Los novillos que soltaron para el festejo inaugural de la feria de San
Fermín eran como para llevárselos a casa. Primero llevárselos a casa,
luego comérselos a besos. Porque esos novillos -los seis, incluido el que
cantó la gallina- no podían dar sino felicidad y jolgorio a una familia
normalmente constituida. Eran (si se permite la expresión) seis bombones
de esos que sólo se encuentran en las bombonerías de lujo. Y a la terna
de novilleros -a la afición con ella- se les hacía la boca agua.
Por supuesto que los tres novilleros se apercibieron de lo que tenían
delante y echaron el resto. Quiere decirse que salieron a por todas, cada
cual según sus capacidades y tal como Dios los diera a entender. Y pudo
apreciarse que los tres albergaban cualidades sobradas para ejercer la
profesión -valor, gusto, desparpajo, que también cuenta- en tanto el
concepto de la lidia, del arte, de la técnica de torear establecía entre
ellos la diferencia y a cada uno le marcaba las limitaciones.
Vayamos a lo bueno: el regusto con que toreaba Javier Valverde, esa
acendrada pinturería, ese gustarse en cada lance; la ligazón con que
Salvador Vega ejecutaba las suertes; la valentía desbordante y la
habilidad capotera de César Jiménez, artífice de los más sorprendentes
alardes y los lances de mejor interpretación.
De las tres versiones del toreo uno resaltaría la de Salvador Vega,
por inusual y auténtica. Eso de ligar los pases es regla taurómaca que
apenas se lleva. Tiene su razón de ser: en la ligazón es donde se
acrecienta el peligro; ligando los pases es cuando los toreros de
cualquier época se han llevado las peores cornadas.
Hay en todo esto una lógica: si se ejecuta el muletazo y al rematarlo
el torero esconde la pierna contraria perdiendo un paso (recurso de Javier
Valverde) o incluso se quita precipitadamente (César Jiménez), la
probabilidad de que el toro los alcance al volver del viaje y los derrote
de lleno es mucho menor que si al rematar el pase el diestro echa la pata
lánte (dicho sea con ajuste a la jerga) y, metido en su terreno, liga el
siguiente muletazo cargando la suerte. Una forma pura, acorde con las
reglas del arte, que se vio hacer repetidas veces a Salvador Vega,
principalmente en su primera faena, premiada con una oreja, y asimismo en
la segunda, que le costó una seria voltereta pues ese novillo -el que
cantó la gallina-fue un manso dificultoso, único de tal cariz en la
lujosa bombonería.
Javier Valverde sufrió una no menos seria voltereta al volcarse en la
estocada a su primer novillo después de haberse empleado por manoletinas
de pie y de rodillas. César Jiménez se libró afortunadamente de estos
percances, pero no porque eludiera el compromiso, pues ahí estaba, de
rodillas en el platillo para iniciar su primera faena ligando derechazos,
y de rodillas otra vez para concluirla.
Hablamos de novilleros, muy jóvenes los tres, naturalmente inexpertos,
con mucho que aprender y que andar como corresponde a su edad y categoría.
De manera que, salvo profetas -oficio que servidor no ejerce- nadie podría
hacerles una previsión de futuro, aunque a juzgar por lo que se les vio
en Pamplona parece halagüeño. Aparte imponderables, desde luego, que
siempre juegan un papel en la vida, y en la tauromaquia aún más. Ahí
tenemos, sin ir más lejos, a Antoñete, víctima de los imponderables. Un
torerazo con vitola de artista y merecida fama de maestro, inagotable en
su torería, dispuesto a envejecer recreando la maravilla del arte,
resulta que lo ha quitado de la vía activa el tabaco. Quién lo habría
de decir.
El tabaco aseguran que ha sido la perdición de Antoñete. Y es verdad.
Porque si en vez de quitárselo por la cosa esa de los complejos y la manía
de las normas le dejan salir a torear fumándose un pitillo, ahí seguiría,
tan serrano, dando la distancia, la muleta adelantada, cargando la suerte,
como un señor. Como un señor de la tauromaquia, entiéndase