GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE SANTANDER
Tarde del viernes, 28 de julio del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Carmen Lorenzo, justos de presencia. Inválidos 1º y 4º; devuelto el 3º; manejables; sobrero de la misma ganadería.

Matadores: 

  • Enrique Ponce, pinchazo, atravesada, cuatro descabellos (silencio); trasera, pinchazo -aviso- (palmas).

  • José Tomás, caída, descabello -aviso- (oreja); pinchazo, caída -aviso- (oreja).  

  • El Cordobés, trasera -aviso- (oreja); caída -dos avisos- (oreja). 

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. TOMÁS BLANCO.  Los arreglaferias

Acudieron ayer público, aplaudidores, agradecidos y en especial los aficionados a la plaza de Cuatro Caminos en busca de algo a lo que asirse para poder renovar su ilusión por la Fiesta y coger moral para ponerse a la fila de los abonos del próximo año. Los organizadores, vista la feria que llevan y a fin de evitar despidos, decidieron gastarse un pastón en cirios y flores a las que sumaron súplicas y penitencias. El cielo despejado de la tarde santanderina dejó paso a tanta plegaria y ruego. Éstos se abrieron paso a través del agujero de la capa de ozono llegando hasta quien decide. Envió a José Tomás para torear y a El Cordobés para agradar. Los dos abrieron la puerta grande. 

Enrique Ponce lleva muchos años en esto, siendo primero en todo. Ya dio de sí lo que tenía que dar y ahora está en la labor de recoger los frutos. Así que se va dando la vuelta a la piel de toro recogiendo nóminas y honores usando las afueras de la muleta, diluyendo su gracia, su estética y su finura. En su segundo toro, quizá espoleado porque sus compañeros contaban con sendos trofeos, intentó superarse a sí mismo, cometió el error de brindar al público un toro inválido lo que causó división de opiniones. Su toreo tan reiterativamente despegado, su faena tan inmensamente larga, llena de pases y más pases sin sentido acabó aburriendo. 

El Cordobés tiene sus fieles seguidores dentro de un público que va de fiesta a los festejos taurinos sin percatarse que los toros son una fiesta en sí misma. Las faenas de El Cordobés fueron clónicas, exceptuando el salto de la rana que sólo realizó en su segundo. Torero gazapón que llena sus faenas de olés. Que da un trapazo, olé; que baila, olé; que salta, olé. Todo esto tiene su secreto, entre enganchón y enganchón, sonrisas, muchas sonrisas, tantas como enganchones. Por último, para adornarlo todo pases por alto por doquier, como para sorprender. Torea tan fuera de sitio que no tuvieron más remedio sus oponentes que arrollarlo de forma espectacular causando destrozos en taleguilla y chaleco, pero sin ninguna consecuencia. Esto es el cénit para sus seguidores que entran en trance. Ya todo es igual. Lo mismo da que pinche, que mate bien o que mate mal. El éxito está asegurado. 

José Tomás con su toreo sobrio, de calidad, con verdad, era la última esperanza del aficionado para poder salvar de alguna manera el tostón de feria que está sufriendo. No defraudó el torero de Galapagar. En su primero, una poquita cosa, derrochó más cantidad que calidad. Pero su temple, su personalidad, su sitio, dejó claro dónde está su concepto del toreo, que sin duda es grande. Cerró la tarde con el toro más soso del encierro. Deleitó con unas verónicas de indudable calidad y hondura. Construyó su faena de menos a más, dando sentido a cuanto hacía. Destacó su toreo al natural aunque incomprensiblemente éste no llegó a los tendidos. Consiguió con la mano derecha los momentos más brillantes. Alargó en exceso la faena por intentar sus clásicas manoletinas escuchando un aviso antes de entrar a matar. Es la única figura que sale fortalecida junto a Manuel Caballero de lo que va de feria. 

Sabrán perdonarme que haya reservado para el final lo que puede ser la noticia de la feria: por fin y por aclamación se ha devuelto un toro inválido. No vayan a creer que fue a la ligera, muy al contrario, hubo llamadas de teléfono, carreras por el callejón y al final se puede justificar su devolución por si acaso se podía haber alcanzado el desorden público. De alguna manera la gente hoy salió con sonrisas de la plaza. Quedando a la espera del último festejo en que los victorinos sean un final dulce para una feria amarga. 


ABC. José Luis SUÁREZ-GUANES. José Tomás bordó el toreo y El Cordobés hizo su número

La Feria de Santander se enderezó con las actuaciones de José Tomás y El Cordobés. Ambos diestros salieron a hombros, con la particularidad de que, tras cortar una oreja en cada uno de su lote, el de Galapagar había recibido antes dos avisos en ambos, y Manolo Díaz uno en cada toro.

José Tomás realizó en el tercero bis una faena discontinua y larga, en la que intercaló momentos rematadísimos, como muletazos a pies juntos y pases de pecho de cabeza a rabo, con otros de unipases o de instantes muertos. Se entregó en la estocada, y al tener que descabellar, llegó el segundo aviso. El primero se lo habían dado —como sucedería en el sexto— sin haber entrado a matar. A pesar de ciertas imperfecciones en el trasteo, éste resultó bastante mejor que los que habitualmente vemos a los demás.

Francamente bien con la capa en el sexto. Realizó con la muleta dos series de naturales, suaves y templados; una de derechazos, repletos de armonía, arrogancia y gusto. Otra tanda con la misma mano acompañándose con la cintura y rompiéndose el cuerpo. Mantuvo el mismo ritmo, posteriormente, con la flámula siempre tersa, con el temple y el mando como norma, y la pierna, que carga la suerte como bandera. Se adornó con torería y sólo la largura pudo disipar lo que hubo de magnífico.

El Cordobés puso toda la carne en el asador. En época de toreros que «pasan de todo», al menos, se justificó. Se dejó coger en su primero, en un alarde de pundonor. Cierto es que su labor fue rápida y eléctrica, tosca y sin clase, pero contagió su entusiasmo tanto en las valientes verónicas de recibo, como en toda su labor muleteril, comenzada con ajustados pases de rodillas. No anduvo del todo mal con la derecha, sobre todo a partir de la segunda serie de las tres que dio. No se acopló con la zurda, y al final resultó revolcado, aunque saliera ileso. Estuvo mucho más clásico en el quinto. Volvió a ser cogido y fue milagroso que no saliera maltrecho. Siempre por caminos bastante ortodoxos, hasta que en las postrimerías la emprendió con unas horrorosas y peculiares ranas.

Ponce tuvo ante sí unos toros flojos. Puso voluntad, pero no pudo hacer nada, aunque dejó tres derechazos de empaque para el recuerdo.

El Mundo. Indalecio Sobrino. El público lo puso todo

Con todo lo que tenía encima de los festejos anteriores el público asistió a esta séptima de feria con una heroica determinación. Ya que ni los toros ni los toreros estaban dispuestos a hacer nada por la labor era el propio espectador el que tenía que salir a por todas en aras de la diversión general. De esta forma comenzaron a inventarse faenas inexistentes dispuestos a no dejarse escapar esta oportunidad de pasar una buena tarde. El problema es que los toreros apercibidos del buen ambiente existente se pusieron a la labor de sacar jugo a frutos sin contenidos y compusieron unas faenas eternas que aburrieron a los más sensatos y alargaron el festejo insufriblemente. Para ser justos algo se salvó de la quema, así que vamos a entrar en detalles.

En estas circunstancias el más beneficiado de la situación es El Cordobés, que en cuanto ve al gentío predispuesto se aplica con loable empeño, y como además le tocaron dos de los toros más embestidores, lógicamente no se le fue la oportunidad. Hasta el salto de la rana interpretó en su segundo, por cierto, el más repetidor del encierro. Una voltereta en cada toro adobaron el guiso. Hay que reconocerle que de las dos orejas que cortó, una se la ganó a ley con la soberana estocada.

En la corrida de El Capea hubo de todo menos cabezas decorosas. Es el encierro de más cuajo hasta el momento, pero sus astas lucían un aspecto deplorable. El tercero fue devuelto a los corrales, no sabemos si por defectos visuales o por evidente memez.

Enrique Ponce luchó con dos inválidos distraídos que sus pulcras y distantes maneras no consiguieron superar. No fue precisamente su tarde y fue despedido con pitos.

José Tomás se encontró en primer lugar con un auténtico armario que tenía muy poca fuerza y menos ganas de embestir. Faena larguísima de buenas maneras pero con el toro a su aire. Sancionada con dos avisos, y que el público en su empeño consideró merecedora de una oreja.

El sexto fue otro buen toro para su lidiador, con un poco más de fuerza que sus hermanos, aunque tampoco le sobraban en exceso. Con gran fijeza y boyante embestida, al torero le costó entrar en faena. Consiguió remontar el tono en una serie con la derecha. Después el toro ya se quedaba corto. Adornos finales con enjundia previos a una estocada corta caída y tendida.

Está claro que cuando el público se lo propone, es el principal motor del espectáculo. En muchas ocasiones vieron y jalearon lo inexistente pero es evidente que la fantasía popular no tiene límites. La prueba fue la triunfal salida a hombros de El Cordobés y José Tomás. Un hermoso espejismo con algunos toques de realidad.

 

 

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