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PLAZA MONUMENTAL DE MÉXICO
TEMPORADA GRANDE

Tarde del domingo, 2 de febrero de 2003

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Teófilo Gómez, para 

Diestros: 

Entrada: media plaza.

Crónicas de la prensa: ABC, El País


ABC. GUILLERMO LEAL. El milagro de David Silveti

Ocurrió un milagro en la Monumental Plaza México. Fue el milagro del toreo, del temple y la quietud. Fue David Silveti, otro milagro después de siete años de quirófanos y desesperanzas. Las rodillas de Silveti han recuperado al torero, física y síquicamente. Aunque realmente el «Rey David», como aquí le llaman, quiere las piernas para anclarlas en la arena y hacer la ligazón sublime, no para huir. La cosa sucedió enmarcada en una tarde de veteranos mexicanos que sumaban 75 años de alternativa. Veteranos de oro, a tenor de lo visto, con espadas de latón. Porque la solera y el poso que derramaron sobre el ruedo de la Monumental se evaporó por el supuesto acero. Ni Armillita con su empaque ni Jorge Gutiérrez con su poder remataron las faenas; imposible también que lo hiciese Silveti, que parecía desfondarse a la hora de encarar la suerte suprema.

Hubo expectación desde un principio. Unas 30.000 personas se concentraron en los empinados tendidos del coliseo. La tarde era clara, más reposada fuera que dentro de la plaza, donde el viento se arremolina con asiduidad para molestar. De entrada, sacaron al nieto del Tigre de Guanajuato al tercio, roto el paseíllo. Ovación que compartió con Jorge Gutiérrez; Armillita se atrincheró en el callejón por un frío y cruel recibimiento.

Silveti paró a su primero con un leve juego de muñecas, a pies juntos, puro temple. Un puyazo bastó, y casi sobró, para ahormar al cárdeno y agradable pupilo de Teófilo Gómez, como una gaseosa sin gas. La faena fue de extremadas cercanías. Olfateaba el bicho la taleguilla de un Silveti tranquilo, metido entre los pitones, sin forzar la figura. Todo seda. La gente respondía con pasión a la suavidad de las caricias de aquellos muletazos. Mas nada comparable con la locura desatada ante el cuarto, paliabierto, castaño, alto de agujas y noble. Acaeció todo envuelto en el mar de la templanza, desde el prólogo por alto. La muleta a rastras barrería luego el albero; la lentitud marcaba redondos y naturales, sobre un palmo de terreno; volaban los sombreros, caían los oles, o viceversa. Aquello era un manicomio. Verticalidad sin gestos ni aspavientos; naturalidad suprema. Hasta la hora de encarar la espada. A pesar de incontables pinchazos y descabellos, dos avisos en éste y uno en el anterior, se lo llevaron en hombros.

Armillita desplegó su empaque ante uno de los mejores toros del muy desigual encierro, como acá dicen. Justo de fuelle y sin cara ni trapío. Miguel Espinosa bordó los pases de pecho y el toreo zurdo; su mucha torería cautivó; las lanzas se volvieron cañas. Paseó el anillo, como Silveti en el cuarto. Después no se confió ante el gachito quinto de Teófilo Gómez, que no era como para asustar a nadie. Un par de tandas diestras y tras un derrote por el pitón contrario surgió la nebulosa de no verlo claro. Regaló el sobrero, al que le jugó los brazos a la verónica con arte. Una trincherilla y un cambio de mano adquirieron categoría de imborrables. Después, el toro se apagó.

Jorge Gutiérrez mostró su poderío ante un incierto enemigo de Julio Delgado, al que a base de sobarlo metió en la muleta sobre la derecha. El personal se cabreó con el cariavacado sexto, devuelto por el juez de plaza no se sabe muy bien con qué argumentos. El sobrero, de Teófilo, repitió con bondad. Se hizo presente entonces el mejor Jorge Gutiérrez, en derechazos largos y despatarrados, incluso lo desengañó a izquierdas, por donde el animal era más reticente. Jorge se apuntó a incrementar los pinchazos de la ficha.

La afición capitalina salió encantada. No era para menos. «¡Repite el cartel, Herrerías!» o «Para qué queremos españoles» fueron voces que se escucharon. El toreo nubló todo: apenas nadie habló de la presentación de los toros.


El País. R VILLALOBOS. El toreo sublime 

David Silveti perdió cuatro orejas porque no se puede estar peor con la espada, pero tampoco más sublime con la muleta. Prueba de ello es que, a pesar de escuchar tres avisos (uno y dos), lo sacaron a hombros y el público salió toreando.

Silveti revaloriza el toreo con su naturalidad y sentimiento y con la verticalidad y pureza de su excepcional tauromaquia. Saludó al primero con ceñidas verónicas en las que desmayó los brazos. En su cadencioso trasteo puso a la plaza de pie con cinco acrisolados naturales y, aunque su muleteo fue medido por la poca fuerza del adversario, siempre lo llevó muy toreado.

Sin moverse y haciendo que el descompuesto cuarto girara en torno de él, Silveti, con empaque, engarzó los naturales en colosales series. En los derechazos parecía que toreaba con el alma, pues transmitió una emoción a los 25.000 espectadores que, puestos de pie, coreaban "torero, torero".

Al segundo, Armillita le ejecutó un toreo aromático. Como no se acopló con el revoltoso quinto, el hidrocálido regaló el tardo sobrero, al que trasteó con gusto. Al manso tercero, Jorge Gutiérrez, con empeño, lo metió a la sarga, pero las ráfagas de viento lo descubrieron constantemente. El sexto fue protestado por anovillado y devuelto a los corrales. Al emotivo y fijo sobrero sustituto, el hidalguense le realizó un acompasado muleteo.

 

 

 

 

 
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