GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 23 de mayo de 2001
Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Partido de Resina, justos de fuerza y presentación.

Diestros: 

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: Cadena Cope, El País, ABC, El Mundo


Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. Partido...del Valencia

Con una mansurrona corrida de Partido de Resina se vivió la tarde del 23 de mayo. Una corrida que fue todo lo contrario a una “corrida dura”. Toros blandos, bajos de raza, mansitos, y alguno con nobleza pero poco gas.
Luis Francisco Esplá cumplió 25 años como matador de toros, y lo que comenzó como una ovación de cumpleaños terminó con silencios. Su primer toro siempre tuvo la cara por las nubes, un toro reservón con el que anduvo por la cara Esplá. Con el cuarto, noblito y muy soso, hizo un vistoso quite por navarras y luego llevó al toro al caballo con habilidad y torería. Ese toro metió la cara en el buen capote de El Boni, y Esplá se empeñó por el pitón izquierdo, pero el animal salía de las suertes con la cara alta, sin entrega, y sin fijeza. Esplá lo lidió sobrado.
Joselito centró casi todas las miradas. Y lo quiso hacer: presente en cuantos quites tuvo oportunidad, con desigual fortuna en los logros. Por lances, por delantales, por chicuelinas…Con su primer toro, Joselito se extendió en una larga y trabajada faena. El toro tuvo las fuerzas justas, y Joselito se dejó ir en pases sueltos de categoría, difuminados ante el escaso celo de ese toro.
Con el quinto, Joselito comenzó sentado en el estribo, lo que quizá no ayudase a ese toro, pero luego Joselito lo hizo todo a favor del toro. Un toro, por cierto, grande, el de más alzada y más cara de la corrida. Se lo llevó a los medios, y la primera serie con la mano derecha tuvo ritmo, tuvo cadencia, y tiempo para que el toro se confiase, sin atosigarle. A continuación, una serie con la mano izquierda en la que Joselito corrió la mano y no le dejó al toro tocar la muleta. Buena serie, promesa de algo más, pero el toro perdió ritmo y sólo hubo más detalles de Joselito, sin redondear, pero detalles de la categoría y la solera propias del torero madrileño. El toro terminó parado, y el público alborotado por el gol del Valencia. Joselito mató de un pinchazo y una estocada, y sonó el aviso cuando el toro estaba rodado. Cosas veredes.
El Cid entró para sustituir a Gómez Escorial, y se lo agradeció con un brindis de su primer toro, el de menos presencia, y uno de los más flojos. Pero ese toro tuvo temple y buen aire. La faena no rompió nunca pese a que El Cid logró series templadas. Y El Cid mató muy mal. El sexto fue el toro mejor hecho y de mejor salida de todos, repitió en el capote de un Cid que se embraguetó toreando a la verónica en los medios. El toro prometió mejor juego, pero cambió a peor en la brega en el segundo tercio, y se quedó muy corto en un par de capotazos. Cuando El Cid tomó la muleta el toro era otro distinto, un animal de embestidas cambiantes, irregulares, y sobre todo, orientado para quedarse corto en la muleta de un torero sorprendido. El Cid no le ganó la batalla, aunque mantuvo el tipo en el final de faena, encorajinado y decidido para, por lo menos, matar un toro como es debido. Una estocada que acabó con el más hermoso de los “pablorromeros” de la corrida.

El País. JOAQUÍN VIDAL. Gol del Valencia.

De repente, en medio del inmenso sopor, del aburrimiento generalizado, de la siesta que algunos estuvieron durmiendo desde que empezó la insoportable corrida, un estremecimiento de júbilo sacudió la plaza y una potente voz cenital, venida de las andanadas o quién sabe si de remotas galaxias, anunció la buena nueva: '¡Gol del Valencia!'. Y fue justo entonces cuando empezó a cobrar sentido la función, la tarde, la vida.

¡Gol del Valencia! Bendito sea dios. Al menos alguien había encontrado motivos para ser feliz o, por lo menos, estar contento y tener algo que contar, aunque fuese en un lugar de Milán llamado San Siro. Pues en otro de Madrid llamado Las Ventas, y con cartel de lujo dentro, lo que sucedía era como para echarse a llorar.

Toros inválidos, toreros insulsos, maestros ciruela. Qué tarde dieron -¡bendito sea dios!- todos a una.

Los toros de Partido de Resina, que quienes están en la pomada gustan llamar pablorromeros por la sencilla razón de que la ganadería pertenció a Pablo Romero (de eso hace ya cuatro años), pese a su hermosa lámina y sus bien conformadas cornamentas eran unos borregos impresentables. Borregos y tullidos. Borregos, tullidos y fumados.

Hubo dos que no: precisamente primero y sexto (capicúa). Primero y sexto sustituyeron la borreguez por la bronquedad y sacaron peligro. El primero no humillaba, acometía incierto, y Luis Francisco Esplá hubo de sortear sus intemperancias librando derrotes. El sexto rebanaba las proximidades de El Cid lidiador cual si sus astas fuesen alfanjes tirando a degüello y el amenazado diestro respondió recreciéndose en su toreo al natural, también por redondos; y ya que no podía haber lucimiento, ofreciendo generosamente el testimonio de su pundonor y su valentía.

Lo chocante es que, con los borregos, uno y otro diestro sustanciaron peor actuación. Esplá brilló poco con el capote, nada con las banderillas, muleteó sin gracia. El Cid pegó algunos pases de buen corte mas de inútil realización al inválido absoluto de su anterior turno y de poco oye los tres avisos (y se lo echan al corral) ya que lo mató malamente y a la última.

De todos modos, ninguno de los dos mencionados diestros -uno veterano y casi podríamos añadir consagrado, otro novel de muchos merecimientos- podía despertar pasiones porque la admiración de la mayoría de los presentes se centraba en el tercer espada: el famoso Joselito.

Al tercer espada (segundo del cartel) estaban dispuestos a aplaudirle cuanto se le ocurriera hacer; incluso meterse el dedo en la nariz. Que, por cierto, fue bien poco y lo de la nariz ni se le pasó por la cabeza, afortunadamente. Con sendos inválidos borregos adormecidos lanceó a la verónica marcando el viaje en línea recta, sufrió enganchones, las astas de los borregos le rajaron dos capotes, entró a quites y tiró gaoneras y chicuelinas para el olvido, engendró premiosos muleteos.

Los premiosos muleteos del famoso Joselito marginaban la técnica de parar, templar y mandar, y la sustituían por el unipase, el toreo fuera cacho, los viajes marcados al desgaire, la destemplanza. El muleteo al segundo toro añadió dos series de naturales de aleatoria factura y aun quiso prolongar Joselito la faena intercalando derechazos, trincheras, porfías, que provocaron palmas de tango y algún grito avisándole de que acabara de una vez pues estaba aburriendo al lucero del alba. Muchos no le perdonaron a Joselito que al concluir la faena hubiese convertido en depresión el optimismo que había despertado en sus principios aquel júbiloso '¡Gol del Valencia!'.

Dijeron en su día que lo de Joselito anunciándose con los toros de Partido de Resina (antes Pablo Romero) constituía una gesta. Luego, al comprobar cómo salían los toros de Partido de Resina (antes Pablo Romero) se entendió perfectamente en qué consistía la gesta.

A alguien se le ha visto el plumero, francamente.


ABC.ZABALA DE LA SERNA. La vida sigue igual para todos

Julio Iglesias acudió a una barrera del «10» y nos inspiró el título de la crónica. Un día Julio saltó al escenario en Benidorm, cantó «La vida sigue igual» y le cambió la vida para siempre. De promesa del Madrid a figura de la canción ligera, romántica o como quiera que se llame el género que Iglesias ha paseado por el mundo junto a una españolidad que les repatea a los progres y rojeras de turno. Después, un puñado de puertas grandes, como «Hey», «De niña a mujer», «Un hombre solo», «La carretera», y largo etcétera, y faenas de corte menor y sentimiento mayor como «33 años» o «Manuela».

En cuanto a que la vida siga igual para los protagonistas de la decimosegunda corrida isidril, a cada uno le va según su estatus.

Que la vida siga igual para los toros de Partido de Resina —antiguos pablorromeros—, belleza frágil y lacia, augura un futuro oscuro y difícil. La legendaria divisa no termina de remontar el vuelo. Y ya podemos algunos —Prensa o presidentes, que vaya tela cómo Lamarca aguantó en el ruedo determinados ejemplares— ponerle cariño, que como no cambien las cosas, no hay dios que soporte ni tanta mansedumbre ni tanta blandenguería.

A Esplá poco le cambiará ya la vida. Veintinco años de alternativa cumplía ayer, y los pocos que tiraron de la ovación tras romper el paseíllo no se vieron arropados por esa mayoría que conforma la masa de Las Ventas y que se divide entre catetos, panas y pueblerinos —que gritan y se hacen notar— y cursis, refinados y «fisnos» —que callan y se dejan ver—. Total, que el reconocimiento a la bodas de plata de Esplá se tornó pobre y cicatero. El maestro alicantino compartió las escasas palmas con sus compañeros de cartel, y quizá ese gesto fuera lo más torero de una tarde desfondada.

Si para Joselito la vida sigue igual es que le va muy bien. José —como le llaman sus seguidores— regresaba a Madrid después de tres temporadas de ausencia. Pero el reencuentro no supuso nada nuevo. Por la excusa del juego del ganado, se tapa el torero; y por algunas verónicas, y un racimo de chicuelinas y otro ramilllete de naturales.

SOLEDAD Y DUREZA

Que para El Cid la vida siga igual resulta «chungo». O sea, que El Cid, que necesitaba un zambombazo fuerte, en plan Julio en Benidorm, no rompe de momento moldes ni encasillamientos. Y bien que la afición cabal, que le ha visto forjarse en muchas tardes venteñas de soledad y dureza, lo siente. Porque torea bien, le ampara el valor y la lucha de los humildes. Más o menos correcto anduvo con el anovillado y noblote tercero —inválido de nota—, pero se perdió con la espada. Este Cid guerrero y batallador brindó a Gómez Escorial, a quien sustituía por una grave lesión de codo—, y se vislumbró una humanidad y una amistad de «chapeau».

Si al infortunio estoqueador se suma que el sexto desarrolló sentido y peligro, el resultado de su paso por la Feria cae en la grisalla de la tarde y que, al menos, le ampara. Sólo unas verónicas de recibo, valientes y poderosas, en los medios, y una chicuelinas, reservan la esperanza de la desazón. Creo en El Cid, así de claro. Peores los hay colocados por las ferias de España («mis recuerdos van contigo, cuando quiero y sin querer.Que no piensen que me olvido de mi tierra alguna vez»).

Las canciones de Julio Iglesias nos han atrapado siempre en un mar de nostalgias; ese mar en el que tantas tardes parece navegar/naufragar Joselito; apenas unos cuantos apuntes, la torería sentada en el estribo de la barrera, unos naturales al quinto —un tío, por cierto—, interrumpidos por el primer gol del Valencia. y la espada desmoronada flácida, como el ánimo. Buenas tardes, tristeza, buenas tardes.

Esplá celebró sus bodas de plata de matador con un vestido azul turquesa y azabache, chaleco bordado en oro más largo que la chaquetilla... y yo quiero suponer que «Bambino» lo ha leído en un libro viejo de toros o en los apuntes de alguna tauromaquia del siglo XIX...

Flojeó con las banderillas, hasta tal punto que en el tercio segundo del primer toro pidió permiso para un cuarto par, olvidado que el matador, si quiere, puede clavarlo sin necesidad de obtener el beneplácito del palco. No mejoró con el cuarto, un toro tonto al que muletó con oficio, y como ante el más complicado primero dio la imagen de facilidad y escasa ambición, la vida seguirá igual para él, como para Joselito o El Cid o los tullidos pablorromeros o el gran Julio.

El Albero

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