|
|
|
Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del miércoles, 2 de mayo del 2001
Corrida de toros
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Victoriano
del Río, bien presentados pero faltos de fuerza.
Diestros:
Entrada: hasta la bandera
Crónicas de la prensa: PortalTaurino,
El País, ABC, Cadena
Cope
PortalTaurino. FRANCISCO MATEOS. Con
un poquito más de pureza
No hay quinto malo, o al menos eso es lo que se suele decir
cuando han pasado por la plaza cuatro toros sin que haya habido, por una u
otra causa, espectáculo, la base fundamental del festejo taurino. Bueno,
¿pero hubo toro antes del quinto o no? Pues sí, cuatro astados bien
presentados de Victoriano del Río que tenían mucha nobleza pero ninguna
fuerza en sus remos, y, claro está, así es imposible, o quizá no. De
Victoriano a Victorino hay algo más que una simple 'a' de diferencia. La
fuerza es argumento indispensable en un toro de lidia; y menos mal que la
lidia moderna es muy light.
Muy seria la labor de Joselito en su primero, un astado que tenía las
fuerzas justas y que se le coló en varias ocasiones. Las pocas fuerzas
provocó que cada vez fuera defendiéndose más. Enjaretó tandas muy
buenas, ligadas, bajando la mano. Pero la falta de fuerza hizo que se
viniera a menos el toro y el torero, que iba a más, cambió a una
acertada faena de cercanías, muy próximo a los pitones. Arrimón
importante y una estocada buena.
Por inercia
Su segundo, el cuarto de Victoriano del Río, fue otro astado sin
fuerza alguna, que andaba por propia inercia, pero no porque el cuerpo
tuviera la reserva necesaria de fortaleza como para que pudiera dar juego
en la muleta de Joselito. El juego del animal fue desesperante, entrando
sin emoción alguna a la muleta del madrileño, que en este astado estuvo
triste, pero, ¿es que acaso se podía estar de otra forma? Lo raro es que
hasta falló con la espada en dos ocasiones antes de agarrar, a la
tercera, la estocada. Pasó la Feria de Abril para Joselito y poco aporta
El segundo estaba asfixiado desde que salió de chiqueros, en los
lances de Finito, con medio palmo de lengua fuera. En la muleta sólo
desarrolló sosería y muy pocas fuerzas, muy quedado. Así, el trasteo de
Finito, que estuvo aseado, adoleció de la transmisión necesaria hacia
los tendidos.
Al quinto, Finito ya le levantaba el capote al llevarlo al caballo,
limitado de fuerzas. Además, empujó en la primera vara, llegando a
derribar al piquero. Pero, pese a lo que podría preveerse, que se
derrumbara definitivamente, el astado de Victoriano del Río, con un fondo
de bravura, sí aguantó la notable faena de Finito. Se lo pasó muy
templadito, y hasta bajó la mano en algunos muletazos, tanto por la
derecha como por la izquierda. Quizá sea por este pitón, en el toreo al
natural, en el que se sintió más a gusto el cordobés. Hondura y
plasticidad en un trasteo que fue a más. La estocada fue defectuosa,
trasera y baja. Se pidió una oreja y se concedió. Manuel Caballero se
estrelló con el tercero, sin fuerzas, que se paró en la muleta, y el
albaceteño debió quedar medio ronco de tantos ¡je, je! para intentar
alegrar la embestida y que acudiera al engaño, pero apenas pasaba por la
muleta, y cuando lo hacía, entraba desprovisto de cualquier emoción y
transmisión a los tendidos. Otra pena, porque el toro tenía nobleza,
pero sin fuerzas para desarrollarla, ¿de qué sirve?
El sexto fue el más pronto de embestida, el mejor del encierro. Se vieron
pronto sus posibilidades y el diestro de Albacete comenzó a armar su
muleta de toreo del bueno, sobre todo en las primeras tandas, con más
cadencia, ligazón y continuidad, porque después, conforme avanzó la
faena, el toro se vino abajo y el trasteo también. No remató Caballero
en esta ocasión.
El País. JOAQUIN
VIDAL. Finito se demelena
Se desmelenó Finito de Córdoba; sorpresa sorpresa. De esta guisa: se
quitó de encima la galvana, le perdió el respeto a uno de sus toros, se
guardó en el chaleco las ventatajas y los trucos que solía utilizar últimamente
e hizo el toreo.
Hacer el toreo: se dice pronto.
El toreo de parar, templar y mandar; el de hondura y templanza: eso
hizo Finito de Córdoba sobre el albero de la Maestranza. Y lo interpretó
como los ángeles.
No fue un toreo de salón; el que se lleva con los borregos
inofensivos, pese a que la corrida de Victoriano del Río (marca
acreditada de borreguez), salió fofa, tullida y borrega. Porque el toro
al que aplicó el toreo bueno constituía la excepción. Un toro que
resultó ser, sorprendentemente, poderoso y bravo.
La primera vara que tomó el toro fue de las que hacen honor a la
fiesta y crean afición. Se arrancó como una bala, metió la cabezada
fija bajo el peto, apretó los riñones y se llevó al caballo medio en
volandas hasta las tablas, donde lo derribó. Y allí siguió embistiendo,
crecido al castigo, pues el picador, aún agarrado a la montura pese a la
caída, seguía picando.
Los primeros compases de la faena de Finito carecieron de relieve quizá
porque aún no había asumido la encastada nobleza que el toro desarrolló
hasta su muerte. Pero, de repente, cuajó un derechazo magnífico; tomada
con la izquierda la muleta, se serenó en unos aseados naturales. Cambió
de mano y vinieron redondos de extraordinaria suavidad. Volvió a los
naturales y los recreó hondos y bellos, abrochados mediante sensacionales
pases de pecho seguidos de trincherillas y adornos pletóricos de torería.
Una estocada defectuosa tumbó al bravo toro y vino a las manos de Finito
la oreja, que pidió el público por aclamación.
Tampoco es que Finito realizara un esfuerzo sobrehumano. Le bastó
desmelenarse, recuperar la confianza en sí mismo, tomar conciencia de que
es un torero de clase especial y lo que necesitaba era demostrarlo. No
vivir del recuerdo. El movimiento se demuestra andando y el arte de
torear, toreando.
Al borrego que le correspondió en primer lugar le hizo Finito todo lo
contrario. Desconfiado, destemplado, como aburrido e inepto, tiró
derechazos malísimos corriendo, un ensayo de naturales se perdió en múltiples
enganchones, volvió a los derechazos metiendo pico y hubo de oír música
de viento.
Los compañeros de terna no se crea que estuvieron mucho mejor. Se
trataba de Joselito y Manuel Caballero, que dieron la tarde a la sufrida
ambición. Manejando mal la capa ambos sin pasar de la técnica del
pasa-torito, las suertes de muleta les salieron peor.
Joselito iba de pausado maestro y en realidad dio la sensación de ser
un plúmbeo pegapases. Premioso y desangelado, se dio a un toreo de corto
recorrido, nula hondura y escaso temple embarcando fuera cacho. Y, además,
monótono e interminable, recurriendo al viejo recurso de suplir la
calidad con cantidad.
Y Manuel Caballero, según quedó dicho, poco más o menos. Enfrascado
en la vulgaridad más espantosa, le dio pases malísimos a su primer
borrego y desaprovechó el pastueño ejemplar que salió sexto. A éste le
logró sacar una tanda de derechazos de aseada factura y con tan fastuo
motivo la banda se puso a tocar el pasodoble. Claro que el propio público
la mandaba callar pues Caballero volvió enseguida a sus mediocridades,
que incluían embarcar llevando la mano alta y rematar por encima, sin
gusto ni reunión.
Eso sí, gritando. Las dos faenas se las gritó Caballero a sus toros
empleando un vocabulario incomprensible. Decía -según nota puntual que
tomamos en el lugar de los hechos-, por ejemplo: "Eh, ah, aj, aitú-aitú,
ay, juó, ujá, aitó, etué, orj, orj, ooorj, jiá...", todo ello a
voz en grito y sin solución de continuidad. Se le oía desde la calle y
quizá dejara al toro sordo, mas no se le entendía nada, nada, nada. Con
lo fácil que es -en Finito tuvo la muestra- parar, templar y mandar, a la
chita callando.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
La natural elegancia de Finito de Córdoba
La lluvia en Sevilla será una maravilla, pero desluce el ambiente, en
la feria y en la plaza. Como que los tendidos, entre tanto chubasquero,
toman un aire bilbaíno, en esas tardes en las que Vista Alegre se debate
entre el plomizo cielo y la negra arena del ruedo. La Maestranza necesita
el sol como las plantas y las flores y la vida.
Hace unos días, cuando las nubes todavía no se habían cernido sobre
España, celebramos la anual comida del Palco del Arte. Y no recuerdo si
fue en este almuerzo o en otro donde alguien habló de Finito de Córdoba,
como también se me ha olvidado si fue para bien o para regular. El joven
torero que un día revolucionó la ciudad de los califas con un toreo de
filigrana resucitó, tras un bache hondo, aquí mismo, hace un año o así.
O al menos confirmó que todavía había corazón. Desde entonces rememoro
una faena intensa, y sin embargo no logro visualizar ahora si los
naturales aquellos alcanzaron la sutileza y la elegancia de los de ayer.
La tarde iba de capa caída y tristeza añil. Sufría el crítico
porque en Colmenar Viejo vive un tío carnal —un tío en la más amplia
extensión de la palabra, o un hombre de pies a cabeza— que se disgusta
cuando a Victoriano del Río no le embiste una corrida. Pero
afortunadamente vino el quinto a darnos un salvavidas a todos, desde el
ganadero hasta al crítico o a su tío. Y también a Finito, claro.
Derribó el toro con bravura en el caballo, cuando ya las luces
artificiales alumbraban la anochecida. Manuel Muñoz agarró un soberbio
puyazo y se mantuvo sobre la cabalgadura derruida, a pecho descubierto,
con la única defensa del palo y la valentía. En el segundo encuentro
bajo el peto no hubo «vendetta», y Muñoz cuidó al encastado animal.
Sobre la derecha, el matador cordobés toreó con largura. Cambió de
mano, y descubrimos que el toro todavía mejoraba sus anteriores
embestidas por el pitón diestro. Los naturales se sucedieron elegantes,
con la figura relajada, sin forzadas posturas de otras veces. Alguien
luego preguntó por qué no había continuado en lugar de hacer un trámite
innecesario por derechazos.
De regreso a la zurda, de nuevo trazó muletazos soberbios con esa
natural elegancia antes reseñada. Y siguió a pies juntos en un instante
previo a iniciar un camino hacia las tablas pletórico. La estocada, pelín
desprendida, le entregó una oreja muy merecida. Y sin embargo, en el
fondo, la faena dejó una cierta sensación de que Finito no había
apurado la copa de tan excelente vino.
COBARDÓN Y NOBLE
El resto de la corrida dio poco de sí. Joselito se entonó
con el capote, a la verónica y por chicuelinas, con el noble y cobardón
primero. Y luego realizó una obra muleteril de notable contenido aunque
espaciada e inconexa. Concluyó con unas manoletinas y un torerísimo
abaniqueo. Devolvió todo lo logrado con el deslucido cuarto, sin pisar ni
el acelerador ni el sitio debido.
Manuel Caballero se topó con un mansón tercero con tan escasa bravura
como el anterior, con el que pechó Finito. Se resarció con el sexto, que
en cuanto veía el caballo acudía presto. El Turuta estuvo rápido y en
buen piquero. Desgraciadamente, el toro no duró todo lo deseado, y a
mitad de faena se cansó de humillar y emplearse. El último tramo, con la
cara a media altura, perdió la intensidad previa.
Sin ser una tarde imborrable en el aspecto capotero, la verdad es que
los tres matadores, cada cual en su particular y respetable estilo,
protagonizaron momentos admirables a la verónica.
Cadena COPE. JM
MARTIN DE BLAS. Un toreo de lujo: Finito de Córdoba
Una corrida de parejas hechuras, una corrida brava
y noble, una gran corrida de toros, con dos toros importantísimos como
fueron el quinto y el sexto, y otros que fueron de triunfo. Prácticamente
todos los toros salieron embistiendo a los capotes con claridad. Todo un
dato.
Los toros de Victoriano del Río lo pusieron en
bandeja, y ante tanto derroche de bravura y calidad, sólo Finito de Córdoba
dio la talla. Una faena monumental, artística, sentida, con una
arquitectura interior a la altura del sentimiento que puso Finito, en
tarde inspirada y de gran expresión torera.
Joselito lanceó con frescura y soltura de manos al
primero, y se barruntaba faena ante el tranco alegre de ese toro, más
todavía tras verle en el quite por chicuelinas. Pero Joselito estuvo como
en un tentadero. Muy fácil con un toro muy noble, sin emplearse a fondo,
se descolgó de hombros pero aquello no salía redondo. La ovación fue de
gala, y la petición de oreja, escasa. La estocada, magnífica. En el
cuarto hubo “mosqueo”, y el problema es que fue un toro nobilísimo,
muy soso, puro almíbar.
Manuel Caballero lanceó muy en corto a sus dos
toros. Con el tercero de la corrida hubo faena poderosa en exceso, muy
tenso el torero, sin soltarse, sin entregarse en cada suerte. Correcto
Caballero. Y el sexto. Uno de los toros de la corrida, un toro con mucha
codicia, bravo, encastado, un toro con pies con el que Caballero no apostó
y se perdió todo en esos remates de muletazo a media altura, que ni
llegan a la gente, ni pueden con el celo del toro, por mucho que repitiera
el de Victoriano del Río. Sólo en una fase con la mano izquierda
Caballero le bajó la mano y sometió aquello. Ya era tarde. Ese toro, en
Sevilla, era un arma de doble filo.
Finito de Córdoba se desquitó de su anónimo paso
en su anterior corrida en Sevilla. Su primer toro, el de menos trapío de
una corrida muy pareja y bien presentada, se movió, pero de forma
descompuesta. Con ese toro se estiró a la verónica y lo sometió, se
templó bien Finito con el capote. Y el gran espectáculo llegaría en el
quinto. Un gran toro, bravo y noble, bonito de hechuras. Un toro bravo en
varas, con el que dio una lección Manuel Muñoz, a caballo y
descabalgado, con valor, con destreza. Del primer puyazo salió el toro
prendido en los vuelos del capote de Antonio de la Rosa, que a una mano, y
con un lance, sacó al toro, lo quitó del caballo. Y Cruz Vélez con los
palos. Torero valiente.
Finito puso a todo el mundo de acuerdo con su clásico
sentido del toreo. Decidido desde el primer muletazo con un toro que pedía
toreo. Y Finito se lo hizo con creces, con la muleta por delante, el trazo
largo, por ambos pitones. El toreo se rebosó en la muleta de un Finito
inspiradísimo, pleno de expresión y acierto, en una faena creciente, de
empaque muy caro. Finito toreó con cadencia, con ritmo, muy templado, se
dejó llevar, y se pasó el toro por la bragueta con compás. Al toreo de
Finito le sonó “Manolete”, y el ambiente fue de gran faena, de faena
grande. De faenón, por su construcción, en series ligadas, abundantes.
Montó la espada cuando parecía que iba regalarnos más toreo, y se tiró
a matar de verdad. Qué belleza, qué limpieza en este triunfo de Finito,
por encima de las orejas, o de la oreja – que no paseó, por cierto -.
Finito de Córdoba vuelve a estar en la primera fila, con su sitio, con su
categoría, con su mejor versión.
Finito ha toreado en Sevilla, y muy bien, por
cierto. Un lujo para todos.
|
|
|
 |
|

|
|

|
Aspectos
legales de la Autoridad taurina |
|
|
|