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Corrida 8ª
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 13 de abril de 1997
Corrida de toros
Ganadería: toros de Antonio Gavira
Diestros:
- Emilio Muñoz,
verde esmeralda y oro (pinchazo y descabello y silencio, palmas al toro y silencios con
pitos)
- Miguel Báez "El
Litri", tabaco oscuro y oro (estocazo tras pinchazo y oreja, estocada salida y
dos descabellos tras aviso, silencio)
- Jesulín de Ubrique,
salmón y oro, (estocada caída tras pinchazo con palmas al toro y al torero, silencio)
Picador que destacó:
Banderillero que saludó: Carmelo, de la cuadrilla de Jesulín
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias:
Entrada: casi lleno
Tiempo: con sol
CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica
de El País
EL PAÍS. Joaquín
Vidal
Un color especial...Entre los muchos adjetivos que
merece Sevilla, uno de los más ciertos lo han dicho Los del Río: que tiene un color
especial. Lo dicen cantando: «Sevilla tiene un color especial...».
Por donde se vaya tiene un color especial Sevilla, sí señor, y un
aroma exclusivo también. Sevilla, color y aroma. Color, aroma y armonía. ¡Y arte!
Todo eso se puede encontrar por cualquier rincón de Sevilla, pero su
templo de color y de aroma, de arte y de armonía es la plaza de la Maestranza. Entra uno
en la Maestranza y no cabe decir más. Luego la banda del maestro Tejera interpreta el
pasodoble y embriaga de delicias el oído.
Un servidor está convencido de que la banda del maestro Tejera cada
año toca mejor. Así que suenan cálidas melodías; y se suavizan los ocres del edificio
maestrante, emerge la Giralda por cima los dorados tejadillos... Todo perfecto hasta ahí.
Lo malo es que después sale el toro . Y los toreros la emprenden a derechazos.
No es que el toro sea cosa mala ni despreciable el voluntarismo
derechacista del torero. Es que los toros habituales en la Maestranza y en toda plaza, el
toreo que les suelen hacer, parecen una sanción administrativa, un correctivo judicial,
un castigo de Dios.
Zafiro el firmamento sevillano, invitaba a cantar por bulerías, a dar
palmas de son, a entonar laudes en acción de gracias, a pasear quedo por el Arenal. Y,
sin embargo, allí estaba la afición, abigarrada y mustia dentro del templo maestrante,
soportando el gran tostonazo.
Y habiendo pagado por ello lo que para algunos sería más que un
sueldo.
¿Qué puede hacer un sencillo mortal con las 8.000 pesetas que vale un
tendido de la Maestranza, 17.000 si va de pareja y añade el cafelito, las almohadillas y
la propina, una tarde de primavera en Sevilla? Todo un mundo se abre en perspectiva con
esas 17.000 del ala; cualquier cosa, menos aburrirse de muerte en la Maestranza.
Los toros tuvieron parte de culpa, los toreros no salvan la suya. Ni el
presidente, que contribuyó al gran tostón por renunciar a poner orden. El presidente se
resistía a dar avisos. A Litri le envió uno en el tiempo que debió ordenar dos.
No es que los avisos pudieran evitar el aburrimiento, pero paliarlo,
sí. Cuando un torero -caso de Litri-, se pone a porfiar derechazos hasta el infinito
delante de un toro inválido tocado de burrería, enviarle el aviso a tiempo es hacer
caridad con la inocente afición.
Los desmedidos afanes pegapasistas de Litri tuvieron lugar con el quinto
toro o lo que aquello fuese. En cambio al segundo, aún más burro, lo toreó aportando
una templanza y una ligazón, una juiciosa serenidad y un académico empaque inusuales en
su estilo, crispado y alborotón de suyo. Constituyó una grata novedad, que el público
reconoció con sus olés y sus aplausos. Y ya, puestos, le pidió la oreja que el
presidente se apresuró a conceder.
Una presencia escasa, una penosa flojedad, una absoluta falta de
fiereza, una docilidad perruna: así eran los toros de Gavira con los que fingieron lidia.
Varios aparecieron con el marchamo prendido de una oreja y parecía el precio. Emilio
Muñoz los toreó sin templar y sin reunir y a uno de ellos lo acuchilló de bárbara
manera. Jesulín de Ubrique dio sus unipases con la suerte descargada, a cientos. No es
que diera cien pases. Es que dio un pase -el mismo pase- cien veces. Obsérvese el matiz.
Y cayó la noche. Y calló la banda. Y ya no había color: ya no lucían
los ocres, ni doraban los tejadillos. Y la Giralda se puso sombría. Y quien se había
dormido se despertó sobresaltado, palpándose la cartera. Por si acaso.
ABC. Vicente Zabala de
la Serna
Un Litri reposado y templado le cortó una oreja a la pastueña y blanda
corrida de Gavira. Quiero volver a Sanlúcar y por eso rectifico:
los langostinos buenos, de allí, y la gamba, de Huelva. Ahora sí, que ayer traspapelé
ideas en torpe confusión. Me lo comentó Ángel González, nuestro delegado en Zaragoza,
camino de «Casa Anselma», en Triana. Ángel, como Javier Valero, andan crecidos,
orgullosos del torero de su tierra. Sacan pecho cuando la Anselma, según escucha su
procedencia, les dice: «ACómo estuvo El Tato!».
Después, manzanilla fresquita, de la que no hay por Aragón, y mucho
arte en la voz de este pedazo de mujer, portento de simpatía: «Enamorarse en Sevilla,
una mañana de Feria, bajo los patios dormidos...» Y los maños encantados, con la
Anselma y con su Gracia, Raúl, El Tato. Noche para el recuerdo por una Sevilla que
desborda alegría mientras espera la Feria.
La Maestranza no desbordaba gente; aunque rozó el lleno. El primero de
Gavira disimulaba bien sus muchos kilos, 596, en su larga anatomía. Portaba en la oreja
el certificado de garantía en amarillo. O la matrícula. O el prospecto. Vaya usted a
saber. Emilio Muñoz lanceó a la defensiva para saludarle. El animal, sin bravura alguna,
rehuía el encuentro con el caballo. A su pesar, recibió cuatro varas en las que se
defendió y de las que salió suelto. En el último tercio, ¿quién estuvo más ausente,
el toro o el torero? Cada cual, a lo suyo. El toro, que tampoco de cara asustaba a nadie,
iba y venía, distraído, sin malicia, sin humillar, sin nada. El trianero, con la
diestra, le daba uno sin intención de sujetarle en la muleta. Luego, otro. Y así muchos.
Al manso «gavira» le llegó la muerte mientras huía, de un pinchazo y un descabello.
Emilio Muñoz nos dejó un sublime cambio de mano en el cuarto, unido a
un prolongado y estupendo pase de pecho. Y fue eso todo, más dos o tres derechazos, que
nos refrescaron la idea de que cuando quiere sabe torear, y muy bien. Luego, todo resultó
frío, sin transmisión. El trianero está desde hace tiempo en la otra orilla, de vuelta.
Despachó de una estocada.
Litri veroniqueó con
buen corte al segundo de la tarde, que era un «container» de carne. El picador señaló
dos puyazos en el lomo del blando animal. Bien de verdad bregó El
Mangui, y templado toreó el Litri en una
primera serie con la diestra. El toro, de noble
condición, en uno de los muletazos se quedó con la mirada puesta en el onubense, que no
se afligió y cumplió su objetivo: sacó el pase
y, además, lo ligó con un larguísimo obligado de pecho. Su faena estuvo presidida por
el temple, por el mimo, que el matador
aplicó en grandes dosis. Al ralentí toreó por ambos pitones. Los tendidos, entusiasmados, se pusieron en
pie. ¿Era el Litri? Pues sí, pero no el de otras tardes. Estuvo centradísimo y muy,
muy, torero, haciendo las cosas despacito, sin prisas, bien, con la valentía de siempre.
Cortó una merecidísima oreja después de
matar de un pinchazo y una estocada.
El quinto, tras los lances de saludo de Litri, dio una espectacular
voltereta que le mermó sus ya de por sí pobres facultades. Otro que fue cuidado en el
caballo, a pesar de lo cual llegó al último tercio
cabeceando y sin humillar. En cuanto Litri le bajaba la
mano, el ejemplar de Gavira se iba al suelo. De nuevo, con mimo, obtuvo algunos muletazos largos; pero de emoción, nada de nada.
Prolongó en exceso su labor y terminó aburriendo. Ésta resultó la tónica general de
la corrida de Gavira: poquita fuerza, noble condición, mas sin bravura y ni mucho menos
un ápice de casta. El diestro de Huelva tuvo que recurrir al uso del verduguillo en dos ocasiones, después
de dejar una estocada atravesada que hizo guardia. Mientras intentaba el descabello, sonó un aviso, que no
tenía por qué haber escuchado de haber estado más breve.
Se le fue
El tercero era toro por la edad; pero por hechuras ni aunque lo viera
cien veces lo diría. Blandeó en el primer tercio y claudicó en dos varas ante el
caballo. Jesulín, como la inmensa mayoría de los toreros de hoy, se fue por la derecha
del jaco. Carmelo pareó valiente. En el último tercio, el de Ubrique, después de no sé
cuántas series de largos muletazos, le enjaretó dos tandas con la diestra al noble burel
que fueron el momento de mayor acoplamiento. Por debajo del toro anduvo en líneas
generales. Despachó a su anovillado enemigo de un pinchazo en los bajos y una estocada
caída.
Hasta más allá de la segunda raya de picar se sacó Jesulín al que
cerraba plaza con el capote. Ver para creer. Los telonazos fueron eso, telonazos. Al de
Gavira, un saco de carne qué contentos estarán en las carnicerías con corridas
así, pastueño y noble como el resto de sus hermanos, el largo diestro de Ubrique
le pegó medio centenar de muletazos, casi todos en línea y rematados por arriba. Ha
llegado un momento en el que Jesulín, creemos, se aburre toreando y, de paso, aburre
hasta a los postes de la luz. Cerró su actuación con una estocada desprendida.
La corrida de Antonio Gavira es de esas que provocan el
hastío. Para el torero, sin problemas. Pero decepcionante hasta la saciedad para el
aficionado. Con toros que se caen, que desbravados huyen de los caballos, a los que hay
que torear con mimo para que no se desplomen, sin emoción, viene la ruina de la Fiesta.
Insistan ustedes los taurinos en seguir haciendo las cosas pensando sólo en el negocio. A
ver lo que dura.
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