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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 19 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Guadalest (Desiguales)
Diestros:
- Litri Estocada en su sitio
(silencio); pinchazo en su sitio y descabello (silencio). Azul inmaculado y
oro
- El Cordobés dos pinchazos y
una estocada caida, saludo en el tercio,(palmas;media estocada (silencio). Pistacho y oro
- Morante de la Puebla
Estocada (dos orejas); Estocada en lo alto (una oreja, salida por la Puerta del Príncipe)
Picador que destacó: -
Banderilleros que saludaron: José Pacheco y Antonio Pérez,
"El Pérez", ambos de la cuadrilla de El Cordobés
Presidente: Gabriel Fernández Rey
Incidencias: El quinto de la
tarde fue enviado a corrales y sustituido por el primer sobrero que también fue devuelto
por inutilidad para la lidia
Entrada: Casi lleno
Tiempo: soleada
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC, Diario de Andalucia y El Correo de Andalucía
El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla.Edición
de 20 de abril. Morante abre la Puerta del Príncipe
Morante de la Puebla abrió la famosa Puerta del Príncipe. Con todo merecimiento la
abrió y por allí le sacaron a hombros, rodeado de una multitud enfervorizada que le
aclamaba "¡Torero!". La Maestranza, tan orejista y aplaudidora hogaño, había
visto torear de verdad. Había visto cuajar dos faenas importantes, inspiradas y emotivas,
a un torero de una pieza. Dos faenas de distinto corte pues de distinta condición eran
los toros. Dos faenas en las que derrochó torería y en las que hubo de arriesgar el
físico para alzarse con el triunfo total.
Al toro noble, lidiado tercero, le embarcó depurando la interpretación de las suertes; al toro bronco le retó junto a la
boca de riego, le aguantó las intemperantes acometidas, le sorteó los gañafones, acabó dominándolo y lo fulminó
de una estocada a ley. Doblaba el toro y los tendidos de la Maestranza ya estaban cuajados
de pañuelos, en petición unánime de esa tercera oreja que le daría franquía para
salir por la puerta grande, que es la emblemática Puerta del Príncipe.
Morante de la Puebla: otro concepto del arte de torear. Una versión que nada tiene que
ver con lo que se lleva, con los pegapases, con los artesanos del derechazo, con las
faenas monocordes, interminables y plúmbeas. Faenas que sí, se aplauden siempre, con la
misma monotonía, y seguramente se premian también con orejas, porque las orejas, los
aplausos y los derechazos son valores convenidos, forman parte de ese montaje adocenado y
fraudulento en que unos taurinos insensatos han convertido la fiesta.
La Maestranza era excepción pero cayó hace tiempo en esta vulgaridad generalizada.
Aquí emocionaba el toro bravo, encendía los corazones el toreo de pellizco. Ahora los
enciende -o eso parece- el toreo de coscorrón; da igual que salga por toro una mona
drogadicta y errática.
Compareció Litri pegando trapazos y aún hubo quien le hacía palmas. El segundo toro
de Litri, en las postrimerías del trasteo se fue de repente a tablas para dormir la mona
bajo el estribo. No sería el único.
El Cordobés, en el primero de su lote, empleó los derechazos sin tomar en
consideración su boyantía, que demandaba templanza, y acabó pegando manguzás. Un serio
volteretón al entrar a matar le condonó estas culpas y fue largamente ovacionado.
El segundo toro de El Cordobés estaba inválido y volvió al corral. Al sobrero, un
bonito cárdeno salpicao, botinero y careto, lo destruyó el picador. Metiéndole hierro
carnicero en el transcurso de un interminable puyazo
corrido, lo dejó para el arrastre. Sólo le había faltado sacar la navaja. Inutilizado
para la lidia, el presidente devolvió antirreglamentariamente el toro al corral.
El segundo sobrero, que no tenía ni
trapío ni fuerza, metió un berrido terrible al saltar a la arena. No se sabe qué quiso
decir pero, por el tono, es probable que mentara la madre de quien le metió el chute. Es
conveniente llevar a la plaza el manual ¿Quiere usted aprender a mugir en siete
días?, para entender a los toros cuando se ponen a mugir su vida. Aquella pobre
víctima se pegaba costaladas o se tumbaba para no pegárselas, entre estertores y
mugidos.
Qué tendrá que ver todo eso con el toro, con la fiesta, con el arte de torear. Y era
en la Maestranza donde sucedía. Pero en el mismo albero, antes y después, pudo verse lo
que es el toreo; el arte de Morante de la Puebla, valentía y calidad en todas sus
intervenciones, que tras desplegar una fastuosa teoría de ayudados, toreaba a su primer
toro por naturales en dos tandas
pletóricas de hondura. Y aún debió intentar la tercera pues, toreando así al natural,
¿para qué los derechazos? Dos series de estos dio, superados al rematarlos con el pase
de pecho. Y aún puso el toreo en la cumbre al abrochar la faena mediante ayudados,
kikirikíes y trincherillas ligados en un palmo de terreno.
Las dos orejas le dejaban entreabierta a Morante la puerta grande. Faltaba la
ratificación del éxito en el sexto toro y ya se daba por cierta cuando ese toro planteó
una lidia llena de escollos. Unas veces pronto en las arrancadas, otras incierto, hasta el
punto de que volteó a un peón en la
brega. Ora noble, ora reservón, probón, gazapón, o todo a la vez. Y Morante lo sacó a
la boca-riego. Y allí le presentó pelea, le aguantó las tarascadas, le muleteó con
mando, acabó dominándolo, lo tumbó de un estoconazo. Sí señor: ése es el toreo; así
se ganan los toreros buenos el honor de salir en triunfo por la histórica Puerta del
Príncipe.
El Mundo. JAVIER
VILLAN, Sevilla. Morante de la Puebla, en estado de gracia
Esto se está disparando, palabra. Siguen saliendo toros basura, pero
cada tarde aparece un torero salvador que redime esos bichos impresentables. Morante,
ayer, toreó muy bien, toreó superior: en algunos momentos, en verdadero estado de
gracia; mas la Puerta del Príncipe parece un poco excesiva.
Hay que analizar pormenorizadamente su torera tarde. Yo no digo que sea un borrón esta
Puerta del Príncipe: es, quizá, un don, una dádiva que a todos les sabe a gloria. Pero
borrones, o pequeñas manchas, siempre aparecen. Yo mismo, sin ir más lejos. Por haber
atribuido anteayer a un toro de Núñez del Cuvillo la perversidad de un toro de Pereda,
me impongo la penitencia de peregrinar a todas las plazas de Iberia donde se lidien toros
con encaste Domecq en sus distintas ramas, familias, parentescos y consanguinidades.
Reconocerán que el castigo es ejemplar.
Incluyo en esta peregrinación al hierro de Guadalest, que ayer echó una mansada
blanda y descastada, redimida sólo por la torería cabal de Morante de la Puebla. Si
torease siempre, y así, Morante, la penitencia que me he impuesto no sería penitencia,
sino júbilo y gozo. Ahora que está de moda culpar a los veterinarios de todos los males
de La Maestranza y de los miles de toros que tienen que pasar por el reconocimiento para
completar una corrida de seis, podía echar a ellos la culpa del lapsus. Pero no voy a
echar la culpa a nadie, pues Morante nos ha reconciliado con todo y con todos. Prefiero
reconocer, en cambio, la perspicacia de Javier Mompó, que está siempre a los santos
-mejor dicho, a las santas- y a las limosnas, y me señaló el gazapo.
Júbilo
Habíamos quedado, pues, en que lo de Morante de la Puebla fue un verdadero júbilo. La
presencia de Morante en el ruedo oval de La Maestranza estuvo marcada desde el principio
por detalles significantes: un quite al toro de El Cordobés; el esbozo de verónica, despatarrado e intenso, pero sin
cuajar; el recorte imaginativo e imprevisto con que puso en suerte a su primero, reservón y cauto; y una trinchera, y un pase
del desprecio con que abrió faena en la raya. Después se centró en los medios con un
toro que tardeaba y al que había que
hallarle la distancia: ahí los detalles fueron ya significación categórica.
Los primeros naturales fueron a pie corrido; mas, cuando asentó las zapatillas y ligó
dos naturales seguidos, el de Guadalest se entregó. La siguiente tanda fue cumbre y las
dos series de redondos, también. Armonía, sobre todo: conjunción de trazo y de ritmo,
serenidad para aguantar algunas amenazas de colada y parsimonia de torerísima madurez
para dejarse ver y ofrecerse al toro. Una ceremonia del conocimiento. Y del sentimiento.
En rigor, la faena fueron sólo 14 ó 15 muletazos, más los pases de pecho y el remate de los bellos
ayudados por alto. La estocada le cayó bordeando el bajonazo. La potestad discrecional
del usía podía haber valorado ese detalle para pensarse mejor el don de la segunda
oreja; más que el rigor, pudo el empuje sentimental y colectivo de una plaza muy
entregada al aroma de la muleta de Morante. No perdonó quite Morante. Y bordó la chicuelina en el quinto; y las verónicas en
el sexto, que podía llevar en sus orejas la llave de la Puerta del Príncipe. Morante de
la Puebla ofrece siempre al toro un horizonte de torero. Y así, cuando el manso huía,
Morante le cortaba el camino, o se lo señalaba, rematando después con una preciosa
media.
Apertura majestuosa con naturales y trincherillas. Y, después, muchas tarascadas.
Estaba en estado de gracia Morante; y el toro, probón y manso, sólo recuperaba fuerzas
para acosarlo feamente y tirar la cornada. Acertó a la primera estocada.
Litri mató de un estoconazo al primero. Se retira esta temporada, aunque parece ya
retirado. Si el derribar fuera bravura, el segundo era bravo. Mas se agotó enseguida, o
se inmoló, como una ofrenda, en el capote
de Morante, que hizo un suavísimo y breve quite por delantales.
El Cordobés pinchó dos veces sin soltar y, a la tercera, el toro le tiró un viaje al
muslo derecho que le destrozó la taleguilla. El sobrero, desangrado o descastado, no podía
con su alma. Y se echaba antes de que El Cordobés entrara a matar.
ABC. Vicente Zabala de la Serna.Morante
de la Puebla, capricho de Sevilla
La «tele», el gran invento del siglo XX, tiene maravillosos prodigios. Antes, hace
muy poquito tiempo, acababa la corrida de cualquier feria, mismamente Sevilla, y el
teléfono sonaba una y otra vez: «¿Qué ha pasado?» Ahora, el mismo amigo y aficionado
que telefoneaba para preguntar el resultado, llama para dar cuenta de lo acontecido en el
festejo. Te dicta la reseña y la crónica desde Madrid, Salamanca o Mallorca, por
ejemplo.
Te ofrecen detalles e incluso te corrigen ideas o percepciones. Que si la faena de
Morante no ha sido lo suficientemente redonda como para dos orejas;que si la estocada
había caído baja; que si tal o que si cual. Pero Sevilla necesita un torero joven, que
lleve el arte de esta tierra por todas las ferias de España, y protege y ayuda a sus
promesas. Abrochadito de pitones era el
noble tercero, un «dije». Morante, muy a la moda, lo puso en suerte en el caballo y se
quedó a la derecha del mismo, sin saber luego por dónde regresar a su sitio. Causó
expectación un pase del desprecio, desmayado y torero, en el inicio de faena. Siguió después sobre la zurda: hubo
tres naturales inconexos y, aprovechando el viaje, tuvieron buen aire. Prologaron otra
tanda mejor, más reposada y serena, ligada y verdadera. El diestro se rebozó con su
enemigo, que perseguía la franela hasta detrás de la cadera, donde terminaba el viaje.
Cambió la muleta de mano, y otras dos tandas elevaron aún más el tono de la obra,
aunque una de ellas no fue del todo completa. Un sensacional pase de pecho sería de lo
mejorcito de la faena. El final, como el principio, alumbró otro muletazo del desprecio.
También un kikirikí y un ayudado por
alto, pero ni uno ni otro concluyeron lucidos. Aseguró el triunfo con una estocada
caidita, la misma que mi amigo el informador recriminaba por teléfono para la concesión
de las dos orejas, y no andaba falto de razón.
Pero Sevilla es caprichosa, y ayer estaba empeñada en sacar a Morante de la Puebla por
la Puerta del Príncipe. A sabiendas de ello, salió el torero muy dispuesto con el capote ante el blando sexto, que, durante la
lidia, daría una voltereta al peón Antonio Jiménez «Lili», sin consecuencias. La
luminosidad de los albores de la faena no tuvo continuidad: el toro echaba la cara arriba
o doblaba las manos o se frenaba con inciertas intenciones, especialmente cuando no iba
enganchado y templado desde el inicio del muletazo. Morante consiguió pases aislados.
Llegada la hora de matar, se tiró a tumba abierta y dejó una estocada arriba, pelín
desprendida. Cuando dobló el toro, la Maestranza se cubrió de pañuelos para abrir la
Puerta del Princípe con la tercera oreja de la tarde. Porque sí.
La ventaja que tiene ver una corrida por televisión es que si sale un manso como el
primero de Guadalest y se ponen Litri y su cuadrilla a pegar mantazos a mansalva, sin
orden ni concierto, se va uno a la nevera, coge un refresco, se asoma a la ventana y ve
que no llueve, saluda al vecino y vuelve, y se ahorra doscientos telonazos, desarmes
incluidos, aunque todavía se trague otros tantos. Al bueno de Litri se le frenaba el
bovino en la muleta por uno y otro pitón,
así que abrevió con una habilidosa estocada.
Soso y descastado
El playero, noblote y descastado cuarto se desplazaba con cierta largura y sosería al
principio de la faena por ambos pitones,
mas pronto se acabó, hasta el punto de buscar las tablas para echarse. Tras un pinchazo,
después de levantarlo, Litri optó por descabellar como mejor opción.
Tuvo que salir Morante a hacer un quite al segundo para demostrar que el toro no
enganchaba siempre, sino que El Cordobés era quien se dejaba enganchar. El quite del
sevillano dejó un templado delantal y una graciosa media. A veces, se tiene la impresión
de que muchos espectadores vienen a la plaza a aplaudirlo todo, porque de otra forma es
difícil entender las ovaciones que levantaron dos pares de banderillas de Paco Peña, uno
prendido en el número, y otro, en el lado contrario. Los mismos aplaudieron a Manuel
Díaz su faena robótica y vulgar. El toro no es que fuera nada del otro mundo, incluso se
rajó pronto, pero el matador de Arganda anduvo con el piloto automático puesto. Tras dos
pinchazos, fue volteado en el tercer
envite. Afortunadamente, sólo hubo que lamentar que la taleguilla quedara destrozada. La
espada había profundizado desprendida, algo que no fue óbice para que escuchara una
ovación, tal vez porque el personal se sensibilizó por el percance, o mejor que lo
explique otro.
El sobrero de Ordóñez también vio el pañuelo verde, como el quinto titular. Otro
toro de los herederos del desaparecido maestro de Ronda pisó el albero. A Ernesto,
reconocido miembro del Palco del Arte, que ayer celebró su comida anual, le parecía muy
pobre su trapío. Y a mí también. Toda la corrida fue muy desigual. Alegró Morante la
cosa con un vistoso quite por chicuelinas.
El manso cornúpeta, todo y sólo pitones,
terminó echándose en mitad de la faena de El Cordobés, que tuvo la dignidad de ponerlo
en pie para tirarlo definitivamente de media estocada.
FRANCISCO MATEOS. Edición del
20 de abril 1999 Sevilla tiene un torero
Y lo querían dejar fuera de la Feria de Abril. Tantos años
desde que lo mecían en la cuna pienso yo con tocar la gloria y ayer la tocó
Morante, Tres orejas, Puerta del Príncipe y la conclusión de que Sevilla tiene un
torero. Un torero pinturero, sevillano, de pellizco. Un torero de Sevilla, valiente y
artista. Curro le dejó la alfombra desplegada el sábado y ayer Morante la pisó firme.
El cambio de siglo llega a Sevilla. No hay problemas.
Se le notaba a Morante que tenía ganas de triunfar. Intentó la verónica clásica en el capote, pero el
bonito tercero, de 500 kilos, salía suelto, mansito. Aun así, le dejó dos o tres lances
de absoluta calidad que hicieron brotar los olés de los aficionados. Ansioso, como un
niño nervioso por jugar, estaba Morante, que desde el segundo par de banderillas ya
portaba su muleta en la mano. Y vaya si
toreó. Sólo con un muletazo por bajo ya consiguió levantar una estruendosa ovación. El
run-run era tremendo. Comenzó con la izquierda por el derecho se le había colado
en el capote. La tanda fue buena, al principio ayudándose con la espada y después
relajando el cuerpo y bajando la mano para poner excelsa belleza en la Maestranza. Y bella
la forma de distanciarse, de andar, de recoger la muleta, siempre sereno y firme, muy
seguro. Y también inteligente, dándole tiempo al animal para reponerse y no ahogarlo a
la vez que, siempre a los mismos metros de distancia, lo circundaba toreramente para que
no parara de fijarse en él. Dos tandas más por la derecha pusieron la plaza boca abajo,
de exquisita plasticdad sevillana. Muletazos larguísimos. Y los pintureros remates, un bello epílogo. Una gran faena.
No se precipitó y agarró una estocada. Desprendida, cierto es, pero entró derecho. La
plaza era sólo una voz en demanda de las dos orejas que el presidente se resistía a
conceder. Hacía tiempo que la plaza no coreaba de una manera tan rotunda, al ver que los
pañuelos eran insuficientes para alcanzar el objetivo, el lema de otra, otra. Dos orejas
para una faena de recuerdo. Sevilla tiene un torero. Un torero de Sevilla.
Cuidó al flojito sexto, y cuando pudo, como al cabiar el tercio, se
lució con capote, con una media preciosa.
El Lili sufrió una voltereta sin consecuencias al ponerlo en suerte para los palos. Lo
brindó al público y la gente se puso en pie para corresponder a un joven que hace toreo
grande. El principio de faena fue bueno, pero el toro comenzó a defenderse, andarín,
haciendo hilo y cortando el viaje peligrosamente. No se amilanó el torero, que se expuso
a la cornada. Firme y eguro, por encima del toro. Destellos de calidad y valor. No cabía
hacer más. Lo mató por derecho ya salió rebotado. La petición fue mayoritaria y una
oreja más le abría la gloria: la Puerta del Príncipe.
Manso el primero, sembró el desconcierto y ni el mismo matador
Litri logró fijarlo en el capote. Fue picado en la primera vara por Curro
Reyes en la puerta de cuadrillas. En la faena presentó las dificultades propias de una
animal manso, pero que tampoco eran un obstáculo insalvable. Pero pareció que para Litri
sí. Ni se enfadó con él ni lo dominó. Y Litri sabe que es más fácil que su toreo
sobresalga con astados de esta condición que con la tonta del bote. En definitiva, que
decepcionó.
Y más aún en el cuarto, un astado manejable, bobalicón, cuyo mayor
defecto fue rematar los muletazos con la cara alta. Pero es que el matador le dio unos
rígidos pases sin decir nada de nada. Ni uno, de verdad. El toro debió aburrirse de
tanta vulgaridad y terminó por echarse sin que le entrara a matar.
En el segundo de la tarde, que correspondía a El Cordobés, entraron
en competencia en el tercio de quites Manuel y Morante. Tras la segunda vara en la primera derribó a Juan de
Dios Quinta Morante dejó en el quite unos bellísimos lances, muy suaves, con
parsimonia, que llegaron mucho a los tendidos. Tras la fuerte ovación se picó Manuel,
pero ninguno de sus lances salió limpio,
todos enganchados, de forma que todo quedó deslucido. El de Guadalest se dejó en la
primera mitad de la faena, en donde destacó una tanda por la derecha de El Cordobés,
pero después se fue apagando a la par que se refugiaba en tablas y cortaba el recorrido.
El torero también se vino abajo y ahí quedó todo. Bajo mínimo. Tres veces entró a
matar. Y entre que el toro echaba la cabeza arriba y que el torero no vaciaba el cite con
la izquierda, al final lo enganchó por la pierna derecha de mala manera, aunque sin
llagar a herirlo. Sólo por la emoción de este momento se explica la ovación final.
Devuelto el quinto, salió un sobrero de Ordóñez, inválido, que
también fue devuelto. En un suave quite
por chicuelinas le mostró Morante a El Cordobés la calidad del pitón derecho del sobrero bis de Ordóñez. Pero no era el día
de gracia de El Cordobés; gracia taurna, se entiende. El descastado aimal se descompuso y
se echó a mitad de faena. Todo intento
posterior fue ya inútil.
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Príncipe del toreo sevillano
Gran tarde de Morante de la Puebla, que descerrojó la Puerta del Príncipe
Por si había alguna duda, por si a alguien le quedaba algún atisbo de desconfianza
guardado en la manga, ayer Morante de la Puebla se ocupó personalmente de anularlos.
Ayer, la Maestranza asistió a una acontecimiento histórico: el relevo definitivo, con
toque de fanfarria y todos los honores incluidos, en el toreo sevillano. Sevilla se
entregó por completo al torero de La Puebla, algo que sólo sucede cuando la afición de
esta bendita plaza le abre de par en par la Puerta del Príncipe a un torero para que
salga por ella.
La conquista comenzó el año pasado con los reiterados triunfos de Morante, pero se
consumó ayer con la salida a hombros por la puerta de los privilegiados. Una salida que
significa muchas cosas, pero fundamentalmente ésa: que Morante es -por su forma de ser y
de hacer el toreo y por méritos propios- el elegido de la afición para el necesario
relevo generacional. Hace mucho tiempo que Sevilla no se sentía tan identificada con unas
formas toreras, y es que Morante es el toreo de Sevilla, el de la más rancia y graciosa
escuela de nuestra tierra.
Eso ya lo sabíamos, dirán ustedes. Pero en esto del toro nunca está demás recordar las
cosas, y más después que a Morante le pusieran tantas trabas como le pusieron para
entrar en los carteles de la Feria de Abril. Y si en ese refresco de la débil memoria del
aficionado resulta que el torero en cuestión aparece más maduro, más centrado y más
seguro, el reencuentro adquiere tintes de acontecimiento. Eso pasó ayer. Vimos a Morante,
sí, vimos al mismo torero de siempre, con el mismo arte y la misma gracia de siempre,
pero mejorado y ampliado en su dimensión torera. Morante ha madurado para bien propio y
el de todos los aficionados que saben paladear el toreo.
Y la degustación de los manjares morantinos comenzó en el segundo de la tarde, cuando
usó su turno de quites para explicar aquello de que el toreo de capa está en la yema de
los dedos y, sobre todo, en las muñecas. Qué compás tuvieron los lances y qué ritmo la
media. Morante había preparado el ambiente y marcado las diferencias. Había empezado a
ser el rey de la tarde, a llenarla con su natural torería.
Con el capote, en el toro primero de su lote, quiso, pero el toro se le fue suelto. La
media apretada fue síntoma de determinación, y el comienzo de faena -con un pase de
desprecio enorme-, prólogo adecuado de lo que vendría después. Pero todo, toro y
torero, quedaría más definido tras la primera serie al natural. El toro embestía con
recorrido suficiente y el torero estaba redondo. Por eso la faena fue in crescendo hasta
que Morante cuajó a Ambicioso, el morito de Guadalest. No fue faena de detalles -aunque
los tuvo- sino de arrastrar la muleta, llevarlo largo y rematar los pases atrás. Fue
faena de torear con los vuelos, enganchando en ellos la embestida del toro e
impidiéndole, con ese hilo mágico que es la ligazón, que se parara. Fue una faena
cumbre en la que Morante además utilizó la cabeza, la que le hizo dar tiempos a su
enemigo para que se repusiera entre tanda y tanda y la que le valió para andar tan
natural y tan sobrado en la cara de este toro. Fue faena de dos orejas, cayera como cayera
la espada.
El primer paso estaba dado. La puerta estaba entreabierta y el nuevo príncipe del toreo
sevillano casi subido al trono. Faltaba un toro, pero la proclamación era a todas luces
inevitable. De poco importó que el sexto cambiara su condición al hacer presa en Lili,
un banderillero de Morante. Este tenía la mirada fija en la del Príncipe y tiró de
valor para aguantar las inciertas embestidas de un toro complicado. Morante ofreció en
este toro una imagen distinta: la de torero capaz, aunque no se privó de ser artista -lo
es hasta dormido- en el recibo de capa -hubo buenos lances por el izquierdo- y en el
precioso comienzo de faena, en el que su muleta fue un delicado pincel. De cualquier modo,
su superioridad ante este quinto y la redondez de su tarde acabaron de forjar el sueño.
Morante se fue con fe detrás de la espada para empezar a flotar en la gloria.
La tarde fue de Morante de cabo a rabo, de modo que poco espacio hubo para Litri y El
Cordobés. El primero pudo hacer poco ante un mal lote: el primero fue un manso deslucido
y el segundo se movió, pero sin entrega. Este toro se echó antes de entrar el torero a
matar, igual que el sobrero -hubo doble devolución a corrales- que mató El Cordobés en
quinto lugar. En ambos casos, el excesivo castigo y sangrado de los animales fue causa
determinante de su inoperancia. El Cordobés, que forzó la devolución del quinto bis, y
que había comenzado la faena de rodillas, se quedó sin enemigo. En el otro no pudo
evitar estar un tanto eléctrico y tropezado ante un toro brusco y sin clase que le puso
los pitones en la cara un par de veces. No estuvo la cosa para ellos.
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