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16ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del domingo, 26 de mayo de 2002
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
Ganadería: Toros de Ramón Flores,
mansos y deslucidos.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El
País, ABC, La Razon.
El País.
Antonio Lorca. Tristeza
Reinó toda la tarde un raro ambiente de desánimo y tristeza,
impropio de un espectáculo colorista como debe ser una corrida de
toros. Las opiniones se dividían sobre si la causa era el viento
molesto que sopló o el frío reinante que congela los espíritus. Los más,
sin embargo, argumentaban que todo se debía a la decepción sufrida por
el discreto puesto alcanzado por Rosa en Eurovisión.
'¡Pero, señores, por favor...!', espetó uno con cara de
aficionado. 'Pues no se crea usted', comentó otro de más allá, 'que
eso ha sido un palo para todos...'. '¡Patrioteros...!', se oyó a lo
lejos.
Sea como fuere, lo cierto es que la tarde nació desvaída y murió
sin pulso. A ello contribuyeron los toros de Ramón Flores, un moruchada
de animales sin clase, sin fuerzas, sin casta, sin bravura, sin nada...
Y los toreros, modestos y necesitados de un triunfo, poco pusieron de su
parte para superar la adversidad. No sería lógico pensar, sin embargo,
que unos y otros padecieran también el síndome de Tallín, pero nunca
hay que descartarlo.
Manolo Sánchez, mire usted por dónde, venía vestido de catafalco y
oro, muy elegante, eso sí, pero -lagarto, lagarto- parecía invitado a
un funeral. Su cara y su disposición cerraban un cuadro muy apropiado
al color del traje. El viento fue su gran enemigo en el primero, pero no
menos que su evidente falta de ánimo. Se empeñó en torear donde más
soplaban las rachas, y, entre los elementos, la corta embestida del
animal y sus pocos recursos; aquello nunca tuvo color. Desistió muy
pronto y montó la espada.
Salió con otro ánimo en el cuarto, o eso parecía, pero el toro lo
desbordó en los lances de salida, le arrebató el capote y el torero
tuvo que tomar el olivo de mala manera. El animal era una birria, pero
se lo llevó a los medios y allí consiguió una tanda de redondos
vistosos y largos, cerrados con un bonito pase de pecho. Eso fue todo.
Entre su fragilidad y los defectos de sus oponentes, pasó con más pena
que gloria.
Tampoco anduvo muy allá Javier Vázquez, más decidido, eso sí,
pero dos mansos muy deslucidos y ásperos le impideron cualquier
lucimiento. Los dos embistieron -es un decir- con la cara alta y al
paso, mientras el torero se debatía entre su mala suerte y su
desconocimiento técnico.
El único que a punto estuvo de salvarse de la quema fue Ramírez. Y
no se salvó por el mal manejo de la espada. Por lo demás, muy valiente
y decidido, se lució en un ajustado quite por chicuelinas en el primer
toro de Vázquez, y recibió a su primero con dos largas cambiadas en el
tercio y buenas verónicas a pies juntos. Citó muy cerca con la muleta
y consiguió algunos redondos aceptables y un natural largo. Pero hubo más
enganchones que pases, lo que continuó en el sexto, en el que combinó
la buena colocación con el toreo moderno y mató muy mal. De cualquier
manera, dejó constancia de sus ganas, que no es poco.
'Si llega a ganar Rosa, esto hubiera tenido otro color', concluyó
una espectadora mientras bajaba las escaleras. El de 'patrioteros' la
miró con desdén...
ABC.
ZABALA DE LA SERNA. «Ubre
Blanca» era brava
Es una deducción oficiosa de un estudio que
elaboran científicos cubanos una vez comprobado in situ el juego de los
toros de Ramón Flores: «Ubre Blanca», vaca símbolo de la dictadura
castrista, pudiera ser brava. De incógnito, miembros del Ministerio de
Agricultura del tirano, que investigan la posibilidad de clonar a «Ubre
Blanca», asistieron a la Monumental de Las Ventas. La posibilidad de añadir
células de la raza del toro de lidia al experimento de resucitar
mediante un clon a la legendario animal que en el 82 batió el récord
de producción de leche en un día -casi 110 litros- provocó la visita.
Pero, cuando arrastraban al último toro de la tarde, los científicos
estimaban que en la sangre de «Ubre Blanca», un engendro cruzado de
Holstein y Cebú africano, según hemos leído en algún medio, quizá
hubiera más casta, pues una vez quiso embestir al negrito zumbón que
trataba de exprimir su superdotada ubre. A su muerte le dedicaron un
obituario en el diario oficial del dictador, le erigieron una estatua y,
de manera previsora, congelaron algunas células, que hoy sirven de
esperanza para crear una hermana gemela, o varias, que palie la carencia
de leche y calcio de los cubanitos. Los científicos descartaron ayer
importar células de los ejemplares de Ramón Flores, que además de no
embestir ni siquiera dan leche como «Ubre Blanca». Mejor, sin duda,
escudriñar en los antepasados africanos de la simpática vaquita que en
el árbol genealógico de los toros de ayer. Claro, que el peligro de
que en Cuba se domine la técnica de la clonación no radica tanto en la
obtención de una nueva «Ubre Blanca», sino que se empiece por una
vaca y se acabe por clonar a Fidel, para gloria y disfrute de toda la
progresía, que siempre nos habló que el paraíso de la libertad se
encontraba allí y al otro lado del Muro.
A la muerte de los toros de Flores, nadie ha planteado, sin embargo,
la posibilidad de levantar un monumento o escribir un obituario que no
sea éste, ni mucho menos clonarlos. Si al menos hubieran cantidades
ingentes de leche...
Si en el estudio comparativo cubano «Ubre Blanca» era brava, en el
análisis de un aficionado, por contraste con sus compañeros, Alberto
Ramírez forma parte de la Legión por su valor y decisión. A Ramírez
le salvó el ánimo del que dispuso en su actuación, un estado que ni
se aproximaba al de Manolo Sánchez y Javier Vázquez.
El joven castellonense recibió al trotón tercero con dos largas
cambiadas y luego muleteó con voluntad, aunque problemas de temple
motivaron que no aprovechara con limpieza las más aceptables embestidas
por el pitón izquierdo. Con el rajado sexto se peleó cerca de toriles
y aguantó algunos cobardes cabezazos con entereza. Los repetidos
errores con la espada, al hilo de las tablas, emborranaron su tesonero
hacer.
Ni si quiera a eso llegó un precavido Manolo Sánchez, que ni con el
noblote cuarto, que se desplazaba, se confió lo más mínimo. Por su
parte, Javier Vázquez suplió con muchos minutos de faenas sus
carencias y, por supuesto, las de sus enemigos, deslucidos como el
resto. En su descargo también hay que reseñar que influyó el
permanente viento, que condicionó todas las lidias y la elección de
los terrenos.
Recordemos, pues, a «Ubre Blanca» como paradigma de bravura. Amén.
La Razón. JUAN
POSADA. Toros y toreros de feria, pero no lo
parecieron
La corrida resultó como se esperaba: Un
cartel de relleno para cumplimentar una fecha más en San Isidro con
toros casi desconocidos, de la Asociación de Ganaderos, anteriormente
mal llamados «de segunda». Eran de ascendencia Atanasio y salieron con
el mismo son de sus parientes. Incluso algunos, cuarto y quinto, con la
templanza apropiada para hacerle el toreo despacioso que tanto gusta.
De todas formas no fue corrida, a
priori, para esta Feria tan importante, o al menos así lo cree la
generalidad, que exige los mejores carteles con toros de primera. Todo
lo que no sea eso es jugar con fuego. Las entradas son caras, y aunque
asistir a este prestigioso ciclo ¬acto social¬ está de moda, la gente
se cansa cuando no se divierte. Y la única manera de que eso sea
posible es con toros apropiados y toreros con ilusión de llegar arriba.
Ayer sólo cumplió con esos requisitos Alberto Ramírez, el más joven
de la terna y el que, por su trayectoria y por lo que se pudo apreciar,
el más ilusionado.
El caso es que, aunque descastadillos,
los toros, sin exceso de cornamenta, se dejaron estar y, más, hasta
permitieron «que se les montaran encima», como se dice en el argot
taurino, cuando el torero echa coraje, como le ocurrió en algunas
ocasiones al benjamín Ramírez. Por eso, no extraña que las grandes
figuras estén millonarios y disfruten del crédito del personal.
Algunos de los toros de ayer les hubieran servido de cabalgadura a los
que dominan el escalafón. Lo que no es de recibo es acudir a la plaza
de Las Ventas, con lo que ello significa, a la espera de que salga un
toro potable y cuando aparece, como sucedió ayer, se desaprovecha.
Manolo Sánchez y Javier Vázquez dejaron escapar una oportunidad de oro
para reivindicar sus respectivas carreras. Así es imposible hacerlo. Lo
primero es querer y ayer, si así hubiera sido, otro gallo hubiese
cantado. En descargo, todo hay que decirlo, el viento reinante no
favoreció la gesta. También es cierto que en un sector de la plaza, en
las inmediaciones del tendido cinco, se podía estar más
desahogadamente. Así lo vio Vázquez en el segundo, aunque luego se
olvidara de ello. Pensar en el ruedo es importante, sobre todo cuando se
está decidido a aprovechar todas las oportunidades. Pero para eso hay
que querer y creer en lo que se va a hacer.
Manolo Sánchez no se confió con su
primero, un toro que se quedaba corto y tampoco humillaba demasiado.
Pruebas y más pruebas cuando el ventarrón era más fuerte. Pero lo que
no es disculpa para ejecutar la suerte de matar correctamente.
El cuarto se le cruzó de salida hacia
las tablas con mucho peligro; al final, siguiendo su querencia, lo
persiguió hacia los tableros obligándole a brincarlos. Mejoró en el
último tercio, ya que embistió con nobleza y suavidad. Sánchez,
siempre con la muleta retrasada y sin ánimo aparente, no lo dejó ver
al llevar la muleta demasiado alta al final de cada pase, lo que
obligaba al toro a derrotar. Ante las protestas, se dio cuenta de que el
toro era muy potable, lo sacó fuera y, más decidido, interpretó el
toreo con la derecha con buenas formas y temple. Los naturales, siempre
con el engaño muy retrasado y abusando del pico, no se parecieron en
nada a los anteriores. Y así, dejando pasar el tiempo, desaprovechó
las buenas condiciones del animal, idóneas para su buena forma de
ejecutar el toreo. Pero no.
Javier Vázquez intentó con buen ánimo
meter en la muleta al descastado segundo, que no le hizo demasiado caso.
Pases en los que el animal apenas miraba el engaño. Tan soso que a
pesar de el interés del torero, ni los naturales ni los pases de pecho
finales tuvieron eco en los tendidos.
Con el quinto, muchas pruebas sin
decidirse a centrarse con él. Por fin, aunque sin demasiada confianza,
instrumentó algunos naturales, con la muleta demasiado alta, como
queriendo hacer ver que el toro no iba. El personal se dio cuenta de lo
contrario y se enfadó. Cuando Vázquez quiso empeñarse de verdad, ya
el toro había perdido el ímpetu para los veinte o treinta pases que
llevaba en la barriga.
Ramírez estuvo muy animado toda la
tarde. Recibió con dos largas y lances a pies juntos al tercero, al que
realizó una valerosa faena que aunque con el defecto de dejar en
demasiadas ocasiones la muleta retrasada. Lo intentó todo aunque pecó
de actuar siempre a la espera; no le buscó las cosquillas al animal
para incitarlo a repetir las arrancadas.
Con el sexto, manso, se mostró valiente
y logró algunos muletazos de buena factura. Prosiguió con el defecto
de esconder la muleta tras el cuerpo, lo que le costó algún susto.
Faena valeros aunque sin acoplarse definitivamente. Con el valor que
empleó, si hubiera utilizado la técnica de adelantar un paso al final
de cada muletazo y así obligar al animal a continuar otra arrancada, la
compensación hubiera sido mayor.
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