GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

5ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 15 de mayo de 2002
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Toros de Baltasar Ibán, bien presentados, a excepción del 4º, muy justo; inválidos, mansos, sosos y nobles.

Diestros: 

  • Manuel Caballero, estocada -aviso-, un descabello y el toro se echa (ovación); media y un descabello (silencio). 
  • Rivera Ordóñez, pinchazo, media tendida y un descabello (silencio); estocada baja (silencio).
  • Javier Castaño, media caída y ladeada y un descabello (silencio); tres pinchazos y estocada (ovación).

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo.


El País. Antonio Lorca. Gol!

Javier Castaño se disponía a entrar a matar por tercera vez después de dos pinchazos; una voz desde el tendido le apremia: ¡Mátalo rápido, Javi!, y en ese momento... Todo el equipo blanco en campo alemán; Roberto Carlos saca de banda un tiro largo, la pelota llega a los pies de Rául, regatea a un contrario, a otro, y lanza un pelotazo que, ay, ay, se cuela, se cuela,... Gol, gol, gol... Y la plaza de las Ventas saltó casi al unísono para celebrar el tanto del Madrid.

No se sabe si la alegría futbolística descolocó a Castaño, que volvió a pinchar antes de cobrar una estocada.

Psss, no se queje usted tanto de los toros, hombre de Dios. Pero, oiga, si es que son unos inválidos. Ya, ya, pero es que hoy juega el Madrid. Pues, váyase.

Y se marchó. Hasta la propia Infanta Elena se ausentó del palco entre el quinto y sexto toro, y la gente creyó que se había ido al fútbol.

La corrida tuvo algo bueno: la brevedad. A las nueve, todo el mundo en la calle. Pero fue mala porque no hubo toros. Bueno, hubo toros modernos: inválidos y mansos. Y no hubo toreo, pero sí toreo moderno, en el que se prodigaron Caballero, Rivera y Castaño. No hubo tercio de varas porque aquellos animalitos no resistían ni un picotazo, ni hubo toreo a la verónica. En conclusión, lo mejor fue el gol de Raúl, no visto, pero imaginado, que es mucho más emocionante.

Lo que se ofreció en el ruedo careció del más mínimo interés. Pero pocos protestaban, quizá porque el fútbol estaba en la mente de la mayoría. Ningún toro fue devuelto a los corrales, pero la corrida entera podía haber seguido el camino de los cabestros. Si así hubiera sido, nadie se hubiera perdido el comienzo del partido. Quien no se consuela es porque no quiere.

De todos modos, justo es reconocer la extraordinaria disposición de un valiente Javier Castaño, que demostró la necesaria ambición para triunfar. No lo consiguió porque mató mal a sus dos toros, y porque basa su tauromaquia en un valor seco, a veces temerario, pero dirige la embestida hacia fuera y afea la reunión. Asienta bien las zapatillas, se deja llegar muy cerca los pitones, liga con soltura, pero algo le falta que impide la emoción de buen toreo. Asustó a la gente en su primero, que sólo aguantó dos tandas ceñidas por el lado derecho, y mejoró sensiblemente en el sexto, el único que se mantuvo en pie sin que pareciera un borracho. Comenzó por estatuarios, toreó después por derechazos largos y continuó con naturales de menor factura. Aún tuvo tiempo de dar dos circulares bien ligados con largos pases de pecho antes de pinchar y echar por tierra una faena seria.

Serio también estuvo Caballero, y es verdad que exprimió la sosa y noble embestida de su primer inválido, un animal sin codicia que iba y venía como quien no tiene otra cosa mejor que hacer. Toreo, pues, de salón, bonito, pero anodino. En el otro, que era un muerto en vida, se dedicó a dar trapazos modernos hasta que el toro lo desarmó dos veces.

Rivera, serio también, se las vio con dos beodos. Voluntad, justificación y muchos pases para salir del paso. Un esbozo de verónicas a pies puntos en su primero, y unos capotazos rodilla en tierra al segundo fue lo único destacable de su actuación.

Algo bueno, la brevedad. Todo el mundo corre que se las pela. Al final, felicidad, ganó el Real Madrid.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Javier Castaño dio su medida con un importante toro de Baltasar Ibán

Cantaron gol, es de suponer que del Madrí, que hay mucho indio suelto, a la vez que a Javier Castaño se le escapaba el balón de la Puerta Grande de las manos. Y no por su faena de hondura y clasicismo, que no hubo tal, sino porque el encastado sexto, que embestía con importancia, que transmitía, que portaba, en definitiva, la salida a hombros entre los pitones solicitaba mucho toreo. Toreo de verdad.

A Castaño lo quieren hacer los Chopera torero a la fuerza: no se empeñen, y menos después del resultado de ayer. No se trata de una oreja arriba o abajo si mata. La cuestión consiste en que Dios, que es bueno y misericordioso, grande como Alá, es también muy mal aficionado. Y colocó en el camino del torero salmantino-leonés un lote de muchos quilates. El tercero, más flojito pero noble, que duró menos, y el mencionado último de la tarde, uno de esos que ponen en figura de altura a cualquiera que construya una faena cabal y que, de paso, redimió al resto de sus nobles hermanos de las carencias de fuerzas. Esa escasez merma en parte el balance de la ganadería de Cristina Moratiel, que ni mucho menos debe estar desmoralizada. El conjunto ofreció una mitad, o sea tres toros, bonancible, y otros tres más deslucidos, pero que tampoco se comían a nadie ni tiraron una mala cornada ni tuvieron un mal mirar. La pobreza de poderío fue su mayor pecado.

Javier Castaño inició la última faena por estatuarios valerosos. Enseguida acudió a los medios, donde enjaretó una serie diestra que hacía presentir esperanzas que nunca se solidificaron. En la siguiente tanda una colada no se convirtió en voltereta de milagro: el toro exigía que lo empaparan de muleta, que lo sometieran. Siguió en el derechazo, suerte que practica en abundancia el chaval, y se palpa que aquello se encontraba en el punto de que o rompía a bien o se iba al garete. Desgraciadamente, el toreo al natural decantó la balanza por el garete. Ya no supo qué hacer, e inició una fase para los pueblos, de circulares invertidos y en ese plan, para después regresar a la mano izquierda, tarde y mal. Dio su medida, y para colmo pinchó repetidas veces.

El tercero tuvo un buen pitón derecho y la fortaleza precisa para desarrollar su bondad. Trío de tandas por el lado más notable. Muletazos largos y poco más. Unos pocos naturales, el bruto se quedaba más cortito, y, visto que no calaban los oles, buscó el ay del arrimón, en las diestancias cortas, con una espaldina, y un final de obra que sobró a todas luces. La Puerta Grande que conoció como novillero guárdela como oro en paño.

Por su parte, Manuel Caballero hizo del temple y el reposo sus armas principales frente al buen primero, que fue a más en sus manos gracias a una técnica adecuada. Procuró no adelantar la muleta para, poco a poco, ganar en recorrido. Toreó muy relajado y despacio. Labor creciente, con momentos por encima del notable, por ambos pitones. Un cambio de mano por delante y el cierre del astado a la raya para darle matarile despidieron una cadencia especial. La estocada -para ver si estaba desprendida o no hacía falta un cartabón-, y el toro que se amorcilla, muerto en pie y con la muerte tapada, valga la redundancia. La gente se impacientó con una sensiblería que no comprendemos, como el día anterior con Puerto, sólo que Caballero aprendió la lección y evitó con el descabello la bronca. Atinó a la primera de coña, pues el moribundo se tambaleaba.

En el deslucido cuarto, alto y escurrido, de cara lavada y con bastante menos culata que Chenoa, dos desarmes en una faena densa, de más voluntad que acierto.

Es curioso contemplar lo bien colocado que está siempre Rivera Ordóñez durante las lidias de sus compañeros y lo rematadamente mal que se coloca luego en sus faenas frente a los toros. Su lote sirvió para poco. Sólo la estocada al quinto y algunos lances a la verónica le salvan un mínimo. A una figura se le suponen otras muchas cosas.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Todos en babia; o en el limbo

La verdad es que ayer, en Las Ventas del Espíritu Santo, los cuerpos estaban en la corrida, pero las mentes estaban en otro sitio, acaso en la final de la Copa de Europa, Glasgow o por ahí. Sólo así se explica la frialdad de los tendidos ante la limpia, equilibrada y armoniosa faena de Manuel Caballero en el que abrió plaza. El diestro de Albacete, al que un día le hice nacer en Badajoz, por no sé qué duende arbitrario y geográfico, hizo justo lo que tenía que hacer: ni más ni menos.

Con Caballero me ocurren a mí cosas muy raras. Otro día, en sus lejanos tiempos novilleriles, lo confundí con no sé quién. Aún me lo recuerdan en algunos lugares, porque el pueblo tiene memoria, sobre todo si esa memoria se le refresca de vez en cuando. Oiga ¿es verdad que de novillero confundió usted en una crónica a Manuel Caballero con no sabemos quién? Pues sí, es verdad. La urgencia del cierre y la hora a la que acaban las corridas abre, a veces, un boquete indeseable por el que se cuelan, risueños y juguetones, los gazapos. Algún día escribiré una historia de esos gazapos, algunos tan fantásticos, que hablan no sólo de equivocaciones, sino de un estado del subconsciente incomprensible y oscuro. Transitorio, que conste.

El caso es que ayer a mí me parecía una tarde extraña y como un poco esquizofrénica; y con esa sensación extraña que produce la separación evidente de materia y espíritu, cada uno por su lado. En virtud de eso, o, mejor dicho, por culpa de ello, una faena construida con inteligencia y sensibilidad, templadísima y sin un gesto de más ni en los naturales ni en los redondos o en los cambios de mano, se la mandaron a Caballero al limbo de la indiferencia. La plaza, pensaba yo, en babia. Pero no; así que empezó a trastabillear y dar tumbos el segundo ibán, sonaron vientos de fronda, temporal rulando a marejada.

Protestas aisladas

Volvió la calma chicha mientras Rivera, tras brindar a los Duques de Lugo de lujo, diría la Rigalt trataba de muletear al simulacro de toro; algunas protestas aisladas, algún gesto testimonial por aquello de que muchos aficionados, monárquicos o republicanos, tienen a gala abominar de la prensa de entrepierna. Ni siquiera dos tandas de redondos bastante apañadas de Javier Castaño, aunque sin apreturas, lograron bajar a tierra los ánimos ausentes. La única ovación, el único entusiasmo, sucedió cuando la montera del brindis de Castaño, tras innumerables peripecias, alcanzó su destino: el palco regio. El valor de Castaño y algunos gestos broncos del ibán despertaron transitoriamente a los durmientes.Sólo la guerrilla del 7 se mantenía ojo avizor, como toda la tarde, vigilando los tropezones y debilidades de los toros.

Los toros de Ibán traían tan endulzada su flojera y su condición de toros que parecían hermanas de la caridad; y además con flojera perniciosa. Acaso también estaban demediados: aquí, en Las Ventas, las ruinas de sus cuerpos; allá donde fuera, en la final de la Copa de Europa, sus almas con el fervor merengue del Real Madrid.Su espíritu bucólico y agrario se correspondía muy bien con el día del santo patrón de los madriles. San Isidro es un santo rural y agropecuario. Y, en eso, la cristiandad hace bien en festejarlo con corridas de toros. Es un santo atípico al que, en lugar de la laboriosidad, Dios le premiaba la holganza y el ocio. San Isidro, más que al toro bravo y poderoso y más que a los afanes lidiadores, está vinculado al hermano buey y a los aperos de labranza. Mas eso, ni siquiera en fiesta tan señalada como la de ayer, hay que tomarlo al pie de la letra. Los ibanes eran hermanos toros, franciscanos, benéficos y de encomiable espíritu colaborador.

El sexto se salió un poco de esa norma caritativa y santa, sacó cierta condición encastada y le pegó un puntazo a Javier Castaño que le hizo un agujero en la taleguilla. Castaño lo aprovechó a medias, aunque siempre con su verdad de torero honrado por delante; citaba de lejos y embarcaba sin que la faena alcanzara las cotas exigidas. Castaño no se hizo del todo con el toro, pero conquistó al público a base de redondos y circulares de espaldas. Lo despidieron con una ovación. Aunque la verdad es que desde el cuarto toro, no ya los espíritus, los cuerpos habían empezado a emigrar también de Las Ventas; hasta Caballero estaba fuera y su muleta voló por los aires en dos desarmes.