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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 11 de abril de 1999
Corrida de rejones
Crónicas de la prensa

Ganadería: Toros de Luis Albarran (mansearon (salvo el 5º),dieron juego, distraídos)

Rejoneadores:

Presidente: Gabriel Fernández Rey

Incidencias:  -

Entrada: dos tercios

Tiempo: soleado

Crónicas de la Prensa: El Mundo, El País, El Mundo de Andalucía, El Correo de Andalucía


El País, JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. Edición del lunes, 12 de abril´99. Genio y torería del caballista navarro

El caballista navarro Pablo Hermoso de Mendoza puso la Maestranza en pie. Fue literal: en pie. No se dice a manera de eufemismo. Menos aún con trampa, como cierto colega que redactó la reseña de una conferencia que él mismo había dictado en cierta asociación y la tituló: "Fulanito puso a la Asociación en pie". Un testigo presencial aclaró que, efectivamente, el público se había puesto en pie, pero para marcharse a toda prisa.

No llega a ser el caballista navarro quien sale a rejonear al quinto toro y a lo mejor el público de la Maestranza hubiese hecho lo mismo, salir corriendo, pues la función dedicada a rejoneo venía siendo soporífera y no se acababa nunca. A las 8 de la tarde aún cabalgaba el tercer rejoneador. Hora y media llevábamos de caballazos, de pasadas inútiles, de toros con cabestra vocación.

Los rejoneadores no es que estuvieran mal: hacían lo que podían. Lo rejoneadores, en los tiempos que corren, no están mal nunca. Les pasa lo que a los conjuntos musicales y al piloto Carlos Sáinz: que no les cuadra crítica alguna. Si todo va bien son geniales; si lo contrario es que les falló la suerte.

El hecho diferencial de los rejoneadores -la mayoría queremos decir- es que se ponen pesadísimos. Tienen estructurada su actuación en cuatro tiempos -rejones de castigo, banderillas, las cortas y rejón de muerte- y los cumplen a rajatabla así les pida la afición que acaben de una vez y esté presta a huir de semejante martirio.

Leonardo Hernández fue de los cabales. Su toro se entableraba, había de sacarlo mediante continuas pasadas y eso para distanciarlo par de metros de la barrera. Sólo una vez aceptó el manso acudir hasta los medios y se debió al peón José María Elbal que lo bregó embebiéndole en los vuelos de su capote. Sin embargo, al sentir el banderillazo, ya estaba trotando de nuevo el toro hacia las tablas. En ésas que Leonardo Hernández solicitó poner un par de banderillas de propina y la presidencia accedió. Y, prendido, volvió a pedir permiso para emplear las cortas, lo que le fue denegado. No se conformó, simuló las clavazones y el público se puso de su parte. Acertó con el rejón de muerte y le dieron una oreja. La Maestranza se parecía a la plaza de Valencia... Los extremos se tocan.

Veníamos de una decorosa actuación de Antonio Ignacio Vargas, que gritaba mucho (menuda bronca le armó al toro); de otra, correcta, a cargo de Joâo Moura; de un bien concebido y ejecutado rejoneo a cargo de Javier Buendía hasta que perdió los papeles con los aceros y si no llega a ser por la demora del palco al enviar los avisos, escucha los tres y le devuelven el toro al corral.

Y en ésas que se hizo presente Pablo Hermoso de Mendoza. Y todo empezó a ser distinto. No ya en los caracoleos, en las templanzas cabalgando a dos pistas, en la armonía de su toreo sobre el fastuoso Cagancho. Sino en todo tercio, en cada suerte, jinete de cualquier caballo. Con el tenaz encelamiento de principios y un impresionante quiebro, le quitó al manso las ganas de huir a tablas.

Vinieron después las reuniones al estribo; los giros al salir de los lances, que eran pura ligazón; un deslumbrante derroche de geniales improvisaciones... El arte de Marialva subía a la gloria elevado por el corazón ardiente, la acendrada torería y la consumada técnica del caballista navarro. La emoción y la belleza llenaban de gozo la Maestranza...

Mató de infamante manera Hermoso de Mendoza y dio igual: le otorgaron la oreja. Cerró plaza Andy Cartagena, espectacular, a veces desbocado y dejando que el toro le alcanzara los caballos, y le dieron otra también. La Maestranza ya hace tiempo que bajó el listón y ahora lo tiene a ras. El triunfalismo es como la marabunta: donde entra lo deja hecho un solar.


El Mundo. JAVIER VILLAN. Edición del lunes, 12 de abril´99. Caballos mejor que burros

Las tardes de rejones en La Maestranza son un raro privilegio para los espíritus contemplativos. Ausente, además, el siniestro número de las colleras (muchas gracias), nada hay que perturbe el disfrute de la vista ante ese portento de la naturaleza que es el caballo de rejoneo. Qué barbaridad aquélla, la de Alfonso Guerra, que vinculaba la democracia a los asnos: «Habrá democracia», dijo, «cuando los Domecq rejoneen montados en burro». Así le salió a él y a su compadre Felipe el invento: una democracia de gales, de filesas y burros con orejeras. Las tardes de rejones en La Maestranza son de una delicadeza extenuante. Uno, que por naturaleza tiende a la democracia -incluso a la democracia popular y a la asamblearia-, no quisiera ver rejonear a estos caballeros sobre burro.

Si así fuera, ¿cómo apreciaría, entonces, el bellísimo escorzo de los caballos de rejoneo, sus crines trenzadas, sus colas desparramadas en la brisa, su recortada jaca, sus patas de gacela, su sigilo de tigre, la sensualidad perfecta de sus ancas divinas?

Que yo sepa, los burros, bíblicos y pacientes, nada tienen de esto, ni siquiera los burros proletarios invocados en su día por Alfonso Guerra; su paciencia no es virtud, sino castigo; sus orejas de burro, símbolo de la terquedad y la ignorancia, no son comparables a las finísimas antenas de los caballos de rejoneo.

Antonio Ignacio Vargas apenas toreó, mas inundó La Maestranza de voces, gritos, jeribeques y aspavientos. Parecía que clamaba al cielo implorando a los dioses equinos de la torería, aunque su voz clamaba en el desierto: el desierto dorado del albero de La Maestranza.

Los quiebros de Moura, salvo alguna excepción, espectaculares y arriesgados. Moura es torero hasta cuando falla. El manso se le aculaba en tablas y el portugués, torerísimo, se lo llevaba a los medios una y otra vez, prendido de la grupa.

El paso lento, la economía de movimientos, el aroma campestre; Javier Buendía, un clásico. Clásico estuvo ayer salvo en el tenebroso espectáculo del descabello, intentando apuntillar al toro en pie cuando ya le habían dado los dos avisos. Y encima, salió a saludar.

A Leonardo Hernández el toro, el más deslucido de la corrida, se le aplomó del todo cuando había dado una lección de monta, de sobriedad, de precisión y de torería. El albarrán quería morirse y se murió de pie. Pero la plaza se rindió a Leonardo.

Y más se rindió a Hermoso de Mendoza. Cagancho, el cuatralbo, sigue siendo la estrella para las banderillas largas; y para el cite inverosímil y el toreo purísimo.

Propongo que se declare a Cagancho de interés nacional o, por lo menos, de interés nacional taurino. Pero no hay que engañarse. Si alguna vez se agota Cagancho, están Chicuelo y otros astros. Y está, sobre todo, el gran señor de esos caballos: Pablo Hermoso de Mendoza. Si ayer no pincha, le dan la Torre del Oro.

Y, finalmente, vino Andy Cartagena en sustitución de Rafael Peralta que está lesionado. Y armó el taco con sus cabriolas, sus galopadas de rodeo, y su sangre caliente de centauro. Al salir de los quiebros, el toro le aporreaba los caballos; y sembró de banderillas cortas el ruedo. Pero mató a la primera y le dieron una oreja.

Una duda metafísica: ¿por qué les tocan la música a los caballeros cuando banderillean? Dicen que la música en La Maestranza subraya, sólo, momentos excepcionales; y excepcional es que los diestros de a pie pongan banderillas.

Por eso suena la banda. Pero en los de a caballo la cosa más bien es natural: ¿o no? Luego, viene Antonio Ignacio Vargas, o cualquier otro, le vulneran los caballos, que es como si al matador de a pie se le fueran los palos al suelo, y la banda, la buena banda de La Maestranza, la exquisita banda de La Maestranza sigue tocando y tocando.


El Mundo. Edición Andalucía. CARLOS CRIVELL. Lunes, 12 de abril´99. Orejas de risa

Decimos que el rejoneo se encuentra en el mejor momento de su historia. Es posible que así sea. Lo que sería conveniente es definir qué es el rejoneo, qué entendemos por pureza en el toreo a caballo y cuán es la máxima que debe presidir el quehacer de un rejoneador.

El buen rejoneo tiene las mismas bases que el toreo a pie. Las suertes deben hacerse con torería, los cites deben ser frontales, la reunión será al estribo y se procurará clavar arriba. A la salida del encuentro de la cabalgadura y el toro, tanto el caballero como el equino deben adoptar posturas dignas y toreras.

Siempre que sea posible, el caballero intentará hacer la suerte en el centro del ruedo, para lo que deberá sacar al toro que tenga querencia a las tablas. No es bueno abusar de las entradas por los adentros, salvo que sea imposible hacerlo por fuera. Los adornos y posturas espectaculares serán la guinda que pondrán remate a una lidia templada, sin carreras ni piruetas forzadas antes de entrar en la jurisdicción del astado.

Estas premisas fundamentales del toreo a caballo han pasado a mejor vida. La mayoría de los caballeros actuales han logrado que sus cabalgaduras realicen movimientos dignos de los mejores artistas de circo, muchas veces lejos de la cara del toro. Estas carreras, vueltas, giros, cabalgadas a lo loco, quiebros sin clavar y pares acrobáticos, llamados 'al violín', son aclamados por el público, que es muy receptivo a esta espectacularidad, pero que está lejos del buen rejoneo.

En la corrida de ayer en Sevilla, los toros de Albarrán complicaron mucho las cosas a los caballeros. Vargas, Moura y Buendía quisieron hacer el buen rejoneo frente a reses mansas. Leonardo Hernández comenzó con pureza y acabó buscando el aplauso fácil. Con Hermoso de Mendoza y Cagancho, la tarde comenzó a teñirse de espectáculo alejado del rejoneo. Esta afirmación alarmará a quienes rugieron con los alardes del navarro, pero les recomiendo que lean de nuevo el comienzo de esta columna. Con Andy Cartagena, la tarde se llenó de caballazos alocados sin temple.

Los tres rejoneadores bullidores cortaron orejas en una prueba más de la perdida de categoría que sufre la Real Maestranza. Es un problema de autoridad. El presidente rayó en la comicidad al ordenar la muerte del toro de Hernández y éste hacer todo lo contrario. Al menos, le prohibió las cortas cuando ya el toro parecía un florero. Finalmente, no fue capaz de aguantar ante peticiones de oreja vociferantes y minoritarias y sacó su pañuelo para dar orejas de risa. La de Leonardo, después de simular, de forma absurda, un par de las cortas y entrar a clavar mucho por dentro. A Hermoso se la concedió después de dos rejones fallidos y un bajonazo en el número. La oreja de Cartagena me recordó las que se daban en su día al Platanito. Sevilla por los suelos. Mal camino.


El Correo de Andalucía. JOSÉ ENRIQUE MORENO. Pablo en su otro mundo

La Maestranza disfrutó de otra dimensión del rejoneo con Hermoso de Mendoza
La veteranía es un grado y todo eso, pero ayer los veteranos fueron vapuleados por los jóvenes en un festejo que olía al final a claro relevo generacional. Además, los veteranos no lo parecieron tanto porque su experiencia no les apartó de cometer un error en el que los tres cayeron: castigar en exceso con tres rejones a sus respectivos toros. No se sabe bien si atendieron al enorme tamaño de sus enemigos, o a los arreones que pegaban estos toros mansos de Albarrán para infligir tan contundente castigo a los animales. Pero sea por una razón o por otra, los tres pusieron tres rejones de castigo y se encontraron con tres toros afligidos, parados y buscando descaradamente las tablas en el último tercio.
Los jóvenes jugaron con la ventaja de ver el comportamiento de tres toros hasta que llegó el turno del primero de ellos. Leonardo Hernández lo vio claro y se midió más: sólo dos rejones, que en su caso no impidieron que el toro se parara. No importó demasiado porque Leonardo, con buen oficio, hizo eso tan difícil que los taurinos llaman "inventarse un toro", que es, nada más y nada menos, que sacar agua de un pozo seco y construir una obra que conduce al triunfo. Hernández supo llegarle bien al toro Lobito para clavar siempre arriba y con gran eficacia. Lo tuvo que hacer todo él, pero lo hizo de forma más brillante que los tres veteranos, lo que le valió, además de un rejonazo certero y de preciosa ejecución, la primera oreja de las tres que se cortaron.
Leonardo Hernández refrescó mucho el ambiente de una tarde que se tambaleaba, levantó el corazón de la gente y la preparó para la siguiente sesión. Pero lo que vino a continuación fue otra historia, como siempre sucede cuando aparece en una plaza Pablo Hermoso de Mendoza.
El navarro, en la primera de sus dos comparecencias maestrantes, marcó distancias. Lo que él hace montando a Cagancho es único y difícilmente imitable. Pero Mendoza no es sólo Cagancho: montando a Labrit paró y templó magistralmente a Milenario, su toro de Albarrán, un animal que salió con la alegría que le faltó a todos sus hermanos de camada. Los dos rejonazos fueron certeros y emotivos, resultando más ajustado el primero, pero más vistoso -de poder a poder- el segundo. Cuando salió Cagancho la plaza se adentró en otra dimensión del rejoneo y Pablo cabalgó -de costado casi siempre y con un temple infinito- por su otro mundo. Y como lo suyo es distinto, pero es toreo del bueno, el rejoneador formó un lío. Preciso al clavar, certero al elegir terrenos y constante en su temple, Pablo Hermoso dio continuidad al espectáculo cuando montó a Chicuelo y arriesgó mucho con un toro más aplomado, adornándose con espectaculares piruetas en la cara del toro. La tensión artística de la faena se mantuvo pese a ir el toro a menos y cuando Pablo Hermoso se fue a por el rejón de muerte, estaba claro que tenía las dos orejas en sus manos. Pero falló en la suerte suprema y el navarro se tuvo que conformar con un solo trofeo y, eso sí, con la satisfacción de haber puesto la plaza en pié.
Y para rematar, un debutante que llegó con la frescura de su juventud y con la espectacularidad de su monta. Siguiendo la línea de su tío Ginés -trágicamente desaparecido en un accidente de tráfico-, Andy pone toda la carne en el asador y a punto estuvo de que esto le costara una caída cuando realizó piruetas montando a Guitarra. No pasó nada, pero luego siguió arriesgando y su caballo Quito sí resultó herido en un par de poder a poder. Sin embargo, su entrega y su garra fueron bazas fundamentales para el triunfo de este alicantino en Sevilla. El joven Cartagena paseó la tercera oreja de la tarde, la que acababa de lavar la cara a una corrida en la que falló el ganado.
Pero aunque los jóvenes alcanzaron mayor brillantez en su cometido, los veteranos no estuvieron mal del todo. Vargas, por ejemplo, templó los arreones que pegaba la moles de 627 kilos que le tocó e incluso clavó buenos pares de banderillas, uno de ellos al violín. Moura se las tuvo que ver con un toro sumamente distraído y parado con el que el rejoneador portugués lo tuvo que hacer todo. Moura estuvo por encima, pero falló con los aceros, de modo que no hubo recompensa. La misma lectura cabe aplicar en el caso de Javier Buendía, que también cayó en el error de colocar tres rejones de castigo. Buendía anduvo con torería -a veces incluso al paso- delante del tercero de la tarde, teniendo que pasar varias veces por la cara del toro ante la falta de acometividad del animal. Sea como fuere, la tarde no despertó hasta el cuarto, cuando los jóvenes entraron en escena para cambiar el curso de las cosas.

 

 

 
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