GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

24ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del martes, 3 de junio de 2003 
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Dolores Aguirre, (cinco fueron rechazados en el reconocimiento); el 1º, devuelto por inválido; bien presentados, muy blandos y descastados; el sobrero, de Criado Holgado, manso y peligroso; 2º y 3º, de Carlos Núñez, el 1º, manso y descastado, y el 2º, devuelto y sustituido por otro de José Vázquez, manso y con genio.

Diestros: 

  • Pepín Liria, estocada muy tendida que hace guardia, un pinchazo, media -aviso- y dos descabellos (silencio); seis pinchazos -aviso- y un descabello (silencio).
  • Juan José Padilla, estocada atravesada, dos descabellos y el toro se echa (silencio); tres pinchazos y estocada baja (silencio).
  • El Califa, estocada muy trasera (petición y dos vueltas); estocada desprendida (dos orejas).

Incidencias: El Califa sufrió un pequeño puntazo en el muslo derecho y una hipoglucemia (bajada de azúcar) en la lidia de su primer toro. El diestro, debido al fallecimiento de su padre el domingo, había comido muy poco, lo que unido al esfuerzo realizado ante su primero toro, desembocó en la hipoglucemia.

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, Diario de Cádiz, ABC


El País. Antonio Lorca. El Califa, por la puerta grande

El Califa salió por la puerta grande de Las Ventas al cortar dos orejas al último de la tarde, un toro manso y huidizo en una faena muy emotiva en la que destacaron, especialmente, la decisión y la valentía del torero valenciano. Decisión que explicó con un toreo de quietud, manos bajas y templanza, sobre todo con la mano izquierda en unas tandas perfectamente ligadas con el pase de pecho.

El sexto era un cobarde y muy flojo al que recibió de muleta con un pase cambiado por la espalda, y el animal huyó a la puerta de toriles. El Califa inició la persecución y el toro, la huida. Aun así, le arrancó algunos muletazos aislados. Sólo sus ansias de triunfo explican que embebiera al toro en la muleta y su insistencia tuvo el regalo final de unos naturales largos, profundos y muy templados que llevaron la locura a los tendidos. Una tanda final con la derecha, muy ceñida, dejó claro que el torero había impuesto su ley. Se tiró a matar como un león y le concedieron los máximos trofeos.

En su primero, el presidente se ganó una bronca de campeonato porque negó la oreja que una parte de la plaza solicitaba para El Califa tras una labor emotiva pero de tono menor. Acertó el presidente y erraron todos los que creyeron ver un faenón en lo que no fue más que una labor acelerada y embarullada de un valiente. Pero la plaza, cansada de tanto aburrimiento, optó por la sensibilidad ante un torero que ha enterrado a su padre hace unos días y a quien recibió con una cariñosa ovación cuando acabó el paseíllo. El Califa brindó al cielo y se dobló por bajo muy toreramente con un manso que desarrolló genio y mala clase. Arrancó muletazos con la derecha, sin hondura ni templanza, pero que despedían la emoción de un valiente ante el peligro. Así, alternó muletazos enganchados, medios pases y un pase de pecho final largo y lento. Mató de una estocada muy trasera y la sensiblería se apoderó de la plaza. Le obligaron a dar dos vueltas al ruedo, exageradas a todas luces, y llegó la bronca final al presidente, que defendió con su actitud el prestigio de una plaza que los propios espectadores degradaron con su protesta.

Tras la emotividad sensiblera, la realidad de la ruina ganadera actual. Fracaso sin paliativos de la ganadería de Dolores Aguirre y desastrosos remiendos de Núñez y los dos sobreros. Inédito quedó Liria con un lote poco propicio para el lucimiento. Un manso que desparramaba la vista le tocó en primer lugar, y se justificó con valentía. Arrancó algunos muletazos estimables al blando quinto, y a los dos mató muy mal. Padilla, que se presentó vestido para actuar en la ópera Carmen más que para torear, mostró todas sus carencias, que son muchas, con capote y muleta. Puso banderillas con facilidad y toreó, es un decir, con toda la vulgaridad imaginable.


Diario de Cádiz. JUAN MIGUEL NÚÑEZ.  

La tarde, y de momento la feria, del Califa. Una emocionante actuación, muy completa. Se equivocó al negarle la oreja del tercero. La plaza entera pedía el trofeo.

Porque por la forma en la que se desarrollaba la corrida, de sustos y atragantones para los toreros, de miedos que subían al tendido por lo complicado de los toros, y por la disposición y la firmeza que tuvo El Califa frente a ese tercero, se mereció de sobra el apéndice.

¿Que no fue faena de exquisiteces? Esta vez no hacía falta, ni era posible. Había que juzgar, como lo entendió la plaza, al torero en función de las condiciones del astado.

El de Carlos Núñez se emplazó de salida, buscando hierba, con la cara entre las manos y huido, no fue fácil hacerse con él. El Califa entendió que había que andarle para atrás, hasta que el animal se confiara. Y luego, lo más importante, tragarle. El de Núñez medía mucho al torero antes de pegar cuatro arrancadas seguidas, o cinco, o seis, sin dejar respirar. Toro con genio y muy fiero.

A veces, todo hay que decirlo, el hombre estuvo tan apurado, que se defendió cortándole el viaje. Pero en general aguantó, y con estoicismo. Tragó El Califa lo que no hay en los escritos.

Luego El Califa entendió al manso sexto dándole la distancia y los espacios necesarios. Huido en cada muletazo, le buscó, obligándole a volver, y una vez en el canasto, se sucedieron los pases largos y hondos, despacio y por abajo. La técnica, procurando siempre darle los adentros, obró el milagro, aunque esta vez hubo más, magia y duende.

Liria fue de valiente, aunque solo en el primero. Todo quedó en un honrado proyecto. Ya en el cuarto, con mucha mejor condición, Liria se arrugó más.

Padilla puso mucha voluntad en sus toros, aunque la nula condición de los mismos, no le dejó redondear. A su primero lo recibió frente a chiqueros con larga cambiada que repitió en el tercio. El toro, incierto y sin humillar, se arrancó siempre por sorpresa, tragándose los muletazos muy espaciados. Muy descastado el quinto, tomaba los engaños al revés. Blando, no estuvo nunca por la pelea. Hay que resaltar sus espléndidos tercios de banderillas
.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Por la Puerta Grande, en el nombre del padre

El dolor calaba la mirada triste y desarraigada de El Califa por la muerte reciente de su padre. En su nombre, en su memoria, había que matar o morir, triunfar o morir, salir por la Puerta Grande o morir. La fotografía que hace tres años no se consumó por caer herido, también con los doloresaguirre, se plasmó ayer en el tiempo de la prórroga, en el tiempo justo, tarde para que el señor Pacheco la guardase en la cartera, en el album familiar, sobre la cómoda de pino. El Califa salió como los que nada pueden perder ni les importa... Volvió de la enfermería, después de que un sobrero de José Vázquez le rajase la taleguilla y a poco el muslo. Ya entonces estuvo aguerrido, con uñas y dientes, armado de valentía y voluntad hasta los dientes y desarmado de técnica en la lidia del manso, todo corazón y deseos de cumplir con el brindis al cielo, en el nombre del padre... La gente solicitó una oreja con fuerza tras la faena, prologada rodilla en tierra como castigo a un toro que dispuso del ruedo a sus anchas, pero que ya en el capote, cuando por fin lo corrió hacia atrás y lo recogió, descolgó por el pitón derecho, que todavía sorprendió a propios y extraños tras la infame brega de enganchones de Kaito. El Califa se puso luego allí, por el lado izquierdo, tragando a base de redaños; cuando cambió de mano el bruto respondió, aunque no siempre le empapase de muleta, aunque no corriese la mano, muy codillero, dejándose las embestidas encima, en una especie de chicotazos que no mandaban. Mas lo que realmente ordenaba en El Califa era esa decisión, el brindis, la memoria del padre, para no moverse. Mató a paso de banderillas, con el animal arrancado, y cazó la estocada a la par que la taleguilla se rasgaba por el pitón. La pañolada no encontró eco en el palco, que después compensó la última faena con la Puerta Grande, cuando El Califa jugó aquella muñeca izquierda que nos conmovió hace cuatro años con un toro de Cuadri en Valencia, hace tres aquí. Y lo hizo con un manso, como fue toda la corrida, rajado en tablas, al que consiguió encelar en la zurda, tras un principio en los medios con un pase cambiado por la espalda. El doloresaguirre cedió ante la insistencia de Pacheco para que no se le fuera el toro, que marcó los terrenos con sus huidas, y tiraba coces mientras el torero tiraba de los naturales en medio de una emotividad que crecía según lo metía en el canasto y, ahora sí, corría la mano, a conciencia en los derechazos largos, muy largos, finales. Y el toro rompió poco a poco para hacerle cumplir con la memoria de los muertos, que es la más sagrada. Agarró la estocada, un punto desprendida; el gentío quería la oreja y la anterior contenida o escondida, y logró ambas, y El Califa, la foto, la salida a hombros en el nombre del padre.

El tono del festejo fue de mansedumbre, como la del gigantesco y terrible sobrero de Criado Holgado que se quería comer a Pepín Liria por el pecho, sobre todo por el pitón izquierdo, infumable como el espadazo que asomó por el costillar. Los cuatro toros que pasaron de Dolores Aguirre blandearon, el primero devuelto, y el cuarto entre rebrincado y claudicante, con un Liria poco templado, a la pala y de recogida.

Juan José Padilla, salvo en las banderillas -nada del otro mundo- y a portagayola, en un par de largas cambiadas, pobre, trapacero y amontonado con la muleta, con un frenado parche de Núñez y un quinto rajado de la ganadería titular.