|
|
|
Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del sábado, 15 de mayo de 2004
Crónicas del festejo
FICHA TÉCNICA
Corrida de toros
  
Ganadería: Toros
de Carriquiri
y de Ramón Flores (sin casta, mansos, inválidos para la lidia;
2º y 5º, devueltos)
Diestros:
Entrada: hasta la bandera.
Tiempo: soleado, agradeble.
Crónicas de la prensa: El
País, El Mundo, ABC
El
Mundo. JAVIER
VILLÁN. El perverso efecto de la mariposa
No se descarta que en algún lugar remotísimo haya a estas horas una tormenta de toros, un vendaval de casta brava, pese a las crisálidas reblandecidas y babosas que salieron ayer al ruedo de Las Ventas. O gracias a éstas. Ya se sabe, el efecto mariposa: una sucesión de elementos multiplicadores por la cual una causa levísima produce una consecuencia devastadora. El aleteo de una mariposa mismamente que, allá lejos, lejísimos, en un lugar inaccesible, se convierte en huracán.
El primer toro de Uceda Leal era mariposa blanda y lírica, aunque sin alas. Y como no tenía alas, aleteaba con los cuernos, que tampoco eran muy allá, o quizá con las orejas. En consecuencia, Uceda Leal manejó la muleta por la derecha como un soplo, como un ala suavísima de mariposa que, a lo mejor, en la otra parte del mundo conocido, ha producido en estos momentos ciclones de torería. O, a lo peor, es a la inversa; la mariposa estaba en otro lado remoto y desconocido, agitó sus delicadas antenas y éstas llegaron a Las Ventas convertidas en recio acero toledano mortífero y demoledor; con la espada, en su primero, Uceda Leal estuvo exacto. Así que la cuestión ésa de la mariposa puede que no tuviera en Las Ventas sus causas, sino sus efectos.
Un ciclón había arrasado los corrales y dejado a los núñez de Carriquiri vacíos, postrados y carentes del más mínimo espíritu de toro de lidia: sin cuerpo y sin alma. El quinto, que pasó a segundo por haber corrido turno, también estaba devastado y el señor Sánchez, ante tan ruinosa evidencia, volvió a tirar de pañuelo verde. En realidad, el señor Sánchez debió haber devuelto todos los demás. Pero eso es heroicidad casi nunca vista en la plaza de Las Ventas.
Hay en el palco de la que dice ser y llamarse primera plaza del mundo un benéfico sentido de la compasión por el toro tullido; un piadoso y samaritano instinto que lleva a los presidentes, en contra del instinto implacable del público, a tolerar ruinas y escombros metidos, como en un saco terrero, en una piel de toro. Bienaventurados presidentes y veterinarios porque algún día su bondad será recompensada. No sé cómo, pero lo será.
Los dos carriquiris, pues, de El Fandi volvieron a corrales donde los esperaba el puñal del matarife lleno de mariposas negras y metálicas: las mariposas de la muerte. Ignoro qué enjambre perverso se le había posado al primer sobrero porque no le quedaban pitones, sino brochas deshilachadas. Termitas roedoras, en vez de mariposas, habían incubado allí; pájaros carpinteros haciendo una labor de zapa y berbiquí. Empujó mucho el grandote toro en el caballo, topó violentamente en la muleta y El Fandi estuvo con las banderillas más impreciso que de costumbre.
Las mariposas malvadas en el inválido tercero venían, seguro, de Cataluña con los efectos nocivos de la tramontana del Ampurdán; efectos doblemente perversos, pues el desfalleciente animal, sobre cojo, quería cornear a Serafín Marín.
Malas vibraciones salían de chiqueros y peores se transmitían por los tendidos: el efecto mariposa en forma de mansedumbre y aburrimiento. Y un poco de torería y la espada letal de Uceda Leal, aunque pinchó una vez, en el cuarto, antes de otra estupenda estocada. ¿Es la torería también cuestión del efecto mariposa? ¿Qué es torería? El buen gusto, el porte, una forma de ser y de estar; de eso, como de espada, anda sobrado Uceda Leal. Sólo que la torería puede manifestarse en los buenos modales; pero, mayormente, lidiando un toro íntegro.
Por autoritario pudo llevarse El Fandi un disgusto. Tras clavar en la modalidad famosa del violín, frenó la carrera del segundo sobrero poniéndole la mano en la testuz. Y orgulloso de su hazaña, señalaba al toro con el dedo como diciéndole: quieto parao, de ahí no te muevas. Pero el sobrero se movió y El Fandi tuvo que salir por pies. Los toros, sean origen o final del perverso movimiento de las mariposas, ni olvidan ni perdonan; y el vencido animal se la guardó a El Fandi y tan pronto como se ponía a tiro le tiraba el viaje.
Horrenda corrida con mariposas o sin ellas, con abejorros o pájaros de mal agüero. Y un pequeño consuelo en el sexto: un quite muy suave por verónicas de Uceda Leal y respuesta impecable con el capote a la espalda, ceñidas gaoneras, de Serafín Marín. Y la brega perfecta de El Boni; y un par de banderillas, apretadísimo, de César Pérez. Horrenda corrida y no se veían mariposas por ninguna parte. Acaso, en chiqueros, horribles mariposas de sombra que envenenan las almas de los toros.
El
País. Antonio
Lorca. Tarde
de sopor
Entre la alarmante falta de casta y manifiesta invalidez de los toros y los chotis de la banda de música, la corrida del día de San Isidro resultó soporífera. Hay quien le echaba la culpa al santo y otros cargaban las tintas sobre el alcalde de Madrid, presente en el festejo, a quien recriminaron sus reiteradas ausencias del coso venteño. Era un forma como otra cualquiera de pasar el tiempo y no pensar en el suicidio como aficionado, que es lo que la situación requería. En el fondo, el público no se lo pasa mal. Es la ingenuidad del desconocimiento. Unos cuantos protestan, cada vez menos, y el resto asiente cuando alguien los manda callar. Parecen desconocer que el silencio es el mejor aliado de los enemigos de esta fiesta, de quienes tienen llenos los bolsillos y las conciencias vacías, de quienes esperan que el espectáculo dure, al menos, hasta que ellos se jubilen. Son los llamados amantes de los toros. Y a ello contribuye esa masa de espectadores silentes que, con su actitud, permiten la persistencia de esta farsa, de este fraude diario.
La corrida de Carriquiri estaba podrida toda ella. Pero lo peor no es que no tuviera presencia para Madrid, ni que estuviera enferma o borracha, sin vida, sin casta, sin bravura, sin nada de lo que distingue a un toro... Lo peor es que a nadie le importa. Lo peor es que nadie indagará las razones que han llevado a estos animales, como a tantos otros, a esta degeneración tan deprimente. Ni a los ganaderos, ni a los empresarios, ni a la autoridad, ni a los toreros, ni al público, por supuesto, parece importarle esta fiesta lo más mínimo para buscar soluciones.
No importa, siquiera, una tarde tan soporífera como la de ayer porque, por desgracia, la mayoría relaciona las corridas con el aburrimiento, con lo que nadie se extraña de que los toros rueden por los suelos, se asemejen a los bueyes de carreta y protagonicen un tristísimo espectáculo que sólo interesa a los que viven de él. Algunos duelos, decía un vecino de localidad, son más divertidos que esta corrida.
Imaginen, pues, que no hubo tercio de varas, sino un feo simulacro de picotazos infames tras los cuales los toros perdían el equilibrio de forma más que sospechosa. No hubo toreo de capa si se exceptúan unas chicuelinas movidas de El Fandi, un par de verónicas con las manos bajas de Serafín Marín y otras dos y una media de Uceda Leal. Y tampoco se vieron faenas de muleta porque los toros no tuvieron un pase y los toreros se desanimaron pronto o pecaron de pesados en un intento de justificar lo injustificable.
Uceda Leal mató muy bien a sus dos toros, especialmente al primero, al que recetó una magnífica estocada en todo lo alto que lo hizo rodar sin puntilla. En verdad, era un medio toro al que le dio medios pases con la muleta a media altura a tono con la media vida de su oponente. Pesado estuvo ante el inválido cuarto, que no admitía ni un saludo. Fue un toro totalmente inválido, muy protestado por el público, pero al que el presidente mantuvo en el ruedo para defender, se supone, la integridad de la fiesta y los derechos de los espectadores.
El Fandi no tuvo oportunidad para reverdecer los laureles de su concepción del toreo basada en el poderío y la espectacularidad. Se le veía triste, lo que no se sabe es si ya venía así del hotel o le afectó mucho el mal juego de los toros. Le devolvieron su lote y se encontró con un par de sobreros que parecían primos hermanos de los titulares: feos, sin casta y sin fuerzas. Banderilleó mejor al quinto que al segundo, con el que estuvo poco acertado. Mejoró en el otro, sobre todo en el segundo par, andando hacia atrás y clavando en todo lo alto. Ahí acabó su tarea. Muleta en mano, fue un torero sin estilo ni ideas, y ejecutó una especie de toreo extraño, desordenado y sin mando, a merced de las descompuestas embestidas de sus toros. Encima, mató muy mal.
El que más interés puso en el triunfo fue Serafín Marín, valentísimo, bien plantado, bien colocado siempre, derrochó una ilusión que es muy de agradecer. Muy voluntarioso con la muleta, la faena a su primero fue imposible porque tenía delante un mulo que no sabía lo que era embestir. Volvió a intentarlo en el sexto, pero con idéntico resultado. Rivalizó en un quite con Uceda, que había toreado a la verónica, y le contestó con ceñidas gaoneras. Se lució su cuadrilla en el tercio de banderillas: El Boni, perfecto, al colocar el toro en suerte sin un solo capotazo, y César Pérez e Ismael González, arriesgando mucho con los garapullos. Marín lo intentó con arrestos desde todos los ángulos, pero el toro, exhausto, le impidió cualquier atisbo de lucimiento.
Acabó la corrida y el sopor. Mañana será otro día para beneficio de los taurinos. ¡Dios mío, Dios mío!
ABC. ZABALA
DE LA SERNA. Una estocada y detalles bajo el fracaso
El fracaso de los toros de Carriquiri se extendió sobre la tarde como un manto. Con lo contento que había ido Alberto Ruiz-Gallardón en el día del Santo Patrón a la plaza para estrenar su cargo de alcalde y desestresarse de una jornada tan intensa. Pero nada, no hay manera de que Alberto, como le llaman en el seno de la familia pepera, así como llenándose la boca con la o hacia adentro, vea una corrida en condiciones. De presidente de la Comunidad tampoco hubo forma, lo cual lleva a pensar que el camino de Alberto y el de los toros se bifurcan hacia destinos opuestos. Y además desde el «7» le dicen cosas feas, como qué pasa con los aparcamientos, y no era ningún infiltrado de los equipos médicos o de los veterinarios, que sus razones tienen. A uno que yo me sé le dieron ganas de gritarle algo sobre el rally de coches antiguos, tan reñidos con la modernidad, que cortó por la mañana la Castellana y colapsó toda la ciudad; otro se quedó con la duda de preguntar en voz alta qué hace la Cibeles bañada en un foco fucsia y hortera; y un tercero se tragó el dolor intenso que le supone que desde que el alcalde no permitió a Raúl celebrar la Liga pasada en la fuente de la diosa blanca el Madrí no gana ni al parchís.
Por lo demás, en materia estrictamente taurina, los toros de Carriquiri, que se caracterizaban por la movilidad por encima de otras condiciones, se cayeron con todo el equipo, sin fuerza ni casta. Eran como las rosquillas del Santo: tontos, aunque lo políticamente correcto sea decir tontos y tontas.
Con tal material, los espadas aún brillaron por momentos, lo que pasa es que el pesimismo generalizado se impone. Por ejemplo, Uceda Leal estuvo torerísimo con el que abrió plaza, sacando agua de unas embestidas a media altura, insulsas y sin codicia. La estocada fue un monumento a la suerte de matar, que consolida a Uceda como el mejor estoqueador actual. Los tira rodados, por arriba, sin puntilla.
Al cuarto, cuajado y hondo, le pesaba hasta la penca del rabo, no podía ni con su alma, en el caso de que la tuviese. Uceda lo intentó ante la desesperación propia y del personal. Pinchó arriba y cobró un nuevo espadazo en todo lo alto.
Otros minutos intensos se vivieron durante la lidia del sexto, que se desinflaría después como un globo. Lo poco que duró sirvió para que Serafín Marín se rebozase en un quite ceñidísimo por gaoneras -qué lástima que no se eche el capote a la espalda con medio farol o una revolera y se lo coloque a la moda que impuso José Tomás- como respuesta a otro del matador madrileño a la verónica, casi de salón, porque el toro salía trastabillado por un lado y los lances por otro. Molina picó bien, César Pérez expuso mucho con los palos y El Boni más que bregar lidió en el segundo tercio sin un solo capotazo, perfecto. Detalles para el aficionado, escasos para el público. Ahí casi se acabó todo. Marín, aunque quiso alegrar con la muleta y distancia al moribundo, se quedó compuesto y sin novia tras comprobar que aquello no daba de sí en la única vez que lo obligó. Tampoco valió nada el tercero, ante el que quedaron algunas verónicas decididas del saludo.
El Fandi apechó con un par de sobreros de Ramón Flores feos como ellos solos. Se devolvió el segundo, muy bien hecho, pero que pareció hacerse daño en una mano; se corrió turno, y el que debía ser quinto estaba aún peor; el suplente de Flores era un caballo que embestía como un mulo, o sea que ni caballo; y el otro remiendo, quinto, primer sobrero, tenía una cabeza desproporcionada e infantil a la vez, otro manso. Total, que Fandila se limitó a su espectáculo con las banderillas, que gustará más o menos, pero que no es como para hacerle palmas de tango, que algún par hubo a la moviola con mucho mérito, dándole muchas ventajas al enemigo. Incluso en uno que no midió los terrenos, con los chiqueros a la espalda, le apretó demasiado. Con El Fandi habría que reformar el Reglamento: «Al toque de clarines se permitirá a don David Fandila, única y exclusivamente, a poner otros tres pares de banderillas, eximiéndole de coger la muleta».
Otros
festejos de la temporada en Madrid
|
|