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Corrida 13ª
Tarde del viernes, 18 de abril de 1997
Corrida de toros
Ganadería:
- Cinco toros de Guadalest (seis
se rechazaron en el reconocimiento), mal presentados, escaso trapío, sospechosos de
pitones, flojos y descastados; 5º con genio
- 4º de Gavira, con trapío,
manso
Diestros:
- Miguel Báez Litri:
pinchazo, estocada atravesada que asoma-municipal y tres descabellos (silencio); estocada
y rueda de peones; se le perdonó un aviso.
- Enrique Ponce: pinchazo
hondo, rueda de peones, pinchazo y cinco descabellos (silencio); estocada (ovación y
salida al tercio).
- Jesulín de Ubrique:
pinchazo hondo ladeado, rueda de peones - aviso con retraso-, dos pinchazos y descabello
(ovación y saludos); estocada baja (aplausos)
Picadores que destacaron:
Banderillero que saludó:
Presidente: Francisco Teja
Incidencias:
- La Autoridad analiza las astas de la primera y segunda res
- Propuesta de sanción para Manuel Quinta, picador de la cuadrilla de
Enrique Ponce por rebasar la raya de mayor diámetro al administrar la segunda vara en el
segundo toro, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.2 del
Reglamento Taurino.
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: nublado y lluvia
CRÍTICA DE LA PRENSA Crítica de ABC Crítica
de El País
EL PAÍS. Joaquín Vidal
Llovió. Llovió y fue como en la guerra; como si estuvieran
bombardeando la Maestranza: sobresaltos, gran rebullir por los tendidos, un clamor de
frases confusas, gritos y jaculatorias; un ajetreo, un frenesí, la gente que se calaba
precipitadamente los chubasqueros, paraguas abiertos, protestas de quienes se habían
llegado sin ellos, alguna carrera hacia las puertas de salida y allí, con media docena
que fueran, se formaba gran pelotón. La Maestranza, si hay que salir a escape, cuidado
con ella. En la Maestranza, el día que manden evacuarla de urgencia -Dios no lo quiera-
puede ocurrir un sinsabor.
Y todo para tres gotas que caían. A lo mejor eran cuatro. Uno se
entretenía en contar gotas y primero había de buscarlas. Buscándolas fue cuando se
encontró con el padre Apeles, que presenciaba la corrida en el tendido, tan serrano. El
padre Apeles debe de ser omnipresente. Lo último que uno esperaría encontrar contando
gotas sería el padre Apeles.
Sevilla ha conocido peores meteoros que esas tres o cuatro gotas y
por eso no se explica tanto follón. Sin ir más lejos, al final, durante la faena de
Jesulín de Ubrique, que arreció. Muchos aprovecharon para irse y los que se quedaron
rogaban a Jesulín de Ubrique, por caridad, que concluyese aquel tostón. No hubo manera.
Jesulín la debía estar gozando pegándole derechazos al borrego sin trapío, sin
pitones, sin alma; algunas veces intentándolo nada más pues el borrego se había
convertido en estatua.
La vocación derechacista de los toreros no conoce límites. Litri
estuvo diez minutos pretendiendo dárselos al primero, aún más tiempo al cuarto y si no
le salían fue porque su concepto del arte de torear es montaraz. Lo que llaman derechazos
consistió en una surrealista teoría de enganchones.
Tampoco se privó Enrique Ponce, según cabía suponer. Enrique Ponce
es de los que no se privan. Enrique Ponce cogió al segundo borrego y se entretuvo en
pegarle derechazos, también algunos naturales, fuera de cacho, con el pico, sin ligar
ninguno.
Estos toreros y otros del escalafón aseguran que ellos saben mucho;
los demás no saben na. No está demostrado, sin embargo, que su sabiduría alcance al
repertorio de suertes que tiene reseñadas la Tauromaquia. Dos siglos largos de historia
no pasan en valde. Que después de dos siglos el arte de torear lo hayan reducido al
derechazo y un poco el natural, no deja de ser un sarcasmo.
A los toros aborregados e inválidos que torean, bueno: a lo mejor
les sobra el derechazo. Pero a veces salen toros con genio y a esos hay que aplicarles
técnica distinta, suertes variadas, valentía, dominio. Salió uno así, que hizo quinto,
y Enrique Ponce no sabía por dónde meterle mano.
En los ayudados inquietó a Ponce la acometida fiera. En los
derechazos se vio comprometido. Se echó la muleta a la izquierda y aunque por ahí
mejoraba la embestida, no logró cuajar ni un solo natural. Macheteó crispado. Volvió a
intentar el derechazo y se encontró ya con un toro bronco que le desbordaba avisando
peligro. Lo mató de un estoconazo y este aplaudido acierto no parecía bastante en un
torero de tantas contratas, tantos triunfos y tantas ínfulas.
¡Ay si saliera siempre el toro: qué barrida!
El toro no volvió a salir, es evidente. Y siguieron los derechazos,
que ya había prodigado Jesulín en su anterior novillo con limpieza y ligazón, más
algunos naturales y los pases de pecho empalmados. Quizá intentaba repetir la faena al
sexto, pero el sexto se negó a embestir, en tanto el público se negaba a seguir allí,
con la que estaba cayendo. Y, agua va, corrió a guarecerse. Bien mirado, donde se estaba
a gusto era en lo enjuto tomando un cafetito.
ABC. Vicente Zaba de la Serna
Jesulín desaprovechó el mejor lote de la deslucida corrida de
Guadalest .Comenzó el fin de semana de farolillos, el no va más de la populosidad. El
recinto del ferial, a punto de reventar. Gente, gente, gente por doquier. Riadas humanas
recorren las polvorientas calles de casetas bautizadas todas con nombres de toreros:
Antonio Bienvenida, Gitanillo de Triana, Juan Belmonte, Pepeíllo, Joselito el Gallo...
Sevilla rezuma torería, como Pepe Luis Vázquez, que levanta la admiración de todos
allí por donde pasa.
El doctor Miguel Ríos Mozo organiza todos los años por estas fechas
una comida con el maestro, que ya es tradición. Da gloria escucharle. Pepe Luis se
prodiga poco. Vive apartado del mundanal ruido en su campo, en su casa, con su familia.
Decir su nombre es pronunciar un capítulo de la Historia del Toreo. La gente lo sabe, y
así se lo demuestra cuando le ve. Al almuerzo también asiste Pepe Luis hijo, que se
recupera de una fractura ósea y sigue con la ilusión puesta en los toros. Tras la
recuperación, a ver qué pasa, porque no creemos que su nombre no vista algún que otro
cartel.
Hablamos de lo presumible, entre otras cosas de las nuevas
banderillas, las de la «guita» o las retráctiles. Con ellas se ha perdido aquello de
salir apoyado en los palos. Ya no se puede, aunque se ha ganado en seguridad. Pero quien
en esto busque seguridad que se dedique a otra profesión. Lástima, una cosa más que se
ha perdido.
Como lo de irse en el primer tercio por el cuello del caballo. Como
ayer Litri. Bajo el peto murió el primero de Guadalest, asesinado de un tremendo primer
puyazo en los blandos. El segundo hubiera sobrado. Para colmo, el noble animal pegó una
voltereta que supuso el remate. Llegó el toro a la muleta sin poder con su alma y
defendiéndose. Litri le ofreció el engaño con ambas manos, y sólo sacó enganchones.
Debió estar más breve. Terminó el astado su larga agonía al tercer descabello, tras un
pinchazo y una estocada.
Un tío con dos puñales era el cuarto de Gavira. De los cuartos
traseros andaba renqueante. En el capote de Litri se frenó y no hubo lucimiento. Le echó
el de Gavira la cara arriba a Juan Montiel con los palos, y así también se comportó en
la muleta. A este defecto había que añadirle su cortedad en la embestida. Cada vez que
tiraba un gañafón punteaba el engaño. Litri, entre enganchones, incluso le robó algún
muletazo de más largo trazo con la mano muy baja y que concluyó limpio. Se pegó el
onubense un serio arrimón y cobró una estocada
Al revés
Enrique Ponce no le cogió la velocidad al primero de su lote de
salida con el percal. Después de la primera vara, el de Guadalest se paró. El diestro de
Chiva sudó lo suyo para hacer que su noblote enemigo embistiera. Vista la estática
condición del animal, que también recibió lo suyo en el caballo, ¿a qué vinieron las
dobladas iniciales? El toro no podía con la penca del rabo. Fue una fotocopia del
primero. Como aquél, cabeceaba a la defensiva. Lo que en el ruedo ocurrió resultó un
permanente enganchón. Espartaco, sentado en una barrera, se llevó la ovación más
fuerte, hasta el momento, de la tarde cuando Ponce le brindó la muerte de su enemigo.
Finalmente, el valenciano no acertó con los aceros (dos pinchazos y cinco descabellos).
Se silenció su labor.
El quinto, descastado y mansurrón, no brillaba precisamente por la
agresividad de sus defensas. A la muleta de Ponce embestía con afán de arrollar en
violentas oleadas descompuestas. El valenciano le puso la izquierda y la diestra, un tanto
ingenuamente. Y nada. Así que optó por machetearlo por bajo. Ya con la espada de verdad
en la mano lo volvió a intentar con la diestra, de nuevo sin resultado. Lo mejor, la
estocada. Por cierto, no olvide usted, matador, apuntarse el año que viene a matar lo
mismo o algo similar. El respetable aplaudió el volapié y la voluntad.
Abrochaditos tenía los pitones el tercero. Jesulín, tras mantear a
la defensiva, ordenó al picador que no castigara con dureza al de Guadalest. Mayor
movilidad que los dos anteriores desarrolló en el último tercio. En las dos primeras
series, una por cada pitón, el de Ubrique no corrió la mano confiado, pues el ejemplar
de Manolo Prado se giraba con prontitud hacia el torero. Hacía falta mando y embeber su
embestida en el rojo trapo. El diestro hizo ambas cosas y además aplicó ligazón y
temple en las tandas posteriores. Como en sus comienzos, se metió en los terrenos del
toro con valentía. Se arrimó, esta vez, Jesulín; aunque, a nuestro entender, tuvo que
haber estado mejor. El picante del de Guadalest le dio importancia a lo que el larguirucho
diestro realizó. Incluso hubo varias tandas en las que remató los pases por debajo de la
pala del pitón. No acertó con los aceros. Escuchó un aviso y después una ovación.
El mejor lote de la tarde se lo llevó Jesulín. Y se le fue vivito.
Al noble sexto, después de darle coba por alto en ligados pases junto a las tablas, se lo
llevó a los medios. Allí, un enganchón siguió a otro enganchón, y a otro, y venga a
rematar los muletazos por arriba. Un golpe de viento le hizo cambiar de terrenos.
Siguieron los trapazos. La gente, como goteaba el cielo, comenzó a marcharse hastiada. El
toro, a estas alturas, se había venido un poquito abajo, y aún así estaba por encima
del de Ubrique. Dejó una estocada caída.
Enrique Ponce y Jesulín de Ubrique se marchan de vacío de la Feria,
y el saldo ganadero sigue siendo negativo, porque la corrida de Guadalest no brilló,
precisamente, por su casta y su bravura, aunque dos toros sirvieron, ya está dicho.
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