GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

16ª de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del lunes, 26 de mayo de 2003
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

Ganadería: Rechazada la corrida anunciada de Núñez del Cuvillo. Cinco toros de Astolfi -el 6º, devuelto por inválido-, justos de presentación, astifinos y muy flojos; al 5º, de El Ventorrillo, bravo y encastado, se le dio la vuelta al ruedo; el sobrero, de la misma ganadería, bien presentado y descastado.

Diestros: 

  • Finito de Córdoba, bajonazo a paso de banderillas (bronca); pinchazo y casi entera (bronca).
  • Uceda Leal, pinchazo y estocada caída (silencio); estocada trasera y desprendida y un descabello (división).
  • Morante de la Puebla, dos pinchazos -aviso- y tres descabellos (ovación); pinchazo y casi entera perpendicular y caída (silencio).

Entrada: lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC.


El País. Antonio Lorca. Un toro y un natural

Hubo un toro de puerta grande, ¡ya era hora!, bravo y encastado, el quinto de la tarde, de nombre Ca nti nero, de 531 kilos de peso, de la gandería de El Ventorrillo, al que se le dio la vuelta al ruedo con todo honor y merecimiento. Un toro codicioso y agresivo que acometió el capote con alegría, acudió al caballo a galope tendido y llegó a la muleta loco por embestir, incansable e inasequible al desaliento. Fue un torrente de bravura, ejemplo perfecto de que el toro existe, y ese toro da sentido y emoción a este espectáculo. Una suerte para la vista.

La mala suerte fue de Uceda Leal ("Pídele a Dios que no te toque un toro bravo", decía Juan Belmonte), que pasó fatiguitas de muerte de principio a fin. Ni él ni la mayoría de la torería andante está preparada para someter y torear a un toro bravo. Uceda lo intentó con su cuerpo y con su alma toda, pero comprobó desesperado cómo el toro lo desbordaba, no lo dejaba respirar y se lo comía literalmente en cada encuentro. Lo intentó con vergüenza torera por ambos lados, pero se colocaba mal, retrasaba la muleta y el toro siempre le ganó la partida.

Hubo también un natural largo, inconmensurable, profundo y bellísimo. Un natural que sólo puede firmar un artista. Fue al final de la faena, y la plaza entera crujió como sólo ocurre ante chispazos henchidos de emoción. La pena es que sólo fue uno, y la miel se quedó en los labios por lo que pudo haber sido y no fue.

Morante, el autor de tan artístico trazo, se presentó en Las Ventas en un duro examen consigo mismo, y quiso aprobarlo desde el principio. Para empezar, se abrió de capa con galanura, bajó las manos y alguna verónica desprendió el aroma de la belleza. Participó después en un quite con dos chicuelinas muy garbosas y una verónica honda; tomó la muleta con prontitud, la mojó con cuidado y ya se notaba en el ambiente el presagio de toreo grande. Comenzaba el examen final y definitivo entre un animal de escasísimas fuerzas y noble comportamiento y un torero con el ánimo renovado. El inicio por bajo, hondo, pero pronto comenzaron los enganches, la falta de mando y el lucimiento en los adornos más que en el toreo fundalmental. Hizo el torero un extraordinario esfuerzo, pero a su labor le faltó ligazón, temple, orden y quietud. Sólo al final llegó el milagro de ese natural largo para el recuerdo y otros dos más de bella factura. Fue un examen aprobado por los pelos.

El resto de la corrida careció de historia. Uceda Leal, en su primero, un manso inválido, se diluyó en una labor espesa y sin brillo, tan vulgar como la cansina embestida del toro. Morante devolvió la papeleta del examen en el sexto, un toro blando y poco claro que no le permitió la confianza necesaria para el aprobado. Tiró líneas, probó con precauciones y dijo a los cuatro vientos que su recuperación no está cercana. Y Finito parece irrecuperable. Su labor estuvo presidida por la inhibición y la ausencia de torería. Lo abroncaron con razón. Así no se puede ir a Madrid.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. La fantasía de Morante de la Puebla y la imaginación de un presidente

Tarde de pasión y polémica. La fantasía de Morante y la imaginación de un presidente; la gracia y la desgracia. Trazos gráciles con un toro de ensueño de Astolfi y pañuelazo azul para un toro encastado de El Ventorrillo, pero que cantó en el segundo puyazo y se salió suelto, como en el tercer encuentro, señor Lamarca.

Morante de la Puebla halló el material perfecto en el temple y la maravilla de «Barbero», un bombón desde la pastueña salida, arcilla para moldear unas verónicas acompasadas, rabiosamente morantistas; las chicuelinas de un quite de mano a rastras se sublimaron. Prólogo sentido el de la obra muleteril, con un pase de pecho por la hombrera contraria para saborear. La faena tardó un poco en coger vuelo, con unos tiempos muertos absurdos: ¿que lío se traía con la muleta? Dos derechazos y pausa; otros dos buenos con sabor y otra interrupción. Faltaba continuidad y cruzarse al pitón contrario. Una tanda al natural no cuajó. Hasta que, por fin, tomó ritmo, la gente se calentó y Morante también, a pies juntos, y en uno que cerró el manojo, despatarrado y cumbre, rompió la cintura. Y de aquí en adelante la fantasía, los arabescos y adornos, un ayudado, un cambio de mano por la cara, los naturales que se desplegaban en la raya, donde fue toda la labor, salpicada de chispazos, guiños a la escuela de Sevilla, a la de Chicuelo, Pepe Luis y Manolo González. La gente lo gozó; gozamos el almíbar del toro de Astolfi, que duró mucho, el idóneo para una Puerta Grande que no se sabe ya cuando se le volverá a presentar tan clara y abierta. A la hora de matar pinchó, y luego no se le ocurrió otra cosa -otra vez como hace dos o tres años- que intentar la suerte de recibir. Al final, saludos.

Luego vino lo de Lamarca. Todo el aguante al que se aferró hace unos días para mantenella y no enmedalla con los alcurrucenes lo soltó pronto ayer el usía con un bajonazo a Uceda Leal, que bastante había sufrido con las repetidas embestidas temperamentales de su enemigo, que se creció en banderillas y arrasó en la muleta de un torero que no rehuyó la pelea, aunque se equivocase en no haber arrancado la faena con poder, por bajo, sometiendo y quebrando la acometidad para hacerse con él, antes de presentar la izquierda en los medios. El toro lo desbordó en ocasiones, pero Uceda estuvo por no rectificar terrenos, por ganar la pelea con unas armas demasiado inocentes para recuperar la opinión popular, que se había decantado por la prontitud del toro en el caballo, tanto en una primera vara, como otra en la que se piró con descaro -¡se piró, señor Lamarca!- y en una tercera en que se repuchó, sin tiempo a que casi le metiesen las cuerdas. Otra cosa fue la casta, que se vino arriba con muchos redaños, con un motor que funcionaba a unas revoluciones de infarto. Por mucho que le bajó la mano, no se rindió nunca, y embestía una y otra vez con una fuerza apabullante, ganándole la acción al hombre. El principio de obra bello pero sin mando, quizá sin medir las baterías del oponente: tres naturales bárbaros y otra serie zurda con mucho que torear, en la que el bruto se revolvió en su remate y en otra siguiente se le paró en mitad de la suerte. ¿Qué hizo Uceda? Le enseñó los tirantes con gallardía. No bastó, y el toro marcó el ritmo y los terrenos siempre. Difícil, nada fácil domeñar tanta casta sin sangrar. También tragó en derechazos que se sucedían al compás del animal, que se había ganado a la plaza. Ya no había nada más que hacer. Muerto el toro el presidente cedió a la mayoría, y Uceda se guardó en el callejón, derrotado.

El resto de la tarde no tiene más historia, salvo reseñar que Finito protagonizó el papel de desahogado que tan bien se le da, sobre todo con el noble cuarto.

 


Diario de Sevilla. LUIS NIETO. Fina orfebrería de Morante

La corrida prevista ayer, de Núñez del Cuvillo, cayó en los reconocimientos previos. En su lugar, se lidiaron cuatro toros de Astolfi -procedencia Núñez- y dos de El Ventorrillo -Juan Pedro Domecq-, que por su juego desigual propiciaron un espectáculo con distintas sensaciones y matices. Al primero de El Ventorrillo le premiaron con una inmerecida vuelta al ruedo. El viento molestó a la terna, que no pudo torear en los medios. Y la tarde, un abanico con numerosas sensaciones, se cerró con la sensata sentencia del respetable: bronca para Finito de Córdoba; división para Uceda Leal y ovación a Morante de la Puebla.

El tercero, un gran toro, Barbero, reconcilió a Morante con el público. Un toro en núñez, estrecho de sienes, muy bien construido, que rompió en suma nobleza y con fijeza en la muleta. El diestro de La Puebla consiguió momentos esplendorosos y bellísimos, aunque no cuajase a este nobilísimo astado. Morante compuso bien la figura con la capa, como en algunas verónicas de recibo y en otra más pura que se marcó junto a un quite por chicuelinas. Y con la muleta, faena desigual, con instantes de pinturería, dentro de su incuestionable personalidad, que empañó con enganchones. Faltó profundidad y ligazón a una obra que quedó en bella orfebrería. Brilló en un inicio notable, acompañando con la cintura al toro. Lo mejor surgió en dos series con la izquierda. En una de ellas, afloraron muletazos de frente de suma calidad. Un natural larguísimo y algunos remates, de orfebrería fina, como una trincherilla, un kikirikí o un cambio de mano, fueron auténticos carteles de toros. El público estaba entregado. Se mascaba premio. Pero, tras el fallo con los aceros, todo quedó en una cerrada ovación.

El sexto, protestado por supuesta cojera, fue sustituido por un sobrero de El Ventorrillo. Una mole de casi 600 kilos, que se astilló el pitón izquierdo de salida. En varas se dejó pegar. Y midió en la muleta. Morante mostró en este caso el reverso de la moneda, con un breve y desconfiado trasteo.

Finito de Córdoba cerró su participación en este San Isidro con una desgana y abulia palpable. Con el primero abrió en tono grisáceo su actuación. Sin garra, su labor se centró en el pitón derecho. Muchos pases y nulo sentimiento. El castaño, chorreao y bien armado de Astolfi, manso y flojo, tampoco rompió. No quiso saber nada del manejable cuarto.

Uceda Leal estuvo por debajo de su lote. No consiguió salir a flote con el segundo. Un toro serio, negro, bragado, que fue protestado por su ostensible flojedad y fue a menos. El diestro no se confió en una labor vulgar con un animal receloso, que se defendió en la muleta.

El encastado quinto, de El Ventorrillo, lo desbordó. Cantinero, de gran trapío, pronto en todos los tercios, cautivó al público. El diestro madrileño, sin claridad de ideas y acelerado, no logró centrarse. En la muleta no dio con la distancia apropiada. Muy encima, el animal le apretó. La labor por ambos pitones, voluntariosa, pero desacertada. Al toro le premiaron con una vuelta al ruedo excesiva. En varas, cabeceó algo en el primer puyazo y en otros dos, aunque acudió de largo, se fue del caballo sin empujar.

Morante de la Puebla, con más ilusión que en su comparecencia anterior, se reencontró con el público de Madrid y se alzó como triunfador en una tarde de muchas tonalidades.