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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del martes, 10 de julio del 2001
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Jandilla,
bien presentados, cornalones casi todos, de fuerza escasa; varios bravos,
todos manejables, algunos nobles y otros auténticos borregos.
Diestros:
-
Francisco Rivera Ordóñez,
bajonazo perdiendo la muleta (silencio); pinchazo hondo bajo, otro
perdiendo la muleta y descabello (silencio).
-
Víctor Puerto, pinchazo,
otro perdiendo la muleta -aviso-, nuevo pinchazo y descabellos
(algunos pitos); media estocada ladeada y rueda de peones (aplausos y
también pitos cuando saluda).
-
Javier
Castaño, dos pinchazos y tres descabellos (algunos pitos);
bajonazo escandaloso y descabello (silencio).
Entrada: lleno.
Tiempo: nublada.
Crónicas de la prensa:
El País, Diario
de Navarra, El Mundo, ABC,
Diario de Sevilla
El País.
JOAQUÍN VIDAL. Lo bueno fue cuando llegó
Zaratustra
Todo iba mal -mediocridad, monotonía, aburrimiento- hasta que llegó
Zaratustra ante la general sorpresa. ¿Zaratustra en los tendidos de sol
de la plaza pamplonesa? Vivir para ver.
Hasta entonces por esos tendidos habían pululado otros genios más
modernos, más de ir por casa, lanzando al viento sus creaciones como ese Paquito
el Chocolatero o esa Chica Ye-ye, con las que tanto disfrutan
las peñas. Sin olvidarse del Rey ('sigo siendo el rey', dice la canción)
según nos recordaba un amable aficionado mexicano, algo dolido el hombre
con servidor porque en anteriores recuentos no mencionaba esta emblemática
pieza.
Lo que no cabía esperar, en efecto, era que, de pronto, una de las
bandas que alegran la solanera, tirara de Richard Strauss y atacara los más
solemnes compases de su poema sinfónico Así habló Zaratustra. Y
cuando los concluía sosteniendo largas las últimas notas en medio del
estupor de la plaza entera, ocurrió el prodigio de que se animara el
redondel. Y fuera Rivera Ordóñez y se hincase de rodillas para trazar
dos largas cambiadas; y después le diera al toro por sacar una bravura
inusual y se apalancara contra el caballo de picar, fijo en el peto y
metiendo los riñones.
Únicamente por milagro podían ocurrir estas cosas cuando la corrida -iban
cuatro toros lidiados- transcurría aquejada de una abrumadora vulgaridad.
Uno, que es de natural ingenuo y cree en la relatividad (como el colega
Albert Einstein) da por cierto que en el coso sanferminero hubo de
producirse una mutación mágica, un fugaz retorno a la noche de los
tiempos.
Estas cosas se producen de tanto pensar. Tanto abusan los toreros de
los derechazos, de la vaciedad y de la nada, que la gente se distrae, se
pone a cavilar y pues constituye multitud, acaba provocando un
cortocircuito. Y para mí que así sucedió. Y a consecuencia del
chispazo, el que primero vino no fue exactamente Strauss, autor de la
sinfonía sobre Zaratustra, sino Friedrich Nietzsche que es el padre de la
criatura.
Nietzsche inspiró la partitura de Strauss y nadie le puede discutir su
condición de creador de Zaratustra, con sus sermones de la montaña, en
los que pregonaba la sublevación contra la burguesía, el pensamiento
progresista, la revisión del platonismo y hasta la negación del mismísimo
Dios. Jolín con Zaratustra (Zoroastro para los amigos). Porque vivió en
Alemania, hace dos siglos, que si llega a vivir aquí ahora, va e inventa
la manoletina.
Cuando decían que José Tomás proviene de otra galaxia a lo mejor es
que lo traía de la mano Zaratustra. A Víctor Puerto, a Rivera Ordóñez
y a Javier Castaño, en cambio, no los podía traer. Éstos se conforman
con más pedestres situaciones. Puerto demostró en unos redondos que
tiene técnica y empaque para dejar a la altura del betún a casi todo el
escalafón, y no obstante prefirió ser un pegapases. Rivera, salvado el
arranque de las largas cambiadas, toreó despegado y con el pico. Y a
Castaño le faltó gusto y torería para sacar partido al bonancible lote
que le correspondió. Ninguno se inspiraba pese a que la banda les tocó
lo de Zaratustra. La próxima vez debería probar con la obertura de Los
Nibelungos, a ver si cuela.
Diario
de Navarra. BARQUERITO. Actuación
notable de Rivera
La pródiga y notable racha de los últimos años
de Jandilla en Pamplona se quebró. La corrida no fue para nada un fiasco
ganadero, pero no rompió ningún toro. Ni siquiera el quinto, que fue el
de mejor nota de los seis. Ni el noble primero, que, tardeando, pudo con
sus imponentes 600 kilos. Tampoco un bondadoso cuarto muy alto de agujas y
despabilado en banderillas que, enganchado por el hocico, viajó con
temple pero con la voluntad justa. Sin la agilidad, la fijeza o la
movilidad de Sanfermines recientes, la de Jandilla entró este año en el
fondo común de las corridas aceptables para el canon de Pamplona: poder -no
se cayó ningún toro, y no se ha caído ninguno en toda la feria cuando
se ha llegado a su ecuador-, presencia y personalidad.
Un toro aparatoso
Lo que hará memorable la corrida fue lo desmedido de la
envergadura del segundo de la tarde, un toro muy estrecho de sienes pero
que debió de dar más de un metro de punta a punta de pitón. Sin contar
la talla especial de algunos miuras, cuesta recordar un toro de San Fermín
tan aparatoso. Fue, por cierto, un toro de no mal son por la mano derecha
-y distraído y andarín por la otra- y con él se vivieron momentos de
emoción. Sereno, entero y calmoso, Rivera Ordóñez se lo pasó con ritmo
y compás por la mano buena. Con limpieza general. Sólo hubo enganchones
contados cuando el toro sencillamente dejó de caber en la muleta o cuando
al torero no le dio más de sí el brazo. La faena, de buen rumbo, se
siguió con atención. La disposición de Rivera -su tranquilidad, incluso
su facilidad- fue notable. Si la espada no hubiera entrado tan
desprendida, el acontecimiento -andar tan sobrado con tan amplio toro-, se
habría conmemorado con un triunfo. Faltó que el toro, además, tuviera
la misma claridad por esos dos pitones, tan remotos el uno del otro.
El viento y una entrega ahora menor impidieron que Rivera
redondeara con el quinto de corrida, que fue también bastante más claro
por la mano derecha que por la otra.
Brillante saludo
Brillante el saludo con dos largas de rodillas en el tercio,
afinado el capeo a pies juntos, estimable un quite a la verónica rematado
bellamente con un recorte a una mano y elástico un trasteo brioso donde
tuvieron más calidad los remates y las salidas de tanda -con el rumbo del
mejor Rivera en unos y otras- que la sustancia misma del toreo por
derecho. Despegadillo, toreando Rivera más con el cuerpo que con los
brazos. Dos pinchazos hondos y un descabello.
El primero de corrida fue un buen toro. Soberbio el galope de
salida, irregular la pelea en el caballo y los pitones enterrados por dos
veces en la arena, con tanto quebranto que el toro ya tardeó en
banderillas y volvió a tardear todavía más en la muleta.
Víctor Puerto, despejado y seguro, le hizo al toro cosas buenas
pero salteadas en una faena dividida caprichosamente en apartes y capítulos,
partida por tiempos muertos. Notable el final, con inspirados muletazos
cambiados por abajo a una mano. Pero tres pinchazos y un descabello
dejaron sin premio el trabajo. El cuarto, que descolgó con buen estilo en
seguida pero se fue suelto del caballo, fue toro manejable. Hubo que tirar
de él. Engancharlo por el hocico y llevarlo a pulso. Méritos de
profesional capaz de Víctor, que, igual que en su primer turno, abusó de
prolongar faena o de recomenzarla dos veces. Notable la seguridad del
torero manchego, que agarró media letal y tuvo que salir a saludar porque
esos méritos se tuvieron en cuenta.
Digno debut
Javier Castaño saldó dignamente su debut en Pamplona, pero
sorteó el lote menos propicio de jandillas. Castigado a modo en el
caballo, el tercero se paró en seco, abrió las manos y metió la cara
entre ellas. Con toro marmolillo, aguante del torero leonés, que respiró
tranquilo entre los pitones y optó por cortar cuando el toro se volvió
una estatua. Suelto, lo intentó con un nada sencillo sexto que hizo de
todo: desde venirse con violencia a quedarse debajo defendiéndose. Castaño
caldeó con una espectacular tanda de rodillas, fue y vino al tajo con
decisión pero sin logros, y mató al fin con brevedad y corazón.
El
Mundo. JAVIER VILLAN. Si
yo fuera torero
Si yo fuera torero lo primero es que no sería periodista, eso seguro.
Si yo fuera torero las chicas me mirarían por la calle, me esperarían en
el vestíbulo del hotel, me harían proposiciones lo menos honestas
posibles y yo me sentiría el rey del mambo. Eso mola cantidad. Si yo
fuera torero, por citar sólo referencias que he visto, de no poder ser
Rafael Ortega o Curro Vázquez, quisiera tener el capote de Ordóñez, el
natural de Chenel, el redondo de Curro Romero y la espada de Camino o El
Viti.
Si yo fuera torero, Víctor Puerto, un suponer, embarcaría con el
extremo de la muleta llamado pico, me tomaría mucho tiempo entre pase y
pase, andaría parsimonioso y ceremonial por los aledaños del toro y
luego miraría a los tendidos como diciendo: «Aquí estoy yo». Se ha
puesto muy de moda eso de andar despacio por las cercanías del toro. Si
yo fuera Víctor Puerto haría eso y más porque todo eso tiene buena
prensa. Pero si fuera toro, y toro tan nobilísimo como el primero, iba a
decir pestes de Puerto. A mí, un día que le habíamos dado un premio,
Puerto me mostró su interés por los secretos del teatro. Aquello, sin
asomo de ironía ni segunda intención, me pareció bien porque, en
definitiva, el toreo tiene mucho de rito, ceremonia y, sobre todo, de
tragedia. Pero me temo que el sentido de la puesta en escena de Víctor
Puerto no acaba de estar claro. Mi punto de vista sobre la dramatización
taurómaca no incluiría ese desplante, tras la torrencial hemorragia
originada por el pinchazo bajo. Y, a lo peor, tampoco incluiría los
saludos, aunque en esto de saludar cada cual saluda a quien quiere. Y si
Puerto quería despedirse tan cortésmente de la afición pamplonesa,
estaba en su derecho.
Si yo fuera Francisco Rivera Ordóñez, aparte de tener un título
nobiliario y dos apellidos torerísimos que, en cuestión de toros, son
auténtica grandeza de España, haría siempre lo que Rivera hizo ayer.
Ante la pavorosa y destartalada cornamenta de su primero, tomar las
necesarias precauciones e incluso las innecesarias. Si yo fuera Rivera Ordóñez
le habría atizado al jandilla el mismo inhumano e infame bajonazo. Claro
que, para inhumano e infrahumano, el bajonazo al sexto de Javier Castaño.
Un día tengo que hacer yo el elogio del bajonazo, que es suerte más
complicada y meritoria de lo que parece a simple vista. Si yo fuera Rivera
estaría dando gracias a la suerte por haberme tocado el quinto toro,
acaso el único jandilla propicio al lucimiento. Mas como no lo soy, no sé.
Puede que ese toro llegara en un momento inoportuno, recién salido Rivera
de la enfermería tras el salvaje hachazo que le tiró el segundo. Como no
soy torero ni soy Rivera Ordóñez, pues allá él y allá yo.
Si, por último, fuera Javier Castaño, no sé qué podría estar
haciendo en estos momentos, aparte de hilvanar una crónica deshilvanada:
desesperarme, seguro, ante la roqueña inmovilidad de los jandillas,
meditar hondamente en los sinsabores de la vida. O sea que yo entiendo
todas las tribulaciones de Castaño en particular y de los toreros en
general. Las entiendo y me solidarizo con ellas, palabra. Los jandillas,
una peste de toros sosa y decrépita. Uno procura ponerse en el lugar de
los toreros, aunque sea desde la grada, mas una cosa es la capacidad de
comprensión y otra, muy distinta, comulgar con piedras de molino. Piedras
de molino, chirriantes y monótonas, eran los jandillas de ayer. Y los
toreros, con todos mis respetos, a tono con los toros.
ABC. ZABALA DE LA
SERNA. Feria de San Fermín:
Terrible ataque de adocenamiento
Esta temporada se despide de San Fermín Ignacio Cía como mandamás de
la Casa de Misericordia, como luchador incansable y gestor de algo más
que una feria. Ignacio merecería un adiós por todo lo alto, algo que los
toreros no parecen dispuestos a concederle. Sin ir más lejos, ayer Víctor
Puerto, Rivera Ordóñez y Javier Castaño perpetraron un ataque de
adocenamiento y vulgaridad supina. Aburrieron al santo Job, a los
aficionados, al público, a las peñas, a los veterinarios, al doctor
Ortiz y al palo de la bandera. Y lo peor es que la corrida de Jandilla
sirvió, que se dice. Manejables en conjunto, los toros de Borja Domecq,
aun sin ser como para lanzar cohetes, iban y venían, obedecían a los
engaños, se desplazaban más o menos, según cada cual. Los tres espadas
los molieron a derechazos.
Si alguno ha de salvarse, que sea Víctor Puerto, aunque cuenta con el
lastre de un lote notable, en especial el toro que abrió plaza. Seguía
la muleta a su ritmo, porque le costaba mover el tonelaje, pero lo hacía
hasta el final. Puerto prologó faena con torería, a media altura. Siguió
con clasicismo sobre la derecha. Pasó con discreción al natural y sólo
un par de pases destellaron. Y siguió y siguió, metido en una tónica
lineal y plana. Hasta querer despachar al jandilla desde la lejanía.
Tampoco con el cuarto remontó la tarde. ¿Estuvo mal Víctor Puerto?
Pues ni bien ni mal, sino todo lo contrario. Al final, tras media estocada
fulminante, se le agredeció la voluntad y saludó desde el tercio. Vaya
usted con Dios.
Entre el toro y Rivera Ordóñez bien cabía un autobús. Así muleteó
sobre la mano derecha al noble segundo, entre cuyos pitones habría casi
un metro. Rivera lo conducía con largura, por allá por la periferia. Y
al rematar un pase de pecho por el lado izquierdo sufrió un derrote en la
axila. ¿Naturales? Si los hubo no transmitieron ninguna emoción mayor.
Remató con un infame bajonazo.
Al quinto lo recibió con dos largas cambiadas y lances que motivaron
un falso optimismo. La faena cayó de nuevo en una desesperante monotonía,
ayuna de calidad. Embestía con mayor nitidez el toro por el lado del PP
que por el de Anguita, pero igual daba. Murió de dos pinchazos y
descabello.
En el haber de Javier Castaño hay que anotar el brindis a Los del Río
como hecho más destacado. Permitió que al tercero lo castigaran
demasiado en el caballo, por lo que alcanzó la muleta apagado y quedo.
Castaño se arrimó, no había otro camino, y utilizó la espada con
precariedad.
El sexto no humillaba y se movía sin clase. El diestro de origen leonés,
lamentablemente, carece de las mínimas virtudes como para funcionar.
Cuesta entender qué cualidades/ca-lidades le vieron en su día. Se
despidió con un impresentable sartenazo en el número.
Diario de
Sevilla. LUIS NIETO. Con el atuendo
navarrico
Un día más en blanco, tan blanco como el inmaculado
atuendo de los navarricos. Sí, tan blanco como esa camisa y pantalón que
lucen, adornado con el pañolico rojo. Y lo peor de ayer no fue la
carencia de trofeos, sino la ausencia de emoción y de arte. Además, Víctor
Puerto, Rivera Ordóñez y el debutante Javier Castaño manejaron
malamente los aceros. Todo ello con una corrida de Jandilla, desigualmente
presentada, desde elefantes, como los dos primeros -el segundo
destartalado y feo- hasta otros ajustados a lo que debe ser un toro en
trapío, como los dos últimos. En comportamiento, también muy dispares.
Puerto, sin lucimiento en el capote, realizó una labor de enfermero
con el imponente primero, de 600 kilos y generosas perchas. La labor fue
anodina, sin molestar al nobilísimo y flojo toro que abrió plaza, al que
mató mal.
Con el manejable cuarto realizó un trasteo en las rayas, con sólo dos
buenas tandas con la derecha; para sacar al toro a los medios al final de
la labor. Mató en este caso de media eficaz, que produjo vómito.
Rivera Ordóñez se las vio en primer lugar con un toro de 610 kilos,
de destartalada y monumental cornamenta, que no tuvo maldad. Aseado en los
lances de recibo, cumplió en un trasteo por el único pitón con cierto
recorrido, el derecho. El astado le propinó una cornada en la axila
derecha, teniendo que ser operado en la enfermería tras finiquitarlo de
un bajonazo.
Rivera salió para matar a su otro toro, opuesto en volumen a su
anterior. Lo recibió con dos largas cambiadas de rodillas y lanceó a
pies juntos. Luego, con un animal manejable por el pitón derecho, pergeñó
una labor entonada, mal rematada con los aceros.
Javier Castaño dejó que le zurraran en exceso al tercero, al que
masacraron en un larguísimo puyazo. El diestro brindó a los del Río una
labor encimista ante el animal, un marmolillo con el que dio un mítin con
los aceros.
El sexto, menos voluminoso que su anterior, fue el garbanzo negro del
festejo. Un cinqueño deslucido, corto por ambos pitones y con la cara
alta. El trasteo del leonés-salmantino, sin interés, matando de bajonazo
y descabello.
Por una cosa u otra, el festejo careció de emoción, con las peñas a
lo suyo.
Lo dicho: en blanco, como el inmaculado atuendo de los navarricos. |
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