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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
FERIA DE ABRIL
Tarde del lunes, 1 de mayo del 2000
Corrida de toros

Crónicas de la prensa

Imágenes del festejo

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Núñez del Cuvillo (justos de presentacón, complicados. El mejor, el 6º)
Diestros: 

Presidente: Juan Murillo

Incidencias:  El matador Emilio Muñoz resultó cogido grave en el 1º de la tarde. El parte médico dice: "Herida por asta de toro en fosa ilíaca en foisa que penetra a través de la aponeurosis del recto anterior hasta linea media introduciéndose en cabidad abdominal a nivel de la zona infraumbilical, perforando el epiplón mayor en dos lugares diferentes contusionando vasos intestinales. Se revisa la cavidad sin encontrar lesiones ni en hígado, ni en bazo, ni en ninguna víscera hueca. Se revisa fondo de saco y vegija sin encontrar lesión traumática. Sutura de las perforaciones mesentéricas y evacuación de los hematomas. Lavado con providona al 10% y cierre de cavidad con previa colocación de drenajes. Pronóstico grave que le impide continuar la lidia". 

El picador de la cuadrilla de Rivera Ordóñez, Domingo OrtizDominguez, en el 1º tercio del 5º toro sufre, al primer puyazo, fracturaespiroidea de tibia izquierda. Pendiente de estudio radioliógico. Pronóstico grave que le impide continuar la lidia".

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: lluvioso

Crónicas de la prensa:El Pais, ABC, El Mundo, La Razon


El País. JOAQUÍN VIDAL. Cogida grave de Emilio Muñoz

Emilio Muñoz sufrió una cogida impresionante. Y, como le ocurrió a Morante de la Puebla, toreando al natural. El toro de Joaquín Nuñez, que lo era encastado, con cuajo y trapío, no obedeció a la muleta que le presentaba con la izquierda Emilio Muñoz. Dio pronta la arrancada, se desentendió del engaño y arrolló al torero prendiéndole por el vientre para echárselo a los lomos. Quizá la propia violencia fue providencial pues -supimos después- en el mismo golpe de la furiosa cabezada el pitón entró y salió sin que hubiera tiempo de lesionar ningún órgano.

Emilio Muñoz, que rodó por la arena para librar las nuevas cornadas que tiraba el toro en su búsqueda, se incorporó, no dejó que le auparan las asistencias y se marchó por su propio pie a la enfermería, con el andar firme, el gesto bronco y más tieso que un palo de mesana. Genio y figura.

Del toro agresor se hizo cargo Rivera Ordóñez, que se limitó a matarlo, cual debe ser. No es que se inhibiera, por supuesto. La torería bien entendida manda que al toro que acaba de herir a un compañero no hay que pegarle derechazos por si suena la flauta y el astuto derechero se lleva los aplausos del público, como hizo otro hace poco en esta plaza.

Rivera Ordóñez, y Dávila Miura -que completaba la terna- no pretendían inhibirse; antes al contrario traían el propósito de ofrecer cuanto pueden y saben con una corrida que, por primera vez en la feria, salía enteriza, desarrollando la casta inherente al auténtico toro bravo.

Ahí es donde están los problemas y los peligros: en la casta. El toro de casta no toma bobalicón los engaños, no contempla crepuscular y sumiso a los toreros, sino que embiste feroz, busca y desborda al torero si no acierta a dominarlo. Obviamente, de esta condición del toro, y del torero que le presenta pelea, y de la lidia desarrollada según los cánones, surge la emoción, todo tiene interés, cualquier suerte posee enorme mérito. Y eso es lo que ocurrió en esta insólita corrida de la feria sevillana.

De las verónicas que instrumentó Emilio Muñoz emanaba mayor emoción que arte; de la tanda de derechazos que instrumentó, también. Luego vino el natural, en los medios, y la cogida.

A sus compañeros de terna no les arredró ni el sobresalto ni la consternación por el percance y Rivera Ordóñez salió recrecido a torear, templó verónicas, montó una vistosa faena a base de derechazos al segundo toro, que si llega a rematarla con la espada le vale una oreja. Al quinto acudió a recibirlo a porta gayola...

Justo ahí, en aquel terreno y a porta gayola, sufrió su padre, Paquirri, una de las más aparatosas cogidas que se hayan visto en la Maestranza. El recuerdo de aquella espantosa voltereta estaba presente cuando Rivera Ordóñez esperó arrodillado al toro, que tardó horrores en salir; cuando aguantó su embestida incierta y la desvió mediante la larga cambiada; cuando lo veroniqueó rodilla en tierra y concluyó con dos medias verónicas pintureras. La ovación, enorme, obligó a Rivera Ordóñez a saludar montera en mano; una estampa que rara vez se da y nos remitía a los tiempos gloriosos de la fiesta.

En las suertes de muleta no estuvo tan fino Rivera Ordóñez. Se nota que le van los derechazos más que los naturales; que le cuesta sentir el toreo. Y, además, el toro no era una babosa y empeoraba a cada destemplanza.

Dávila Miura acaso carezca también del don del arte pero lo suplió con entusiasmo y valentía. Ligó las suertes, no importa que en ocasiones fuera a trancas y barrancas, ciñó estupendos pases de pecho y, paso a paso, estuvo configurando en sus dos primeras faenas el éxito que le llegaría en la última.

Y de esta manera, al sexto toro, que desarrolló pastueña nobleza, le hizo un faenón, principalmente por naturales, ligados todos en una parcelita reducida de albero que era precisamente el centro geométrico del redondel. No hubo exquisiteces; si dominio, valor, emoción, sobrada torería, que suscitaron en la plaza un alboroto de entusiasmo. Cuadró en el mismo centro del redondel, mató a volapié neto, marcando lento y seguro sus tiempos, y ganó a ley las dos orejas que le fueron concedidas por aclamación.

Los toreros valientes, los toros de casta: ésa es la fiesta. Que comporta serios riesgos, naturalmente. Que se lo pregunten a Carmelo, a punto de ser alcanzado a la salida de un par de banderillas ante la inexplicable pasividad de Curro Cruz, que andaba cerca; que se lo pregunten a Basilio Martín, a quien el quinto toro le arrancó de un pitonazo los bordados del chaleco. Que se lo pregunten a Emilio Muñoz, corneado de forma dramática en el vientre. Sí; con éstas, la fiesta resulta peligrosa y dura. Pero si fuese blandengue e incruenta, como quieren algunos, sería torera mi abuela.

 


El Mundo. JAVIER VILLAN,

Dávila Miura, en el toro que cerraba plaza, llegó a convencer hasta a la banda de música que le había estado escatimando sus acordes durante toda la tarde. Y no quiere decir esto que la banda tenga que tocar a todas horas. Quiere decir que el rasero musical es muy distinto para unos o para otros. Dávila Miura, sin florituras ni marchoserías vacuas, dio una lección de torero poderoso, de colocación y de manejo de la muleta como arma dominadora. Toda la tarde; aunque en el sexto con más rotundidad y emoción. Ahí, ante la largueza y el son de sus muletazos, se rindió hasta el maestro Tejero.

Fue, la de Dávila Miura, la cara de la gloria; la sangre la puso Emilio Muñoz. Sin avisar, el de Núñez del Cuvillo se fue directamente al bulto y se echó a los lomos al trianero. Nada más ponerse la muleta en la izquierda, convencido Muñoz de que ése era el pitón bueno. En efecto, los problemas con el capote se habían presentado por la derecha. Sin embargo, la cornada la guardaba el de Cuvillo en el cuerno izquierdo. Ni siquiera un natural pudo consumar Emilio Muñoz: dos verónicas de vuelo bajo y zapatillas quietas, media bien arrebujado en el capote en una especie de molinete heterodoxo. Emilio Muñoz se fue por su pie a la enfermería y Rivera Ordóñez se fue raudo a por la espada; pinchó media docena de veces. En el segundo mató mucho mejor. Y toreó con templanza por redondos gustándose y regustándose.

No hay oreja sin música en La Maestranza. Y eso es un enigma que no logro descifrar. El maestro! director de la banda se erige así en suprema autoridad, más que el público y que el presidente. ¿De dónde le viene esa representatividad? La primera faena de Dávila Miura, silenciada por la banda, tuvo música interior, ritmo en la muleta y temple en el corazón. Al rematar un pase de pecho, el toro por poco le manda a la enfermería a hacer compañía a Emilio Muñoz.

¿Será verdad lo que dicen en Sevilla las lenguas de doble filo? Dicen estas lenguas viperinas que, en La Maestranza, lo primero es arreglar la música. ¿De qué naturaleza son esos arreglos? ¿Versiones por sevillanas de El gato montés? ¿Alegrías de Cádiz para Gallito? ¿O música de cámara para los solos de clarinete de Nerva? Concluía ya la faena al cuarto, estaba en la retina el temple de Dávila Miura, la sinfonía de algunas tandas de redondos, la buena colocación, el recorrido de los pases de pecho y el maestro Tejero, gran virrey de La Maestranza aún remoloneaba. Si la música ha de ser sólo en los momentos sublimes, sublimidad para todos; porque de ésos hay pocos. Tras una larga cambiada de Rivera a portagayola, a la segunda verónica, los músicos se echaron al vuelo sus instrumentos. A lo peor es que a Dávila Miura no le gusta cómo toca la banda del maestro Tejero; o piensa, como Napoleón, que la música es el menos desagradable de todos los ruidos. Si es así, me callo.

Tras la música a las verónicas, el toro de Rivera Ordóñez se puso borrascoso y le dio la tarde al muchacho. Y un susto de muerte a Curro Molina poniéndole los pitones en la pechera. Tarde de sobresaltos y excelente quite de Juan García cuando el tercero tenía a Emilio Fernández a tiro de pitón.

Le guste o no le guste la música a Dávila Miura, lo que de verdad le gusta es el toreo macizo, el toreo que ha de hacerse a los toros levantados y poderosos. Por ejemplo, tres tandas de redondos, bajando la mano enganchando al bicho, ligando en el momento justo y en el sitio exacto. Ahí sí que la música no tuvo más remedio que arrancarse. Después, y como si esos maravillosos sones hubi!esen aplacado al toro, dos tandas de naturales, una de ellas a pies juntos que fue almíbar puro. El toro era una galerna, llena de músicas interiores, música wagneriana y borrascosa que había tirado de cabeza al callejón a los banderilleros.

Citó Dávila Miura en los medios y el de Núñez del Cuvillo se arrancó como una exhalación. Ahí, la muleta poderosa, el muletazo largo y profundo; y por fin, la música. ¡Aleluya! Y una estocada arriba y letal que certificaba las dos orejas. Faenaredonda.

Emilio Muñoz, corneado

El torero Emilio Muñoz resultó corneado ayer por el primero de sus toros cuando iniciaba la faena de muleta. En ese momento, el ejemplar de Núñez del Cuvillo que abría plaza empitonó de f!orma espectacular al diestro, que pudo zafarse de los pitones al rodar sobre sí mismo, informa Efe.

Muñoz entró por su propio pie a la enfermería de La Maestranza, lo que hizo suponer que el percance no revestía gravedad.

Sin embargo, el trianero llevaba una honda herida en el vientre, por debajo del chalequillo, por lo que tuvo que someterse a una operación de urgencia en el quirófano de la plaza.

La cornada, según fuentes médicas, no ha dañado el intestino ni ningún órgano vital, pero mantendrá al torero 15 días alejado de los ruedos. El parte médico señaló que Muñoz sufría «una herida en la fosa iliaca con contusión intestinal que penetra entre 15 o 20 centímetros hacia el ombligo y produce desgarros, pero no lesiona órganos importantes. Pronóstico grave». Tras la intervención, el torero fue trasladado a la clínica sevillana del Sagrado Corazón, donde volverá a ser explorado de la herida.

El matador, que el año pasado cuajó en el mismo coso una gran faena con un ejemplar de Zalduendo, compartía cartel junto a Rivera Ordóñez y Eduardo Dávila Miura, que sustituía a Morante de laPuebla.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Dávila Miura impone su poderío por derecho

La cara y la cruz de la Fiesta se enfrentaron ayer; la lluviay el sol; el arco iris de por medio; la cornada de un torero como Emilio Muñoz y el triunfo poderoso de Dávila Miura; las sombras ganaderas de otras tardes y la seriedad y la casta de los toros de Joaquín Núñez del Cuvillo. Interesante, muy interesante, fue la corrida, que transcurrió en un visto y no visto, inequívoca señal de que en el ruedo ocurrieron cosas.

Mal arrancó la tarde con la baja de Emilio Muñoz. El trapío del colorado primero, rematado y hecho, marcaba una clara diferencia con los días anteriores, con los pobres animales de tardes idas, con sus hechuras tristes de plazas innobles. El temperamento un tanto rebrincado por el pitón derecho provocó que el trianero se echara en la siguiente serie de la faena la muleta ala izquierda; se descubrió pronto Muñoz y el toro se venció sobre su cuerpo.La voltereta asustó, sobre todo cuando en el suelo los derrotes buscaron el cuello y la yugular. Cuando se incorporó, con la cara ensangrentada, con la sangre del bruto por fortuna, se apreció que iba herido en el vientre. La cogida pudo resultar mucho peor de lo que a la postre fue, dentro de la gravedad.

Mano a mano quedaron Rivera Ordóñez y Dávila Miura, en una relativa rivalidad que ganó sin lugar a dudas el nieto de don Eduardo. Muy firme y seguro vimos al sevillano, fundamentalmente poderoso y no poco templado. Pasaportó con una gran profesionalidad a sus enemigos, que tenían que torear y su importancia, que ni mucho menos eran hermanitas de la caridad. Así hasta que apareció el encastado sexto, que si de primeras engañó en el caballo y en el primer tercio, en banderillas empezó a desarrollar todo el empuje que guardaba en sus adentros.

Dávila Miura abrió faena y citó desde la lejanía, con el engaño pordelante; el toro se arrancó fijo en su muleta mandona, que guió con largura lacodiciosa embestida en tres tandas intensas, con la mano muy baja y los pies deplomo. Sobresalieron los pases de pecho, antes de que al natural demostrara quela izquierda también esconde su poder cuando se maneja así. Hasta donde decidiera Eduardo se desplazaba el nuñezdelcuvillo, presto, ligero, con muchos pies —tantos que en algún muletazo no le daba tiempo a colocarse almatador—, humillado. Juntó las zapatillas Dávila para enardecer aún más a los tendidos, con la figura ahora más relajada y aún al natural. Todo el pesode la faena lo soportó en una estocada en los mismos medios. Dos orejas, dos,de oro macizo, como su toreo ayer.

Porque, de hecho, tanto con el tercero como con el cuarto (!cómo metió este último los riñones en el caballo, aunque se rajara muy a última hora!) las faenas mantuvieron un reposo cuajado; quizá por la intermitencia de la lluvia el personal estuvo más por no soltar el paraguas que por aplaudir.
Rivera Ordóñez debió aprovechar mejor las francas embestidas del segundo por el pitón derecho. No desentonó, aunque nunca se puso en «la vía del tren». Los minutos más intensos de su actuación los protagonizó durante la larga espera que aguantó de rodillas a portagayola. Tirada la larga, lanceó con vibración, rodilla en tierra. Luego, este quinto tuvo una embestida corta eincierta, y ya la tarde se rindió luego en brazos de Dávila, que impuso su poderío por derecho.


La Razon. BARQUERITO.- Triunfo de Dávila Miura con un gran toro de Núñez delCuvillo

El más bravo de los seis toros de la bella corrida de Núñez del Cuvillo le pegó una cornada en el vientre a Emilio Muñoz cuando citaba muy abierto al natural. Muñoz cayó sobre el lomo del toro a plomo. Después del quite, con la cara teñida de sangre, Emilio, muy sereno, se taponó con las manos la herida y por su propie pie entró en la enfermería acompañado por una emotiva ovación. La cruz de la corrida. Casi dos horas después, la cara. De la mano de un sexto toro de excelente son -el que mejor vino a romper de cuanto va de feria- Dávila Miura vivió una sonada apoteosis.
   
De principio a fin de una faena planteada de cabo a rabo en los medios, resuelta en ellas y rematada en los propios medios de una estocada extraordinaria. El toro, que enterró los pitones de salida, había galopado al caballo pero se repuchó en la primera vara y se escupió de la segunda. Escarbó con agresividad y rompió en banderillas. Galopó ya entonces. Y repitió con alegría y humillando. Dávila Miura debió de ver al toro, brindó al público y, desde el mismo platillo, citó de largo con la diestra. Se vino el toro con el mismo son cantado antes: galopando, repitiendo y humillando. Estuvo muy firme el torero. Sabio para enganchar por delante al toro todas las veces, para medir la distancia y tocar con sentido de los tiempos, para templarse y bajar la mano. Sabio, además, para sujetar al toro en el único momento en que éste amenazó ligerísimamente con quererse ir. Como si Dávila Miura se fuera sintiendo más y más a gusto de lance en lance. Dos tandas con la derecha y, tras ellas, tres con la izquierda, que fueron las de más calidad. Más vertical el torero en esa segunda parte de faena. Hermosos los pases de pecho a pies juntos. Puro poder el conjunto todo y, a son con la alegría del toro, cierta felicidad bien visible de Dávila Miura, a quien vino a abrírsele más o menos el cielo con la sustitución de Espartaco y con ese toro de Cuvillo que no podía irse con las orejas al desolladero.
   
Ninguno de los otros dos toros que Dávila Miura mató por delante se acercaron a las calidades del sexto. Los dos fueron, sin embargo, manejables. Pero Dávila, poco afortunado con el capote toda la corrida, obligó demasiado al tercero de la tarde y se encontró en seguida con su renuncia y, aunque ya apuntó en el cuarto su afán de torear muy en serio, a base de enganchar por delante, no redondeó. A este cuarto, que fue muy noble y tuvo en el caballo llamativa fijeza, le costó, por pasado de carnes, emplearse más que a los otros.
   
Los dos toros del lote de Rivera Ordóñez fueron de muy diferente signo. Pastueño en la muleta -hasta que tomó a la carrera el camino de las tablas- un segundo que había manseado bastante de salida, pero que obedeció pronto en la muleta y metió la cara. Faena limpia de Rivera, pero algo despegada -enganchado el toro por fuera- y fría, con el torero algo rígido de brazo. Los remates de tandas, dos de pecho y una trinchera, fueron bonitas notas de color. Cuando Rivera se echó la muleta a la izquierda, el toro se defendió y, nada más defenderse, emprendió la huida. Rivera, que pinchó hasta seis veces al toro que hirió a Muñoz, agarró en este otro turno al segundo viaje una estocada monumental. El quinto, al que Rivera esperó durante más de un eterno minuto a porta gayola y con el que escuchó la música tras lancear con garra rodilla en tierrra, fue un toro muy complicado. Con genio en el caballo, distraído en apariencia, listo en seguida. Gazapón, se metió por debajo, se acostó por los dos pitones y por los dos buscó. Muy habilidosa, de gran oficio, la faena de Rivera, firme a pesar de tener que torear obligadamente sobre los pies. Aunque el toro le esperó tras la igualada, al segundo viaje Rivera cobró media excelente.

 

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