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Feria de San Isidro
PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS
Tarde del Jueves, 26 de mayo de 2005
Crónicas del festejo

FICHA TÉCNICA
Corrida de la Prensa
Ganadería: Toros de
Jandilla (1º y 4º), Vellosino,
Puerto San Lorenzo
(devuelto), El Torreón
(sobrero), Guadalest y Concha
y Sierra. De distinta presentación y juego, destacando el 4º
de la ganadería de Jandilla.
Diestros:
- César
Rincón. Aviso, estocada (ovación tras aviso); estocada baja
(oreja).
- Matías Tejela. 2
pinchazos y estocada (silencio); pinchazo y media (silencio).
-
Miguel Ángel
Perera, que confirmó la alternativa. Estocada baja (silencio);
aviso, pinchazo, estocada, aviso (silencio
tras dos avisos).
Banderillero que saludó: "El Jeringa", en el
4º, de la cuadrilla de Cesar Rincón.
Presidente: José Manuel Sánchez.
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa: El País, ABC.
El País.
ANTONIO
LORCA.
Rincón, un torerazo.
César Rincón confirmó ayer que ha vuelto por sus fueros a su pedestal de primerísima figura del toreo. Ayer, entusiasmó de nuevo a Las
Ventas, y sólo la baja colocación de la espada en el cuarto le cerró la puerta grande. Pero toda su actuación fue de muchos quilates, de figura
grande, de torero de época. A punto estuvo de sufrir dos percances a causa de sendos resbalones que lo dejaron a merced de sus toros, pero
se rehízo con gallardía y arrestos para dictar lecciones magistrales de torería eterna.
Exprimió hasta la última gota el deslucido comportamiento de su primero, al que enseñó a embestir a pesar de que se lo impedía su
alarmante falta de casta. La apoteosis llegó en el cuarto, un toro de Jandilla, serio y bien presentado,
codicioso en el caballo, que acudió con brío en banderillas y con tranco largo llegó al tercio final.
Inició Rincón su labor por bajo y se lució con un cambio de manos garboso y una trincherilla de cartel. Citó de lejos al toro, le
presentó la muleta, lució el galope de su oponente y, entre los dos, protagonizaron una tanda de redondos largos y ligados. Cayó en la cara
del toro, pero todo quedó en un susto. El toreo por la izquierda, siempre con la suerte cargada, en el sitio justo, alcanzó niveles de
perfección, hondo, auténtico, bellísimo. Los ayudados finales, muy ceñidos, los cerró con un desplante, y sin moverse del sitio, dio media
vuelta sobre sí mismo y montó la espada. Citó a recibir, como el bravo toro merecía, y la estocada cayó baja y de efectos fulminantes. El premio se redujo a una oreja, pero la vuelta fue apoteósica, de
conmoción popular ante la gesta de un auténtico figurón. También dibujó el toreo grande con el capote en sus dos toros. Recibió a su primero
con tres verónicas con las manos bajas, con la barbilla hundida en el pecho, de muy bello trazo. Resbaló cuando se
preparaba para la cuarta y sufrió un revolcón sin consecuencias. Volvió a lucirse por verónicas en
el cuarto y cerró la tanda con una media sensacional. Ahí queda eso: un torerazo.
Perera confirmó la alternativa y dejó entreabierta la puerta de la esperanza. Aburrió en su primero porque el toro era un buey y él se
empeñó en demostrar que es torero serio. Y lo confirmó ante el sexto, cornalón y violento, ante el que se plantó con arrojo y lo dominó con
una tanda de redondos ligados. Magnífico también por la izquierda en un alarde de valor y técnica, pero no redondeó la tarde a causa de la
extrema mala uva de su oponente. Tejela no tuvo toros ni ayer fue su día. Traza bien los muletazos, pero le cuesta un mundo cruzarse. No
pudo lucirse ante su descastado primero y trató de justificarse, sin conseguirlo, ante el deslucido quinto.
A los organizadores de esta corrida hay que pedirles seriedad y respeto para la afición. El cartel debe ser presentado con toros y toreros y no
con esa coletilla de "reses de distintas ganaderías". Y de "extraordinaria", nada de nada. Cinco ganaderías y de muy escaso
prestigio casi todas ellas. Para ese viaje no se necesitan alforjas. Más seriedad a la hora de organizar corridas supuesta y falsamente
extraordinarias.
ABC.
ZABALA
DE LA SERNA. Un torero de leyenda.
La Séptima puede esperar, aunque ayer debió ser. La séptima
Puerta Grande le esperará, de aquí a la eternidad, a un torero de
leyenda llamado César Rincón. Debió ser porque cuando se es generoso con el toro, hay que ser generoso también. Quizá por eso Madrid sea Madrid. O Madrid sea así. Que se le fue la mano a los bajos con la espada, ¿y? Sí, sí, el rigor. ¿Y la sensibilidad? Cuando se viene con
la verdad por delante, con el pecho por delante, el toreo por delante de todo, ha de existir la
contrapartida, una compensación que no desacredita el criterio ni la categoría de la plaza pero que enaltece y
engrandece a una afición.
El toro de la carretera
El César se presentó con generosidad con un toro de El Vellosino que era como el de la carretera. Inmenso, gigantesco, basto si empezamos a
hablar en términos taurinos y a jugar a taurinos. Pero irreprochable en cuanto a presencia. Y de salida se apretó con él a la verónica, después
de que se emplazase en los medios y lo recogiese él mismo. Hoy en día no hay una cuadrilla que pase de la primera raya para hacerse con un
toro desafiante. ¡Qué grandes los viejos banderilleros que paraban todo lo que saliese por la puerta de toriles! Se apretó tanto, Rincón, tan
arrebujado a la verónica con la mole, que lo derribó con los cuartos traseros o perdió pie, y se salvó de purito milagro de la cornada
cuando lo buscó en el suelo. Guasa en las entrañas de la negritud honda y profunda de la bestia y valor a raudales en el César. La bestia
apenas cabía en su muleta, y al primer derechazo se le quedaba corto y le hacía hilo. Luego lo hacía al segundo y más tarde al tercero, según
Rincón le iba corrigiendo, perdiéndole pasos y ganándole la batalla. Hasta que una tanda se la pegó completa por abajo, más abajo de donde
llevaba la cabeza el de El Vellosino, que no era de oro precisamente. A izquierdas le buscó las vueltas de uno en uno, y volvió a arrimarse
sobre la otra mano, como si lo necesitase. ¿Que lo tocó un poco por fuera? Claro, y cómo pensaban que aquello pasase si no, con la extensión corta del brazo de César Rincón. Con los prismáticos ni se
veía la muerte del mastodonte; desde la escala de Rincón imagínense. Le metió el brazo, y la gente se quedó un poco a su aire, como cuando se
rompió el paseíllo y ni siquiera lo sacaron al tercio después de lo del otro día. Las tradiciones se pierden, se pierden... Ni vuelta al ruedo
al final.
El jandilla que sumaba cuarto, muy bien construido, serio, infinitamente más armónico que el anterior, correteó sueltecito, del
caballo y de los capotes en banderillas. El maestro colombiano le vio pronto las virtudes (fijeza, nobleza, su casta de mansito), le evitó la
querencia al «4» y se lo sacó a los medios con una distancia de muchos metros. La panza roja de la muleta al frente, la serie de peso, maciza,
acinturada. Crujía la plaza. Y se embrocó con él con tal fundición
broncínea en la siguiente tanda que con los cuartos traseros lo derribó. ¡No pasa nada, no pasa nada¡ ¡Todos fuera! No se
resquebrajaron ni un milímetro las estructuras de valor sereno y cuajado del torero cuarentón. ¡¿Cuarentón?! ¡Cuántos quisieran su
juventud torera! En una media distancia, sobre la izquierda, lo reventó en unos naturales eternos, y cantó la gallina del jandilla, que para
más no dio y ya se le colaba sin querer más batalla. Tras un ayudado, lo cuadró perfectamente, pero la estocada se le cayó a los blandos, que
ya está dicho. Primó el rigor sobre la sensibilidad de concederle la Séptima, que puede esperar, como esperamos la Séptima (de Europa)
tantos años los madridistas.
El resto se resume pronto. Sólo uno de los otros toros se prestó con claridad. Fue el sobrero, de El Torreón, ¡que es la ganadería de
Rincón! Bueno, muy bueno su pitón izquierdo. Pero Tejela, después de comprobar su calidad a la verónica, no midió un segundo puyazo y se
quedó con la miel en los labios y unos cuantos esbozos de su izquierda. Poco, demasiado poco. Otro de
Guadalest no le sirvió. Tampoco el de Jandilla que se trajo el confirmante Miguel Ángel Perera, muy parado,
el toro, y sin descolgar. El sexto, de Concha y Sierra, embestía a trallazos, con genio. Perera, de soberbio concepto, le puso valor, y
las veces que le consiguió esquivar los tornillazos con el trapo por debajo de la pala las cosas salieron limpias. Nada fácil.
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