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Feria de San Antonio
PLAZA DE VISTA ALEGRE,
Tarde del jueves, 15 de junio de 2001
Corrida de Toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Pedro
y Verónica Gutiérrez, desiguales de presentación; algunos con
mucha romana y escaso trapío. Pobres de cabeza y con indicios de
manipulación en las astas. Muy flojos y varios de ellos inválidos.
Mansotes y manejables; el cuarto con más fuerza y raza. Sobrero de José
Miguel Arroyo, muy flojo y manso.
Diestros:
Entrada: último festejo de la Feria de
San Antonio, media entrada.
Crónicas de la prensa: El
Mundo, ABC,
El País
El Mundo.
JAVIER VILLAN. Motivos de honda reflexión
Debiera esta Feria de San Antonio inducir a reflexión: a los
aficionados y a la empresa. O sea que ésta se haga la autocrítica.
Porque si no se la hace la empresa, vamos a tener que hacérsela
nosotros: «O te autocriticas o te autocritico yo», que decía algún
militante ignaro y estricto, cuando en los años de resistencia y
clandestinidad, algún otro militante no observaba la regla. Así pues,
que la empresa del Palacio de Vistalegre reflexione sobre el patético
desfile de descastados, tullidos y afeitados que ha echado estos días
al ruedo. O si va a dedicar esta modernez ultramoderna a plaza de toros,
polideportivo mutante o pista de baile y de conciertos. Pena da haber
visto tanta silla vacía; pero más pena da no haber visto, en términos
de estricta observancia, un toro como Dios manda. Los cojos y los inválidos
nunca vienen solos. Será por si tropiezan y tienen que echarse una
manita. Salió el primer murube del Niño de la Capea y estuvo más
tiempo tumbado que de pie. Comprendió esa incómoda circunstancia
Rivera Ordóñez, que fue por delante de Ortega y de Finito, y se fue a
por la espada. Rivera Ordóñez abandonó la plaza tras lidiar el cuarto
toro, lidia que hizo con sosiego y decisión pese a las prisas. Un gran
estoconazo, aunque no de efectos fulminantes, le dio el salvoconducto
para la oreja que justificó sus prisas.
El sobrero de José Miguel Arroyo le tocó a Ortega Cano y además de
mansón y mal encarado, se caía; con menos exhibicionismo que el
devuelto, pero se caía. Ortega, más que a torear, se dedicó a un
intercambio de miradas y de gestos con el respetable que, dicho sea de
paso, no respetaba mucho la actitud de Ortega. Una tarascada del toro le
desabrochó la chaquetilla y Ortega puso cara de circunstancias. La
circunstancia verdadera es que Ortega, pese a las verónicas y a las
chicuelinas del quinto, no está centrado. A ver si ahora a quienes
cantamos su gloria y alabanza en Sevilla por el retorno, nos va a dejar
con el culo al aire. Se enfadó el público con el puntillero y de eso
Ortega no tuvo la culpa, pero el público de toros ya se sabe: dispara
por elevación con tal de jorobar al maestro.
Finito de Córdoba se tomó en serio la tarde y la cuestión desde
unas verónicas muy apañadas que remató con un preciosista recorte. Lo
que no era precisamente seria, era la cabeza de aquellos 600 kilos de
toro, noblotes y jadeantes, que embestían al paso y como si fueran a
desmayarse de un momento a otro. Pero Finito halló el ritmo, abrió el
compás, estuvo en el sitio la mayor parte de las veces e intercaló
trincherillas y adornos de bella expresión. Perdió la oreja por
pinchauvas, aunque la recuperó en el sexto. Siguió Finito de Córdoba
con su buena disposición. Sólo que, cuando mejor componía la figura,
venía el toro y se caía. Y Finito se quedaba compuesto y sin novia,
pese a que, en los tendidos, alguna había con la que las malas lenguas
de la corte lo ennoviaron hace un par de años. Al alargar demasiado un
natural, el toro se derrumbó. Y una vez puesto en pie, sacarle un
muletazo costaba Dios y ayuda. Remató con una estocada ligeramente caída.
La tarde dio, sobre todo, esos aludidos motivos de reflexión reseñados
al principio: una plaza de segunda no quiere decir una plaza de
desechos. Una plaza de segunda tiene derecho, con mayor o menor trapío,
astigordos o astifinos, al toro íntegro. Como todas las plazas, a ver
si dejamos de marear la perdiz.
ABC. SUAREZ
GUANES. Rivera Ordóñez
y Finito de Córdoba se desquitaron de malos pasos anteriores
Rivera Ordóñez y Finito de Córdoba se hicieron con una oreja de
los nobles toros de El Niño de la Capea que les correspondieron. Rivera
salió en primer lugar, por tener que torear al día siguiente —hoy—
en una plaza lejana, y ejecutó, de entrada, unas verónicas discretas.
El toro, que salió flojo, quedó más capitidisminuido después del
embroque equino. La faena de muleta resultó breve y fugaz, aunque con
una absurda desconfianza del torero.
En el cuarto, se lució en un quite. Tras un gran banderillear de
Curro Molina, comenzó la faena de rodillas y por alto, aguantando la
embestida del animal. Se le vio con más ánimos que en los últimos
tiempos y cuajó tres series con la derecha, en el centro del ruedo, en
las que hubo cierta enjundia y siempre entusiasmo. Toreó en todo
momento muy en corto y ceñido y, tras una serie de naturales logrados y
con buen contenido, llegó la estocada, con ligera travesía, que no fue
óbice para que le pidieran con fuerza y le concedieran una oreja.
Le siguió en el éxito Finito de Córdoba, que apuntó cosas en las
verónicas iniciales a su primero, aunque no las pudo cuajar del todo al
perder su enemigo los pies. El rival se recuperó de la falta de fuerza
—tomó un puyazo con buen estilo— y Finito compuso una faena sobre
la derecha en la que, si en la primera tanda mezcló aciertos con
ventajas, en las otras dos supo combinar la ligazón y el estilismo con
un toreo muy en redondo, que estropeara a la hora de manejar los aceros.
Buen quite por verónicas de Finito al sexto. Con la muleta empezó
toreando para fuera en la primera tanda con la derecha, que, eso sí,
siempre la iniciaba bien. Luego se fue centrando, hasta terminar en un
conjunto clásico, homogéneo y bien concebido. Fue una pena que, al
torear con la izquierda, el toro se cayera. Volvió a la derecha con
lucimiento intermitente y, al matar de una estocada, el buen recuerdo de
lo positivo hizo que se le otorgara un trofeo.
El primero de José Ortega Cano fue retirado por su poca fortaleza.
Salió un sobrero de Joselito al que Ortega le suministró unas verónicas
de buen porte que, además, fueron a más. En un quite posterior, el de
Cartagena volvió a patentizar su buen estilo. Con la muleta —y sobre
la derecha— esbozó muletazos de empaque pero sin las debidas
realizaciones. No se acopló a la hora de los naturales y hubo cierto
rechazo de los tendidos, pero, al volver a la diestra, volvió a
patentizar su voluntad, apuntó alguna vez el buen toreo y estuvo a
punto de ser alcanzado por la res, aunque quedó todo en rotura del
chaleco.
En su segundo se volvió a lucir con el capote y no se acopló para
nada con la muleta con un toro de tendencias genuflexas.
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Los toreros del corazón
Los empresarios, en sus mil y una maneras urdidas para atraer al público
inventaron la corrida de los banderilleros. Agotado el invento, por
agobiadora repetición, han descubierto ahora la corrida de los toreros
del corazón. Y así terminó la Feria de San Antonio en Vistalegre, con
tres toreros asiduos de las páginas coloreadas de las revistas
dedicadas a chismorrear con la intimidad de los famosos. Aun así, no
llenaron la plaza Ortega, Finito y Rivera, acartelados juntos para
atraer a las señoras del barrio. Causaron más expectación fuera que
dentro de la plaza y divirtieron, a ratos, a los espectadores.
Rivera Ordóñez abrió la corrida matando el primero, porque tenía
que ausentarse para lejanos compromisos. Pasó de muleta al toro entre
las protestas del público por la invalidez y, en vista de ello, se lo
quitó de en medio.
Ortega Cano toreó al sobrero sin confiarse y con alguna ratonería
de veterano. El toro, que manseó durante la faena, terminó peligroso.
Le arreó un gañafón que le rasgó la taleguilla.
Finito anduvo con chispazos toreros y muletazos lentos y acoplados a
la debilucha embestida del tercero, que era un borrego. Faena de muchos
toquecitos.
En su segundo toro, Ortega no se animó ni se decidió a torearlo e
hizo bien porque se trataba de un pobre inválido. Antes Rivera se salió
con pases por alto y de rodillas hasta los medios, siguió con un toreo
acelerado, entre algunos enganchones, y terminó pasándolo limpiamente
al natural desde cauta lejanía.
Cerró Finito la corrida del corazón con una faena sin brillo en sus
inicios y con más enjundia al final, en el que estuvo más asentado y
con la mano baja
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