|
|
|
Especial
San Isidro´2001
Domingo, 3 de junio´2001. JOSÉ MIGUEL MARTÍN DE
BLAS. ¿Toreaba alguien con Pepín Liria? Grande y ofensiva, astifina y muy seria, amplia de caja y cornamenta, como es norma en la casa, la corrida de Samuel. Y como es norma cada vez que no va un cartel estrella, corrida de triunfo. Los toros de Samuel (segundo y quinto de Agustina López Flores) sacaron además nobleza. Pero qué nobleza: casi casi aristocrática.
Y la oreja de la corrida la cortó Pepín Liria por una faena de alto voltaje, con riesgo asumido por el de Cehegín, que salió a por todas, aunque el planteamiento táctico y técnico no fuera el más indicado. Liria se las vio con un primer toro que peleó con fijeza en varas, se dolió en banderillas, y terminó rajado y rebrincado. Antes, el quite por gaoneras, y el saludo, del que rescatamos la actitud, y la media verónica de remate.
Al cuarto le cortó la oreja en una faena que se vivió en Las Ventas como un toma y daca, como un todo o nada. Y es que Pepín interpretó a la perfección la situación: toro manso en varas, que se movió a oleadas, con mucha plaza, con el miedo y el asombro en el cuerpo del público. Un miedo que se acentuó con el inicio de faena de Liria, citando al toro sin dejarle apenas espacio para pasar, entre el torero y las tablas, casi obligándole a que le arrollara, atropellando la razón. Resultado, el toro se le fue al pecho. A partir de ahí, con el personal encogido, Pepín tiró de oficio de veterano de mil batallas, y le dejó más sitio al toro, siempre en esos terrenos de tablas. Y el toro, que era manso de libro, sí tomó la muleta, y repitió, y hasta se abría, sin querer “arrimarse”. Liria le dio fiesta en una faena de corazón que de haber tenido más ambición, y un punto de estrategia, hubiera sido de premio mayor. En cualquier caso, indiscutible el mérito del torero. Liria sigue triunfando en las plazas de máxima categoría.
De Dávila Miura y Juan Bautista, sin noticias. Deben seguir en paradero desconocido. En un tiempo, hubo dos toreros…el Dávila que conocíamos, que templaba y llevaba largos y por abajo a los toros, que no era brusco, que hacía las cosas con una desnuda verdad, sin colorantes ni conservantes. Y otro que se anunciaba Juan Bautista, que sorprendió por su frescura de novillero y en los primeros tiempos de matador. Un torero al que le fluía el toreo, le brotaba de forma juvenil. Lo dicho, de aquellos, ni rastro.
En cuanto a los detalles, la brega maestra y templada de Juan Montiel, y la espada del que se parecía a Dávila Miura en el segundo toro, y la estocada del que se parecía a Bautista en el sexto.
|
|