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Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA
Tarde del jueves, 6 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: toros de José
Murube, desemochados para el arte del rejoneo, que en general dieron buen
juego. Mansearon.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónicas de la prensa:
ABC, El Mundo, Diario
de Navarra.
Diario de Navarra.
Edición del 7 de julio. BARQUERITO. Faena cumbre de
Pablo Hermoso
Hubo que esperar al sexto toro, a su cuajo y a su impresionante galopar, para
que Pablo Hermoso y su gente, que son sus caballos, le dieran a la corrida de
rejones de San Fermín el aire explosivo de fiesta que estaba previsto. No
estaba tan previsto que esta segunda faena de Pablo Hermoso viniera a ser una de
las más importantes suyas de esta temporada. De las que contarán y pesarán en
su balance del año. Por lo que tuvo de riesgo y exposición, de corazón y
cabeza, de fondo y de espectáculo. Tan fuerte que mandó al olvido los cinco
toros previos de un golpe.
El tercio de castigo tuvo caracteres de acontecimiento: crudo y fortísimo el
tranco del toro, pero ataque de Pablo sobre "Martincho" de caras y en
los medios para clavar arriba y templarse ya con sólo los dos primeros
recortes. En la preparación del segundo rejón de castigo, con el toro
embarcado en la cola, un interminable, agónico galope que puso a la gente de
pie. Y así las cosas, la salida de "Cagancho", que reaparecía tras
su lesión de mayo en Madrid, pero que volvió mejor que se fue. Temple puro en
los galopes de costado y a dos pistas, seguridad impresionante en los ataques al
sesgo ganado un tranco más en las reuniones y saliendo de ellas con torería
sublime. Tres pares de "Cagancho" y, guinda para rematar tercio, la
salida de "Chicuelo", que clavó en los medios y arriba y salió de un
recorte luego con dos piruetas suspendidas en la cara del toro y una tercera
sencillamente inverosímil en tablas. Y al fin, el infalible "Mazzatini",
sobrio en las cortas y valiente al matar por dentro porque Pablo quiso amarrar
el triunfo que en el primer toro le había quitado la espada. Una apoteosis
continua, absoluta, a veces delirante.
Frío arranque de Buendía
Distraído y apagado de salida, tardó en encelarse y fijarse el primero del
lote de Javier Buendía. Un galope pesado y perezoso en el tercio de castigo. Fácil,
por dentro y sin apreturas ni aprietos, Buendía prendió dos rejones. Paradote
en banderillas el toro, Buendía tuvo que atacar arrancando por delante para
provocar las reuniones. Cuatro farpas, en cinco encuentros, quedaron arriba. No
las cortas, en cuya preparación Buendía cerró demasiado al toro, que ya en
tablas esperó y se aplomó tanto que amenazó con echarse. Faena, por tanto,
medida, justa y sin brillo. Frío arranque.
Petición para Bohórquez
A pesar de su querencia al portón de corrales, fue buen toro el segundo, un
cinqueño de bellas hechuras que se estiró en enseguida y, con son de bravo, no
se dolió al castigo pero sin terminar de espabilarse. Seguro, Bohórquez clavó
en el tercio los dos hierros de castigo: uno, por dentro, y el otro, por fuera.
Faena, luego, morosa. Abuso de tiem pos muertos de una reunión a otra, todas
las cuales fueron buenas y, muy en especial, la de un espectacular par a dos
manos con el caballo dando el pecho y una salida ajustadísima tras clavar Bohórquez
arriba. Sangró mucho el toro, lo acusó, tardeó al embestir a las cortas y se
defendió en los embroques de muerte. En el primero de ellos, alcanzó la
montura. Era el toro del debut de Bohórquez en Pamplona al cabo de tantos años
de actividad y no hubo petición su ficiente de oreja.
El tercero, que estuvo a punto de saltar, rompió inesperada y radicalmente a
toro fiero. Fiereza espoleada por el valiente planteamiento de Pablo Hermoso,
que, sin medir siquiera su son, atacó para el primer rejón de castigo ya de
caras y en los medios. Soberbia la fuerza del encuentro, al pitón contrario,
con el viaje cambiado en un palmo, y sólo la pena de que el hierro quedara muy
delantero. Vibrantes de verdad los otros dos rejones de castigo, trasero el
primero y en su sitio el otro, y exhibición del sabio tordo "Labrit",
que este año se ha prodigado poco. Pese a los tres hierros de castigo, arriba
en banderillas el toro, como si estuviera crudo, y turno de lucimiento para el
caballo de más sentimiento de la cuadra de Pablo, un "Albaicín"
inspirado y agitanado en flexibles galopes y golpes de grupa. Volcada la plaza -por
el toro, por el toreo y por la cuadra-, Hermoso clavó un rejón contrario y
ladeado que exigió, pie a tierra, cinco golpes de descabello, trabajo y tiempo
que enfriaron en seco la cosa.
El cuarto, estrellado contra la barrera, se desinfló pronto. Toro bondadoso
pero soso y apagado. A cámara lenta, con pureza, paciente, Buendía clavó con
comodidad los dos de castigo y, tras largas preparaciones, las banderillas con
suficiencia. Adormecido, el toro esperó mucho y Buendía no se decidió a tomar
la iniciativa. Faena a menos y mal remate con la espada y peor con el descabello
pie a tierra.
Algo precipitado de partida, Bohórquez tardó en acoplarse al son pronto y
claro de un quinto toro muy acarnerado que, distraído en principio, se vino en
seguida muy pastueñamente. Agiles encuentros en el tercio de castigo,
desigualdades en la faena con un primer par de banderillas muy caído, un
alcance con cornada al ser Bohórquez sorprendido en una arrancada de largo y
reparación con un gran par a dos manos. Se diría que acusando casi dos meses
de inactividad, no estaba Bohórquez del todo a punto. Anduvo por debajo de lo
que es él. Luego, la fantasía genial de Hermoso.
El Mundo.
JAVIER VILLAN, Madrid. Portentosos Cagancho y Chicuelo
Asistir a una corrida de Pablo Hermoso de Mendoza en Pamplona es asistir a
una misa concelebrada: todos monaguillos y todos oficiantes. Vale. Nada que
oponer. Hermoso de Mendoza es Navarra como Romero es Sevilla, Ponce Valencia o
José Tomás Madrid. Lo cual no quiere decir que Pablo Hermoso de Mendoza, y los
otros, no tengan méritos suficientes para borrar las insidiosas fronteras de
los localismos apasionados; éstos son valores añadidos, una sobredosis. Ayer,
Hermoso de Mendoza, hasta que sacó al ruedo a Cagancho, vivió más de la
sobredosis que de sus genialidades.
Más que templado, Hermoso estuvo vibrante en su primero. Y si no que se lo
pregunten al bellísimo Albaicín que se llevó un par de topetazos en su
delicada piel y debe andar ahora a base de ungüentos y mercrominas. A Hermoso
de Mendoza le soltaron el toro antes de que él saliese al ruedo y eso le aceleró
un poco el ritmo y el galope; para ganar, quizá, el tiempo perdido. No había
pasado de discreto y en algunos momentos, vulgar en el sexto, hasta que salió
Cagancho. Cagancho es un milagro renovado, aunque ese milagro lo haya fabricado
el torero navarro. Cagancho no es esbelto, aunque es señorial. A veces parece
un caballo de tiro, mas tiene la sensibilidad torera y el temple de las mejores
muletas. No es guapo, pero es genial. Hay un entendimiento perfecto entre
caballo y caballero que acaba besando el cuello del animal cada vez que éste
pone al público en pie. Bastaron dos galopes de costado al hilo de las tablas
para que Cagancho se creciera, Hermoso se exaltara y el público aplaudiera
enardecido. Y luego tres banderillas, ejemplares de colocación y de ejecución;
Chicuelo, para las piruetas inverosímiles burlando al toro; y Mazzantini para
las banderillas cortas. Apoteosis. Delirio: una misa, un rito concelebrado con
la comunión, quizá excesiva, de dos orejas.
En esto de las orejas anduvo dispendioso ayer el señor presidente. A no ser
que confundiera las camisas blancas con pañuelos, y los pañuelos rojos con
moqueros -que dicen por Castilla y por Levante- no había quórum para la oreja
a Fermín Bohórquez. Y, sin embargo, Bohórquez había toreado bien. Clavar,
fue otra cosa: a la grupa casi siempre, salvo un buen par de banderillas a dos
manos que tuvo la virtud de mejorar en el quinto. Galopó y recortó Bohórquez
a dos pistas, dio el pase cambiando los terrenos y desafió a Hermoso en su
propia especialidad: la torería ecuestre. Acaso la oreja fue una dádiva del señor
Zúñiga para calentar el ambiente y estimular al navarro. Con ese saludable espíritu
de rivalidad, antes de los prodigios de Cagancho y de Chicuelo, caracoleó Fermín
en el quinto. Y todo quedó en nada. Bueno, en nada no; el tordo tirando a
blanco que sacó para banderillas se llevó un puntazo fuerte que era una rosa
roja en su alba piel. A esto de los topetazos y rasponazos a las cabalgaduras no
parecen darles importancia los caballeros. Si las cornadas se las dieran a
ellos, ya medirían mejor los terrenos y harían menos frivolidades.
A Buendía no se le fue el cuarto vivo al corral porque el animal era benévolo
y compasivo y se echó. Aunque sólo sea por recordar a Villalón, a cuenta de
la garrocha, a mí me encanta ver a Buendía. En la Maestranza soy capaz de
aguantar, en la matinal de abril, a los otros cinco con tal de ver el austero y
elegante cabalgar de Buendía; y la sutil línea divisoria donde frena el ímpetu
del toro en la salida. «Si no se me parte el palo/ ese torito berrendo/ no me
mata a mí el caballo». Sé que Fernando Villalón tiene otros versos, pero yo
siempre cito éstos. A veces pienso que soy un diapasónde una sola nota. Javier
Buendía sacó la tradicional garrocha, no se le partió el palo ni el toro le
mató el caballo ni nada. Lo mejor, el brindis a Pablo Hermoso de Mendoza; un
viva Cartagena sanferminero y sentimental que no le valió de nada.
ABC. Vicente
Zabala de la Serna. Madrid. «Cagancho» y las
cuatro verónicas viejas
Podría ser el título de un cuento taurino o de una novela. O una historia
curiosa y barroca protagonizada por el gitano de los ojos verdes, reencarnado
ahora en ese caballo torero del mismo nombre que Joaquín Rodríguez, «Cagancho».
Pero las cuatro verónicas, ¿de dónde sale la doble pareja de lances? Pues de
las muñecas de un banderillero de vestido desgastado y cabellera cana, rizada
por la nuca, de un hombre de capote lacio y terso a la vez, lejano de las
rigideces actuales, alejado de las ilusiones de juventud. Aquellas cuatro verónicas
brotaron de un sentimiento añejo, de un viejo baúl de vivencias, de un impulso
muy torero, y fueron, junto con las verdades de «Cagancho», el mejor recuerdo
de la tarde, el toque más romántico y sentimental. No sé su nombre ni creo
que importe, pero seguro que aquel hombre azul y azabache habrá reeditado por
unos pocos segundos las esperanzas plasmadas en unas fotografías ya sepias y
marchitas por el tiempo.
«Cagancho» fue mucho «Cagancho», una vez más. Con él llegó la locura,
el éxtasis y la entrega, las distancias cortas, el temple a dos pistas, el
toreo frontal y la belleza de su valor. Apenas había un par de metros en el
tercer embroque en banderillas, ante el sexto. Las manos, temblorosas, brillante
la piel sudorosa, eran un manojo de nervios, hasta el encuentro. Y, luego, los
recortes por los adentros, las ovaciones enaltecidas de los paisanos de Pablo
Hermoso de Mendoza, que le adoran con razón y corazón. Antes del trance final,
«Chicuelo» bordó unas piruetas en el aire, en la cara del toro, dibujando una
estela blanca que tras de sí dejaba, como un cometa o como las olas vierten
sobre la arena bocanadas de espuma. Aunque Pablo mató mal, no hubo voluntad de
ser rigurosos y quitarle la segunda oreja. Cualquiera se atrevía tal y como
vociferaba el personal.
Fabuloso jinete
El fabuloso jinete estellés ya había estado fino con su anterior enemigo,
que resultó un buen toro. Pero el mal manejo del verdugillo, tras un rejón muy
atravesado e ineficaz, le privó de alzarse con un trofeo.
Fermín Bohórquez, sin embargo, conquistó una oreja del segundo murube,
pedida más por la solanera que por la mayoría de la plaza, después de una
faena creciente, de menos a más, con la rúbrica a dos manos de un excelente
par. Las cortas fueron la guinda del pastel. No redondeó el caballero jerezano
su actuación ante el quinto, y uno de sus caballos recibió una cornada: la
sangre emanó oscura y opaca.
En un tono muy discreto anduvo Javier Buendía, siempre muy sobrio y campero.
El saludo de garrocha al ejemplar que abrió plaza y alguna que otra reunión
arrancaron las palmas.
Pablo Hermoso de Mendoza, como cabía esperar, fue el héroe aclamado en la
salida a hombros. Una pena que a «Cagancho» no pudieran izarle. Y al autor de
aquellas cuatro viejas verónicas, tampoco.
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