|
|
|
Festejo
PLAZA DE VISTA ALEGRE,
Tarde del sábado, 3 de marzo de 2001
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Tres toros de Zalduendo,
los dos primeros de Castillejo de Huebra y 6º de Aldeanueva
(chicos salvo 5º y 6º -algo más hechos-); varios sospechosos de
pitones; sin fuerza alguna los seis y algunos inválidos; manejables.
Diestros:
Entrada: dos tercios.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, ABC,
El País
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Toreros
del XX para el XXI
Pues claro: toreros del siglo XX e incluso del
siglo XXI, si Curro Vázquez torease siempre así, y de continuo. ¿Quién
de los 10 elegidos estos días por el sanedrín de Lhardy no hubiera
firmado algunos momentos de ayer de Curro Vázquez y algún otro de
Julio Aparicio? ¿No tomaría como suyos Ordóñez algunos lances de
Curro; no hubiera soñado Pepe Luis algunos de los adornos? ¿Quién de
los 10 privilegiados por los 13 hombres buenos de Lhardy, y una mujer
buenísima, no hubiera soñado para su gloria las tres verónicas y la
media del tercer toro? ¿O la segunda tanda, tras la cual y la invitación
envenenada a Aparicio a participar en quites, ya estaba dicho todo?
Gloria del capote, gloria de la verónica metida en el abdomen, liberándose
luego por la cadera, enrollándosela a la cintura. Gloria de la media,
portento de la materia hecha fuego y pedernal.
Claro que si muchas tardes y muchas temporadas hubiera toreado así
de capote Curro Vázquez hoy estaría en los 10 de Lhardy. Pero como decía
creo que Valle Inclán, no se puede ser sublime sin interrupción. Y
como dice mi amigo Manolo López Sacristán, las estadísticas no dicen
nada de las excelencias. Redondos, naturales desgarrados por el
sentimiento y por el instinto de destrucción; todo instinto de
destrucción lleva aparejado, inevitablemente, la fatalidad de la
tragedia. O cuando menos, su posibilidad.
Justo en los momentos en que los dioses se deciden por la buena o la
mala suerte del destino, salió el quinto. Blandeó ásperamente el de
Zalduendo, pidió el público la devolución y pudo comprobar luego que,
pese a su blandura, era un toro violento y agrio. Dos naturales de látigo
y de seda y, al tercero, por poco caza a Curro Vázquez. Al cuarto lance
le quitó la muleta, mas en ese desarme, casi cruento, Curro había
demostrado un ajuste y una torería de casta y de destino. Tarde de
evocaciones, tarde de viejas historias sobre el reedificado coso de
Carabanchel.
La suerte de Julio Aparicio, fugitivo y descentrado en su primero,
parecía sentenciada cuando rechazó la invitación de Curro, en el
tercero, a entrar en quites. «Pamplinas», debió de decir Julito.
Cierto que superar aquellas dos tandas de Curro Vázquez era tarea de
dioses o, por lo menos, de titanes. Puede que Julio Aparicio no sea un
titán y mucho menos un dios, aunque lo pareció en la dramática decisión
con el sexto. Aunque no sea ni un dios ni un titán, Aparicio debió de
haber aceptado el reto. Un fracaso ante la gloria de aquellas verónicas
insuperables, hubiera sido un triunfo. Y, en cualquier caso, siempre le
hubiera quedado la gallardía de don Luis Mejía ante don Juan: «Imposible
lo hais dejado para vos y para mí».
Se recompuso Aparicio en el cuarto, levantó el ánimo y, tras
algunas incertidumbres, ligó dos soberbios naturales y, pese a la
violencia del Zalduendo, enhebró el redondo, lo cosió uno tras otro
con un romanticismo barroco de la mejor ley. Y, superados los malos
dioses, salió el sexto y la gente que se marchaba al furbo se quedó.
Verónicas hasta el platillo y remate a una mano, una larga torerísima.
Galleo por chicuelinas y volvieron los duendes de aquella tarde mítica
de la que vive el ego de Aparicio y la fe de los aficionados. Soledad
rota, soledad de desesperado que llegó a los tendidos. Bien por
Aparicio. Había brindado a Curro Vázquez, quizá como reconocimiento
de lo torero de la anterior invitación desechada. Curro Vázquez había
brindado a Javier Pradera: sombras, fantasmas en esta plaza
reconstruida, sombras de toreros y sombras de Domingo Dominguín. Toros,
toreros, melancolía de una izquierda malbaratada de un país
desdichado. Menos mal que aún nos quedan los toros.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Curro Vázquez, sinfonía de toreo
| Leí un padrenuestro callado en
los labios de Victoriano Valencia durante el minuto de silencio
que recordó a Bojilla. Luego escuché el toreo de Curro Vázquez,
desgranado en lances serenos, a pies juntos, una vez recuperado el
sitio ante la embestida cruzada de salida del toro de Castillejo
de Huebra. A la verónica siguió el concierto, en un quite de
compás abierto, nítido sobre el pitón derecho, inmenso en la
tercera apertura, soberbio en las dos medias de broche. Seguiría
la sinfonía en los compases iniciales de faena, a media altura,
siempre más clara la embestida sobre la diestra. Poso y reposo en
los derechazos preliminares del último tercio. Otra tanda se
sumergió en un trincherazo hondo. Un rugido de tambores recorrió
los tendidos. El arma del temple hizo romper también al toro por
el izquierdo. Los ayudados, los adornos, el empaque. Los pases
para cuadrar al grato animal mantuvieron el tono de torería.
Media tendida y descabello. Y la gente, digo que por la frialdad
del principio de la tarde, tardó en reaccionar para pedir una
merecida oreja.
A esto salió el tercero, de Zalduendo, agradable y de armónicas
hechuras. Curro desplegó el capote, a modo de batuta, y dirigió
de nuevo las notas, que ascendieron por la cúpula celeste. La
melodía alcanzó el súmmum otra vez en un quite. Jamás olvidaré
el tercer embroque, hundiéndose en la arena, ni la media. La
plaza era un delirio. A punto estuvo el torero de arrancarse a
pasear el anillo. ¡Haberlo hecho, maestro! Y, mientras, Julito
Aparicio, de miranda. Volvió Vázquez a la cara del toro, por
delantales ahora. Ole, ole y ole. Un clamor. A Julito le ofreció
entrar en quites, pero dijo que nones, ¡con treinta y un años de
juventud! El pupilo de Fernando Domecq se apagó en el último
tercio. Hubo aroma inconcluso, detalles y hermosos gestos de
colocación. El trofeo de antes se lo llevó en éste: el usía y
el respetable iban con el paso cambiado.
El quinto fue un mal y serio trago. No hizo nada bueno desde
que pisó el pulcro albero. Guasa. Curro hizo un esfuerzo de
valor. Dos desarmes y el genio aguaron la fiesta pero no rompieron
el hilo de torería.
Si Vázquez fue la esencia, Julito representó la ausencia. Si uno
engancha a los toros por delante, al otro le enganchan a secas.
Nada queda, que dice Jeanette en su canción; sólo trallazos y
violencia. Ni se enteró del segundo de su lote, Zalduendo puro y
bravo, de sobresaliente juego. Cuando quiso reaccionar con el
sexto, la tarde se había ido.
|
El País.
JOAQUÍN VIDAL. CURRO VÁZQUEZ: LA TORERÍA
Curro
Vázquez derramó aromas toreros en la tarde carabanchelera y llenó
de vibraciones artísticas el Palacio Vistalegre. Se hacía presente
Curro Vázquez y era el paradigma de la torería.
Torear con torería: se tomará a redundancia, parecerá mentira,
pero es algo que ya no se ve.
Curro Vázquez recuperó esta disposición, auténtica virtud, que
en tiempos se tenía por consustancial al arte de torear.
Presentaba el capote y fuera para fijar al toro a su salida, para
embarcarlo a la verónica o para pasarlo en lances del delantal, lo
iba meciendo, marcando sus vuelos al ritmo que requerían las
embestidas. Y, finalmente, trazaba la media verónica, larga,
belmontina y honda
Las muñecas sueltas...
Curro Vázquez se sacudía las muñecas, como si le pendieran de un
hilo y daba así argumento a quienes hablan de las muñecas sueltas
para explicar el curso alado de la verónica cuando la recrea un toreo
atacado de torería.
Pero no son sólo las muñecas. Es todo el cuerpo... Se torea con
todo el cuerpo. Lances y pases se acompañan con las piernas a compás,
el giro de la cintura, la cabeza despierta, el corazón ardiente....
Curro Vázquez, que a su primer toro lo había toreado por verónicas
como los ángeles, y a su segundo le había hecho un quite enorme,
cambiado el tercio volvió a reclamar el percal y repitió el quite,
en medio de un estruendo de ovaciones. Este segundo quite, en efecto,
casi calcaba el anterior. Y, sin embargo -he aquí el misterio del
arte-, no alcanzó la misma grandeza. Será porque la genialidad tiene
su momento, su halo mágico.
Un mundo complicado es este de los toros. Está hecho de técnica y
de valor, pero cualquier mérito puede quedar empequeñecido por esos
momentos irrepetibles e inexplicables.
Muchos no entienden cómo ciertos toreros, con apenas tres pases,
dos gestos, un ademán, logran mayor gloria que los insistentes,
incansables, inagotables pegapases. Y, ciertamente, nadie se lo podría
aclarar.
El arte, ya se sabe: se siente o no se siente.
Con la muleta tuvo asimismo Curro Vázquez pasajes notables, tandas
de redondos o de naturales interpretados con fundamento; y,
principalmente, las trincheras, la fastuosa teoría de ayudados con
que remató algunas series.
Todo con unos toros de escaso fuste y nula fuerza, es preciso
aclarar, porque así de falsa fue la corrida entera. Y cuando subió
un poco la talla del toro -ocurrió con el quinto de la tarde- bajó
otro tanto la calidad del toreo y el reposo del torero.
Mano a mano con Julio Aparicio se anunciaba el cartel. Alguien dijo
que estaba planteado a primera sangre. Ganas de exagerar. Mano a mano,
rúbrica de torneo medieval es, efectivamente, uno contra otro, en
igualdad de condiciones, con las mismas armas. Pero en la actual
tauromaquia significa uno después de otro y pare usted de contar. Al
terminar los maravillosos quites, Curro Vázquez ofrecíó a Julio
Aparicio que participara, y el espada madrileño declinó la oferta.
Julio Aparicio no estaba para manos a mano ni para ser él mismo.
Habiendo destacado de novillero por su arte, adoptaba aires de
legionario, una faena la empezó de rodillas, hacía gestos
tremendistas. Mas no le salía el toreo, casi todo lo remataba por
alto, no se estaba quieto. Dio la sensación de que había perdido la
torería -con ella la grandeza- y venía a dárselas de pegapases. Qué
pena.
|
|