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Festejo
PLAZA DE VISTA ALEGRE,
Tarde del domingo, 4 de marzo de 2001
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Garcigrande,
manso; uno de Carmen
Lorenzo, blando y manso; uno de Jandilla,
manso y probón; uno de José
Miguel Arroyo, manso y con indicios de manipulación; uno de José
Luis Pereda, serio y manso; uno de Victoriano
del Río, manso y blando. Discretos de presencia.
Diestros:
- Joselito, ovación,
ovación y saludos tras aviso, silencio, ovación, ovación y
silencio.
Entrada: lleno de no hay billetes.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, ABC,
El País
El Mundo.
No embistió ni uno
Ni uno. Seis toros escogidos por quien sea y no metió la cabeza ni
uno. Y cada vez que la metían era para tirar la cornada o el rebañón.
Ni seleccionados a posta, ni buscados con lupa entre lo peor de cada
ganadería. El Murube igual que los Domecq. Y Joselito se estrelló. En
una apuesta de tal calibre Joselito se jugaba la temporada y, a lo peor,
algo más: su imagen, su ser o no ser. No estuvo mal o sea que resolvió
papeletas; no estuvo ni bien ni mal porque la profesionalidad, a estas
alturas, se le supone. Joselito, dentro de esa profesionalidad, bordeó
la catástrofe.
José Miguel Arroyo precisó sólo de seis estocadas, un pinchazo y
un descabello para darles mulé a los seis toros de las seis divisas que
lidió ayer en Vistalegre. Pero, fatalmente, una de las estocadas, la
del quinto, resultó ser un infame sablazo, trasero y maldito; lo cual
le quitó una oreja, y el pinchazo al tercero, previo a la estocada, le
privó de otra. O sea que por un pinchazo de más y por unos cuantos
centímetros desafortunados la tarde se le fue a Joselito de vacío.
Tarde opaca de toros mansos y deslucidos, de un matador capaz pero sin
brillos.
El más atropellado de los quites, gaoneras, faroles y serpentinas, más
o menos, fue el más aplaudido. Porque, aunque imperfecto, resultó
emocionante; perdió pie el torero, recompuso la figura, se hizo el
quite a sí mismo y volvió a echarse el capote a la espalda. El manso
fugitivo buscaba las tablas, huía descaradamente. Hubo un intento, tímido,
por parte de Joselito, de encerrarse por los adentros. Pero el toro
cambiaba de opinión a cada muletazo. Cuando le daba las tablas, salía
de naja hacia los medios; si Miguel Arroyo le daba las afueras, se
aquerenciaba a tablas.
Otra vez un lance infortunado propició la improvisación. Tras las
filigranas de largas, espaldinas y revoleras, todo en uno, le pisó el
capote y lo desarmó. Recogió el capote Joselito y toreó largo a una
mano, redondos como si la capa fuera una muleta. La plaza reventó. Y
siguió reventando cuando brindó al público, y fue un clamor tras los
ayudados por alto, tras los naturales del desprecio y las trincheras. Y
más clamor cuando lo fijó, laboriosamente, en la raya desengañándole
de las tablas. Una serie de derecha ligada e inmensa. Méritos: dominio
técnico, tras el pase de las flores y los adornos. Fue el mejor momento
de la tarde, el más auténtico y el de más responsabilidad. José
Miguel Arroyo sentó su poderío, el imán de su muleta y la exactitud
de los terrenos, pinchó y sonó un aviso. Y ahí la tarde empezó a
hacer aguas.
Esperaba en banderillas y esperaba en todo el cuarto. Se medio
desgració en el caballo. Rebrincaba en la muleta, pero sin hacerle
ascos. Se centró Joselito en un derechazo, se sublimó en un pase de
pecho. Perdió pasos, terrenos y calidad por la izquierda. La tarde
empezaba a ponerse triste y empezaban a sonar los primeros pitos.
La lidia del cuarto, una capea mala. Llegó el orden en las
banderillas, mas para entonces las cañas se habían tornado lanzas,
dureza y hosquedad. La tarde estaba en el despeñadero. Y Joselito con
un pie en el abismo y otro pisando una cáscara de plátano. Y el humo
de los cigarros puros, mal perverso de las plazas cubiertas, entre otros
males, empezaba a crear un ambiente espeso y oscuro.
Los dos puñales del quinto le rozaban la pechera a José Miguel
Arroyo, le buscaban los muslos, hozaban cerca de los tobillos. Joselito,
a toma y daca; toro manso deslucido y traidor: peligro. Aguantó parones
y, cuando el público le estaba reconociendo el esfuerzo, se le fue la
mano en una defectuosa estocada.
En el sexto ya todo daba igual. Aquello era un velatorio y el
difunto, con perdón, era Joselito. La plaza, las malditas plazas
cubiertas, era un aire envenenado de humo; y más envenenado, todavía,
de decepciones. Fuera llovía, dentro nos asfixiábamos de calor y nos
envenenábamos de nicotina. Pero lo peor era que un torero, con ganas de
ser el primero del escalafón, se había pegado el batacazo.
ABC.
ZABALA DE LA SERNA.
Joselito, los mansos, el humo y el frecaso
La vuelta de Jesulín de Ubrique al toreo, tras
dos temporadas alejado de los ruedos, ha servido para muchas cosas pero,
sobre todo, para que los aficionados se den cuenta de que el de Ubrique
viene para situarse en la cima. Suya fue la tarde de principio a fin
ayer en Olivenza, ante una plaza totalmente llena y con los medios de
comunicación de toda España. Y a todos, aficionados y prensa, dijo Jesús
que de ahí arriba no lo bajan, porque para eso tiene largura, temple,
suficiencia, cuajo y mentalidad.
Y eso que la corrida iba camino de la suspensión. Hasta las dos de
la tarde, el agua caía a raudales, pero se abrieron las nubes y el sol
hizo acto de presencia. Dos reapariciones, la de Jesús Janeiro y la de
José Ortega Cano. Junto a ellos, un Espartaco en trance de despedida.
No más se abrió de capote Jesulín en su primero se vio que venía
a por todas. Relajado y parsimonioso, cuidó a su enemigo en el caballo
para, luego, brindar al público una faena presidida por el temple en
los muletazos y la templanza del torero. Sentado en el estribo, fue
ganando terreno a un toro colaborador al que le recetó la dosis
extraordinaria de la largura y la ligazón en los muletazos, llevándolo
siempre, sin que tocase la muleta. Y además, quieto y profundo cuando
el animal, buen colaborador, pasaba una y otra vez y el torero le
vaciaba las embestidas de manera pasmosa. Fue una faena compacta que
alcanzó cotas altísimas en unos pases por alto en los que Jesulín se
pasó al astado de Fuente Ymbro por donde quiso. Lástima del mal manejo
de la espada. Pero lo que hizo denotó que este torero ha cambiado en
todo. Mejor fue la faena al sexto, otro gran toro, al que Jesús llevó
por donde quiso en series diestras largas y lentas, muy lentas. Y también
al natural, embarcando y tirando del toro, sin un tropezón, sin un
aspaviento, sin una duda por parte del gaditano. Faena
extraordinariamente sentida y profunda, en la que se gustó Jesulín e
hizo disfrutar hasta a los profesionales del callejón. Sí, así como
suena. Ha vuelto Jesulín y ayer dijo que es para situarse en la cima
del escalafón. Al tiempo.
También reapareció Ortega Cano. Empero, le queda un camino más
largo que al gaditano para volver a ser lo que fue. Le correspondieron
los dos mejores toros de la tarde y demostró tantas ganas como
altibajos en sus dos faenas. La primera estuvo presidida por una mayor
desconfianza, aunque hubo derechazos de muy buen trazo. Y en la segunda,
ante otro toro que repitió, cuajó una serie diestra, la primera, de
las que dicen que puede volver a ser el que fue. Pero luego la faena se
fue diluyendo sobre ambas manos. Tiempo tiene para rodarse antes de
Sevilla.
Ganas, igualmente, le echó Espartaco. Pero tuvo, con mucho, el peor
lote. Su primero no terminó de romper y eso desconcertó algo al
sevillano, que logró los mejores momentos de una larga faena toreando
al natural.
Mil novecientos noventa y ocho. Sevilla, Feria de San Miguel.
Joselito toca fondo y en consecuencia se retira. Dos mil uno, casi tres
años después. Carabanchel, Palacio de Vistalegre. Ni una vuelta al
ruedo en seis toros. La historia se repite con pocas diferencias. El
ganado apenas se presta a nada, pero el solitario lidiador se
desmoraliza ante el peso de la tarde.
La apuesta carabanchelera había conquistado un primer éxito con el
«no hay billetes» en las taquillas, todo un puntazo en la estrategia
de Martín Arranz, maxime a las puertas de Madrid. La campaña de
despachos del invierno había ya puesto a Joselito en los titulares
junto a José Tomás. Televisión no, en Sevilla sí pero. La ocasión
se presentaba a modo con el gesto de encerrarse con seis toros. Y la
vista fija en Las Ventas. El previsible triunfo rotundo le colocaría en
inmejorable situación ante mayo.
PRINCIPIO DE TRIUNFALISMO
En el ambiente de la moderna plaza de Arturo Beltrán se
respiraba al principio un triunfalismo que se intuía desbocado.
Triunfalismo y humo, mucho humo. Humo de tabaco y humo de la cortina
elaborada por Martín Arranz en toda la estrategia invernal. Poco a poco
el velo artificial se disipó ante la mansedumbre de los toros y la
desazón de Joselito. En el ruedo es donde hay que dar de qué hablar. Sólo
quedó un clima asfixiante de nicotina y habano.
Cuando las cosas se tuercen así, al menos se espera la serenidad de
la veteranía de dieciséis años de alternativa o la solidez de los
conocimientos lidiadores. Pero José Miguel Arroyo salió a hacer muchos
quites y a dar muchos pases. En retos semejantes la variedad se antoja
imprescindible, pero la cantidad muleteril tan cargada de vulgaridad no
vale. La excusa de la mansedumbre derrochada por el ganado sirve sólo
hasta cierto punto.
POBRE TORO
La verdad es que ya las continuas querencias y huidas del
pobre toro que abrió plaza, de Domingo Hernández, prologaron malamente
la tarde. Verónicas fáciles, de recibo, y una media de mejor nota. El
primer quite de la jornada se transformó en un atragantón al perder
pie el matador. Los buenos reflejos le salvaron de males mayores. Acabó
el proyecto de caleserinas a duras penas. Desde ahí todo fue una
persecución: Joselito recorrió todo el ruedo tras su supuesto enemigo.
A favor de tablas robó algunos muletazos. La espada, tras insistencia
excesiva, cayó baja.
No mejor presentación lució el pupilo de Capea, otro manso aunque
noble. Intentó la variedad el torero de la calle Montesa por
sincronizadas crinolinas, y el toro que se escapaba a su aire. Quiso
remontar por chicuelinas y tafalleras, y surgió un desarme que inspiró
una tanda de largas a una mano, naturales por improvisadas. Abrió faena
por alto y cerró la serie de apertura con un torero pase por bajo. Los
derechazos siguientes elavaron el tono en el abrochado de pecho. La
gallina de la mansedumbre del toro cantó entonces a pulmón pleno. Pasó
gris por la izquierda, y a continuación metió, por fin, al animal en
la franela a base de dejársela en la cara. Frenó las fugas y cuajó
los mejores momentos. De nuevo se pasó de faena, y perdió una
oportunidad de haber cambiado el sino de la tarde: el toro impuso
siempre los terrenos.
El ejemplar de Jandilla subió los grados de seriedad. Pero no valió
nada. Las navarras perdieron el alma, y Joselito la empezaba a perder.
Luego se puso en plan tiralíneas, siempre al hilo del pitón. Más o
menos igual que en el cuarto, de su propio hierro, muy cornalón.
Rodilla en tierra resucitó esperanzas, hasta cuando dibujó una media
de hinojos. Punto. La lidia no existió, ni el orden. Tal como (y donde)
citaba era imposible el toreo. La soberana estocada recordó al Joselito
de otros tiempos pretéritos.
FAENA VALIENTE
Al quinto, precioso toro de Pereda, de trapío notable, lo
recibió con una larga cambiada en el tercio. Sentado en el estribo
inició una faena valiente, pues se impuso a los amagos y a las dudas
del animal con firmeza: los pitones lamieron los alamares de la
chaquetilla. Sólo entonces Joselito dio la imagen y la talla de figura.
Pero el acero se le fue a Úbeda.
Cerró las desdichadas dos horas un apretado y serio bicho de
Victoriano del Río, que no dio opción para un mejor y más dulce adiós.
Hasta el final tuvo a la gente deseosa, a pesar de algún que otro
desaire, de que hiciera así para volcarse. La sensación amarga de
fracaso predominó después de tanto humo y tantos mansos. La temporada
se presenta larga. Tiempo suficiente para remontar después de tal
frenazo.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. La mueca
La
gesta de Joselito se quedó en vulgar mueca. Unas veces malcarada,
otras grotesca. Porque Joselito, en tiempos distantes pundonoroso
lidiador, serio intérprete del llamado arte de Cúchares, parecía
navegar con rumbo aleatorio, quizá incluso desnortado, sobre el
ruedo carabanchelero. Y unas veces emprendía la afectación del
toreo artístico, hasta caer en el ridículo, otras se le inflaban
los morros -que decían los coetáneos del mencionado Cuchares- y se
liaba a pegar broncas por doquier.
Vaya modales.
Pero los modales no son lo que importa en quienes van por el
mundo presumiendo de maestros en tauromaquia, sino su sentido de la
responsabilidad, la ciencia infusa que desgranan, la técnica
irreprochable, el mando en plaza, que les vale para meter al toro en
la pañosa y al público en el bolsillo. Y nada de eso tuvo Joselito
ni por asomo en la que anunciaron su gesta carabanchelera.
Cierto que al ver las seis ganaderías del cartel estaba claro
que no pensaba salir en plan legionario, ni inmolarse por amor a la
fiesta. Con aquellas seis ganaderías, dada su fama de comerciales y
melifluas, mejor se va de verbena. Pero tampoco se esperaba que
perpetrara esa ofensa al mínimo decoro que merece la asendereada
fiesta, reservándose esos seis ejemplares absolutamente
impresentables que saltaron al redondel. Seis ejemplares sin trapío
ni fuerza alguna; regordíos y pare usted de contar los de mayor
presencia; sospechosos de afeitado algunos de ellos. Y los seis,
aborregados, mustios, sin ninguna agresividad ni un conato de
reflejo siquiera que recordara la bravura del toro de lidia.
Algunos a eso que denominaron gesta y se quedó en mueca lo
llamaban también encerrona, quizá para darle el valor añadido del
tremendismo. Lo que no se sabría decir es si la encerrona la sufrió
el público, obligado a soportar semejante fraude y encima
aguantando el calor, los ruidos y el humoso ambiente que se había
formado en la plaza cubierta.
Mediada la corrida el público estaba más interesado en que
abrieran la cúpula, para respirar, que en los aleatorios
arrumbamientos de Joselito por el ruedo carabanchelero.
Porque Joselito se encontraba en plan pegapases y no salía de ahí.
Toreaba a la verónica y daba medios lances; entraba a quites y
montaba el número de la variedad sin que le salieran limpios los
capotazos; se ponía a pegar los derechazos y los naturales, y ni
reunía ni ligaba ni cargaba la suerte.
Su gran momento fue durante la segunda ficción de toro. La
segunda ficción de toro, que en realidad era la tonta del bote, se
dejaba pegar cuantos pases quisiera el lidiador sin decir ni mu, y
el lidiador aprovechó para pegárselos, efectivamente, sin compasión
ni mesura, hasta dejar molidos al propio toro y a la asfixiada afición.
Hizo Joselito el quite de la serpentina, con el toro escapando a
la lejanía, luego el toro le pisó el capote sin querer y medio le
desarmó, y Joselito resolvió el desairado trance pegando supestas
largas que resultaron trapazos, dicho sea hablando con propiedad.
Estas extrañas peripecias, con ellas los circulares que dio en la
faena de muleta, son muy apropiadas para entusiasmar a los
partidarios quienes, naturalmente, aclaman cuanto haga el titular de
la causa. Pero a los ques no militan en la facción les traen sin
cuidado y hasta les pueden parecers ridículas.Y así se pasó la
tarde, toro a toro, progresivamente deslucida y espesa. De un lado,
Joselito componiendo faenas interminables, sin el menor interés ni
asomo de emoción; de otra, buena parte del público pidiendo que
levantaran la cúpula para que entrase el aire fresco del atardecer.
Acabó y aunque había caído la noche, y llovía, y el tráfico
se había puesto inaguantable, pareció una liberación. Fuera se
estaba mejor que dentro. Fuera había aire y vida. Dentro sólo
quedaban los ecos de una sarcástica caricatura de la fiesta.
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