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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del sábado, 10 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
Ganadería: Gavira ( (uno devuelto por inválido, nueve
rechazados en el reconocimiento), de escasa presencia, flojos excepto 1º -varios
inválidos-, descastados. 2º, sobrero de Antonio
Ordóñez, corrido en segundo lugar, bien presentado, pegajoso y con genio.
Diestros:
- José Antonio Campuzano. Pinchazo
y estocada corta ladeada (silencio); estocada (ovación y salida al tercio)
- Curro Durán. Pinchazo, media
estocada caída y descabello (silencio); estocada y seis descabellos (silencio).
- Vicente Bejarano.
Estocada ladeada y rueda de peones (oreja); estocada caída (petición y vuelta).
Picador que destacó: -
Presidente: Francisco Teja
Incidencias: Se propone
sanción administrativa al ganadero, por desconsideración hacia la presidencia
Entrada: dos tercios
Tiempo:
Crónicas de la Prensa: El Mundo de Andalucía, El
País, El Mundo, El
Correo de Andalucía
El País. JOAQUÍN VIDAL,
Sevilla. Edición del domingo, 11 de abril´99. El torero Bejarano
Era otra tauromaquia... La que se trajo Vicente
Bejarano, queremos decir. Se le paraba el toro y no andaba por allí dándole coba, según
es moda, sino que intentaba alegrarle la embestida.
Y lo hacía a la usanza antigua. No es que lo antiguo tenga un valor por sí mismo, pero
en tauromaquia hay reglas y técnicas muy experimentadas que han caído en el olvido. Los
jóvenes aficionados no las han visto nunca; muchos de los actuales toreros las
desconocen, o acaso no les interese utilizarlas.
Se para el toro por inválido o por descastado -los de Gavira padecían ambas
patologías-, el torero se pone a darle coba cerquita de los pitones, con lo cual le ahoga la embestida, y a lo
mejor de eso se trata: de que el toro no embista de ninguna de las maneras.
Los toreros auténticos -y Vicente Bejarano es uno de ellos- lo que hacen es dar
distancia, irse lejos si es preciso, dejarse ver andándole ligero al toro para que acuda
de largo y se encele. Cuando el manso Gavira se paraba, que era casi siempre, Vicente
Bejarano lo hacía así y resolvía la arrancada final con medio muletazo cambiando el
viaje, o uno de la firma, o un kikirikí. Luego venía el toreo hondo...
El toreo hondo, en realidad, se había producido ya desde los ayudados iniciales. La
primera faena de Vicente Bejarano tuvo enorme
importancia. Al toro tardo, probón, de media arrancada, no sólo le sacó hondos los
pases y los ciñó con una valentía incuestionable, sino que se los ligó también
ganándole terreno, tanto en las suertes en redondo como al natural. Sobre todo éstas. El toreo de parar,
templar y mandar, nada menos, y con un toro descastado de feo estilo: ahí quedó eso.
Se pasó asimismo muy cerca los toros Vicente Bejarano lanceándolos de capa. En unas
gaoneras y en unas chicuelinas se le acostaron
tanto los toros respectivos que estuvo a punto de resultar arrollado. En su afán de
agradar no desaprovechó ninguna oportunidad ni conoció descanso.
Salió a rematar con el sexto el éxito que había alcanzado en el tercero y de poco lo
consigue. Empezó por estatuarios, que empalmó con un natural y el pase de pecho; sacó
el toro al platillo, y allí ligó una tanda de redondos de tremenda emoción. Hizo
después una larga pausa para darse un respiro o quizá para dársela al toro, según
decían...
Uno nunca ha creído en la eficacia de estas pausas. Al toro le sobra respiración, y en
un momento dado le sobra además sentido para darse cuenta de que le están toreando, y
hasta ahí podríamos llegar. Efectivamente, cuando Bejarano reemprendió la faena, el
toro se había puesto reservón, se quedaba en la suerte buscando el bulto. Recurrió el
diestro a las manoletinas, mató pronto y le pidieron la oreja, pero ya no había
fundamento para concederla.
Un caso de valor y de torería el de este Bejarano, que vino a por todas y de poco se las
lleva. La Puerta del Príncipe le estuvo aguardando un poco entreabierta y entró por
allí una brisita fresca. Es el aire que la fiesta necesita. A veces vienen toreros que lo
traen. Y pueden ser de plata. Sin ir más lejos, Luis Carlos Aranda, que banderilleó al
primer toro andándole de frente, tomándolo muy en corto como debe ser y asomándose al
balcón.
Con ese toro, incierto y complicado, muleteó voluntarioso José Antonio Campuzano. El
cuarto resultó pastueño, y apenas le había iniciado una faena de altos vuelos cuando se
le desplomó y ya no pudo recuperarse de la invalidez. Toda la corrida de Gavira,
descastada, desabrida e impresentable -y eso que los veterinarios habían rechazado nueve
ejemplares en el reconocimiento- tuvo ese tono.
El sobrero de Antonio Ordóñez fue la
excepción y sacó casta. Debió ser demasiada casta para los menguados ánimos de Curro
Durán, que trasteó distante, sufrió un desarme y se apresuró a matar. Con la borreguez
del quinto se mostró más confiado, aunque pareció sin sitio, falto de ideas -quizá de
ilusión- y aburrió al personal.
El personal, a la vista del panorama, pidió que matara pronto. "Como antes", le
decían. Venía después el torero Vicente Bejarano y había ganas de verlo. Había sobre
todo ganas de ver torear. Torear de verdad.
El Mundo. JAVIER VILLAN.
Edición del domingo, 11 de abril´99. Vicente Bejarano, valiente y
serio
SEVILLA.- Bejarano toreó ayer en La Maestranza como si de ese preciso trance dependiera
su futuro. O su vida. Paradoja inextricable: jugarse la vida para salvarla.
Además, se fue tras la espada con una decisión y una verdad tan graníticas, que rompió
la roqueña inmortalidad del toro. La oreja que le otorgaron, legítima de toda
legitimidad. Bejarano tiene una perniciosa tendencia a pasarse los toros muy cerca, a
veces un poco atropelladamente. En las verónicas
tuvo problemas, precisamente a causa de esa chapucería.
Los problemas con la muleta no fueron culpa
suya, sino de las turbias intenciones del animal: manso absoluto. Valentísimo Vicente
Bejarano quien, tras comprobar las aviesas turbulencias del gavira por la derecha, se
echó la muleta a la izquierda y le expropió al condenado manso dos tandas de naturales a sangre y fuego. Tras este alarde,
estaba claro que Bejarano había puesto la suerte de su parte; resbaló ante el sexto
cuando lo llevaba al caballo y él mismo se hizo el quite. Y cuando, después de tres
estatuarios -uno de escalofrío-, dio un natural y luego un pase de pecho, eso ya no era
suerte, sino preludio de toreo bueno: como algunos redondos en el platillo, por ejemplo.
Respingo
Al rematar con el de pecho, el toro se le paró por el izquierdo. Y Bejarano pegó un
respingo. Fue la única nota discordante de una actuación seria y veraz; ésa y algunos
enganchones en los redondos. Pues, verdaderamente, lo que discordaba era el innoble pitón
izquierdo del toro. Se le fue la mano a Bejarano en un turbio bajonazo, lo cual
entenebreció la consistente labo torera que había desarrollado durante toda la
tarde. Seguro que quiso asegurar la oreja yéndose a los blandos, aunque a mí me parece
que se tiró con rectitud.
La decisión del presidente de devolver al inválido segundo de Gavira fue acertada,
aunque tardía. La ruina del toro ya se había proclamado a poco de salir y casi tocaban a
banderillas cuando el usía tomó tan sabia decisión. Más vale tarde que nunca. El
sobrero de Ordóñez tampoco andaba muy allá, mas metió los riñones en el peto y lucía
buida cornamenta que casi se desbarata contra el burladero.
Entró a quites Vicente Bejarano y el de Ordóñez por poco le rebana los glúteos con
tres arrimones navajeros que le hicieron temblar las carnes. Quizá fue entonces cuando
Curro Durán se desanimó pues, al primer desarme, sin haber consumado un solo muletazo,
se fue a por los aceros, que manejó fatal. Y desanimado siguió toda la tarde. Ni el otro
Curro, don Francisco Romero, el genuino, en tarde de espantá se hubiera atrevido a tanto.
En el pecado de inhibición del segundo, llevó Durán la penitencia, pues si éste se
quedó en incógnita indescifrada, el quinto resultó imposible por blando y por
deslucido.
Y en ese romance de valentía que había recitado Bejarano en el tercero, redoblando
corazones, el magisterio de José Antonio Campuzano, oscurecido en el primero, floreció
juncal y aromático: galleo majestuoso por rogerinas, verónicas de pie firme sin pajareos
ni garabatos y un quite muy suave de ajustadas
chicuelinas.
En la raya, apertura grande, cadenciosa y templada. Y en los medios, citando de lejos,
redondos limpios y hondos. No aguantó el toro el poder de la muleta y se derrumbó con
estrépito. A partir de aquí, fue como torear a un fantasma, cuidar a un enfermo o mimar
a un ser desvalido y tosco.
Dos hombres de plata
Comenzó el serial sevillano con calor en las gradas y hielo en la sangre de los toros de
Gavira. Pero la tarde no fue desdeñable. Vicente Bejarano metió más calor y más
presión; y José Antonio Campuzano dejó sobre el albero el aroma ritual y sagrado de
algunos buenos muletazos. Y dos hombres de plata de ley, Luis Carlos Aranda y Antonio
Romero, se desmonteraron. Con
toda justicia.
Aranda, que cada tarde va cuajando en excelente torero, tanto por la discreción de su capote como por la precisión de las banderillas,
entró a por uvas en terrenos prohibidos y clavó muy bien. Antonio Romero también
arriesgó y también tuvo que saludar, saludo que compartió con su compañero Juan A.
Suárez.
La presidencia, al final, fue abucheada por no conceder la oreja del sexto a Bejarano.
La plaza estaba a favor del torero, pero uno tiene la sensación de que la petición no
era suficiente.
El Mundo. Edición de
Andalucía. CARLOS CRIVELL. Domingo. 11 de abril. Bejarano
le ganó la partida a los veteranos
Fue una corrida típica de la preferia. Menos de tres cuartos de plaza,
los abonados se habían ausentado y sus entradas llegaron a otros aficionados. El ambiente
invitaba a ver buenos toros, sobre todo porque tres espadas de la provincia sevillana se
jugaban parte de su futuro torero. Dos veteranos contra un joven. Ganó el joven. O mejor,
ganó la ilusión de ser torero.
En realidad, la corrida ofreció de sí los resultados esperados. A
José Antonio Campuzano se le puede pedir experiencia y profesionalidad. Esa imagen
mostró. A Curro Durán se le podía exigir poco. Son muchos años sin que sienta el
aliento del toro de las plazas de primera. Queda lejos su última actuación en la
Maestranza. En la tarde de ayer no tuvo suerte
ni demostró condiciones para superar los problemas de los toros.
Se esperaba de la ganadería de Gavira algún toro con calidad,
parecidos al que mató Litri hace dos años o incluso al que desorejó Morante el año
pasado. Aquí falló la predicción. La de Gavira fue descastada, floja y sin una gota de
emoción. Parecía que el cuarto sería el toro de la corrida, pero fue un espejismo. Es
decir, ya no salió ni un toro de Gavira para que los toreros se lucieran.
Se esperaba que Bejarano saliera a por todas, como le corresponde a
quien tiene pocos años y lleva muchos días alimentando sueños en La Puebla del Río.
Aquí se cumplió la esperanza del aficionado. Vicente Bejarano salió a buscar el triunfo
y se entregó de lleno. No perdonó un quite, a pesar de su intercambio de palabras con
Durán en el quinto. Le dijo el de Utrera: "Ten cuidadito con el quite". Bejarano se limitó a mirarlo. Se fue
al toro y quitó por gaoneras. Aunque Durán
juró en hebreo, seguro que por dentro entendía que el joven torero había cumplido con
su obligación.
Lo del tercero fue un ejemplo de cómo se arranca una oreja a un toro.
Con el capote, que Bejarano maneja con buen
gusto, dejó media verónica alada de cadencia sevillana. El manso de Gavira no tenía un
pase, sobre el papel, pero el diestro de La Puebla robó, uno a uno, los poquitos que
tenía el astado. A todos los presentes de les cortó la respiración en su alarde de
valor, le llegó la alegría en un kikirikí digno de Pepe Luis y volvió al
estremecimiento a la hora de verlo entregarse en la suerte suprema. Una oreja ganada por
casta torera.
Fue el argumento fundamental de la corrida. El resto son detalles. Así,
la buena tarde del presidente Teja. Negó con acierto al oreja del sexto a Bejarano y
devolvió con justicia al segundo. Y otro detalle inolvidable. Apareció en el tendido
nueve Julio Robles, el maestro de Salamanca. La Maestranza, expresiva como nadie, se
levantó para ovacionar a quien sacrificó su profesión de torero en una plaza francesa.
Seguro que gozó con las ganas de ser alguien de Vicente Bejarano.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. El ímpetu de Bejarano
Demostró con garra sus ganas de ser torero en una tarde muy completa para él
Fue la tarde de Vicente Bejarano. Fue una de esas tardes que marcan la vida de un torero.
Una tarde en la que el torero busca el toreo y lo encuentra, un día en el que el torero
ansía el triunfo y lo consigue. Porque un triunfo es cortar una oreja en un toro y dar
dos vueltas al ruedo en el otro en Sevilla, aunque al torero -y a miles de espectadores-
le supiera a poco este balance al considerar que el adecuado habría sido dos orejas, una
en cada todo. Pero como la fiesta es poco democrática y estas cosas dependen de una sola
persona, el señor del palco dejó el premio en una oreja y las mencionadas vueltas al
ruedo en el sexto de la tarde.
Ahora podría entrar aquí a analizar porqué el usía no le dio la oreja del sexto al
bueno de Vicente Bejarano, hablar de que a lo mejor la espada quedó desprendida -que es
lo único que ve un insensible sentado en un palco en esos momentos- y que eso, en
Sevilla, es un freno para el triunfo, o descalificar a una autoridad que no sabe casi nada
de toros. Pero no me parece oportuno. Ya sé que da rabia, que es una injusticia, que no
hay derecho y todo eso, pero ¿quién le explica al que no tiene intención de comprender
que una oreja puede ser el pasaporte hacia la supervivencia de un torero en la tesitura de
Vicente Bejarano? Es un esfuerzo baldío a todas luces.
Por eso procede contar y cantar la importancia de un torero de La Puebla, de un hombre que
vino dispuesto a morir a la Maestranza, como sólo saben hacerlo los grandes del toreo. La
actitud de Vicente ante Sevilla, su ímpetu, quedó demostrado en su permanente presencia
en quites. Al sobrero de Ordóñez lidiado en segundo lugar le hizo uno por chicuelinas
que dejó atragantado a más de uno por su ajuste. Fue un quite entre el ¡ole! y el ¡uy!
que marcó diferencias, que dijo mucho del valor que iba a derrochar Bejarano en una tarde
de todo o nada. Como en ese toro, de temperamental movilidad, Curro Durán había sido muy
breve, con el consiguiente enfado de la gente, y en el que abrió plaza José Antonio
Campuzano no había podido hacer nada, la gente agradeció la presencia en el ruedo de
alguien dispuesto.
Lo agradeció cuando Bejarano se fue a por el tercero -emplazado casi en los medios y
enterado- y le echó ganas en el recibo de capa. Este animal buscó chiqueros en los dos
primeros tercios -tuvo que ser picado a favor de querencia-, pero en la muleta aguantó lo
suficiente para que Bejarano le cortara la primera oreja de la temporada en Sevilla.
Vicente había inaugurado los brindis a Julio Robles, que estaba en el tendido del 7, e
hizo honor al monterazo con una firmeza y un valor encomiables. A base de tragar y de
exponer, el joven torero de La Puebla tiró del reacio toro de Gavira en dos tandas de
naturales que tuvieron gran emotividad. Cuando el animal dijo que no embestía más,
Vicente se metió entre los pitones y siguió tragando. La gente tuvo que entregarse
definitivamente, igual que el torero lo hizo en la suerte suprema. La oreja estaba cantada
y no importó que el toro se demorara en doblar.
La segunda mitad de la corrida comenzó, por consiguiente, con los ánimos subidos. La
esperanza siguió al alza alimentada por el toreo templado de capa de José Antonio
Campuzano al cuarto. Ese Enterado fue el mejor toro de la tarde, el de mejor son, el de
más calidad en la embestida, el de más temple. Un toro así en las manos de un veterano
como José Antonio es garantía de triunfo, pero en el toreo dos y dos no son cuatro y una
caída del animal en la primera serie -después de un grandioso comienzo de faena- rompió
el cuadro. El toro se afligió y Campuzano no pudo hacer otra cosa que intentarlo, como en
su primero. La miel, en los labios.
Curro Durán, que estuvo ciertamente desdibujado en su primero, tampoco aportó nada en el
quinto, un toro que no se entregó pese a moverse por allí. Tal fue la historia que,
antes de terminar el de Utrera, ya estaba la gente deseando ver a Bejarano para saber si
era capaz de redondear el triunfo conseguido en su primero. Y fue capaz, de hecho lo
redondeó aunque no aparezca reflejado en un hipotético marcador de la corrida. Bejarano
estuvo otra vez decidido con el capote y pidió que se midiera al toro en el caballo. El
animal quedó templado y justo de fuerza para la muleta. Se intuía que la duración del
animal podía ser limitada, por eso Vicente Bejarano aprovechó las primeras tres series
para caldear otra vez el ambiente. En el ánimo general latía el aliento al torero, de
modo que casi se ignoró que algunos muletazos no fueran limpios. Se valoró más la
actitud de Vicente, su forma de estar y su ilusión al ver tan cerca la gloria. Por eso se
quiso premiar su faena con una oreja, para premiar las posibilidades de este torero de
Sevilla. Era un premio merecido, pero también un voto de confianza. Sólo uno no lo
entendió así.
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