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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del 22 de abril de 1999
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Mª del Carmen
Camacho (mansos y descastados)
Diestros:
- Espartaco. Pinchazo, media estocada
en su sitio, descabello (silencio); pinchazo, estocada desprendida (silencio). De verde
oliva y oro
- Rivera Ordóñez. Seis pinchazos,
descabello (silencio); estocada desprendida, tres descabellos (silencio). De cereza y oro
- El Juli. Pinchazo, estocada trasera y
desprendida, (saludos desde el tercio); tres pinchazos, cinco descabellos (silencio). De
grana y oro
Picador que destacó: Manuel
Jesus Ruiz Roman, en la lidia del cuarto de la tarde,de la cuadrilla de Espartaco
Banderilleros que saludaron:
Presidente: Francisco Teja
Incidencias: -
Entrada: hasta la bandera
Tiempo: soleado y viento
Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, El Correo de Andalucía
El País, JOAQUIN VILLAN.
Sevilla.Edición del 23 de abril
El Juli, primera parte, quedó en simple toma de contacto. Hoy será la segunda. Se
presentó el Juli en la Maestranza, hizo lo que los malos toros le permitieron hacer y se
ganó un respeto.
Traía fama de diestro alegre y popular, y la afición maestrante se encontró con un
torero serio, pundonoroso y valiente que sabe de qué va la vaina.
Los toros resultaron difíciles y les presentó batalla en todos los frentes hasta
sacarles partido. La verdad es que poco partido tenían. Toros sin trapío, sin fuerza, sin casta, sin boyantía, sin
embestida, mejor es convertirlos en estofado. Uno, si ganadera (supuesto harto imposible
por el título y por el palmito, evidentemente) ya los habría puesto de oferta en la
carnicería. Claro que con las trazas que se daban y lo feos que eran, a lo mejor los
morcillos salían hechos suela.
Hubo toros que parecían muebles. Fue el caso de los que correspondieron a Rivera
Ordóñez. O sea que Rivera Ordóñez ensayaba el lance
o el pase y era como si se lo diese a un armario.
Hubo toros, en especial los de Espartaco, que parecían tener el colmillo retorcido. Es
decir, que Espartaco intentaba endilgarles el derechazo o el natural y los toros reaccionaban enfurecidos,
golpeaban o enganchaban el engaño, perseguían
al torero.
Hubo toros que parecían deseosos de embestir, y estos le salieron a El Juli. De manera
que llegaban a tomar capote o muleta, según correspondiera; seguían el
recorrido del instrumento toricida a duras penas -o a trancas y barrancas-, hasta que
rendían el ánimo, y se paraban cariacontecidos y fatigosos, hechos unos marmolillos.
Quizá podría decirse al revés. Quizá todos los toros fueran iguales en realidad. Y
si manifestaban su burrería de diferente forma se debía sólo al peculiar trato que les
daba cada torero.
No está mal vista la cosa, con perdón. Un atento observador se apercibiría -por
ejemplo- de que Espartaco anduvo desconfiado, falto de recursos y en el momento de faenar
no podía contener sus crispaciones. Los animales en general y los toros en particular son
muy sensibles a los estados anímicos de las personas y en cuanto les huelen la subida de
la adrenalina se ponen hechos un basilisco.
Se apercibiría asimismo el atento observador de que Rivera Ordóñez, pese al alarde
aquel de recibir al quinto toro con tres largas cambiadas a porta gayola, pretendía aplicar insistentemente el
derechazo incoloro, adocenado y superficial, finalmente pervertido por la indecorosa
utilización del pico de la muleta. Son unos modos y unas formas que aburren a las ovejas,
cuánto más a la bóvida grey aborregada y tullida. Y en tales circunstancias a los toros
no les daba la gana embestir, se ponían dignos
y hacían caso omiso de las provocaciones.
Si el atento observador no se durmió le llamaría la atención que El Juli consintiera
acosones y tarascadas, que diera lances a distancias inverosímiles, que entrara a quites y con manifiesta temeridad ciñese gaoneras,
que galleara chicuelinas procurando encelar en los vuelos del capote la casta asnal, que midiera distancias, que
mudara terrenos, que combinara técnicas para torear por naturales.
¡Torear por naturales! Parecía vana pretensión -una entelequia, loca utopía- sacar
naturales al pedazo de carne aquel, dura suela. Y sin embargo El Juli los sacó, ora en
los medios, ora en el tercio; bien cargando la suerte,
bien juntando las zapatillas; unas veces de frente total, otras colocado de perfil. Y ni
se inmutó cuando, en los pases de pecho, el toro derrotaba hasta rebasarle con los pitones las puntas del flequillo.
Al toro sexto le intentó igualmente dominar El Juli y no es que no lo consiguiera sino
que el toro nada tenía que ver ni con la casta brava, ni con el arte de torear, ni con el
albero de la Maestranza y se le notaba la intención de darse a la fuga. Si se hubiera
tratado del Rocío sería distinta cuestión: tirando de una carreta se sentiría
plenamente realizado. Hay vocaciones que duran hasta la muerte.
Coches, autocares, Ave, llegaron abarrotados de entusiastas seguidores de El Juli y no
pudieron satisfacer su apasionado partidismo pidiéndole orejas y aclamándole
"to-re-ro, to-re-ro". Llegaron a su vez aficionados conspicuos que no querían
perderse la presentación de El Juli en la Maestranza, saber de primera mano si había
dado la talla; y no pudieron reunir datos suficientes para llegar a una conclusión. A los
aficionados maestrantes les pasó lo mismo. Y todo hubo de quedar en un compás de espera;
hasta hoy, en que tendrá lugar la prueba definitiva de las capacidades de El Juli en
competencia con dos figuras y componiendo el cartel de mayor expectación de la Feria.
Pero no defraudó. Y se ganó el respeto de los aficionados, quienes apreciaron su
valentía y fundamento torero, y comprendieron que con aquella corralada no podía lusí.
El Mundo .JAVIER VILLAN. Sevilla
, Edición del 23 de abril. Sólo funcionó la reventa
A quienes habían pagado 100.000 pesetas por una barrera en el mercado
negro de la reventa, cada muletazo de El Juli les salió por un ojo de la cara.
Aproximadamente, por las 100.000 del ala; pues muletazos,
lo que se dice muletazos arremataos, no hubo ninguno. No digo que la culpa la tuviera El
Juli. Hay que reconocer que los toros eran peor que bueyes de carreta: mulos encornados.
Cifro los cálculos matemáticos en El Juli porque el que ha reventado el mercado ha
sido el carisma de El Juli; nadie paga 100.000 pesetas por ver a Espartaco o Rivera
Ordóñez. Cien mil pesetas por muletazo son demasiado, aunque eso se compensa con el capote, o las banderillas, que es el fuerte de El
Juli.
Mas, advertidas las torpes condiciones de los bichos, El Juli no banderilleó. Y
tampoco toreó con la capa, pese a un quite por chicuelinas y otro por gaoneras. Al menos, no
toreó con esa brillantez, variedad y filigrana a las que tiene acostumbrados a todos los
públicos del mundo.
Esos toros infames de Camacho no merecían, ni permitían, filigranas o valentías, por
lo que todo lo que hizo El Juli fue de generosa propina.
Por lo que la gente justificó sus descomunales desembolsos en el zoco de la calle de
Adriano fue por la emoción de que las reses de Mari Carmen Camacho le rozaran a El Juli
constantemente su anatomía, la alta y la baja.
También se las rozaron a Espartaco y a Rivera, incluso a Espartaco le golpearon
arteramente su maltratada rodilla; pero no es lo mismo. La gente había pagado por aclamar
a El Juli, por emocionarse con El Juli.
No es que los toreros se pasasen cerca los toros; es que los toros buscaban carne de
torero con intenciones asesinas. Y si no hubo muletazos de calidad, sí hubo decisión e
inteligencia en el chaval.
Ante la imposibilidad de completar un muletazo o de ligar dos medios muletazos
seguidos, Julián López, El Juli, tomó la decisión de robar los medios pases de uno en
uno: medios pases que encerraban la amenaza de una cornada entera.
En un momento de apuro, resolvió con un adorno por la espalda, un molinete y un pase de pecho en el que el animal puso los cuernos
en la Luna.
En estos lances siniestros empezó a ver el
público -que es morboso y vengativo- la tenebrosa justificación del dineral que había
pagado. Pero aquella reyerta no era ni justificable ni civilizada.
Reyerta tabernaria, riesgo y desesperación era aquello, tanto en la lidia de Espartaco
como en la de Rivera, que recibió con tres largas cambiadas de rodillas a su segundo.
El toro -todos los toros- eran de suicidio. Si los aficionados de la plaza de La
Maestranza no nos suicidamos en bloque, fue porque esos actos de desesperación están
aquí muy mal vistos.
Tópicos
Llega a ocurrir eso en Las Ventas y nos suicidamos todos a lo bonzo. O, al menos, eso
es lo que se creen algunos articulistas de aquí. Nos suicidamos o hacemos una pira con
los toros y la ganadera y obligamos a los toreros a encender la mecha.
Ese tópico sevillí de la amargura e intemperancia en Las Ventas, esta idea del
madrileño inquisidor y feroz, no es más verdad de lo que pudiera serlo la del andaluz
eternamente gracioso y perpetuamente chistoso.
Si alguien de fuera de Andalucía cree eso, yo lo remito a la letra de la copla: «Que
yo cantar no quería/ que nadie sabe la pena que me cuesta esta alegría». Pues eso.
En cualquier caso, comparto, en lo referido a las corridas de toros, lo que Conchita
Cintrón me decía no hace mucho tiempo: «A los toros uno no va a divertirse, sino a
emocionarse».
De todas formas, la emoción de ayer, en el supuesto de que pueda llamársele emoción,
fue siniestra y tenebrosa. No funcionó nada; sólo la reventa a tope; atracos a mano
armada.
Claro, que en esto de las emociones, las diversiones, el mercadeo y el atraco, cada
cual se lo monta como quiere. O como puede
El Correo de Andalucía.
JOSÉ ENRIQUE MORENO. Una corrida 'aburrada'
Los malos y complicados toros de Camacho frustraron la tarde de más expectación
Cuando las corridas son mansas y descastadas, los cronistas utilizamos a veces una
comparación que les duele mucho a los ganaderos. Decimos que los toros son mansos como
burras. Pues eso pasó ayer. Pero es que cuando los toros salen así suele ocurrir que, si
ningún milagro lo impide, la gente se aburre de lo lindo. Pues bien, como queda probado
que una cosa es consecuencia de la otra, el nuevo término que acuñamos en el titular
viene precisamente de ahí. Una corrida aburrada es aquella en la que los toros son burras
y la gente se aburre como una ostra. ¿Lo captan?
Lo cierto es que, por encima de ingeniosos juegos de palabras con los que pretendemos
mitigar los efectos de la decepción, la corrida de Mari Carmen Camacho lidiada ayer en
Sevilla fue un auténtico fiasco. Para la ganadera -espero-, para los toreros -que pasaron
su particular calvario delante de ella- y para los espectadores -que la padecieron
resignadamente desde unos tendidos pagados a precios astronómicos. Mala para el ganadero
porque ningún toro se comportó con casta de bravo. Mala para los toreros porque la
corrida desarrolló sentido y algunos toros se comportaron peligrosamente en la muleta. Y
mala para el espectador porque ni siquiera por la vía del arrimón pudieron sacar
beneficio de toros serios y otros con hechuras de embestir que al final no embistieron. Al
final alguien se preguntaba quién había traído esta corrida a Sevilla, sin recordar que
en otras ediciones la de Camacho fue de las más toreables que se lidiaron. Pero así
está esto, de un modo en el que nadie sabe cómo va a salir nada y no hay un caballo
ganador al que apuntarse.
Todo comenzó con un zapato llamado Andrajoso al que Espartaco cuidó con el capote por su
poca fuerza. También se encargó de que no le dieran en el caballo, pero el tal Andrajoso
se dedicó a defenderse y a desarrollar en la muleta. Hizo hilo por el derecho y por el
izquierdo se venció y tiró hachazos, alcanzando uno de ellos a Espartaco en el muslo
izquierdo. Fue un fuerte palotazo que dejó bien clara la nula condición del de Camacho
para el lucimiento.
Rivera Ordóñez quiso dar un golpe de efecto a la tarde con su loable decisión de irse a
portagayola. El gesto del torero hablaba bien de su determinación y subió muchos enteros
el nivel de emoción de la tarde. Rivera no se conformó con la larga cambiada de la
portagayola, sino que dio dos más, antes de perseguir al toro por toda la plaza para
intentar recoger la embestida de un manso huidizo. Esto deslució el recibo, porque lo
privó de la necesaria continuidad, pero no empañó la imagen del torero, que fue
ovacionado. A partir de ahí no hubo más emociones porque el toro no las propició por su
descastamiento. Siempre a la defensiva, este animal descompuso las buenas intenciones de
Rivera, que anduvo templado con él, pero que se hartó de pincharlo.
Turno de El Juli. Y El Juli siempre es El Juli. Pero El Juli no es dios y no hace
milagros. De modo que Julián comenzó por dejar constancia de su firmeza en el apretado
recibo de capa y en el quite por gaoneras, y continuó demostrando la predisposición que
se le supone al debutante en la faena de muleta, haciéndole incluso frente a la molestia
persistente del viento. Muy quieto, Julián intentó sacar partido de un toro que siempre
remataba los muletazos con la cara por las nubles. El Juli tiró de recursos técnicos
para estar por encima y hacer más faena de la esperada con la zurda a un toro brusco y
molesto. La impresión dejada por el torero fue buena, y no así la del toro.
La segunda mitad de la corrida fue un calco, aunque más breve porque se guardaban para el
final los toros con más retranca de la corrida. No fue larga la faena de Espartaco al
cuarto, un toro que calamocheaba arriba y que se quedaba corto, pidiendo más recursos de
lidiador de los que Espartaco tiene en estos momentos. No era toro para lograr nada lucido
y Espartaco tampoco hizo ningún milagro.
El pájaro que le tocó a Rivera en quinto lugar se puso a escarbar de salida y se
emplazó. Ya dijo lo que iba a ser este Irrespetuoso, que tanto lo fue -y además
peligroso- que buscó descaradamente al torero desde la primera serie. Ante esto sólo
cupo hacer lo que Rivera hizo: matarlo cuanto antes. Esta vez entró la espada.
Y ni siquiera el último cartucho de El Juli rompió la racha de toros aburrados y
aburridos. El peligro de este toro fue de ese que, por partir de la falta de casta, no
permite ni un arrimón en serio. El toro no se desplazaba, consciente siempre de la
posición que ocupaba el torero, por lo que Julián no tuvo remedio que ser breve. Tanto
que cuando iba a ser arrastrado el último toro, el reloj de la Maestranza marcaba las
ocho y veinticinco. Menos mal que lo malo fue breve, lo que ya es de agradecer.
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