GANADERÍAS DE AMÉRICA

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PLAZA MONUMENTAL DE MÉXICO
TEMPORADA GRANDE

Tarde del domingo, 12 de enero de 2003

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Fernando de la Mora (bien presentados, excepto los dos primeros, que fueron terciados).

Diestros: 

Entrada: un tercio de entrada.

Crónicas de la prensa: ABC


ABC. GUILLERMO LEAL. David Silveti reconquistó la Monumental de México en su reaparición

Tras siete años de ausencia, el nieto del Tigre de Guanajuato e hijo de Juan Silveti enloqueció a la afición con una de las faenas más emotivas de los últimos años

Hacía tiempo, mucho tiempo, que los aficionados no se entregaban a tal grado con un torero como sucedió el pasado domingo con David Silveti, quien, por circunstancias de salud, tuvo que dejar de torear en diciembre de 1995 y hace poco decidió volver a los ruedos para reconfirmar el sitio que, hace diez años, los aficionados le concedieron, rebautizándolo como «el rey David». Lo que sucedió en La México ha sido ya catalogado como histórico, con el regreso del hijo de Juan Silveti y nieto del famoso «Tigre de Guanajuato». La pasión de los aficionados -por cierto, pocos- se desbordó: en cada lance y en cada muletazo de Silveti se ponían de pie.

Con su primero, David había estado bien y, aunque pinchó hasta el punto de escuchar un aviso, el público le dedicó palmas. Pero en el cuarto vino lo grandioso, cuando, cerrado en tablas, lanceó a pies juntos a la verónica a un astado bravo y emotivo, al que luego le cerró David el capote para ejecutar una pintura en la media verónica.

Ya con la muleta, la faena, antes de que concluyera la primera tanda, había hecho que el público se levantara de sus asientos y le gritara «¡torero, torero!» Y es que Silveti, quien acusa un lento movimiento de sus piernas después de las múltiples operaciones que ha sufrido, impone además una quietud extrema entre cada uno de los muletazos. Los pitones del toro, astifino y muy alto, pasaban por las ingles de Silveti, quien en un descuido fue prendido por el vientre, afortunadamente sin cornada. Se levantó con la misma decisión en medio del delirio popular.

Cuando se perfiló a matar, todo el mundo de pie, en silencio, quería que Silveti sepultara toda la espada y, si lo hubiese hecho, seguro que le dan dos orejas y para como estaba el público se hubiese pedido el rabo. Pero no fue así, aunque los aficionados pedían las orejas para él y terminó dando una vuelta al ruedo confirmando que el rey David Silveti no ha muerto, viva el rey.

El indio y el compadre

Lamentable fue lo que Finito de Córdoba vino a hacer a México, a llevarse unos dólares, no pocos, por dejarse ir vivo un toro y espantarle -eso sí, con arte- las moscas a su segundo. Ya en anteriores ocasiones Finito había venido a la Monumental para cumplir sin ningún decoro, y el domingo lo volvió a hacer. Como se dice por acá: no tiene la culpa el indio, sino quien lo hace su compadre. A su segundo, que fue bueno, le pegó de esos muletazos bellos que acostumbra cuando quiere torear, pero fueron aislados y sin permitirle estructurar una faena. No le demos más vueltas: el respeto que Finito tuvo para La México fue llegar el jueves, bajarse del avión, vestirse de luces, y en este momento debe ir, seguramente, aterrizando otra vez en Madrid.

Manolo Mejía estuvo muy torero en sus dos enemigos, pero le correspondió un lote complicado, de la ganadería de Fernando de la Mora. Por cierto, su primero de salida se estrelló con el burladero, rompiéndose las vértebras, cayendo a la arena inutilizado y tuvieron que apuntillarlo. Lo sustituyó un toro de Montecristo que tuvo calidad pero poca fuerza. Mejía, quien toreaba por tercera ocasión en la Temporada Grande, no pudo decir aquello de que la tercera es la vencida.

 

 

 

 

 
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