GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 6 de octubre de 20012
Corrida de toros

Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería:   Toros de Adolfo Martín, buenos. 

Diestros

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC


El País. MA CUADRADOPara corazones toreros

Vaya corrida que soltó Adolfo Martín ayer, en tarde dorada de otoño. Ninguno de los toros permitía alivios, pases de pitiminí, dudas, suspicacias. Fue una corrida para corazones toreros. Que tuvieran muy bien bien asimiladas las reglas eternas de la lidia. Que toda la vida de Dios han sido el someter, dominar y dejar muy clarito quien es el capitan en el ruedo.

Fernando Robleño fue quien mejor disposición reunió, amén de que tuvo los toros más manejables, lo que resulta un tanto irónico si tenemos en cuenta el picante, asperezas y turbias ideas que en general se manejaron los pupilos albaserradas de Adolfo Martín.

El chaval por edad, residente en San Fernando de Henares, demostró que bravura la tiene él, y que no hace falta que vayan de pesca a ninguna dehesa de iberia. Y para que tomaran nota, le recetó dos capotazos de rodilla genuflexa a su primero, y luego, para fijar la embestida y enseñar el recto camino, con el capote por bajo y a la media vuelta, se sacó a los medios al encastado burel, corriendo hacia atrás con garbo y torería. La emoción subió muchos grados. Como ocurrió en la faena de muleta.

Series de derechazos hondos, la tela por delante, el remate por bajo, y a continuación dos tandas de naturales en los que llevó al Adolfo empapado. Improvisó un recorte por la cara, trinchera y pase de pecho lentísimo, para cerrar al toro en el tercio, igualó, apuntó después al morrillo, y se volcó sin ningún remordimiento.

En su segundo, Robleño se templó y gustó por redondos, y tal vez por empeñarse en torear de frente, cuando el toro estaba ya un tanto apagado, perdió el trasteo de muleta la intensidad debida. Salió en el sexto luego a redondear la tarde, la puerta grande la tenía entreabierta, y volvió a hacer gala de bravura. Pecho por delante, ese dejarse ver del toreo eterno, y por enredarse con los aceros, se le esfumó la gloria de salir a hombros.

Luis Miguel Encabo hubo de vérselas con tres toros muy problemáticos. Pero nunca dejó de estar delante con el suficiente pundonor y adecuada técnica. Banderilleó con discreción, aunque consiguiera pares muy meritorios. Y se la jugó en el quinto, al que consintió, esperó y largo tela roja, en el toreo al natural, para aguantar, tragar y resolver con seriedad. Intervino en quites durante toda la tarde y salió bien parado, ante unos toros con los que sería preciso examinar al resto del escalafón. Sólo por saber como están del corazón. Quiere decirse de valor, técnica y arte. Lo que hay que tener.


ABC. JOSÉ LUIS SUÁREZ-GUANES. Robleño mereció la Puerta Grande

Fernando Robleño mereció la Puerta Grande por disposición, valor y capacidad. Robleño no regateó entrega en toda la tarde. Ni torería en la interpretación de las distancias o los adornos. Ya sólo la emoción que irradió la intensa faena con el dinamitero segundo, un toro para mandar y tragar aceite de ricino a cucharadas, había conquistado el corazón de Madrid y el peldaño inicial. Y se encaminó embalado a subir el siguiente escalón hacia la arcada neomudéjar con el cuarto. Pero el presidente de turno -nunca me interesaron sus nombres y protagonismos- o no consideró mayoritaria la pañolada o estimó que la obra no contenía suficientes méritos para la oreja. O ambas cosas. La verdad es hubo un bache, tan cierto como que el chaval lo superó y lo remontó con creces, en especial con la estocada a carta cabal. Rigurosa negación que satisfará enormemente a quienes se desgarraban la camisa con las supuestas rebajas de los últimos días.

Robleño, a quien no le cabe la valentía en el pecho, se quedó sin un triunfo que hubiera consolidado y rubricado una temporada ascendente en la que ha matado con bien todo lo que le han puesto por delante. Su primera lidia de ayer transcurrió por el filo de la navaja; de salida se metió al público en el bolsillo al parar por bajo al adolfo, cambiarle los terrenos y bregar con poder hacia los medios, hasta rematar con un recorte de aires antiguos.

Nada más iniciar el emotivo trasteo, el toro se le frenó. Tiró de mando tanto como del enemigo. Cada derechazo se nos antojaba meritísimo; en el segundo pase diestro de la siguiente tanda, el bruto se paró, dudó entre la carne y el trapo: Fernando se cruzó al pitón contrario y siguió con el juego entre la vida y sus límites, igual que por el izquierdo, que era un garfio. Plegó la muleta luego, cuajó un par de naturales soberanos que hilvanó con el de pecho y resolvió con unos muletazos pletóricos, de despedida, como un pase de la firma o un cambio de mano. La faena fue la justa. Afrontó la estocada con rectitud, pero la espada se hundió atravesada, necesitando del descabello. Oreja de ley, de las que valen por dos.

Después vino lo del cuarto, un toro franco a derechas al que entendió perfectamente al principio -enormes los derechazos -, pero al que le perdió el aire por naturales -por ahí no humillaba igual-; tardó en acoplarse otra vez, cosa que hizo cuando bajó de nuevo la mano diestra. El volapié fue fabuloso, aunque tuvo que refrendarlo con un golpe de verduguillo. Lo demás está contado.

Manseó el sexto, al que sacó su partido. Pero se empeñó en matarlo en la suerte natural cuando pedía claramente la contraria. Pinchó demasiadas veces. Este error y no estar siempre pendiente de la lidia -en una voltereta de Encabo no le dio tiempo ni a salir del callejón por no estar preparado- son fallos subsanables y subrayables.

Precisamente por lo contrario destacó Luis Miguel Encabo, siempre pendiente de la corrida. Así debe ser, y más en un mano a mano. A Encabo la fortuna le volvió la cara en el sorteo. El astado que estrenó la tarde ya se metía por debajo del capote nada más pisar el ruedo; el tercero fue tardo -como se vio en el caballo; el quite del matador a un descabalgado Legionario fue oportunísimo- y acabó rajado; ante el quinto, con dos agujas y malas ideas, rápido como un rayo, rozó la temeridad. En banderillas estuvo desigualón, como con la espada, su eterna cruz: algunas verónicas no redimieron el bajonazo al penúltimo de su lote.