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Festejo fuera de abono
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del jueves, 31 de mayo de 2001
Corrida de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de distintas
ganaderías
Diestros:
Entrada: lleno.
El acto contó con la presencia del rey Juan Carlos I.
Crónicas de la prensa: Cadena
Cope, El País, ABC,
El Mundo
Cadena Cope JOSE MIGUEL MARTIN DE BLAS. El Juli marca el ritmo
Corrida de la prensa. Corrida de contrastes. Corrida de uno que se va, de otro que está, y estará, y un tercero que quiere llegar.
Miguel Espinosa “Armillita” se despidió de Madrid con más pena que gloria, quizá la tónica de su trayectoria en Las Ventas como matador de toros, eso sin olvidar aquella faena en el homenaje a Robles, pero…era un festival. En la corrida de la Prensa madrileña, Armillita no hizo ni faena de aliño con el descabalado primero, un toro manso de Arauz de Robles que a pesar de todo humilló. Lo más grave fue lo del cuarto, en el que se vio la imagen de un torero impotente, no para poder, simplemente para torear a un buen toro de Campos Peña, un toro que peleó con fijeza en varas, y en la muleta se movió con alegría hasta que apagó y se acordó de los tres puyazos recibidos. A ese toro lo templó y lo lidió con categoría y capacidad El Boni.
La oreja de la tarde la cortó El Juli tras una lidia completa, en la que entró en quites, por gaoneras, muy de verdad, muy ceñido y bien resuelto, y el segundo tercio con poderío…¡con tres pares!..de banderillas. La faena de muleta al toro de Alcurrucén fue un prodigio de sitio, de valor, de inteligencia. Abrió por estatuarios, y en el de la firma y el de pecho empezó a calentarse la plaza. Luego, siempre en los medios, en corto con el toro, en el sitio exacto, aguante para tirar del toro con profundidad por ambos pitones, muy cruzado, por encima de la voluntad del animal, que terminó rajadito. La mejor noticia es que El Juli volvió a ser El Juli, suelto, natural, responsable, sí, pero más desenvuelto que su primera tarde. Mató de media, y cortó la oreja. Una oreja de ley, de mucho peso, en una actuación impecable.
Pero la fiesta no fue completa, porque el toro de Victorino, un toro bajito y serio, bonito y con trapío, se apagó en la muleta de El Juli. Antes de eso, Julián toreó a la verónica, muy embraguetado y con muy poquito capote, muy intensamente. Luego hubo un galleo torerísimo por chicuelinas para llevar al toro a un caballo en el que peleó mejor en el primer puyazo. Toro a menos, aunque El Juli se marcó otro buen tercio banderillero. Pero el de Victorino llegó con el gas justito a la muleta, y con corto recorrido por el pitón derecho, y sosito por el otro. Y El Juli lo intentó. Se puso, pero el toro no fue, y la gran virtud del trasteo fue precisamente su justeza, ¿para qué insistir?, porque todo el mundo lo había visto. Sólo faltaba matarlo y El Juli se fue tras la espada como una vela. El volapié, impresionante, y el toro, rodado. Hubo ovación de gala.
Como la hubo para Javier Castaño a la muerte del sexto, un toro al que corrió la mano con temple en el final de faena. Sus dos toros, colorados. Los dos toros, nobles y con alegría. Los dos toros, ahogados por la falta de fuerza. El “zalduendo” que salió en tercer lugar pedía tiempo y un poquito de aire, y Castaño, en su afán, no se lo dio. Además mató mal. Pero en el sexto, de Jandilla, mejoró el panorama. Se había lucido en banderillas Domingo Siro, que tuvo que saludar. Castaño brindó a El Juli, y se embarcó en una faena paciente, sincera, que sólo rompió, algo tarde, cuando Castaño se la dejó puesta en el morro, no dejó pensar al toro, e hilvanó pases largos y lentos, muy bien toreados, pero algo tarde como para hacer cuerpo de faena. Pese a todo, Castaño enseñó algo de lo que tiene en Madrid, en su sexta corrida como matador de toros.
El País.
JOAQUIN VIDAL. Torero de casta
Cumplió El Juli en Madrid su enésimo compromiso y volvió a
demostrar que es torero de casta. Crece -ya no es un niño- y le habrán
cambiado la voz, las hechuras, los gustos, pero sigue teniendo la casta
del primer día. Enhorabuena.
La enhorabuena no se da aquí a humo de borrajas (a tontas y a locas
se decía en tiempos de las abuelas) sino con toda intención no exenta
de gozo, porque casta es lo que necesita la fiesta. Casta en los toros,
por supuesto, pero también en los toreros.
Vivimos unos tiempos muy blandengues. Surgen toreros como hongos, se
presentan ante un público que quiere elevarlos a un altar, y todo se
les va en posturas y en remilgos. Algunos tiene suerte, los dan cancha,
entran en las ferias y al final hay que sacarles de ellas pues son
incapaces de dar la talla.
El Juli es todo lo contario. El Juli es vocación y pasión. El Juli
no se deja ganar la pelea por nadie. Y si se la gana -lo que ocurre a
veces-, va y se traga la quina e intenta que no ocurra en la siguiente
ocasión.
Así estuvo El Juli en la tradicional Corrida de la Prensa: yendo a
por todas en todos los tercios y en todas sus intervenciones. Lo del
arte, en cambio, es distinto asunto. La disposición para interpretar el
arte se la niegan a El Juli muchos aficionados y creen que por ese
importante motivo ha de ser desalojado del puesto destacado que ocupa.
Claro que esta opinión, sin duda respetable y de peso, da que
pensar. Y uno se pregunta: ¿Dónde están los toreros de arte? Los
toreros de arte que levanten la mano.
Había uno en la plaza, sólo que en el tendido y además ya no
juega. Era Curro Romero, perdido entre el gentío, sudando la gota gorda
-pues hacía tela de calor-, acompañado de su esposa, quien le pasaba
los programas, los boletos y los abanicos que le acercaba la afición de
alrededor en demanda de utógrafos.
El tendido presentaba ambiente de gala. Allí gente de categoría
empezando por el Rey, que ocupó una barrera acompañado por Manuel Benítez
El Cordobés quien, por cierto, pasó desapercibido. Se ve que la
afición no lo añora.Un ambiente de categoría bajo un clima tórrido
que aplanaba el ánimo y perturbaba el sentido. Nada más empezar la
función ya estábamos deseando que terminara. Las corridas
extraordinarias, como ésta de la Prensa o la que vendrá de
Beneficencia, reúnen al todo Madrid que ahora llaman la pomada, mas les
falta la salsa característica de la fiesta de toros verdadera.
Así, naufragaba Armillita en un mar de precauciones y no parecía
importar ni a la afición ni a nadie. Al veterano Armillita le
correspondió el peor lote: un mansazo avisado y un inválido. Y como
está de retirada, tiró líneas para cubrir el expediente.
Por el contrario el lote mejor le correspondió a Javier Castaño que
estuvo enormemente pundonoroso aunque bajo de calidades interpretativas,
inmune a la inspiración, ajeno a la esencia del toreo bueno. Y se le
fueron con las orejas puestas sendos toros que se las ofrecían con
meridiana claridad.
El lote más chico, para El Juli, no hay derecho. Al anovillado de
Alcurrucén le dio pases extraordinarios salteados en una faena
valentona de acusados altibajos. Con el chico, inválido y aborregado de
Victorino (vaya plasta envió este ganadero), se arrimó como un jabato
le buscó las vueltas y lo tumbó de un estoconazo sensacional. También
banderilleó El Juli, con vulgaridad manifiesta. E hizo quites de
variada factura empleando el aplomo y el virtuosismo que le son
habituales.
Así que un respeto a El Juli, su casta torera, su espíritu de
superación. Sólo falta que venga con mejores toros, que no se amanere,
que no esté obsesionado con José Tomás. Pues en muchos trances -cites
juntas las zapatillas, ostentosas verticalidades- quería parecerse a
José Tomás. Y no se podría parecer ni de lejos. Para empezar, José
Tomás es alto y delgado como su madre, mientras El Juli tira a
chaparrete. Y ya lo tiene dicho la sabiduría popular: aleluya aleluya,
cada cual con la suya.
ABC.
Castaño
da la talla y la vuelta a la tortilla
La centenaria Corrida de la Prensa parte cada año desde el punto de
partida del éxito que supone para la Asociación su inclusión dentro
del ciclo isidril. Lejanos tiempos aquellos de su celebración como
concurso de ganaderías. Miguel Criado recuerda perfectamente la lucha,
codo con codo con Zabala, hasta el año 1982, fecha del indulto de «Belador»,
un 19 de julio, Doña María de las Mercedes en el Palco, cartel de «no
hay billetes» como ayer y beneficiosas cuentas para las arcas de los
periodistas madrileños. Entonces se confeccionaban los carteles con
toreros honestos y de presupuesto asequible: no era plan perder dinero.
Desde 1983, el tradicional festejo se sumió en un profundo bache, hasta
que se introdujo en San Isidro, que ya está escrito, gracias, entre
otras cosas, al apoyo de los hermanos Lozano y Rafael Marichalar entre
otros.
Ahora, las cifras que se barajan permiten «alegrías» como
contratar a El Juli, que, al fin y a la postre, fue el mayor reclamo y
el sustento de la tarde. Es más: si no es por él, la corrida habría
naufragado entre las precauciones del veterano Armillita y la oscuridad
en la que parece inmerso Javier Castaño.
Sobre Juli pesaba la responsabilidad y hacía su cabeza apuntaban las
escopetas cargadas de malas intenciones. Reconozcamos que, en general,
había incertidumbre sobre cómo reaccionaría ante un ambiente
supuestamente hostil. Pues El Juli dio la talla y la vuelta a la
tortilla y se izó con una oreja cabal. Está vez contemplamos al torero
alegre y desinhibido de siempre, lejos de agarrotamientos, como le
sucedió en su primer asalto a Madrid hace unos días.
El toro de Alcurrucén que escogió, muy astifino, se frenaba de
salida. Hubo momentos de barullo con su abanto y huidizo comportamiento
del tercio de varas. Se impuso el orden poco a poco. Un puyazo, y el
matador de Velilla de San Antonio citó desde muy lejos, de espaldas al
toro. Una tafallera y el capote a la espalda con un medio farol. Las
gaoneras se sucedieron ceñidas, en un ¡ay!, con las puntas de diamante
de las astas fieras lamiendo la faja. Banderilleó fácil, mejor en el
segundo y tercer encuentros —éste de dentro afuera— que el par que
inauguró el tercio, a toro pasado.
TERRENOS DE COMPROMISO
Abrió faena por arriba, y crujió la plaza en un pase del
desdén. Casi antes de que presentara la muleta sobre la diestra, los más
listos ya le censuraban la colocación. Para acallar bocas, El Juli
planteó todas la obra desde terrenos de compromiso, muy cruzado y
sobrado de valor. Ligó derechazos y naturales con largura y firmeza,
ancladas las zapatillas en el ruedo. La inmensidad del obligado de pecho
con que abrochó una serie natural levantó pasiones; en la siguiente,
al buen ejemplar de Alcurrucén le costaba más seguir el trapo rojo:
aguantó las dudas sin vacilaciones. Muleta en la derecha, se arrimó
como si lo necesitara para arreglar la temporada. En aquellas distancias
cortas —esto suena a anuncio de colonia— sobrevino algún banderazo
que se difuminó con los naturales posteriores, a pies juntos, metido
entre los pitones.
Media estocada bastó para conquistar el ya citado trofeo, sólo empañado
por un aviso al largo metraje.
El gesto de acudir con un victorino debajo del brazo no redondeó la
cosa. No es el primero al que vemos blandear de un tiempo a esta parte,
desde octubre más o menos. Ojo, ganadero, no vayamos a fastidiarla. Los
lances a la verónica, con las manos muy bajas, embraguetado con la
esclavina, interrumpidos sólo por un intento de fuga del enemigo,
compusieron uno de los más intensos compases de su repertorio. Galleó
por chicuelinas para poner al débil bruto en suerte. Pero ésta ya
estaba echada. Clavó caído al cuarteo; no mejoró por el pitón
izquierdo y se resarció con otro al sesgo de mejor colocación. En
conjunto, regular y nada del otro barrio.
No valió un duro el toro, que perdía las manos una y otra vez y se
revolvía como una exhalación por el pitón derecho; al natural,
desarrollaba mayor nobleza y sosería. Se apagó pronto y murió de una
estocada en el mismo hoyo de las agujas, probablemente el volapié más
completo de los que llevamos de mayo.
Armillita se despedió de Madrid con más pena que gloria. El feo
manso que inauguró plaza, avisado y veleto, impuso su ley a
contraestilo del mexicano, que lidió mal en medio del caos. El palco
debió ordenar que se usasen las banderillas negras: ¿para cuándo
quedan, señor Sánchez? Precavido, muleteó breve, como ante el
colorado de Campos Peña, al que zurraron en varas. Ni humillaba ni
Armillita hizo porque descolgara la embestida. Un diez, sin embargo,
para la torera brega de Boni.
Castaño no encuentra la luz ni las ideas. El toro de Zalduendo se
aplomó en un suspiro; empeoró su imagen con el sexto, de Jandilla. Se
percató tarde de las bondades del animal, del que había que tirar como
hizo en las últimas series.
El Mundo.
EFE. El Juli corta una oreja por
valor y torería
Corrida de mansos como bien se puede apreciar en la ficha técnica.
Mansedumbre en diversos grados, que, salvo el lote del mexicano
Armillita, ha tenido también un alto componente de nobleza. Mansos por
tanto muy toreables. Y de los tres toreros, con las circunstancias a
favor, ha sido El Juli quien ha sacado mejor partido.
El Juli se ha llevado la tarde de calle. Lo mejor, sin duda, en su
primero, en faena que ha ido siempre a más incluso cuando el toro se
apagaba. El primer jaleo de olés ha llegado después de haber
proclamado ya el toro su notable mansedumbre, al salir rebotado y
huyendo de caballo a caballo. El hombre se ha hecho presente en un quite
por gaoneras de mucho valor y estética. Muy resuelto en banderillas,
aunque atacara como es costumbre en él sólo por el derecho.
Muleta en mano, emotiva apertura por la quietud de unos estatuarios, a
los que ha puesto gracia con el remate de uno del desprecio ligadísimo
al de pecho. Y a partir de ahí, el toreo fundamental hecho con gran
verdad: la muleta siempre puesta, y atacando constantemente el torero:
derechazos y naturales se sucedieron con mucho asiento y mejor
compostura, a la distancia y con el temple que pedía el animal.
Especial énfasis en los obligados de pecho, largos y lentos.
La faena, que al final ha tenido las intermitencias impuestas por la
falta de repetición del toro, ha destacado sobre todo por su extrema
plasticidad. Otro pasaje emotivo, con el astado ya en las últimas, prácticamente
rajado, ha sido cuando El Juli ha aprovechado para cruzarse lo inverosímil
al pitón contrario al tiempo que aguantaba dos o tres parones. Y en
este final, en terrenos de cercanías, la guinda de un circular
invertido también en dos tiempos. La plaza estaba rendida de antemano
cuando agarró media estocada que ha sido suficiente. Ha cortado la
oreja pedida por mayoría.
El Juli ha salido dispuesto en el quinto a redondear su tarde, pero le
ha faltado toro. El de Victorino se ha tragado buenos lances en el
saludo y un vistoso galleo por chicuelinas, aunque a partir de ahí ha
comenzado a blandear. Se le ha cuidado mucho en varas y de nuevo en
banderillas El Juli ha cuajado un tercio muy notable, incluido un
segundo par esta vez por el pitón izquierdo. Muy justo de fuerzas el
toro en la muleta, ha perdido las manos nada más abrir el trasteo, quedándose
muy corto.
El hombre lo ha intentado con firmeza, sin dudar lo más mínimo, pero,
dicho está, sin respuesta del astado. Y ya se sabe cuando uno no
quiere, dos no se pelean. Lo único que cabía era matarlo como Dios
manda, y El Juli ha cobrado una fenomenal estocada, candidata a premio
en este apartado, que le ha valido una gran ovación.
Castaño ha puesto voluntad en su primero, aunque tampoco ha contado con
la suficiente colaboración del toro. Muy dispuesto con la muleta, ha
acertado a engancharlo, llevándole muy toreado en dos primeras tandas
por la derecha. Luego el toro se ha venido a menos, volviéndose tardo,
cada vez con menos gas, de forma que se sucedieron los pases muy
espaciados y sin apenas emoción. El toro, noble y rajado, en realidad
no ha dado mucho de sí.
Más centrado y entonado frente al sexto, toro con las fuerzas muy
justas, al que ha tenido que medir mucho el castigo en varas. Faena de
menos a más, en la que ha sobresalido una tanda al natural de mucha
ligazón, limpieza y hasta profundidad. Mas no ha sido suficiente para
llegar al triunfo, pues tras la estocada han aparecido escasos pañuelos.
El mexicano Armillita, con el lote menos propicio, ha andado con
demasiadas precauciones. La verdad es que ha estado más que justificada
la desconfianza frente al primero, lo que ya no tiene excusa ha sido que
no terminara de ponerse en el cuarto.
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