GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del miércoles, 26 de mayo de 2004
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de toros

GanaderíaToros de Torrestrella  (bien presentados, bravos. El 1º, encastado, dio la vuelta al ruedo)

Diestros: 

Entrada: hasta la bandera.

Crónicas de la prensa: El País, El Mundo, ABC, Diario de Sevilla 

César Rincón. Foto de Botán. ABC
César Rincón. Pase de pecho


ABCZABALA DE LA SERNA. Denuncia de malos tratos

Ahora que diariamente sufrimos a través de telediarios y periódicos la crueldad de los malos tratos de bestias a mujeres en España o de bestias a hombres en Irak, hoy hay que denunciar los malos tratos de la plaza de las Ventas a los toreros. Desde el momento en que a César Rincón le ovacionaron al romper el paseíllo y quiso compartir la ovación -hipócrita como se vería luego- con sus compañeros, y les silbaron con una actitud chabacana, cateta y sucia, hasta la vuelta al ruedo injusta con que premiaron al toro de Torrestrella para lacerar el prestigio y la carrera de un monstruo como el César. Ah, y Pilatos sentado en el palco como cómplice de la solicitud del Sanedrín: «Barrabás, Barrabás, que liberen a Barrabás». El pecado del maestro colombiano había sido la generosidad de los metros y la distancia con un torrestrella alegre y vivaz, bravo y de pronto galope, un cabrón con pintas por el pitón izquierdo al que apenas castigó en el caballo. Fue un buen toro, pero no un toro completo, y mucho menos de vuelta al ruedo. El desprendido gesto de C.R. se le volvió en contra. Pronto se olvidó el gentío de las palmas del paseíllo, ¿o paseo en plan checa en el 36?, y escuchó al Sanedrín condenatorio, que enfriaba las series encajadas y cabales sobre la mano derecha, que no entendía la maldad rebrincada y corta del encastado animal a izquierdas. La tercera tanda de redondos, ligada y con la muleta a rastras, fue sencillamente sensacional. Notaba Rincón que lo suyo no había sido contestado con la entrega del pasado -de todo hace ya veinte años-, y quiso prolongar una faena que de haber cortado en este punto hubiese tenido su justa medida, también para el toro. Pero insistió e insistió, y en un momento de descuido, una mirada hacia otro lado, la pérdida errónea de la cara y las astas, voló por los aires, con la taleguilla desgajada. Todavía se encabezonó más, con una hostilidad ya desmaquillada, arropada por una ignorancia que, a la muerte del bruto de pinchazo y estocada al encuentro, se convirtió en barrabasada: petición de vuelta al ruedo para el toro. El palco sacó el pañuelo azul, condenó a Rincón, mancilló una trayectoria como la suya en Madrid y se lavó las manos.

Ya habían ninguneado un quite por ceñidas gaoneras de Uceda Leal, unas gaoneras puras, que si hace unas temporadas las da José Tomás se caen los tendidos. El segundo representante de Torrestrella contaba sólo con morrillo y pitones para cubrir el resto de su escasa presencia, igual que el primero únicamente tuvo cuernos para tapar su cuerpo ágil y liviano de carnes y remate. La corrida de don Álvaro Domecq creció en trapío, se movió y aguantó, pero no rompió hacia adelante, siempre con una bala en la recámara cuando parecían los cargadores vacíos, siempre con un susto o una oleada tras el peligro sordo. Los seis en algún lance del último tercio pegaron diferentes arreones directamente al cuerpo. Uceda adquirió méritos al natural, buscando un lucimiento difícil, poniendo él más de su parte que el toro. Una vez más mató con sobriedad, aunque la estocada de la tarde, la estocada de la Feria, llegaría en el quinto, por el mismísimo hoyo de las agujas, que es, como dice Antoñete, como hablar con Dios. Perfecto el volapié, que le valió saludar desde los medios, por los pelos, que el personal había cedido al afán de los batasunos de reventar la corrida estrella de la Feria. Buenos muletazos fueron desairados por silbidos y desprecios, como el engaño en un duro derrote zurdo: 24.000 almas manejadas al antojo de unos cuantos.

Algunos tímidos oles al saludo a pies juntos de El Juli se atrevieron a desafiar a la dictadura del miedo. El toro se desplazó en el capote de Carretero aunque después no se despedía de la muleta de Julián López, que encajó un arreón al pecho. Regular Juli, regular el toro e hirientes las voces dispuestas a impedir desarrollar al torero, apelmazado por la responsabilidad, movido por los viajes que se le frenaban debajo.

Las verónicas al sexto fueron notables. La estética de El Juli no es la de Fernando Domínguez o Victoriano de la Serna, unidos por la amistad y el lazo de grandiosos estilistas del capote, pero las verónicas valieron la pena. Apenas las jalearon. Pititos y pititos siguieron durante el tercio de muerte, con El Juli valiente y en los medios, con la chispa de la juventud perdida, mas con asentamiento y peso.

Nada de nada, ni puñetero caso. Ni a César Rincón con el cuarto que era un tío muy agarrado al suelo, al que le costaba desplazarse, con una embestida que había que pasar, teóricamente sosa, sí, pero había que pasarla, además con esa bala ya comentada en la recámara. Como que en otro descuido quiso desguazarlo.

Mal la plaza. Tanto como para denunciarla por malos tratos. Todos callaron, como todos callarán, porque cada uno es dueño de su miedo.


César Rincón resultó atrapado. Sin consecuencias

El País. Antonio Lorca. Un toro antológico

El nombre de Chiflado, un toro de 506 kilos, de pelo negro burraco, perteneciente a la ganadería de Torrestrella, quedará grabado con letras de oro en la historia de la plaza de Madrid. Un toro antológico, de época, una auténtica maravilla de las que aparecen en un ruedo una vez cada muchos años. Se le premió con la vuelta al ruedo entre el delirio de los tendidos, y, de haber sido mejor colocado en varas, quién sabe si hubiera podido ser indultado.

Era un toro de correctas hechuras, nada exagerado de pitones, bonito de lámina y serio. Embistió con fiereza y poderío al capote en repetidas embestidas. Empujó con fijeza en el primer encuentro con el caballo y acudió, vibrante, a un quite. Volvió al picador al relance de un capotazo y blandeó ostensiblemente. Éste fue su único defecto.

Esperó desafiante a los banderilleros y los persiguió con alegre galope. Y llegó la muleta. El torero lo citó desde la otra punta del ruedo y el toro corrió como un tren a comerse el engaño. Y vuelta otra vez, desde más lejos, y su galope, cada vez más codicioso si cabe. Era una estampa del pasado. Un recreo para los sentidos, una emoción indescriptible al ver y sentir la bravura, la casta y la noble fiereza. Sus embestidas iban a más, crecientes después de cada tanda, incansable el animal por ambos lados. Y así, hasta siete tandas en un derroche absoluto de poderío. Es verdad que el torero lo lució con generosidad, y se pudo comprobar cómo al citarlo acudía al primer toque. Su motor era de tal cilindrada que desbordó al torero en todos los terrenos, no le permitió colocarse nunca ni lo dejó respirar. Incluso lo volteó de mala manera cuando el torero se desplantó ante él como si le hubiera dominado. Pero el dominador era el toro, poderoso, extraordinario, antológico, que impuso su ley y se ganó un lugar de honor entre los toros bravos de verdad. Le dieron una lenta y apoteósica vuelta al ruedo que se ganó con su hermosísima pelea, con el maravilloso espectáculo de la bravura. Honor y gloria a Chiflado.

Su matador, César Rincón, volvía a Las Ventas después de cuatro años de ausencia, y fue acogido con una cariñosa ovación del público. Recibió al toro con unas vistosas verónicas ganando terreno, y brindó al respetable una faena que se presumía exitosa. Citó desde muy lejos a Chiflado y las tandas no resultaron limpias ni lucidas, y siempre sobresalió el toro sobre el torero. Una tanda de redondos hondos fue, quizá, lo mejor de su labor. La pregunta es si existe hoy algún torero capaz de dominar a un toro como Chiflado , que buscaba con tal codicia el engaño que no permitía ni la respiración. Rincón cumplió, pero no triunfó. Se llevó, además, una paliza que le pasó factura en el cuarto, ante el que se mostró dolorido y con el gesto adusto. Era un toro soso al que pasó sin gran empeño y se justificó sin apreturas.

El resto de la corrida careció de historia, pero no de interés. Los demás toros, en líneas generales, también fueron encastados y bravos, pero ninguno dócil. Ni Uceda ni El Juli se comportaron como toreros hechos y derechos. Más bien, lucieron como pegapases, muy vulgares y a merced de sus oponentes. El primero de Uceda tenía raza y, a veces, su embestida era algo descompuesta. El torero estuvo siempre a la defensiva. Al quinto, inválido, lo mató de un estoconazo en todo lo alto. El Juli, por su parte, lo intentó, pero no pudo. Se lució por verónicas en sus dos toros, pero naufragó en ambos con la muleta. Lo desbordó su encastado primero, al que toreó sin ligazón ni estilo, y volvió a las andadas en el sexto, con un trasteo muy desigual y ayuno de interés.


Diario de Sevilla. Grupo Joly. Luis Nieto. Rincón paga cara su generosidad

César Rincón parecía un niño con zapatos nuevos cuando recibía la ovación de Las Ventas, donde volvía tras su éxito en el reciente festival pro-víctimas del 11-M. Otro gesto muy distinto, con cara de póquer, es el que hizo tras escuchar la ovación y ver la vuelta al ruedo con la que se premió injustamente al toro que abrió plaza, su primero. Sin duda, esta primera partida fue lo más impactante y reseñable de un espectáculo que se desinfló de inmediato en los siguientes actos. La corrida de Torrestrella, bien presentada y con dificultades, tuvo mucho que torear y que lidiar. Corrida más para público y ganadero, que para lucimiento de los toreros. Y, además, no siempre la terna estuvo acertada. 

Rincón se la jugó de principio a fin, con la generosidad de dar distancia al precioso burraco, que tuvo como virtudes la prontitud y el galope y el contrapunto de un pitón izquierdo peligroso. El personal se puso de parte del astado, sin entrar en matices y en un acto descabellado se le dio la vuelta al ruedo. Un toro al que ni siquiera se le vio en la suerte de varas, porque apenas se le picó. De hecho, hubo protestas debido al cambio de tercio tras dos puyacitos. Rincón, que fue ovacionado tras el paseíllo, fue cogido de manera muy fea casi al cierre de la faena en un desplante incomprensible. El toro le lanzó por los aires y le ensartó a la altura del glúteo derecho, rasgándole la taleguilla. Cuando cayó, de manera muy violenta, estuvo a punto de romperse la crisma y ya en la arena, el toro le buscó con saña, sin conseguir empitonarle. Con el capote, ganó terreno a la verónica. En la faena, muy parecida a la de Sevilla, dio hasta treinta metros de distancia. Le faltó mandar y domeñar al astado en los primeros compases; pero el castigo al diestro fue excesivo. Con la derecha, las series fueron a más en asentamiento y en temple. Por el lado izquierdo, sufrió una colada escalofriante. Mató recibiendo en dos envites: pinchazo y estocada. Rincón, desconfiado con el noble y blando cuarto, volvió a sufrir otro achuchón importante en un despiste increíble, de bisoño, en una especie de desplante.

A José Ignacio Uceda Leal, por verle matar, merece la pena pagar. En estos momentos es uno de los estoqueadores más eficaces y puros. La estocada que propinó a su segundo era de premio. Sin embargo, en estos tiempos, con un público que no sabe valorar la suerte suprema, no le hicieron dar ni la vuelta al ruedo. Así está el patio. Uceda se peleó sin resultados positivos con el segundo, un animal con buenas hechuras y falto de entrega, con un pitón derecho de cuidado. Mató de eficaz estocada. Uceda anduvo espeso con el quinto, al que cuando le bajaba la mano se caía. No consiguió templar e incluso en alguna ocasión perdió la muleta. 

Julián López El Juli no se encontró a gusto con el tercero, un morlaco, de escasa entrega y a menos, al que no sometió. Eso sí, voló muy bien el capote a la verónica. En el trasteo sucedió una curiosísima anécdota: en un muletazo un par de banderillas se le clavó por el arpón en la chaquetilla. Mató de pinchazo y estocada. El diestro madrileño volvió de nuevo a torear bien a la verónica al sexto, protestado por un simple amago de flojedad. El toro tuvo mucho que torear y El Juli se esforzó en un trasteo porfión y sin lucimiento.

El de ayer era cartel de lujo, de gala. Lo de tantas y tantas veces: corrida de expectación, corrida de decepción. Una decepción en la que César Rincón pagó cara su generosidad. 


El Mundo.  JAVIER VILLÁN. La soledad de un 'torrestrella' alegre 

Lleno hasta la bandera, lleno de «No hay billetes», lleno reventón.Un pleno en la corrida estrella de la Feria; y conste que no estoy buscando una rima fácil para escribir la crónica en verso; la tarde, en verdad, no da para tanto. Si acaso un romance, o unas coplas, para Chiflado, el primer torrestrella; pero no hay tiempo. Otro día será. Para los toreros, prosa; prosa, heroica si se quiere, a las verónicas de Rincón y al arranque de su faena de muleta. Después, prosa funcional de andar por casa: precisa y periodística sin más. Y sin retóricas.

Hay que aprovechar las ocasiones y aplaudir cuando hay oportunidad de ello, no sea que luego no se pueda. Los tendidos puestos en pie ovacionaron a Rincón nada más deshacerse el paseíllo: aplausos hasta romperse las manos. Estaba en Las Ventas César Rincón, después de algunos años, y le precedía su espíritu y su leyenda.Los toros lo intuyen con la misma precisión con que lo saben los aficionados: está en el ruedo César Rincón. Y, con la misma naturalidad con que brota la ovación de saludo y de reencuentro, surgen las arrancadas del torrestrella a 30 o 40 metros de distancia; la embestida alegre y confiada, más confiada por lo poco o nada que se le picó. Lo sabía el torrestrella en las primeras verónicas de saludo en las que el colombiano fue ganando terreno hacia los medios: ahí está Rincón. Y se arrancaba de un extremo a otro de la plaza, noblemente; ahí está el cite y la muleta de Rincón, nadie lo duda, porque la muleta de Rincón es inconfundible: siempre adelante, siempre ofreciendo la panza.

Una galopada y otra y otra, incansablemente pese al renquear de los cuartos traseros. Hermoso espectáculo del toro bravo, peligroso espectáculo de Rincón por los aires; le perdió la cara al animal y éste se le echó a los lomos. De tanto lucir y abrillantar esa bravura, Rincón no acabó de abrillantarse a sí mismo. Entre la generosidad del toro y su propia generosidad, Rincón no pudo hallar el punto de equilibrio. Sólo en una tanda de redondos crujió verdaderamente, como en los viejos tiempos, la plaza.Pero siempre, el toro. Citó a recibir y pinchó. Volvió a citar y acertó; no se perdió la oreja porque la oreja estaba ya perdida.La apoteosis del torrestrella y el premio de la vuelta al ruedo taparon en parte la decepción que había producido Rincón. En el cuarto nada pudo tapar nada. Y la sombra de la cornada, por volver a perderle la cara al toro, volvió a amenazar al gran César.

Y como el primero de Uceda Leal tampoco fue de apoteosis, no pudo tapar la vulgaridad de un trasteo insulso; y como la apoteosis de su segundo era sólo la cumbre de la invalidez, Uceda Leal se desvaneció en sí mismo, se hizo soluble en la vulgaridad del toro y acabó confundido con él y desarmado. La gran estocada no le redime de la modorra de sus dos faenas. Puede que sea la estocada de la Feria, mas en la memoria, selectiva siempre y, a veces, de una extraña justicia poética, no queda ni un muletazo de Uceda Leal.

Con banderillas o sin ellas, El Juli no dio una a derechas. Ni a izquierdas. Es como si anduviera en el limbo de los toreros: sin garra, sin recursos, sin espontaneidad ni alegría. Antes era lo único que le salvaba: su alegría y su frescura. Porque torero de clase o lidiador excepcional nunca lo ha sido El Juli.Perdido el carisma infantil o adolescente apenas queda nada.Por el momento.

El otro día a Julián López lo despidieron con bronca. Y ayer también, aunque menos insolente. Lo que pasa es que Las Ventas ya no cree en El Juli; «ya no creemos en ti, amor», que diría Agatha Ruiz de la Prada si le gustaran los toros, como cuenta El desquite que le dijo a Aznar en memorable ocasión.

Lo que pasa es que algunos nunca hemos creído ni en Aznar ni en El Juli. En El Juli, y lo anunciamos pronto desde aquella tarde de presentación y despedida en Las Ventas con seis novillos.Ahí están las hemerotecas y aquello sí que supuso para el que esto suscribe ir de culo y contra el viento. Como excepción, ahí están también las hemerotecas para guardar el testimonio de dos tardes de autenticidad juliana: la despedida de Curro Vázquez en Carabanchel, en la que toreó casi como el maestro, y otra heroica ocasión en Logroño. Ya no creen en usted; y, para colmo, le pegan el cante por no banderillear, que es una de las decisiones más sabias y honradas que ha podido tomar, pues en banderillas, aunque no sea un buen banderillero, Julián López cortaba cuarto y mitad de oreja. Por lo menos.

¿Cómo recuperar la fe perdida en El Juli cuando la clase del que cerraba plaza le desarmó y desbordó en todos los terrenos y le dejó, taurina y metafóricamente, por supuesto, con el culo al aire? No ligó Julián López un muletazo. Se hartó de dar carreras rectificando siempre terrenos y sin saber dónde asentar la insegura planta. Para colmo, fueracacho y al descubierto con frecuencia, sufrió algunas coladas que pusieron en peligro su integridad física. Tan mal estuvo El Juli, que hasta Carretero perdió su gracia y su virtud banderillera, aunque bregó bien.

El Juli se despidió un año más de San Isidro sin lograr un triunfo importante. Pero, quizás lo peor, haya sido la pobre imagen que ha dado, el hecho de haber pasado desapercibido en sus dos actuaciones. Ni bien, ni mal, sino todo lo contrario.Sus dos tardes han parecido más una escala obligada a modo de penitencia en su temporada antes de abordar sus habitualmente triunfales ferias estivales. Aún así, el madrileño ha demostrado seguir siendo el torero con más tirón taquillero del momento.En una Feria en clara recesión ambiental, sólo su presencia ha sido capaz de animar el ambiente y alegrar la cara de la reventa: ayer se vendieron barreras por 600 euros y las entradas más baratas de sol multiplicaron su valor por cuatro.


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