GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del sábado, 8 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Cinco toros de Adolfo Martín (justos de trapío. Mansos con sentido unos y descastados otros. Desiguales de cornamenta). Otro de Millares (devuelto y sobrero de la misma ganadería; noble y manejable).

Diestros:

  • Miguel Rodríguez. Dos pinchazos, media y nueve descabellos (pitos); pinchazo, estocada trasera, -aviso- y se echa el toro (silencio con aviso). 

  • Vicente Bejarano. Tres pinchazos y tres descabellos (silencio); pinchazo a paso banderillas, dos pinchazos y media tendida, dos aviso, estocada y tres descabellos (silencio con dos avisos). 

  • Gómez Escorial. Pinchazo bajo, estocada tendida y tendida, aviso y dos descabellos (palmas); pinchazo, estocada saliendo aparatosamente volteado -aviso- y descabello (vuelta).

Entrada: Lleno

Crónicas de la prensa: ABC, El Mundo, El País, Diario de Navarra.


Diario de Navarra. Juan Miguel Núñez. Gómez Escorial asusta y convence
Con una valerosa actuación ante el único toro válido
Corrida imposible por lo que a toros se refiere. Los de Adolfo Martín tuvieron sólo peligro, y cuando ni siquiera se dio esa circunstancia adversa, aun fue peor, como le ocurrió a Gómez Escorial en el tercero, y a Bejarano en el quinto, toros como los de Guisando. Ni que decir tiene cómo se las vieron y se las desearon los toreros con este "material". La excepción (tuvo que ser de otra ganadería), con el sobrero, que permitió los pasajes más interesantes de la tarde, con el debutante Gómez Escorial como protagonista.

Toro con peligro
Miguel Rodríguez tuvo de entrada a un auténtico "pregonao", toro con peligro a voces, aunque el público no terminó de verlo. Ni le valoraron en su justa medida el gesto de plantarse de rodillas frente a chiqueros para la larga cambiada. La verdad es que el madrileño no se dio apenas coba con él y eso hizo que el tendido se enfadara. El astado no tenía un pase y Rodríguez tampoco intentó dárselo.

Parado hasta la desesperación fue el cuarto, con el que de nuevo el hombre se aburrió pronto. Aun así, por la demora que tuvo con los aceros dio tiempo a que el presidente le enviara un aviso.

Bejarano el breve
Vicente Bejarano trató de ignorar las dificultades de su primero, lo que le costó estar muy valiente. Elegantes lances con el capote y proyecto de faena de muleta por el pitón menos malo, el izquierdo, aunque como el toro no terminó de entregarse aquello tampoco tomó vuelo. Estuvo breve, que fue lo mejor que pudo hacer.

El quinto fue el colmo de la mansedumbre, al que hubo que picar en chiqueros y que sacó sentido en banderillas. En la muleta, distraído y apagado. Bejarano recorrió mucha plaza, total para dar medio pase aquí y otro allá. Una desesperación en el ruedo y en el tendido.

Gómez Escorial se fue a chiqueros en su primero, como acostumbra para instrumentar una escalofriante larga cambiada. Pasaje emotivo, pero sin continuidad por la falta de toro. Así la faena de muleta fue un continuo intento de buscar agua en un pozo seco. El animal remiso, tardeara una barbaridad y, como mucho, se arrancaba al paso. Un astado que no decía absolutamente nada.

Gómez Escorial no se quiso rendir y optó por la única alternativa, la del arrimón, pero ni así. Espaldinas y manoletinas finales sirvieron para que al menos los mozos de "el sol" miraran al ruedo. Poca cosa después de tanto esfuerzo.

La salvación de la corrida sería el toro sobrero, mejor dicho, el propio Gómez Escorial con éste. El torero que más y mejor interpreta las largas cambiadas se arrodilló de nuevo frente a chiqueros para saludar de este guisa al primer toro que saltó al ruedo con el hierro de Los Millares. Devuelto éste al partirse un pitón en el estribo del picador, otra vez acudió Gómez Escorial al mismo sitio y en igual postura.

Pero en esta ocasión hubo más, hasta cinco largas cambiadas, que provocaron gritos de contento a coro, ensalzándole como "to-re-ro, to-re-ro". Por fin el festejo se encarrilaba, y aunque fueron prácticamente de trámite los tercios de varas y de banderillas, con el toro también suelto, sin disimular su manse dumbre, enseguida en la muleta aquello tomó altos vuelos. Fue a partir de dos espeluznantes cambios por detrás al abrir faena, y una primera tanda de naturales de mucho temple y mejor ritmo.

Lamentablemente el toro fue a menos, aunque la inercia y el gran empuje no dejó que perdie ra interés. Otra serie más de naturales de mucho aguante. La disposición de Gómez Escorial llegó hasta un péndulo de rodillas y, con el animal ya claramente a menos, la guinda de los rodillazos. Tenía la oreja en el esportón cuando pinchó por primera vez. En la estocada salió za randeado de forma muy aparatosa y al demorarse para el primer golpe de descabello, sonó un aviso y el presidente consideró que no había suficientes pañuelos para el trofeo. Dio una aclamada vuelta al ruedo, algo que vale tanto o más que la oreja denegada.


El Mundo. Javier Villán. Petardo de Adolfo y casta de Escorial

La corrida pudo acabar como el rosario de la aurora: a farolazos; aquello estaba gafado. El único toro que dio sensación de bravura y alegría, el remiendo de Millares, se descornó contra un burladero. Se medio arregló el desastre gracias a la sensibilidad heterodoxa del presidente, que lo devolvió; y gracias a Escorial que dio cuatro largas cambiadas de rodillas y una quinta afarolada que apaciguaron al público. Siguió de salvador Gómez Escorial, que a partir de ahora tiene ya un sitio en el corazón de los navarros. No fue una faena exquisita, fue una faena de agallas que emborronó el desacierto con la espada. Gómez Escorial estuvo valentón desde la serie de apertura con pases cambiados por detrás, combinados con el de pecho, hasta la estocada final a cambio de un volteretón de infarto. En la memoria de la tarde, dos tandas de naturales bajando mucho la mano y llevando toreada la embestida. Le tocó el lote al madrileño. Con el más claro de los adolfos, Gómez Escorial anduvo sobrado y sin asfixias. Esto es bueno para el chaval que está pasando demasiados malos tragos y demasiado seguidos.

Pero esto no cambia el signo de la tarde, que fue el fracaso de los adolfos. La corrida de Adolfo Martín cumplió la premisa esencial: moverse. A tal punto hemos llegado, que lo natural en un toro -movilidad y fortaleza- empezamos a reputarla de maravilla. Por este lado, pues, puta madre. Aguantaron todos un primer puyazo demoledor y fueron, con mal estilo, eso sí, dos o tres veces al caballo. Dicho y proclamado lo que antecede, la corrida de Adolfo Martín fue un petardo. Los adolfos fueron vulgares y sin asomo de bravura en varas; taimados en banderillas e intratables en la muleta. Además, salieron diezmados, pues los veterinarios se cargaron un toro en el reconocimiento. Mala cosa esta de venir a Pamplona sólo con seis toros y, encima, de dudosa apariencia. Si convenimos en que la presencia de los adolfos tampoco era fascinante habremos de reconocer que Adolfo Martín ha pasado por Pamplona regular y tirando a catastrófico.

El primer caballo de la tarde se negó a picar. Como un toro mansurrón se aquerenciaba en tablas y reculaba. ¿Adivinaba el bruto, ceguerón de vendas y acaso de otras cosas, la malignidad del bicho? Quien la intuyó prontamente fue Miguel Rodríguez. Esto de la intuición es una cualidad que se tiene o no se tiene. Dio un traspiés Rodríguez en el primer muletazo y, a partir de ahí, se apercibió de que en aquel colérico bicorne había una fiera acechando. También los banderilleros lo intuyeron, pues clavaban a la carrera y a una mano. Bastó que el adolfo se revolviera buscándole la femoral, para que Miguel Rodríguez tirase por la calle de en medio. La lidia, el macheteo garboso a un manso, es una técnica legítima; pero puede hacerse con más gallardía, digo yo. Por fortuna para Miguel Rodríguez, en el cuarto el personal andaba más a la merienda.

Brava pelea la de Bejarano en el tercero; estéril y puede que equivocada. Conmovía la fragilidad del torero sevillano tratando de hacer el toreo puro ante la sinuosa embestida del adolfo: estilo frente a zafiedad; claridad frente a insidias. Media docena de veces estuvo a punto de cornada Bejarano desde que intentó un intempestivo estatuario en los medios. El toro se le frenó, soltó el tornillazo y se lo quería comer a la carrera.

El quinto debía de estar pensando lo injusto que es el mundo: mientras ustedes se ponen morados de vino y de riquísimas viandas, a mí me matan. Y miraba a los tendidos con una envidia y una melancolía insuperables. Tan insuperable era la melancolía que al hallarse con Bejarano a su merced, en un extraño lance de descabello, no hizo nada por cornearle.


ABC. Vicente Zabala de la Serna. Sólo Gómez-Escorial se salvó de la quema

Y creíamos que con la corrida de Cebada Gago ya habíamos penado nuestras culpas. Sí, sí. El destino nos deparó un tostón aún mayor, con unos toros bajo mínimos de casta y dos toreros, Miguel Rodríguez y Vicente Bejarano, que podrían ir pensando ya en la plata. Sólo se salvó de la quema Gómez-Escorial, aunque con la espada se sumó al recital de sus compañeros, pero al menos con mayor ambición.

El joven y decidido torero madrileño puso todo de su parte para triunfar, y quien da lo que tiene no está obligado a más, dice el refrán. Hasta cinco largas cambiadas tiró al sobrero de Millares que había sustituido al remiendo anterior del mismo hierro, que se había partido un pitón. A portagayola la primera y las otras cuatro por distintos terrenos del ruedo. Por cambios siguió, pues abrió faena con dos arriesgados pases por la espalda. El astado se entregó por el pitón izquierdo, y Ángel Gómez-Escorial templó y guió con largura las embestidas al natural, muy despacito. En la segunda tanda zurda, aguantó sereno un parón desafiante. Fueron los momentos de mejor toreo de la tarde. A continuación comprobó que sobre la diestra el bruto no era de igual condición, y ya no volvió a ser el mismo. El entendimiento se disipó. El camino del toreo más bullanguero, de rodillas y así, conectó de nuevo con los tendidos, que se desperezaban de un letargo de dos horas. Pinchó en el primer encuentro y en el segundo se lanzó en plan kamikaze. Fue zarandeado de mala manera. Indemne se incorporó del percance, para acertar en el primer golpe de descabello. Hubo petición, pero el presidente no estimó que fuera mayoritaria. De cualquier manera justificó su inclusión de última hora y por la vía de la sustitución en Pamplona.

También cumplió con el soso tercero, que se frenaba constantemente. Lo pasó de muleta con decoro, con mejores trazas sobre la mano de coger la cuchara. Finalizó por alto y escuchó el primer aviso de su actuación, que en el siguiente y ya narrado toro también se anotó otro.

DESFONDADO DE BRAVURA

Si obviaramos el resto de la corrida nada se perdería. Miguel Rodríguez no quiso saber de la existencia del avisado y peligroso primero desde un principio, cuando una colada le puso alerta. Al cuarto, por si las moscas, lo reventó en el caballo. El toro quedó grogui, desfondado de bravura si es que alguna vez la tuvo. Otra vez usó las armas toricidas con demasiadas precauciones.

Vicente Bejarano, el mismo que vertió su sangre el pasado año en esta plaza, no se acopló nunca con el chico y vareado segundo —será el tipo de la casa, ganadero, pero hay que darles un poquito más de comer—. Sin embargo, no sacó mala condición cuando el sevillano le adelantó la muleta sobre la izquierda y le consintió con mando. Tres naturales brillaron en medio de un planteamiento torpe, desbordado siempre por la bestia. Sufrió un atragantón al abrir faena por alto y usó la tizona de horrible forma. No digamos ante el quinto, un mulo sin gota de casta. Escuchó dos avisos tras una faena interminable y absurda como la tarde.


El País. Joaquín VidalEl año de la porta gayola

Vivimos el año de la porta gayola. El que no da la larga cambiada a porta gayola no sale en la foto. Queda institucionalizado el 2000 como el año jubilar de la porta gayola.

Fiel a la norma, Miguel Rodríguez abrió la función con la larga cambiada a porta gayola, y Ángel Goméz Escorial, que venía a sustituir a El Califa, no se anduvo con chiquitas, subterfugios, ni miserias y dio seis.

Gómez Escorial, ansioso de triunfos, contratos y cortijos en Linares, tiró la casa por la ventana, que se suele decir. Y se llegó a Pamplona con unos bríos que hicieron estremecer los corazones, en el fondo, tiernos, de los mozos pamplonicas.

El toreo que llamamos bueno no le saldría pero el arrojado sí y todo su quehacer constituyó un incansable trajinar, un continuo sobresalto, el pundonor y la valentía de un torero que se emplea sin trampa ni cartón.

¡Torero, torero!, le llegaron a corear los mozos a Gómez Escorial. Y puede darse por cierto que le conmovió. Cuando a uno le corean "torero torero", sólo acierta a decir: "Calla corasón".

El tercer toro de Adolfo Martín, bravito y manejable, se le fue a Gómez Escorial sin torear, por mucho que lo recibiera con la larga cambiada a porta gayola y ensayara un profuso trastear, que en ningún momento poseyó sentido lidiador. El afán muleteril de Gómez Escorial a ese toro careció de construcción, de ajuste, de templanza, de armonía, de unidad, de fijeza, y por si fuera poco, de acierto con la espada también.

¿Se amilanó por eso Gómez Escorial? Gómez Escorial no se amilanó por eso ni por nada y al sexto toro, que pertenecía al hierro de Manuel Ángel Millares, lo recibió con otra larga cambiada a porta gayola. El toro se rompió un cuerno por la cepa al derrotar en tablas, lo perdió durante un puyazo salvaje que le propinaron en la querencia de chiqueros y fue devuelto al corral.

Una lluvia de almohadillas cayó al redondel con motivo de aquellos sórdidos sucesos y no las habían podido retirar cuando sonó el clarín para dar suelta al sobrero. Ángel Gómez Escorial acudió a recibirlo con la larga cambiada a porta gayola pero en esta ocasión se arrodilló sobre una de esas almohadillas (que no todo va a ser sufrir), y no sólo tiró la larga cambiada prevista sino cinco más sin solución de continuidad. Y ya se puede imaginar que la plaza, los sanfermines, Pamplona, fueron suyos.

Inició la faena de muleta en el platillo con dos cambios por la espalda, pegó un rodillazo, vació el pase de pecho, se echó la muleta a la izquierda y corrió la mano en dos tandas de naturales... "¡Torero, torero!" le coreaban los mozos después de suspender por unos instantes Paquito el Chocolatero, que constituye su canción emblemática para enaltecer el arte de Cúchares.

Siguió fragoso Ángel Gómez Escorial, ora de pie, ora de rodillas, desarmado o afarolado -según- y pudo obtener un triunfo de escándalo si no fuera porque pinchó. Entró de nuevo a matar y sufrió un volteretón impresionante. Tardó en descabellar, hubo un aviso... Y lo que pudo haber sido apoteósica puerta grande se quedó en amable vuelta al ruedo.

La verdad es que menos da una piedra. Y, sin ir más lejos, menos dieron sus compañeros de cartel, que salieron de Pamplona con las orejas gachas y un fracaso sin paliativos. Los toros de Adolfo Martín les vinieron grandes. Aunque más apropiado resultaría matizar que les vinieron grandes las embestidas. Vicente Bejarano tuvo un quinto toro sin codicia ni bravura, que se desentendía de la muleta, y no encontró recurso alguno para encelarlo. Pero peor cariz tuvo su trasteo al primero, que desarrolló casta y le estuvo desbordando en todas las tandas y todas las suertes.

Lo mismo le ocurrió a Miguel Rodríguez, incapaz de dominar o de aguantar las embestidas de sus encastados toros. El primero lo trajo por la calle de la amargura. A ese le dio la larga cambiada a porta gayola y ya no le pudo dar nada más, ni siquiera muerte digna, pues el toro no paraba de embestir enfurecido y parecía como si se lo quisiera comer con patatas. A lo mejor se estaba vengando del susto que le había dado a porta gayola.

 

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