GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del viernes, 8 de junio de 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Dolores Aguirre, desiguales de presentación.

Diestros: 

Entrada: lleno de no hay billetes.

Crónicas de la prensa: Cadena Cope, El País, ABC, El Mundo.


Cadena Cope JOSE  MIGUEL MARTIN DE BLAS. Mansísima corrida de Dolores Aguirre

La mansa y complicada corrida de Dolores Aguirre empañó el gesto de los tres toreros que se anunciaron con ella. Y de una manera u otra, el devenir de la tarde mostró la cara desagradable y agria del público de Madrid cuando va con el paso cambiado.

Porque la primera muestra de insensibilidad llegó cuando no sonó ni una palma, ni una, para recibir a Eugenio de Mora, triunfador, y sobre todo, en su condición de torero herido en su anterior comparecencia. Eugenio de Mora reaparecía en público y lo hacía en Madrid, para no faltar a su cita con la corrida de Dolores. En pleno San Isidro. Y nadie lo agradeció. Primer revés.

El segundo llegaría en el colmo de la persecución contra un torero cuando es figura. Fue en el turno de Ponce. Bueno, antes del turno. Antes de que saliera su primer toro se estaba pitando, protestando a un torero que lleva diez años en la cima del toreo, y venía a Madrid a dar la cara con una corrida de Dolores Aguirre. Ver para creer.

Los toros de Dolores Aguirre fueron grandones, alguno fuera de tipo, duros de patas, mansos todos sin excepción, y alguno especialmente peligroso, como el primero y el sexto. Otros, complicados, deslucidos, gazapones, como el cuarto y el quinto. El segundo fue un remiendo de Victoriano del Río. Una belleza de toro. Un toro bonito, con trapío, muy bien hecho. Un toro con celo de bravo pero sin fondo de bravo en su entrega.

Juan Mora se llevó parte de las iras del público cuando mató el cuarto toro. Un manso que recorrió mucha plaza, que arrolló por el pitón izquierdo, y que por el derecho, fue toro de oleadas. Lo que ocurrió fue que Mora le dio algo de fiesta por ese pitón, y el toro pareció mejor de lo que era. En cualquier caso, toro desconcertante por sus continuos cambios durante la lidia. Con el primero, Mora hizo faena de aliño ya que el bicho era una prenda.

Ponce volvía a Madrid en una única actuación, y se vio claro que es muy difícil que vuelva a venir tal como tiene el público, o un sector, el torero valenciano. A la contra de salida, en un claro ejemplo de persecución a una figura del toreo. Estuvo elegante y fácil con un toro que no lo era: el segundo, un toro con celo, pero sin entrega. Y Ponce dejó pasajes de calidad, tanto con capote como con muleta. Quizá respetó demasiado a un toro y no le obligó en los finales de las suertes. En cualquier caso, por encima de todo un Ponce que en el quinto no tuvo opción. Toro andarín y mirón que nunca se paró ni se centró.

Y el de Mora, que tuvo toda la suerte en contra: el tercero salió rebotado de cinco encuentros con el caballo, y llevó la cara por las nubes. Pero el sexto superó la nota negativa: un toro manso perdido y listo, que le echó mano a Eugenio en una oleada de morucho. Luego se frenó en seco, a la espera de hacer presa. Eugenio hizo bastante con matarlo, y salir por su propio pie. Todo un triunfo.


El País. JOAQUIN VIDAL. El rey del mambo

 

Venía Enrique Ponce a protagonizar una hazaña, lo llamaban gesta, podría tratarse de un gesto, y acabó haciendo el ridículo. ¿Se ha oído hablar del parto de los montes? Pues por ahí, incluído el ratón que el monte parió. Eso sí, iba Enrique Ponce como si se tratara del rey del mambo, la cabeza alta, pisando fuerte y si sus limitaciones provocaban música de viento, le sobraban ínfulas para salir a saludar y ahí se las dieran todas.

 

 

La gesta consistía en que iba a lidiar los correosos toros de Dolores Aguirre y resulta que a la hora de la verdad sólo le tocó uno pues el otro pertenecía a la ganadería de Victoriano del Río, que demandan las figuras para simular proezas.

 

 

Ocurrió que de los ocho toros que presentó la ganadera a reconocimiento, los veterinarios rechazaron tres por falta de trapío (o eso dicen). Faltaba, pues, uno, e introdujeron el de Victoriano del Río. Que, curiosamente, de trapío tenía poco, lucía tipo zapato (eso sí, de charol), y desmerecía llamativamente de los grandones y destartalados ejemplares del hiero titular. El bombón le correspondió, ¡ah!, cosas del destino, a Enrique Ponce, ¡oh!; que las casualidades de la vida gozan, ¡huy!, de gran puntería cuando de los reyes del mambo se trata.

 

 

El toro de Victoriano del Rio sacó fuerza escasa, según convenía a la industria, y desarrolló una encastada nobleza de la que bien podía sentirse orgulloso el ganadero. Pronto, fijo y humillado en sus embestidas, le estuvo brindando un señalado triunfo a quien se pusiera delante. Lo que sucedió, sin embargo es que Enrique Ponce, delante -lo que se dice delante- duraba poco. Daba el pase y apenas concluido ya estaba zapatillando frenético hacia parajes alejados del encornado especimen. Y así no es.

 

 

Una voz de las alturas resumió lo que acontecía: 'Se va sin torear' (el toro). Y otra apostilló: 'A cobrar' (el torero). Vox populi le llaman a esa figura. Terminó la faena, la gente dividió su sanción por lo acaecido y Enrique Ponce salió a los medios a recibir montera en mano los aplausos y los pitos, tan fresco.

 

 

El quinto toro resultó ser el más escurrido de la corrida, lo cual frustró a los sesudos observadores pues confiaban que sería el más grande, aunque sólo fuese por cuestiones de dignidad torera. En cambio lucía una respetable testa. Este toro ya no era el pastueño de Victoriano del Río sino que sacó la mansedumbre y la aspereza común a los pupilos de Dolores Aguirre. De manera que Ponce multiplicó los zapatilleos entre derechazos desabridos, hasta que tiró por la calle de en medio, macheteó y le metió al toro un sablazo transversal, que si llega a ahondarlo, asoma medio acero por la banda contraria del pescuezo.

 

 

Tostón de toreo y tostón de corrida. Juan Mora no se confió con primer toro, que tenía casta, y en cambio al cuarto le ligó dos tandas de redondos con el gusto y la personalidad que conforman su patrimonio de artista. Después el manso se puso desapacible, huía ruedo a través y Juan Mora no encontró recursos para dominarlo. Eugenio de Mora no pudo sacar partido a un descastado tercero que apenas embestía y el sexto, que añadía a la mansedumbre bronquedad y feo estilo, lo empitonó al principio de la faena, cuando intentaba un derechazo.

 

 

Salió Eugenio de Mora con el frontal de la taleguilla destruida, los pecados al viento. En pasadas épocas, si esto ocurría el toreo se ponía el pantalón de un monosabio, y a correr. Hogaño los ayudantes tiran de venda y tras un rato de labor, quedó Eugenio de Mora vendado (aunque más parecía empapelado) y con inquietantes trazas pues lo dejaron como si llevara los calzoncillos a la virulé por encima de la taleguilla. A la estampa le faltaba gallardía, francamente. O sea, que carecía de grandeza. Con semejante pinta uno ni puede competir con el Rey del Mambo ni creerse la Reina del Chanteclaire. De manera que hizo bien Eugenio de Mora en abreviar. La gloria es difícil de alcanzar en calzoncillos.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. La nada absoluta y mansa

El infierno deber ser algo parecido a una corrida de toros como la de ayer. Ni llamas, ni calderas, ni demonios; la nada absoluta producida por obra y gracia de los doloresaguirres, la mansedumbre encarnada y acalambrada. Hemos debido de ser muy pecadores los aficionados para que el Más Allá nos castigue con semejante crueldad.

Cuentan que en los corrales hubo baile en las horas previas a la insigne fecha, y si después de la danza todavía apareció en el ruedo una piltrafa como el toro que abrió plaza, impresentable a todas luces, es que el filtro veterinario funcionó sólo a medias. Remendada la corrida con un toro de Victoriano del Río, el azar quiso que éste le tocara en suerte a Enrique Ponce. Los peor pensados, como siempre, imaginaron manos negras, y ya había quien hablaba de sorteo apañado y otras tonterías que encontrarán hoy su eco. De hecho, presenciamos lo nunca visto: se escucharon palmas de tango antes de que el toro de sangre Domecq pisara la arena.

Doña Dolores Aguirre, una señora de pies a cabeza, ha de hacer examen de conciencia para intentar buscar una pista que le conduzca al origen de tal desastre. Sus toros huían de petos, banderilleros, toreros o monosabios. Y no paraban de correr o andar o moverse, sin fijeza ninguna. Empezaban a galopar o a trotar y como Forrest Gump o el conejito de Duracell y se podían haber tirado años, en medio de unas lidias sin orden ni concierto, un sindios, el averno o la nada. Rebotaban en los caballos, de uno a otro, perdida la mirada en la verde dehesa donde pastan. Sólo el flacón primero metió los riñones en la suerte de varas, brutal, por cierto. Y en la muleta, si acaso, el muy serio cuarto se tragaba muletazos a derechas. De ahí a ovacionarle en el arrastre va un mundo y mucha mala leche. Claro, que tampoco la reacción airada y chulesca de Juan Mora contra un sector del público se justifica.

Porque, en lugar de cabrearse, haber tirado de recursos más lidiadores para, al menos, fijar terrenos en vez de componer tanto la figura por todo el ruedo. Mora toreó frente al «10», siguió hacia los tendidos de sol, continuó bajo el «7» y concluyó donde había empezado. Y el caso es que. a salto de mata, el veterano matador placentino construyó series diestras en cuanto a mando y largura, pero sin continuidad y siempre hacia donde el enemigo marcaba la huida. Al doloresaguirre, en cuanto le quitaban la muleta de la cara, era como si le abrieran las puertas del campo. A izquierdas pegó un arreón terrible que provocó que Juan Mora abreviara.

CENTRO DE LAS MIRADAS

Ponce era ayer el centro de todas las miradas. Dicho queda que su gesto de matar los toros de Aguirre se quedó a medias. El remiendo de Victoriano del Río fue noble pero sin romper ni terminar de rematar los viajes. En cualquier caso, el más bravo de la tarde. Las cada vez más cortas embestidas no permitieron la ligazón del torero valenciano, que se mostró frío, cerebral y técnico durante una larga labor. Ni mal ni bien, correcto en general, salvo en una tanda de más alma sobre la mano derecha.

No paró el quinto, armado con una arboladura de impresión. Gazapeaba, andarín y molesto, sin dejar ver casi nunca hacia donde iba a romper la embestida. Ponce evidenció un buen juego de piernas, en plan Frazier.

Eugenio de Mora escogió mal día para reaparecer de su reciente cornada en Madrid. Desde luego, no eran los toros de Dolores Aguirre lo más idóneo para recuperar sitio, moral y confianza. Para colmo, el sexto, que desarrolló sentido criminal, por poco le desnuda y le envía de nuevo a las manos de García Padrós. Rota la taleguilla a la altura de donde se porta el carnet de padre, alguna se dejó los ojos en los prismáticos. El apaño de aquel seudopañal fue tan últil como antiestético.

En el anterior, manso como una mula, nada consiguió. El castigo en varas fue excesivo y desproporcionado. Acusó el joven matador su último percance, y la memoria de la carne se activó a la hora de entrar a matar. Se fue de la suerte y apuntó a los bajos con alivio.

Horrible tarde, similar al infierno, el averno, la nada. Absoluta y mansa además.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Decepción: ni toros ni gestas

Tras las fallidas gestas y fazañas de las figuras emblemáticas, con hierros de respeto, estruendosamente jaleadas en los albores de la isidrada, quedaba la anunciada gesta de ayer: Enrique Ponce frente a los toros de Dolores Aguirre. Pues tampoco ha habido hazaña y nada se perdió El Califa, bajado del cartel de sus anhelos y sus triunfos, y actualmente en el hospital. O sea que estaba escrito que El Califa no mataría los doloresaguirre.

La corrida de la ganadera vasca no pasó entera. Fue diezmada en el reconocimiento y remendada por un toro de Victoriano del Río: churras con merinas. Claro que peor fue la tarde de las gestas de Joselito y José Tomás con los de Adolfo Martín en que los sobreros -me parece recordar y, si no, que Dios me lo demande- eran de Juan Pedro Domecq. El primer toro de Dolores Aguirre de ayer era escurrido de carnes, plano y estrecho de hechuras. Enjuto y magro como si hubiera visto el hambre o le hubieran sometido a ayuno penitencial. Fue al caballo con fuerza y le pegaron ferozmente. Y Juan Mora anduvo cautelarmente a la defensiva.

Ponce se había apuntado a los doloresaguirre como gesta guerrera y única de estos sanisidros. Y la suerte, su mala suerte, fue que, en el sorteo, le tocase el remiendo de Victoriano del Río. Con lo cual la gesta se quedaba en la mitad; eso es lo malo de jugárselo todo a una carta. Paró bien al de Victoriano con verónicas y cuidó el castigo en varas; mas Enrique Ponce, en líneas generales, adoptó las incongruencias sistemáticas de la ola marina: unas veces arriba y otras desflecado abajo. Hubo chispazos de plasticidad e inarmonías de dudas. No todo estaba perdido para los que le tienen afición a Ponce. A fin de cuentas, él se había apuntado a los atanasios de Dolores Aguirre y le habían soltado uno de Victoriano del Río; así que la gesta para luego.

Así las cosas, había que residenciar las esperanzas de hazañas extraordinarias en De Mora, que salía, como quien dice, de la enfermería tras el cruento percance de hace 15 días. Pero tampoco. También al tercero le zurraron la badana, aunque, como tenía alma de buey, no lo acusó. Eugenio de Mora esbozó el bajonazo, medio, y lo consumó ejemplarmente a la segunda: bajonazo entero.

Estaba muy bien colocado Eugenio de Mora y salvó de un apuro serio a Benavente, que llevaba al atanasio pegado al culo. Mejoró el burel en la muleta y Juan Mora a punto estuvo de consumar una pequeña gesta, cosa que en él no hubiera sido tal sino gesto cotidiano. El manso se desengañaba enseguida, había que taparlo mucho y aguantarle más. Cuando Mora lo hizo, consiguió muletazos largos, aromas de torería; cuando no, el manso embestía a topetazos, a oleadas malsanas. El de Dolores Aguirre acabó campando por sus respetos y Juan Mora, en una precaria actitud defensiva.

Blandeó el quinto de amplia y astifina cornamenta, y allí empezó a verse y comprobarse que la gesta comenzaba a ponérsele difícil a Enrique Ponce. Pegajoso el animal, insolente e insistente en su embestida sin clase y sin convicción, incomodó y descolocó a Ponce. No estaba el valenciano para guerras ni sobresaltos, y, sin importarle gestas ni gestos, tiró por la calle de enmedio y se quitó de encima al animal como malamente pudo.

Para sobresaltos el de Eugenio de Mora. El avisado animal le tiró un derrote a sus partes pudendas que, por fortuna, sólo alcanzó el vestido que quedó hecho jirones. Ya es manía de los toros la contumacia con que apuntan a las partes bajas de Eugenio de Mora. Le improvisaron al toledano un remiendo que no era arreglo de alta costura, sino faja quirúrgica de contención. Y así, más parcheado que cosido, Eugenio de Mora empuñó la tizona. Dobló el bicho, pero el puntillero lo levantó dos veces. La oscura tarde concluyó con el gesto obsceno y amenazante de un par de «taurinos» increpando agriamente a Moncholi, cuando pasaba por el callejón, por no sé qué juicio crítico, seguramente acertado. Debían de ser dos plastas a los que Moncholi humilló al mus.

El Albero

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