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14ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del viernes, 24 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Javier
Pérez-Tabernero, mal presentados (1º y 2º, impresentables),
inválidos y nobles; destacó el 3º; y dos de José Luis Pereda, 5º y
6º, desiguales de presentación, blandos y nobles.
Diestros:
- Curro
Vázquez, media atravesada y un descabello (palmas); pinchazo y
bajonazo descarado (pitos).
- Enrique Ponce,
gran estocada (dos orejas con protestas); estocada baja (oreja).
Salió a hombros por la puerta grande.
- Antón Cortés,
que confirmó la alternativa: dos pinchazos, -aviso- y media
estocada (ovación); estocada baja (oreja).
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, La Razon, Marc
Lavie (en francés).
El País.
Antonio Lorca. Puerta
grande barata para Ponce
Enrique Ponce cortó tres orejas y salió
a hombros por la puerta grande de las Ventas. Pero fue una puerta grande
muy barata. Más bien, Madrid fue una plaza muy barata para el torero de
Chivas. Es que Madrid ya no es lo que era. Al menos, ayer no lo fue. La
fama de plaza exigente y entendida es agua pasada. Ayer, Madrid fue una
verbena.
Un entusiasmo desmedido se apoderó de
los tendidos mientras unos pocos protestaban con toda la razón del
mundo. Quizá, la causa hay que buscarla en la gran cantidad de gente
guapa, turistas y forasteros que pueblan las Ventas y confunden la
diversión con las orejas. Nada menos que tres le concedieron a Ponce, y
casi todos salieron felices en la creencia de que habían visto el toreo
en su estado puro. Pues nada más lejos de la verdad.
Para empezar, se cumplió la norma:
figura en el cartel, baile de corrales. Nada menos que doce toros fueron
rechazados por los veterinarios. Y algunos de los que salieron,
absolutamente impresentables. El primero, por ejemplo, era una sardina
y, curiosamente, nadie dijo ni pío. El segundo, tal cual, y nada de
nada, lo que viene a demostrar la enorme influencia que pueden tener las
figuras sobre los públicos ávidos de diversión.
Y salió el primer toro de Ponce, el de
la euforia desmedida, muy justo de presencia y blando de remos. Lo toreó
muy bien a la verónica, con ese capote grande que se gasta este torero,
pero con las manos bajas, con hondura y cadencia, y remató con una
buena media, una revolera y una larga muy vistosas. Quitó después por
verónicas estimables que cerró con una media de auténtico cartel.
El toro se viene arriba en la muleta. Un
cambio de manos elegante y lo cita de lejos con la derecha. Comienza la
sinfonía del toreo moderno, al hilo del pitón, sin cruzarse,
acelerado, ventajista, a años luz del toreo hondo y puro que significa
embarcar la embestida y romper en la cintura. Otra tanda similar; unos
naturales rápidos, un molinete ajustado, medios pases de frente y unos
largos ayudados por bajo. Estocada en lo alto y dos orejas. Pues, muy
bien. El público manda y el presidente asiente. Pero el bueno fue el
toro, que nunca fue dominado por el torero.
Al quinto, más aplomado, lo toreó con
decoro a la verónica, y continuó en la misma tónica en la muleta.
Gestos de desmayo que encierran trampa, mala colocación, abuso del
pico, un largo pase de pecho y tres circulares completos. Euforia total,
mentira absoluta.
Sí toreó el más novato, muy bien, por
cierto. Antón Cortés se las vio con la sardina primera y demostró que
tiene empaque de torero, buen corte y mejores hechuras. Fue toreo de salón,
pero fino y elegante. Se empleó a fondo en el sexto, gordo y muy
blando, y consiguió redondos ligados y un par de naturales de ensueño.
Toreaba cruzado y, así, el toreo marca la diferencia. La oreja fue
merecida.
Y también estuvo Curro Vázquez. Una
parte de la plaza lo recibió con aplausos y él contestó con una
inhibición total. A eso se le llama devolución de cariño. A su
primero lo masacraron en varas con su asentimiento y el torero se mostró
muy triste y precavido. Y en el cuarto... que no quiero verlo, que no
quiero verlo, y que no lo vio, oye. Ni se puso delante. Si no está en
condiciones de torear, ¿por qué se anuncia?
La gente guapa salió muy contenta. La
afición, en su casa, añoraba el pasado. Lo de las Ventas de ayer, una
verbena. Una pena.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. Al
magisterio de Enrique Ponce no le hacen falta regalos, presidente
Al magisterio de Enrique Ponce no le hacen falta
regalos, don Juan Lamarca. Al reposo, a la sinfonia de temple, al
dominio de los tiempos y los espacios de Ponce en la totalidad de los
tercios, le sobraba la segunda oreja del noble tercero, que era un poco
café para todos, en relación a la Puerta Grande de José Tomás. Como
luego se comprobó con la consolidación de la salida a hombros con el
trofeo del quinto, la dádiva presidencial le igualaba con su compañero
y rival, y ni una ni otra adquirían la categoría que Madrid exige.
Sobró pese a la perfección en el toreo a la verónica, pese a la
pulcritud del quite por delantales y a pesar de la lidia impoluta, las
largas cordobesas de cartel de Ruano y las medias verónicas de ensueño.
Sobró, aunque Ponce cobró una estocada soberbia y dibujó el toreo con
la naturalidad del atardecer. Sobró, sencillamente, porque sobre la
mano izquierda hubo más ligereza que hondura, y no se me olvida, no, el
natural que ligó con un derechazo que cambió, sin enmendarse, por la
espalda. A Enrique Ponce, a estas alturas de su carrera, igual le daba,
porque en el segundo de su lote acabó con todos los argumentos que
cuestionaban la Puerta Grande. Relajó la figura, unificó y ahorró más
los terrenos entre cada pase, y bajó la mano en redondos de una
cadencia primorosa, cercanas las astas a la taleguilla, sobrado de
valor, sin una mácula sicológica de la cornada de Sevilla -¿o se nos
ha olvidado ya que hace un mes un toro le partió el muslo con una puñalada
de treinta y cinco centímetros?-. De nuevo, no surgió ni un solo
enganchón; otras vez brotaron los pases de pecho de pitón a rabo con
despedida por la hombrera contraria, y ayudados por bajo de rítmica caída
y circulares de inacabable recorrido unidos al pase de las flores, otro
homenaje a Llopis y a La Serna. Como en la faena anterior, a pies
juntos, semidefrente, la muleta por delante, el trazo hasta detrás de
la cadera. La estocada aseguraba la oreja y ésta la Puerta Grande,
indiscutible ahora. Por eso, Lamarca, a la lección de Enrique Ponce no
le hacían falta los dos trofeos del tercero, que le equiparaban con J.
T., y a usted con Torrente, que Suárez ya cayó en el café para todos
con las autonomías y así está España de descentralizada y
descentrada como nación.
La tarde no terminó en Enrique Ponce, aunque la acaparase. Antón
Cortés confirmaba su alternativa. Lo hizo con un toro escurrido, de
hechuras anovilladas, que fue a menos, pero que permitió intuir el
corte de torero que posee y que luego ratificó con el sexto. Si nace en
Sevilla en lugar de en Albacete, hace tiempo que ya oiríamos a los
cuatro vientos su nombre en cuanto hubiera cuajada tres eralas en casa
de menganito. La faena al último de la corrida, que, como el quinto,
pertenecía a José Luis Pereda, tuvo algo más que buenas maneras: el
planteamiento de ligazón, la muleta presentada siempre por delante,
plana. Y la izquierda, coño, la izquierda que añoramos durante las dos
horas de corrida. Un natural, y puesta; otro, y en el sitio. Y así, en
ese plan, exprimió las bondades de su enemigo, con detalles de lujo.
Vaya con Antón Cortés que consiguió una oreja cabal con una estocada
ladeada levemente.
¿Y Curro Vázquez? Pues Curro Vázquez se permitió el placer de
cincelar unos trincherazos de antología, con firmas intercaladas sobre
la mano derecha preñadas de torería. El pitón zurdo escondía un
cortijo, mas Curro ya no quiere cortijos y si los quiere debería haber
medido más el castigo en varas, que fue un abuso. Más tarde, con el
cuarto, el peor de la corrida, puso pies en polvorosa y en desconfianza.
O sea, que seguro que este Vázquez de Madrid, rubio torero de Linares,
no quiere más fincas que su familia y deleitarnos, de vez en cuando,
con pinceladas, gotas de perfume caro para regar el huerto del alma.
La Razón. JUAN
POSADA.
Enrique Ponce, tres orejas, por la puerta grande
Tarde con remembranzas antañonas, no por el trapío de los toros ni
nada de eso. Un torero, legítimo triunfador, Enrique Ponce, provocó
que los espectadores de sombra, entusiasmados con el valenciano, se
dirigieran con gestos y gritos, a algunos sectores de sol algo más fríos.
Cuando en una plaza de toros existen divergencias tan acusadas es
consecuencia de que el diestro que las provoca tiene calidades y, desde
luego, es una gran figura, con todo lo que conlleva. Porque es señal de
que actúan las pasiones; los partidarios del torero rival y los del
actuante se enfrentan. Todo ello es de magnífico resultado para la
fiesta. Porque no hay que olvidar que a parte de los toros, la sostienen
los gestos de los que las torean y matan.
Porque Enrique Ponce estuvo toda la tarde matemáticamente torero.
Desde que recibió a su primero, al que hizo un excelente quite y colocó
en suerte con clase y con sabor, prendió en el público, aunque algún
sector le regateara méritos. La faena a este toro, bravo y rápido en
la embestida, fue un compendio de buen hacer torero. No era cuestión de
torear más o menos bonito, estético o impávido, sino ajustarse a las
características del animal, siempre buscando el mejor resultado. Si los
primeros naturales fueron rapidillos, tuvieron sabor, porque, en contra
de su costumbre, remató muy atrás y con la muleta baja. La distancia,
siempre la justa, la ideal para que se viera el ímpetu del toro y las
maneras del torero. En definitiva, faena buena, en ocasiones
extraordinaria, y en otros momentos, por debajo de las excelencias del
toro. También dejó pasar demasiado tiempo entre las acciones, lo que
dejó lagunas de tiempo en que el entusiasmo decayó. No obstante, una
gran labor rematada de formidable estocada en su ejecución, derecho y
firme en los tres tiempos de la misma.
La faena al quinto, de libro. El toro no tenía largo recorrido y,
con su juego con las distancias, hizo que poco a poco lo alargara. Le
dio el sitio perfecto, siempre la media distancia, para ayudarlo. El
toreo se basa, entre otras muchas cosas, en el conocimiento y dominio
del espacio. Ponce acopló su velocidad a la del animal y, siempre
dominando la situación, compuso una labor pausada, y más continuada
que la anterior. No es fácil esa técnica ya que es el resultado de
pensar en la cara del toro, algo que sólo hacen bien, por supuesto,
escasos privilegiados. Consciente de su responsabilidad, atacó derecho
con la espada y, aunque cayó algo baja, muy poco, fue un buen broche a
su actuación.
Curro Vázquez no hizo nada con el capote. Con la muleta se lo pensó
en cuatro muletazos por bajo y, lo que es la inspiración, lo llevó al
centro del ruedo a base de naturales con la derecha, es decir, uno
diestro y el contrario, trinchera; así cuatro o cinco veces. La plaza,
rezumando sabor torero, se relamía. Ya no hubo más maravillas al
intentar torearlo con la izquierda. Algún destello precioso con la
derecha y nada más. Fue suficiente para que la afición degustara el
arte, aunque fuera en pizquitas.
En el cuarto, mansote, leves intentos, pero ya no había fuelle. El público,
su gente, se impacientó, más que nada porque pensaba, posiblemente con
razón, que podía y debía haber hecho más. Es la ley de la vida. Con
la espada, mejor no contarlo. Una lástima.
Antón Cortés toreó bien con el capote al toro de la confirmación.
Comenzó en el centro del ruedo con pases por alto, muy ceñidos. Citó
desde largo también con la derecha y cinceló tres preciosos naturales
que hicieron resonar los olés. Pero ya el animal, que había blandeado
en las primeras de cambio, dobló las manos en los naturales siguientes,
y cada vez más, embistió muy corto. Cortés probó otra vez con la
diestra, sin más consecuencias. Con la espada, mal, ya que atacó sin
convicción y con el brazo suelto.
Todo lo contrario en el sexto. Era su última oportunidad, y ahí está
el mérito, se arrancó, derecho como una vela, para cobrar un
estoconazo, pelín bajo, que le puso en la mano la oreja del toro y el
triunfo en su confirmación. Anteriormente comenzó con ayudados por
alto, cites con la mano izquierda, demasiado en corto y fuera de sitio,
por lo que el animal, al sentirse agobiado, no culminó la arrancada lo
largo que debiera. Tomó más distancia en la siguiente tanda con la
derecha, en la que desarrolló buen gusto y cierta cadencia gitana que
aromatizaba la acción. En el mismo espacio, más con la diestra, y
templándose con el toro. Ya el público estaba con él, y aunque los
dos siguientes naturales no fueran perfectos, el tercero, liándoselo
casi a la cintura, de clamor. Los naturales que finalizaron la faena,
con cites demasiado cercanos, no tuvieron tanta calidad, ya que los
remató con la muleta demasiado alta. Faena de principiante, pero con
cosas muy buenas que, de seguir en ese son, augura un halgüeño
porvenir.
Marc
Lavie. RÉPLIQUE D'UN MAESTRO.
Trois jours après le triomphe, contesté, de José
Tomás dans ces mêmes arènes, Enrique Ponce a donné la réplique en
grand maestro, obtenant trois oreilles et sortant en triomphe jusqu'à
la calle Alcalá.
La polémique n'a pas, non plus, été absente de ce
triomphe de Ponce. Comme ce fut le cas mardi pour Tomás, la deuxième
oreille du troisième toro accordée à Enrique a été fortement
protestée, et pour tout dire exagérée, en se référant au barème
habituel des oreilles de Madrid. Mais ce barème est discutable depuis
le début de la saison. Comment expliquer, sinon, l'oreille coupée
dimanche dernier par Luguillano pour une seule estocade, après avoir été
bien en dessous d'une grande corrida de Valdefresno ? Logique donc, de
voir récompensés ceux qui toréent vraiment…
En dehors de cette polémique – on dit que c'est le
sel de la Fiesta – il y a eu de la passion en piste et sur les gradins
car on a eu droit, encore une fois dans cette feria, à une grande
corrida.
Les préliminaires étaient inquiétants : plus de
vingt toros avaient été examinés par les vétérinaires et le lot
attendu de Javier Pérez-Tabernero, d'origine Atanasio, ne put sortir
complet. C'est regrettable, car les quatre toros combattus ont montré
beaucoup de vertus : de la bravoure face au cheval et de la classe à la
muleta pour au moins trois d'entre eux, le quatrième semblant plus avisé.
Bon point pour cette ganadería et bonne nouvelle pour nos organisateurs
du sud-ouest, puisque deux lots de ce fer ont été réservés à
Bayonne et à Mont-de-Marsan.
Enrique Ponce donna d'entrée le ton face au troisième,
par trois magnifiques véroniques d'accueil et une demie à encadrer. La
lidia de ce toro brave fut un modèle. L'animal poussa longuement, avec
conviction, sous la première pique de Manolo Quinta. Enrique le retira
par un précieux quite, par deux delantales avant de le remettre en
place, avec adresse et élégance, jonglant avec la mante au rythme de
ses pas, pour la deuxième rencontre qui fut plus brève. Très peu de
coups de cape au deuxième tiers et deux très bonnes paires de Mariano
de la Viña. Ponce commence la faena au centre, en donnant de la
distance et en mettant en lumière la charge brave et franche du toro,
qu'il fallait cependant pouvoir soumettre et canaliser, ce qui fut
merveilleusement fait lors d'une faena de séries courtes, variée dans
les enchaînements, résolvant toutes les situations et retenant
l'attention du fauve qui eut parfois tendance à gagner les terrains du
toril. Un molinete précéda sur la fin une série magistrale à droite,
avec des doblones genou plié parfaitement toréés et une terminaison
basse majestueuse en relevant le corps. Une magnifique estocade, d'effet
foudroyant, fit rouler l'animal au pied du belluaire et la plaza
s'enneigea de mouchoirs. L'octroi de la deuxième oreille provoqua une
division aussi forte que pour Tomás mardi.
Le cinquième toro, de José Luis Pereda, était un
client sérieux, haut, âgé de cinq ans et redoutablement armé, qui
resta court dans les leurres en début de combat. La lidia de Ponce et
de sa cuadrilla fut un nouveau cas d'école. Antonio Saavedra sut châtier
avec mesure du haut de son cheval et les banderilleros ne commirent
aucune erreur, menant le deuxième tiers de façon rapide et efficace.
L'exemplaire de Pereda en fut reconnaissant, car il s'améliora peu à
peu et termina avec de la noblesse et de la classe dans la muleta,
surtout à droite. La faena fut un bijou, commencée en baissant la main
et en dressant le corps sur deux superbes séries droitières, les pieds
rivés au sol. Enrique passa à la gauche par le biais d'une trinchera
et d'une délicate passe des fleurs, pour des naturelles bien conduites.
Puis, il y eut trois redondos, trois circulaires complètes, de 360 degrés
chacune (soit un total de six pi en radians) qui dressèrent la plaza
comme un seul homme, avant les mignardises qui précèdent l'instant
suprême. Une entière légèrement desprendida, en basculant sur la
corne, aussi foudroyante que la première, et énorme oreille, car la
faena nous sembla, en profondeur et en esthétique, supérieure à la
première. Le tour de piste fit, d'ailleurs, une quasi unanimité sur
les gradins. Si la troisième oreille peut être contestée, la sortie
en triomphe d'Enrique ne nous semble guère souffrir de la moindre
discussion.
On pourrait résumer cette corrida au triomphe de
Ponce, mais il serait injuste d'oublier la très digne confirmation
d'alternative du jeune torero gitan d'Albacete, Antón Cortés, fils et
neveu de toreros. Le premier toro fut le plus fragile mais la caste
reprit le dessus et l'animal termina son combat avec un bon parcours. La
faena du jeune docteur, commencée au centre par des statuaires, comprit
deux bonnes séries à droite mais se dilua peu à peu dans les pauses
et manqua de rythme. Il tua d'une demie au deuxième assaut. Le sixième,
également limité de force, fut très noble et Antón montra beaucoup
de décision et d'application, parvenant à lier des passes d'excellente
facture, avec une élégance naturelle qui laisse espérer. Il porta une
belle estocade et coupa la quatrième oreille du jour.
Curro Vázquez, qui faisait ses adieux – dit-il –
à Las Ventas, fit exagérément piquer le brave deuxième en trois
rencontres, ration de fer qui semble être incontournable pour que le vétéran
puisse s'y mettre ensuite devant. Il y eut de très beaux détails en début
de faena – une trinchera par ci, un début de passe par là – autant
de touches artistiques dans un ensemble sans continuité, avec plus de décision
que de quiétude. Le quatrième fut le toro le plus lourd et de moindre
classe et l'ébauche de faena ne fut qu'un bref S.O.S.
Après les désastreuses ferias de Valencia et de Séville,
le pessimisme semblait de rigueur. En moins d'une semaine, on a vu plus
de triomphes, de faenas et de bons toros à Madrid qu'en quelques années.
Pourvu que cela dure, car nous ne sommes qu'à l'Équateur de la
Isidrada. Quand on sait la répercussion d'un événement comme la San
Isidro, c'est une grande bouffée d'oxygène pour la Fiesta. (M.L.)
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