GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo de abono
PLAZA DE TOROS DE LA CONDOMINA
MURCIA

Tarde del lunes, 10 de septiembre del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Reses de Jandilla, justos de presencia.  

Diestros:

Entrada: más de tres cuartos de plaza cubierta.

Crónicas de la prensa: El Mundo, La Verdad de Murcia


El Mundo. GONZÁLEZ BARNES. El seductor aroma de Romero

Si el toreo es parar, ayer en el coso de La Condomina un torero de esta tierra paró el tiempo; si el toreo es mandar, en la tercera del abono murciano vimos cómo de verdad se le manda a un toro; si el toreo es templar, hacía años que en Murcia no se admiraba el temple con el magisterio del que hizo gala Alfonso Romero. Ayer, soñamos el toreo profundo, hondo, eterno y perfecto interpretado por un pelirrojo que ya ha avisado en Madrid hace unos días de que aún existe el caviar en esta fiesta en la que abundan las lentejas. Los buenos toros descubren a los malos toreros, y también a los buenos, y un toro de Jandilla que se ganó la vuelta al ruedo, nos ha descubierto a un Alfonso Romero convertido en la sorpresa del final de temporada.

Baste con decir que Enrique Ponce, quien estuvo en maestro y al que le correspondió el lote con menos motor de la tarde, y El Juli, que arrancó una oreja a su primero y cautivó en el tercio de banderillas, se vieron solapados por la actuación del murciano.


La Verdad de Murcia. JOSÉ MARÍA GALIANA MURCIA. Por una flor de Romero

Alfonso Romero sublimó el toreo la tarde de su presentación en La Condomina como matador de toros. Lo sublimó, y de paso, puso a cavilar a las dos figuras del toreo que lo precedían en el cartel, a algunos críticos escépticos, al público soberano, a picadores, banderilleros y mozos de estoques que habían oído hablar de «un muchacho alto y pelirrojo, con pinta de alemán, que al parecer torea muy bien». Eso dijo en el callejón un subalterno que a renglón seguido pronosticó: «Si este chico sigue toreando así acabará con el cuadro».La actuación de Alfonso estuvo presidida por la emoción, por el deseo de que floreciera ese toreo de manos bajas que convoca al asombro y pellizca el corazón de los que conciben la tauromaquia como él, sin alardes ni triquiñuelas, fiel a los cánones heredados de los grandes maestros, embraguetado y desplegando el toreo de poder a poder, cuya máxima expresión está en bajar la muleta para que el toro humille, la mayor afrenta que puede hacerse a un ser irracional o racional, en este caso con el riesgo de recibir una cornada.Torear con la muleta baja presenta otro inconveniente: que el toro se quebranta enseguida y la faena ha de poseer intensidad y belleza. Ese es el toreo que ejecuta Alfonso, y no le pidan que haga otro porque no sabe torear mal. Se gustó en un quite por chicuelinas peinando el albero que recordaron las de Manzanares, desmayó las manos y la cintura, embrujó al toro en los vuelos de la muleta y dominó el tiempo en cinco naturales imperecederos, con una lentitud asombrosa. Dueño y señor del temple –Alfonso tiene temple natural–, volvió a la mano derecha, juntas las zapatillas, compuesta la figura, la barbilla sobre la hombrera azabache, para rematar con un cambio de manos que puso la plaza boca abajo. No más de cinco tandas dio el torero murciano, y las rubricó, garboso, con la trinchera honda, el recorte esquivo y una bellísima teoría de ayudados por bajo que provocaron un clamor unánime. Pese a lo que arriesgaba, entró a matar recibiendo y cobró una estocada honda caída con derrame. El público, puesto en pie, pidió los máximos trofeos y el usía, Herrero Romón, hizo algo que ya es frecuente en él, concederlos, y a renglón seguido, sin que nadie lo demandara, ordenar la vuelta al ruedo de un toro que no se vio en el caballo y embistió con clase, sin más. La concesión del rabo es discutible por la colocación de la espada, pero el gesto de tirarse a matar recibiendo, en un momento decisivo de su carrera, no merecía ese desaire, mucho más teniendo en cuenta que en esta santa plaza se han regalado rabos y se han indultado toros en un clima de triunfalismo imperdonable. Lo mejor de esta historia es que Alfonso Romero no necesita que nadie le regale nada. Al toro que cerró plaza lo meció con cinco verónicas y media con las manos dormidas. Variado y hondo con el capote, dibujó en el quite chicuelinas, talaveranas, un recorte y una airosa larga cordobesa. Inició la faena con estatuarios, pases por alto y ayudados muy toreros. Volvió a peinar la arena con tres series de derechazos y alumbró cuatro naturales largos y templados. El toro se entregó menos que el anterior y Alfonso optó por adornarse con dos molinetes, un circular de espadas, manoletinas muy ajustadas y un desplante de espaldas genuflexo. Se perfiló para matar acelerado, no vio toro y después cobró una estocada perpendicular baja que precisó de dos descabellos. A Ponce le correspondió un jandilla inválido, y otro que se paró en la muleta tras un puyazo interminable tapándole la salida, costumbre que se ha convertido en norma. Sosote, el animal careció de recorrido y se paró. El Juli banderilleó con oficio y arrojo, especialmente en los pares por los adentros, pero no dijo nada con el capote ni con la muleta.La noticia, o mejor, la alegría, es que Murcia tiene un torero de una dimensión importante. Tan emotivo fue el brindis a su madre -«Sobran las palabras», como el traje de luces púrpura y azabache que lució en memoria de su abuelo. «Había soñado muchas veces cuajar un toro así en mi tierra», manifestó al término de la corrida. Luego salió a hombros con un manojo de romero en la mano, el romero que tanto emocionaba al poeta Carner: Por una flor de romero / mi corazón daría, / y hasta el trozo de juventud / que medio roto aún conservo.

 

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