán entre montura
y jinete. Pero si los caballos tuvieran su sindicato equino, seguro que
ponían el relincho en el cielo. O iban a la huelga general.
Las colleras, con sus ventajas sobre el toro, sus carruseles
traicioneros, y su alevosía, son igual de infames las formen los Domecq
o Sergio Galán y Diego Ventura. Pero estos jóvenes rejoneadores habían
causado muy buena impresión y se les esperaba con interés. Al final se
repitió la historia de Sergio Galán en su primero: un rejón
defectuoso de Galán y docenas de descabellos por parte de Diego
Ventura. Y se esfumó la posible oreja.
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